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Capítulo 12: Gracias por Encontrarme

  La peque?a explanada en el bosque era un lugar de ensue?o. Una cascada caía suavemente sobre las rocas, llenando el aire con un susurro relajante. La arboleda que rodeaba el área estaba adornada con un denso césped verde, salpicado por flores de vivos colores que danzaban al ritmo del viento. El sol, en su punto más alto, iluminaba el claro con una luz cálida y dorada, creando un contraste perfecto con las sombras de los árboles.

  En el centro de todo esto, Cáliban trabajaba con dedicación, dibujando un intrincado círculo mágico en el suelo. Usaba tiza arcana para trazar cada línea con precisión absoluta. Su dise?o era una estrella rodeada por un gran círculo, con runas arcanas inscritas dentro de cada punta de la estrella y peque?os círculos conectados entre sí.

  ?Este lugar es perfecto para la formación? —pensó mientras observaba su obra.

  Pasaron dos horas antes de que el círculo estuviera completo. Cáliban se levantó, limpiándose el sudor de la frente, y caminó hacia la entrada del bosque para encontrarse con Joseph.

  No tuvo que esperar mucho antes de que su compa?ero apareciera con un peque?o saco lleno de materiales.

  —?Terminaste de hacer todo lo que querías? —preguntó Joseph, respirando un poco agitadamente por la caminata.

  —Sí, todo está listo. —Cáliban asintió mientras extendía la mano hacia el saco —?Trajiste los materiales?

  Joseph frunció el ce?o ligeramente.

  —No pude conseguir todo. Me faltaron algunos instrumentos; la tienda de alquimia todavía no estaba abierta.

  Cáliban revisó el contenido del saco y asintió con tranquilidad.

  —Está bien. Nos las arreglaremos con esto.

  Mientras caminaban juntos de regreso hacia la explanada, Joseph no pudo contener su curiosidad por más tiempo. Miró a Cáliban de reojo y, con un tono inocente, preguntó:

  —?Para qué es todo esto?

  Cáliban continuó caminando, con su mirada fija en el camino.

  —?Recuerdas el veneno del Wyvern?

  —Sí… —Joseph sintió un escalofrío al recordar los momentos críticos de la batalla.

  —Bueno, una de las cosas que tenía planeado hacer era usar alquimia para crear una Medicina Celestial.

  Joseph levantó una ceja, fascinado por el término.

  —?Medicina Celestial?

  Cáliban asintió, su tono era más relajado mientras explicaba.

  —Es un tipo de medicina alquímica avanzada denominada “Longeva”. Permite consumir y absorber una fracción de la energía de la creación, lo que hace que sus efectos sean permanentes en tu cuerpo. En este caso, vamos a preparar… la Píldora de la Serpiente Dormida.

  Joseph quedó impresionado con el nombre, sus ojos brillaron de curiosidad.

  —?Oh! ?Qué hace esa píldora? ?Te vuelve inmortal?

  Cáliban dejó escapar una risa corta y seca, como si hubiera escuchado esa pregunta muchas veces antes.

  —No, la inmortalidad alcanzada con medicinas es una tontería. —Volteó hacia Joseph, sus ojos reflejaron seriedad —La píldora te otorga inmunidad a cualquier veneno que sea igual o inferior al material que uses como catalizador.

  Joseph abrió los ojos con asombro.

  —El veneno de Wyvern… —murmuró, observando a Cáliban mientras preparaba los materiales.

  —Exacto. —Cáliban asintió sin apartar la mirada de las runas que dibujaba —Al estar contaminado con Energía Exterior, puedo usar los remanentes de dicha energía, manipularla y convertirla en combustible para crear la píldora. Solo necesito los materiales e instrumentos adecuados.

  Joseph arqueó una ceja, todavía tratando de entender.

  —?No es demasiado fácil hacer esta píldora?

  Cáliban dejó escapar una breve risa, como si hubiera esperado la pregunta.

  —?Fácil? Bueno, podría parecerlo, pero solo lo es porque estamos usando energía exterior. Además, el método de producción cambia dependiendo del nivel de la píldora. Tal vez en este mundo sea considerada una medicina de primer nivel, pero en los planos superiores, esta píldora no sería más que un dulce.

  —Increíble… —murmuró Joseph, su imaginación se desbordó.

  La simple idea de las medicinas y brebajes que los dioses podrían consumir lo llenaba de curiosidad. Pero al llegar a la explanada y ver los intrincados dibujos y símbolos arcanos en el suelo, su mente se detuvo en seco. Los patrones que Cáliban había trazado eran completamente desconocidos, ni siquiera parecidos a los que había visto en libros o escuelas. No pudo evitar preguntar:

  —?Qué es esto, Cáliban?

  Cáliban se giró ligeramente, observando a su compa?ero con una leve sonrisa.

  —Son dos formaciones. Aunque son de nivel básico, nos servirán para lo que haremos a continuación.

  Joseph observó con detenimiento los dos círculos que componían la formación. El más grande rodeaba toda la explanada, mientras que el más peque?o contenía una estrella sellada en un entramado de símbolos arcanos. Cáliban se?aló hacia el círculo mayor mientras explicaba:

  —Las formaciones son conjuntos de runas y símbolos que, al estar correctamente dispuestos, generan energía capaz de moldear leyes. Por ejemplo… —Cáliban tocó el borde del círculo más grande —Este círculo gigante, junto con estos símbolos, forma una formación ilusoria llamada Distorsión Sensorial.

  Joseph inclinó la cabeza, intrigado.

  —?Distorsión Sensorial?

  —Así es. Esta formación confunde los sentidos de cualquiera cuyo nivel de poder sea inferior al de la formación misma. —Cáliban se?aló el bosque que los rodeaba —Las personas que intenten acercarse se perderán sin darse cuenta, y mientras más cerca estén de la formación, menos capaces serán de encontrarla. Además, oculta las presencias dentro de ella.

  —?Es completamente segura? —preguntó Joseph, con cierto nerviosismo.

  Cáliban negó con la cabeza.

  —No es invencible. Si alguien como un profesor o el director intentara cruzarla, la formación no sería suficiente para detenerlos. Pero para cualquiera por debajo de su nivel, será más que suficiente.

  Joseph dejó escapar un leve silbido mientras examinaba los detalles.

  —?Interesante! Nunca pensé que unos simples dibujos pudieran tener tanto poder…

  —Por lo general no lo tienen —respondió Cáliban, inclinándose para ajustar una runa —Pero con la energía que estamos manipulando, las cosas son diferentes.

  Los ojos de Joseph se dirigieron al círculo más peque?o, el que contenía la estrella cubierta de runas arcanas.

  —?Y este? —preguntó, se?alándolo —?Para qué sirve la estrella?

  Cáliban levantó la vista hacia él.

  —Esa es la Llave Menor de Salomón.

  Joseph parpadeó, confundido.

  —?La llave de quién?

  Cáliban dejó de trabajar por un momento y se cruzó de brazos, como si estuviera recordando algo distante.

  —De donde vengo, Salomón fue un rey mortal que logró adquirir un grimorio al dominar una Ley Existencial. Fue el mejor alquimista de mi mundo y el único capaz de usar la ley de la Transmutación.

  Joseph no pudo evitar que su curiosidad aumentara.

  —?Un grimorio?

  —El grimorio que obtuvo, conocido como El Legemeton, contiene métodos de alquimia que sobrepasan cualquier razón. Con él, Salomón podía crear píldoras de nivel Primordial con facilidad.

  Joseph se inclinó un poco hacia adelante, fascinado.

  —?Y qué pasó con el libro?

  La mirada de Cáliban se ensombreció ligeramente.

  —Se perdió. Cuando un ser domina una Ley Primordial, esta toma forma en un grimorio que almacena todos sus conocimientos y habilidades. Si su portador muere o pierde la ley, el grimorio se vuelve inaccesible… hasta que otro logra dominar la misma ley.

  Joseph asintió lentamente, procesando la información.

  —Entonces… nadie ha recuperado el Legemeton.

  —No… y probablemente nadie lo hará pronto. La ley de la Transmutación es una de las más complejas que existen. —Cáliban volvió su atención al círculo mágico —Pero aunque no tengamos el grimorio, estas peque?as técnicas que aprendí nos servirán más que suficiente para nuestro propósito.

  Joseph dejó escapar un suspiro, todavía asombrado por la magnitud de lo que Cáliban estaba describiendo.

  —Entonces… eso quiere decir que… ??Llegaré a tener mi propio grimorio?! —preguntó Joseph, con los ojos brillando de emoción.

  Cáliban se detuvo un momento, meditando la respuesta mientras inspeccionaba las runas de la formación.

  —No lo sé con certeza. Muchas leyes no buscan un portador, o simplemente no se dejan dominar por otros. —Volvió su mirada hacia Joseph, con un tono más serio —El hecho de que una ley exista no significa que alguien tiene dominio o encarnación de ese poder. En el caso de la oscuridad, por ejemplo… —Hizo una pausa, como si las palabras le pesaran —Solo había escuchado de mi maestro que existía una ley que se oponía a la luz, pero nunca mencionó un portador como tal.

  Joseph asintió, intrigado.

  —?Entonces crees que soy el primero?

  —Tal vez eres el primero… o el siguiente. —Cáliban encogió ligeramente los hombros —Eso lo sabremos cuando aprendas a dominar tu poder.

  Joseph, aunque algo nervioso, no pudo evitar preguntar:

  —Entonces… ?Cómo conoces el contenido del Legemeton? ?Conociste a Salomón? ?O fuiste portador del grimorio?

  Cáliban dejó de trabajar por un instante, y el ambiente se tensó ligeramente. Finalmente, respondió, su voz se cargó de una melancolía casi imperceptible:

  —No… conocí a uno de sus portadores. Era mi hermana.

  El silencio se extendió como una sombra entre ellos. Joseph, al instante, sintió que había cruzado una línea. Sabía sobre la pérdida de Cáliban, y generalmente evitaba mencionar a su familia. La curiosidad, sin embargo, había tomado el control esta vez.

  ?Mierda… abrí de más la boca. Espero que Cáliban no se enoje…? —pensó, maldiciéndose internamente.

  —Oh… entiendo… no quería… —Joseph intentó disculparse, pero no encontró las palabras adecuadas.

  Para su sorpresa, Cáliban no parecía molesto. Su expresión era tranquila, aunque distante, como si sus recuerdos estuvieran demasiado lejos para herirlo directamente.

  —Está bien. Si quieres saber sobre eso, no tengo problema en contarte. —Hizo una pausa, y su mirada se suavizó levemente —Aunque… su nombre es algo difícil de pronunciar. Pero, lo más cercano en este idioma sería Triana Yin Pfeiffer.

  Joseph escuchó con atención, sin interrumpir.

  —Ella era mi sexta hermana —continuó Cáliban, con una leve sonrisa que parecía más un reflejo de su memoria que una emoción actual —Era una Stellar, una raza que surge del núcleo de una estrella moribunda. Cuando una estrella muere, rara vez surge una vida consciente de ella, y mi hermana fue una de esas excepciones.

  Joseph parpadeó, impresionado.

  —?Una vida nacida de una estrella?

  —Así es. Por eso tenía una conexión única con las leyes del cosmos. Triana era famosa en todo el universo por su pasión en el arte de la alquimia celestial. Su habilidad era tan extraordinaria que incluso dioses y razas celestiales buscaban tomarla como maestra.

  Cáliban dejó escapar una leve risa, como si recordara algo irónico.

  —Pero ella nunca compartió sus secretos con nadie que no fuera nuestro maestro. Ni siquiera a nuestros hermanos.

  Joseph se inclinó ligeramente hacia él, su curiosidad ardió nuevamente.

  —?Entonces cómo lo sabes? ?Tomaste su libro?

  Cáliban negó con la cabeza, retomando su trabajo en la formación mientras respondía con calma.

  —No hizo falta. Ella misma me lo entregó.

  Se puso de pie, observando a Joseph con una mirada que parecía atravesarlo.

  —Dame los materiales.

  Joseph obedeció rápidamente, entregándole la olla de piedra y el resto de los elementos que había conseguido. Cáliban colocó la olla en el centro del círculo más peque?o y comenzó a triturar las piedras de fuego con movimientos firmes.

  —Usa algunas de estas para encender una fogata. Necesitamos suficiente calor para derretir los utensilios de plata y cobre.

  Joseph asintió y se puso a trabajar, avivando las llamas mientras Cáliban continuaba con su tarea. La mezcla de sonidos, el molido de las piedras, el crepitar del fuego y el suave murmullo de la cascada cercana llenaba el ambiente, creando un extra?o pero relajante equilibrio.

  Mientras Joseph trabajaba, no pudo evitar preguntar, con voz más suave:

  —?Por qué te lo dio? ?El Legemeton?

  Cáliban, sin detenerse, respondió después de un momento de silencio.

  —Ella sabía que iba a morir.

  Joseph dejó de avivar el fuego por un instante, sorprendido.

  —?Qué…?

  Cáliban detuvo sus manos un momento, mientras el brillo del fuego danzaba en sus ojos. Sus palabras salieron con una mezcla de amargura y nostalgia.

  —Mi hermana nunca le confió su grimorio a nadie. —Hizo una pausa, dejando que el peso de sus palabras llenara el aire —Claro, ?Quién en su sano juicio entregaría la llave de su propio poder a alguien más? Pero… por alguna extra?a razón, Triana decidió dármelo a mí.

  Joseph permaneció en silencio, observando cómo el rostro de Cáliban reflejaba recuerdos dolorosos.

  —Fue después del incidente en el que murió nuestra hermana menor, Karina. Por algún tiempo, surgió un rumor entre nosotros… alguien había traicionado al maestro. La ubicación de Karina era un secreto que sólo nosotros conocíamos. Yo no lo creía, pensé que eran nuestros enemigos tratando de sembrar desconfianza entre los discípulos del maestro, dividiéndonos desde dentro.

  Cáliban apretó los pu?os, su voz se endureció ligeramente.

  —Mi error fue no dudar de nadie. Creí que era imposible que uno de nuestros hermanos nos traicionara. Qué tonto fui…

  En otro lugar y otro tiempo.

  Desde la lejanía, sobre una isla flotante suspendida en un cielo infinito, se alzaba un peque?o domo de cristal. Estaba rodeado de un paisaje impresionante… un cielo negro salpicado de estrellas danzantes, con constelaciones que parecían cambiar de forma con cada parpadeo. De vez en cuando, estrellas fugaces atravesaban el firmamento, iluminando el entorno con su luz efímera.

  En la cima del domo había una cúpula en forma de quiosco, donde dos figuras estaban sentadas frente a frente. Uno de ellos era Avalon, cuya expresión solemne contrastaba con la serenidad del lugar. Frente a él, estaba Triana, una humanoide femenina de belleza radiante.

  La piel de Triana brillaba con un tono amarillo dorado, y su cabello, largo y ondulante, parecía estar compuesto por hebras de luz solar. Sus ojos, intensamente luminosos, parecían contener el resplandor de un millón de soles.

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  En la mesa entre ellos descansaba un vaso que contenía un brebaje brillante, casi líquido estelar. Triana lo movió con delicadeza, observando cómo la luz en su interior fluctuaba antes de llevarlo a sus labios. Bebió lentamente, en silencio, mientras Avalon la miraba con una mezcla de intriga y preocupación.

  Finalmente, fue Avalon quien rompió el silencio.

  —Hermana… sé que no me citaste aquí solo para compartir una comida.

  Triana colocó el vaso de nuevo sobre la mesa, dejando escapar un largo suspiro. Sin apartar la mirada de Avalon, respondió con un tono sereno, pero cargado de emoción:

  —?Es tan malo querer compartir un momento con tu hermana menor? Si hubiese sido Karina quien te llamara, habrías…

  —Venido. —Avalon la interrumpió con firmeza, inclinándose ligeramente hacia adelante —Tal y como lo hice ahora. Porque mi amor por ti no es menor que el que tenía… hacia Karina.

  Triana se detuvo, su voz se quebró ligeramente al mencionar el nombre de su hermana fallecida. Cerró los ojos por un momento, exhalando con fuerza.

  —Lo siento… la culpa es mía. —Triana bajó la mirada —No quería manchar el nombre de nuestra hermana menor. Es solo que… no lo sé…

  El rostro brillante de Triana, que normalmente no mostraba emoción alguna, ahora dejaba entrever una tristeza que luchaba por ocultar. Avalon, sentado frente a ella, notó de inmediato su cambio. Para él, también era difícil expresar emociones. Por su naturaleza inmortal, hacía mucho tiempo había decidido deshacerse de sus emociones humanas, pensando que lo harían más fuerte.

  Sin embargo, eventos recientes habían quebrado esa resolución. La muerte de Karina, su hermana menor, había desatado su ira y dolor de una forma que no había experimentado en mucho tiempo. Había llorado por ella, algo que nunca pensó que haría. Solo recordar esos momentos lo hacía apretar los pu?os con impotencia.

  Pero entonces, como un eco en su mente, las palabras de su maestro resonaron nuevamente, recordándole una verdad que había ignorado.

  —“Cuando lo único que vemos es nuestro dolor, cegados por la ira y la impotencia, ignoramos lo que está a nuestro alrededor, incluyendo el sufrimiento de otros…”

  Avalon alzó la mirada, sus ojos se enfocaron nuevamente en Triana. La observó con más atención y notó algo que lo llenó de pesar… ella estaba temblando, aunque trataba de disimularlo.

  Su mirada se suavizó al comprender algo que había olvidado.

  ?Es cierto… no solo me duele a mí.?

  —Ven aquí… acércate.

  Triana dejó de temblar de repente, sorprendida por el tono de Avalon. Aunque él nunca había sido estricto ni cruel con ella, había algo en su voz que le provocaba un miedo inexplicable. No era un miedo racional, sino uno instintivo, como el que se siente hacia un padre amable que nunca te ha castigado, pero cuya decepción temes profundamente.

  —?Lo siento! —dijo rápidamente, inclinando la cabeza —Dejé que mis emociones me dominaran. No volverá a pa…

  —Dije que vengas, Triana. —La interrumpió Avalon, su voz era calmada pero firme.

  Triana se levantó abruptamente, poniéndose frente a él. Sus manos estaban tensas a los lados de su cuerpo, y se esforzaba por no temblar demasiado. Pero Avalon podía verlo tan claro como la luz de las estrellas que brillaban a su alrededor.

  Sin decir nada más, Avalon extendió los brazos hacia ella. Triana, confundida, cerró los ojos instintivamente, esperando algún tipo de reprimenda.

  —?Lo siento, hermano! No quería…

  Pero en lugar de un castigo, sintió cómo los brazos de Avalon la rodeaban con fuerza. No había dureza ni frialdad en el gesto, solo calidez. Era un abrazo que la envolvió completamente, como si intentara protegerla de todo el dolor que sentía.

  Triana se quedó inmóvil, sorprendida por el gesto.

  —No es tu culpa… —dijo Avalon, su voz era suave pero firme, un tono que solo usaba con sus hermanos —Y no dudo de ti. Te amo, hermana. Nada hará que eso cambie o me haga dudar de ti. No tienes que lamentarte ni fingir frente a mí.

  Ante esas palabras, el muro que Triana había construido alrededor de sus emociones se derrumbó. Sus ojos se llenaron de lágrimas que brillaban como porcelana bajo la luz de las estrellas. Las peque?as gotas caían lentamente, perdiéndose en el espacio infinito.

  Conmovida, Triana extendió sus brazos y devolvió el abrazo, apoyando su cabeza contra el hombro de Avalon. Por un momento, el tiempo pareció detenerse, dejando solo el suave sonido de sus respiraciones y el destello lejano de las constelaciones.

  En el corazón del abrazo, ambos encontraron algo que habían perdido… un momento de conexión, un respiro en medio de la tormenta que había devastado sus vidas.

  —Gracias, hermano… —susurró Triana, con su voz temblorosa —Gracias por no dejarme caer.

  —Siempre estaré aquí para ti —respondió Avalon, cargado de sinceridad.

  —Yo no quería… —balbuceó Triana, de repente, su voz se quebró. —Yo solo… —sus palabras se atoraban entre peque?os sollozos —Solo la dejé un momento… hic pero cuando volví… hic ella ya no estaba… yo…

  Las lágrimas caían silenciosas sobre sus mejillas doradas, brillando como cristales bajo la tenue luz del cosmos. Avalon la sostuvo con más firmeza, sus palabras trataron de ser un ancla en medio de su tormento.

  —Está bien. —Susurró con voz tranquila —Te creo… todo estará bien.

  Avalon sabía que no había mentiras en sus palabras. No era de extra?arse que Triana estuviera así, rota y consumida por la culpa. Después de todo, ella estaba a cargo de Karina cuando ocurrió el incidente. Habían viajado juntas a una luna lejana para recolectar rosas lunares, materiales raros usados en alquimia celestial.

  Fue en un breve momento, cuando Triana dejó sola a Karina, que todo ocurrió. Karina desapareció, secuestrada sin dejar rastro. Desde entonces, los rumores comenzaron a esparcirse entre los discípulos del maestro. Las sospechas cayeron sobre Triana, y aunque no se dijo en voz alta, algunos hermanos comenzaron a desconfiar de ella.

  Excepto Avalon.

  él nunca dudó de su hermana, ni siquiera cuando todo a su alrededor parecía exigirlo. Pero su confianza no fue suficiente para aliviar el peso que Triana cargaba.

  Ese abrazo, ese instante, fue el último momento de tranquilidad que Avalon compartió con su hermana.

  A?os después…

  El cosmos estaba te?ido de sombras. Avalon caminaba a través de mundos desmoronados, dimensiones fragmentadas, e incluso planos existenciales deformados por el caos. Mató a cada dios, a cada criatura que se interpusiera en su camino. Su ira no conocía límites, su espada no tenía descanso.

  Sin piedad ni remordimientos, avanzó como una tormenta viviente, dejando destrucción en su estela.

  Finalmente, llegó a una luna oscura. En su superficie se alzaba una fortaleza de aspecto imponente, un castillo de proporciones colosales cubierto por un aura de energía negra que parecía devorar la luz misma. Avalon pudo sentirlo.

  La presencia de Triana.

  Era débil, pero inconfundible, escondida entre las capas de energía exterior que envolvían la fortaleza. Su corazón se aceleró, su mente gritaba una sola cosa:

  ??Mierda! ?Triana está en problemas! ?Debo ayudarla lo más rápido posible!?

  Sin dudarlo, Avalon desenvainó su espada, una hoja resplandeciente que parecía contener la luz de mil estrellas. Con un grito que resonó en el vacío, se abalanzó hacia la estructura, descargando un golpe que podría haber partido planetas en dos.

  La espada chocó contra un escudo arcano invisible que rodeaba la fortaleza. El impacto creó una onda expansiva que sacudió la luna entera, pero el escudo permaneció intacto.

  —?Maldita sea! —rugió Avalon, con su mirada fija en la fortaleza mientras volvía a preparar su espada para otro ataque.

  De repente, sintió un cambio en el aire. Una presencia que heló su sangre lo rodeó, como si el vacío mismo lo hubiera abrazado. Giró rápidamente, y entonces lo vio.

  Una figura oscura se materializó detrás de él.

  Era un ser humanoide, pero su cuerpo no era más que una masa de oscuridad densa, más negra que el propio espacio. No emitía sonido, ni calor, ni luz. Su presencia era un abismo que devoraba todo a su alrededor.

  Era un dios exterior.

  —Sabía que tenías algo que ver con esto… Nyarlathotep.

  Avalon apretó los dientes, su espada vibró con energía, mientras miraba fijamente al ser que tenía delante.

  El dios exterior, envuelto en su manto de oscuridad impenetrable, dejó escapar una risa profunda que resonó como un eco en el vacío.

  —El Dios del Caos en persona. —Nyarlathotep extendió los brazos en un gesto burlón —Gracias por venir a mi humilde morada…

  Avalon dio un paso al frente, su energía estelar se intensificaba con cada palabra.

  —Libera a mi hermana. ?AHORA!

  Un destello de pura energía brotó de Avalon, cargado con toda su furia y desesperación. El ataque voló hacia Nyarlathotep con un poder que podría haber destruido mundos. Pero con un leve movimiento de su mano, Nyarlathotep desvió el impulso hacia un lado, como si no fuera más que un insecto molesto.

  —Qué temperamental… —dijo Nyarlathotep, su sonrisa se deformó hasta convertirse en una expresión grotesca —No te preocupes, ya conseguí lo que quería.

  Avalon avanzó con furia, pero las siguientes palabras del dios lo detuvieron en seco.

  —Puedes llevártela. —Nyarlathotep dejó escapar una carcajada escalofriante, su voz resonaba como un trueno en el espacio distorsionado —Ya no me sirve de nada.

  El dios exterior dio un paso atrás, su figura comenzando a desvanecerse en la negrura. Antes de desaparecer por completo, a?adió con un tono que heló la sangre de Avalon:

  —Ah, y te dejé un peque?o regalo. Espero que lo disfrutes…

  Con una última carcajada diabólica, la presencia de Nyarlathotep se esfumó, dejando el ambiente impregnado de una sensación de desolación y horror. Avalon no perdió tiempo. Se apresuró hacia el interior del castillo, siguiendo la tenue pero familiar presencia de Triana.

  Finalmente, llegó a una habitación oscura al final de un largo pasillo. La puerta se abrió con un estruendo, y lo que vio dentro se grabaría para siempre en su memoria.

  Triana, su hermana, quien una vez fue el epítome de la luz y la vida, estaba encadenada a una pared. Sangre dorada cubría el suelo y las cadenas que la sostenían. Su cuerpo celestial, que alguna vez brilló como el núcleo de una estrella, ahora estaba apagado, sin rastro de la luminiscencia que definía su existencia.

  Había sido torturada más allá de lo que las palabras podían describir. Su cuerpo estaba desgarrado, ultrajado, roto en formas que desafiaban la imaginación. Su rostro, aunque desfigurado, todavía mostraba vestigios de su belleza celestial. Pero lo peor eran sus ojos.

  Vacíos. Como el espacio lejano.

  La mirada de Triana, que alguna vez reflejó bondad y amor por toda la creación, ahora no contenía nada. Era como si su alma hubiera sido arrancada.

  Avalon se acercó a ella, sus manos temblaban mientras liberaba sus cadenas. En una de sus manos inertes, sostenía un peque?o cristal. Era un polígono blanco que brillaba débilmente, como si la luz dentro de él estuviera muriendo. Avalon lo tomó con cuidado, aunque su cuerpo temblaba al reconocer lo que era.

  Un cristal de memoria.

  El cristal permitía almacenar recuerdos, sensaciones y emociones, casi como una cámara que capturaba no solo las imágenes, sino también el sufrimiento y el dolor. Avalon sabía lo que encontraría dentro. Sabía que era el "regalo" al que Nyarlathotep se refería.

  Tomando una respiración profunda, colocó el cristal en su frente. De inmediato, las memorias contenidas en él comenzaron a fluir.

  Primera visión:

  Triana, encadenada, soportando el tormento de Nyarlathotep y sus siervos. Su dolor físico era insoportable, pero su mente estaba llena de pensamientos esperanzadores.

  ?él vendrá por mí… solo tengo que resistir.?

  El látigo se estrellaba contra su espalda, pero ella apretaba los dientes, convencida de que Avalon la encontraría.

  Segunda visión:

  Los momentos se volvían más oscuros. Su cuerpo estaba desgastado, pero su mente seguía aferrándose a algo.

  ?Tranquila, Triana… este dolor solo será pasajero. Solo tienes que…?

  Las palabras se cortaron cuando una nueva tortura comenzó.

  Tercera visión:

  El agotamiento mental comenzaba a superarla. Las emociones de Triana atravesaron a Avalon como una tormenta: miedo, desesperación, culpa.

  ?Tal vez este sea mi castigo por dejar morir a Karina…?

  Su voz interior estaba llena de arrepentimiento.

  Cuarta visión:

  El cristal mostraba los momentos finales de Triana antes de que su luz se apagara por completo.

  ?Hermano… perdóname por no haberte escuchado.?

  ?Perdóname, Karina…?

  ?Está bien… sé que no te detendrás hasta encontrarme. Solo… debo… resistir…?

  Triana nunca había abandonado la esperanza de que Avalon la rescataría. Incluso mientras las torturas continuaban sin cesar, se aferró a la creencia de que su hermano vendría por ella. Pero su cuerpo no pudo resistir el tormento interminable. Su espíritu, antes indomable, se quebró. Al final, todo lo que deseaba era volver a esos días en su laboratorio, hablando con Avalon y sus otros hermanos, en tiempos donde no existían el dolor ni la angustia, ni las sombras de la guerra que los perseguían.

  Finalmente, la grabación del cristal de memoria se detuvo.

  Avalon permaneció inmóvil, arrodillado, con el cristal aún temblando en su mano. Su respiración era pesada, y cada pensamiento lo aplastaba con una intensidad insoportable. Miró el cuerpo de su hermana encadenada a la pared, sin luz, sin vida. La peque?a estrella que solía iluminar sus días ahora era un cascarón vacío.

  —Fuiste tan valiente… —dijo, con su voz temblando mientras la acunaba en sus brazos —Perdóname por no llegar a tiempo. Pero está bien. Ya te tengo entre mis brazos… ya estás en casa.

  Sus dedos se deslizaron suavemente por los mechones apagados de Triana, como si quisiera devolverles la luz que había perdido.

  —Lamento no haberme despedido antes… perdóname…

  El dolor en su pecho era insoportable, pero familiar. Una frase resonaba en su mente, un eco que lo había perseguido desde antes de que fuera inmortal, desde los días en los que aún era humano.

  ?Nunca puedo llegar a tiempo…?

  Avalon inclinó la cabeza, apoyándola sobre la de Triana, dejando que su desesperación lo consumiera. Pero entonces, algo cambió.

  Una peque?a luz emergió de su pecho, titilando con suavidad, como una llama que lucha por mantenerse viva. Avalon levantó la vista, sorprendido, y supo de inmediato lo que era… un remanente de su alma.

  La luz se desplazó hacia Triana, envolviendo su cuerpo con un resplandor cálido. Por un instante, el espacio oscuro de la habitación se iluminó como si el sol hubiera vuelto a nacer. La figura de Triana comenzó a brillar tenuemente, y Avalon pudo sentirlo… una peque?a parte del alma de su hermana había respondido al llamado.

  —?Triana? —susurró, su voz se llenó de esperanza y temor.

  La luz se intensificó, y una forma etérea de Triana se manifestó frente a él, transparente, pero inconfundible. Su rostro ya no mostraba las marcas de la tortura, ni el dolor que había sufrido. Era la Triana que Avalon recordaba, radiante y serena.

  Ella lo miró, sus ojos llenos de una calidez que Avalon pensó que nunca volvería a ver.

  —?Viniste, hermano! —Triana exclamó, con una sonrisa llena de alivio.

  —Triana… —susurró Avalon, con su voz quebrándose.

  —Está bien… viniste por mí al final…

  Sin dudarlo, Triana se lanzó hacia él, rodeándolo con un abrazo lleno de amor y gratitud. Avalon sintió el calor de su hermana una vez más, algo que pensó que nunca volvería a experimentar. Sus brazos la envolvieron con fuerza, como si quisiera asegurarse de que nunca desapareciera otra vez.

  —Lo siento… yo… —balbuceó Avalon, con lágrimas silenciosas cayendo por su rostro.

  —Está bien. —Triana apoyó su cabeza contra el hombro de Avalon, con su voz tranquila y dulce, dijo: —Estás aquí, y eso es todo lo que importa.

  Por un breve pero eterno instante, Avalon sintió el calor y la presencia de su hermana menor nuevamente. Recordó los días en que ambos, junto a sus otros hermanos, vivían bajo la guía de Avalos. Siendo el quinto de los diez discípulos, Avalon siempre había sentido un profundo cari?o por los que llegaron después de él, especialmente Karina, la más joven, y Triana, cuya luz siempre había sido un faro para todos.

  Triana dio un paso atrás, aunque sus manos permanecieron sobre los hombros de Avalon. Su sonrisa comenzó a desvanecerse, y su rostro adoptó una expresión más seria.

  —Hermano… no queda mucho tiempo antes de que mi alma desaparezca por completo. —Sus palabras eran suaves, pero llenas de determinación —Así que antes de irme, quiero darte esto.

  Delante de Triana surgió un enorme libro, brillando con una energía abrumadora. El Legemeton.

  —Si eres tú… estoy segura de que podrás acabar con ellos. —Su voz tembló levemente, pero no perdió su resolución —úsalo para destruir a los que nos arrebataron a Karina.

  Avalon tomó el libro con ambas manos, sintiendo el peso tanto físico como espiritual del grimorio.

  —Te lo aseguro, Triana. Lo haré.

  Triana asintió, sus ojos se llenaron de lágrimas mientras sonreía.

  —Ah… hermano… ?Puedo pedirte un último deseo?

  Avalon asintió, con apenas un susurro.

  —Claro. Lo que quieras.

  —No me olvides… —su voz tembló por la emoción —Gracias por no dudar de mí ni un momento. Gracias por el calor y cari?o que siempre me diste. Gracias por no abandonarme… gracias por encontrarme.

  El rostro de Triana se iluminó con una sonrisa llena de lágrimas, una mezcla de tristeza y gratitud.

  —Jamás podría olvidarte, Triana. —La voz de Avalon era firme, aunque llena de dolor —Tu recuerdo estará siempre conmigo, sin importar lo que pase.

  —Está bien… eso es suficiente. —Triana lo abrazó por última vez, aferrándose a él como si quisiera dejarle todo su amor en ese instante final.

  Lentamente, el cuerpo y el alma de Triana comenzaron a desvanecerse en peque?as partículas de luz, disipándose en el aire como una constelación que se disuelve en el amanecer. Avalon la abrazó con toda su fuerza, tratando de guardar cada segundo, cada sensación, en su alma.

  —Por favor… no me dejes… —susurró, mientras las últimas partículas de luz desaparecían.

  Cuando todo terminó, Avalon cayó de rodillas, solo, con el Legemeton en sus manos. Los sentimientos que había reprimido durante tanto tiempo lo abrumaron… tristeza, dolor, angustia y arrepentimiento. Pero, sobre todo, una emoción eclipsó a las demás.

  Ira. Una furia ardiente, pura e incontrolable.

  Antes de que pudiera reaccionar, una nueva presencia llenó el vacío que dejó Triana. Un grupo de seres surgió de las sombras, sus figuras eran tan oscuras como el espacio mismo. Eran similares a Nyarlathotep, pero su energía era menor, aunque aún abrumadora. Uno de ellos, más alto que los demás, dio un paso al frente.

  —Dios del Caos… —su voz era profunda, resonando en el vacío —Hoy será el día de tu muerte. Mi lord quiere tu vida. Ríndete, y te garantizamos una muerte indolora.

  Avalon apretó los pu?os, su energía comenzó a elevarse a niveles alarmantes. Los restos del escudo arcano que antes no pudo quebrar comenzaron a crujir.

  —Hoy… —murmuró Avalon, su voz era grave, temblando de ira —Me aseguraré de extinguirlos a todos.

  Con un grito que sacudió el espacio, su energía estalló. El escudo que protegía la fortaleza se rompió en un instante, sus fragmentos se desintegraron en el aire.

  —??Qué es esto?! —exclamó el ser que había hablado, su voz se llenó de incredulidad y miedo.

  La luna oscura comenzó a temblar. La energía de Avalon era tan intensa que la estructura del satélite empezó a resquebrajarse. Con un simple movimiento de su espada, destruyó la fortaleza y todo a su alrededor, dejando solo un vacío donde antes había piedra y oscuridad.

  —Prepárense. —La voz de Avalon resonó, cargada con una determinación helada —Hoy no quedará ninguno de ustedes.

  Avalon se lanzó contra el ejército de seres espaciales, su espada iluminó el vacío con cada balanceo. Cada golpe estaba lleno de emoción… ira, dolor, desesperación. Los seres intentaron resistir, pero la fuerza de Avalon era abrumadora, alimentada por la pérdida de Triana y el juramento que ahora ardía en su alma.

  El campo de batalla se llenó de destellos y sombras, un enfrentamiento entre la luz de Avalon y las tinieblas de Nyarlathotep. Pero para Avalon, esto no era solo una lucha.

  Era su venganza.

  Momentos después. El campo de batalla ahora era un vacío silencioso. Los cuerpos destrozados de los vasallos de Nyarlathotep flotaban a la deriva en el espacio, como fragmentos de oscuridad dispersos entre las estrellas. No había quedado ninguno con vida. La luna oscura, junto con la fortaleza, había sido reducida a polvo cósmico, dejando solo un cielo infinito lleno de constelaciones y nebulosas.

  En el centro de aquel vasto silencio, Avalon flotaba, inmóvil, sosteniendo el Legemeton contra su pecho. Su armadura, cubierta de grietas y marcas de batalla, parecía pesar más que nunca. La energía que había desatado para derrotar a sus enemigos ahora lo dejaba vacío, tanto en cuerpo como en espíritu.

  Avalon cerró los ojos, y su mente lo llevó de regreso a ese último momento con Triana. La calidez de su abrazo, la luz de su sonrisa, sus palabras llenas de amor y gratitud. Todo ello ahora era un recuerdo que lo desgarraba.

  Había fallado otra vez.

  Las imágenes de Karina y Triana se superpusieron en su mente, sus risas de tiempos más felices contrastó con los rostros llenos de dolor que había visto en sus últimos momentos. El sufrimiento que ambas habían soportado, las torturas, el silencio roto por gritos ahogados. Todo ello se había arraigado en su alma como una herida que nunca sanaría.

  Avalon apretó los pu?os, sintiendo cómo la desesperación y el arrepentimiento lo consumían. Desde detrás de su casco, su voz emergió, baja y temblorosa, cargada de culpa.

  —Perdonen… a este inútil hermano mayor suyo…

  Dos lágrimas brillantes cayeron desde el borde de su casco, cada una reflejando las estrellas que lo rodeaban. Se perdieron en el vacío del espacio, peque?as gotas que no podían llenar el inmenso abismo que ahora habitaba su corazón.

  El silencio que lo envolvía no ofrecía consuelo, solo recordaba lo que había perdido. Avalon levantó la vista hacia las estrellas, buscando algún significado en su existencia, alguna razón para seguir.

  —Juraría protegerlas… y fallé.

  El Legemeton, aún contra su pecho, emitió un débil resplandor, como si respondiera a sus pensamientos. Avalon lo miró con amargura, consciente del peso que ahora cargaba. El grimorio era todo lo que quedaba de Triana, de su legado, de su sacrificio.

  Respiró hondo, tratando de calmar el caos en su interior.

  —No puedo cambiar el pasado… pero puedo asegurarme de que esto no vuelva a ocurrir.

  Las palabras eran un juramento para sí mismo, un nuevo propósito que comenzaba a formarse entre las cenizas de su desesperación. Avalon ajustó su postura, guardando el Legemeton con cuidado en su armadura. Su energía comenzó a estabilizarse, aunque las cicatrices de la batalla permanecían tanto en su cuerpo como en su espíritu.

  —Triana… Karina… lo que me queda de ustedes será mi guía. No permitiré que su sacrificio sea en vano.

  Avalon miró una vez más hacia las estrellas. En su inmensidad, estas parecían indiferentes a su dolor, pero en alguna parte del cosmos, Avalon sintió que aún podía escuchar las voces de sus hermanas.

  Sin más palabras, Avalon giró y comenzó a moverse hacia el infinito, dejando atrás el campo de batalla. Su armadura brilló brevemente bajo la luz de las estrellas antes de perderse en la vastedad del universo.

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