Joseph y Cáliban avanzaban por los amplios pasillos de la academia, con su destino claro… la oficina del director. La arquitectura del lugar era imponente, con altos techos y vitrales que reflejaban la luz en patrones coloridos sobre el mármol pulido del suelo.
Joseph, quien ya había estado allí antes, lideraba el camino.
—Es por aquí. —dijo con confianza, se?alando hacia adelante —La oficina del director está al final de este pasillo.
Mientras caminaban, el sonido de sus pasos resonaba suavemente, mezclándose con el murmullo lejano de otros estudiantes. A lo lejos, distinguieron dos figuras que se acercaban desde la dirección opuesta. Las siluetas comenzaron a tomar forma, eran Cecilia y la elfa oscura, quienes conversaban animadamente mientras caminaban juntas.
—Te dije que lo vi ir hacia acá… —comentó la joven elfa oscura, mientras sus ojos recorrían el pasillo con rapidez.
—?Eso crees? —respondió Cecilia, con un tono algo cansado —Creo que ya pasamos por aquí…
De repente, los ojos de Nhun se cruzaron con los de Cáliban, quien caminaba acompa?ado de Joseph.
—?Mira, ahí está! ??Lo ves?! ?Te dije que era por aquí!
—Sí, pero no grites tan fuerte… —Cecilia llevó una mano a su sien, como si quisiera contener una peque?a explosión interna.
Mientras Joseph y Cáliban se detenían, Joseph arqueó una ceja, mirando a las dos jóvenes que se acercaban apresuradamente.
—?Las conoces? —preguntó, su tono reflejó una mezcla de curiosidad y escepticismo.
—Lamentablemente, sí… —respondió Cáliban con su característico tono apático, sin siquiera molestarse en bajar la voz.
La elfa oscura corrió hacia él con entusiasmo, pero al notar la presencia de Joseph, frenó en seco. Era la primera vez que veía a alguien con una apariencia tan demacrada y una mirada tan vacía.
—Vaya… parece que hiciste un nuevo amigo.
—Nhun… —intervino Cecilia, cargada de molestia, mientras cruzaba los brazos y fulminaba a la elfa con la mirada.
Ignorando a Cecilia por completo, la elfa oscura sonrió ampliamente y se presentó con un tono alegre y despreocupado.
—?Un gusto conocerte, héroe! Mi nombre es Nhun A'ken Hagiran. ?Soy la mejor amiga de Cecilia!
—Un gusto, Nhun… —respondió Cáliban, inclinando ligeramente la cabeza en se?al de cortesía, aunque su expresión permanecía neutral —Mi nombre es Mika'el Cáliban. Y este de aquí es Joseph Sephir. íbamos de camino a ver al director.
Nhun sonrió con picardía, pero Cecilia, detrás de ella, dejó escapar una sonrisa completamente distinta. No era una sonrisa amistosa ni alegre; era más bien un gesto forzado, lleno de una tensión que parecía a punto de estallar.
Cáliban, al notarlo, sintió un escalofrío recorrer su espalda. Se giró lentamente hacia ella.
—?Sucede algo...?
—No... nada... —respondió Cecilia con una voz casi cantarina, pero sus ojos, que destilaban una mezcla de veneno y decepción, contaban otra historia —Solo me impresiona verte haciendo amigos. Aunque… no viniste aquí a hacer eso, ?Verdad? Ni a meterte en los asuntos de los demás…
Cecilia mantenía la sonrisa, pero Cáliban sabía leer entre líneas. Claramente, aún guardaba resentimiento por su indiferencia en el pasado.
Joseph, que había estado observando la interacción, pensó para sí mismo:
?Bueno, suena a algo que él diría…?
Cáliban se aclaró la garganta, sintiendo que la atmósfera se volvía incómoda, y respondió con un tono casual:
—Bueno… como sea, él será mi amigo a partir de ahora.
Nhun, sin darse cuenta de la tensión, cambió el tema rápidamente, interponiéndose entre Cecilia y Cáliban con una sonrisa juguetona.
—Parece que tienes la intención de aprobar el segundo examen, ?Verdad? —preguntó Nhun, observándolo con interés.
Cecilia, sin embargo, permanecía callada, sus ojos se fijaron en Cáliban, tan grandes como dos lunas llenas. Había en ellos una súplica silenciosa.
—Entonces, ?No podemos ser amigos? —preguntó finalmente Cecilia, temblando ligeramente.
Cáliban suspiró con resignación, sintiéndose atrapado.
—Si consiguen pasar la prueba… lo pensaré.
Nhun se cruzó de brazos y lo miró con un gesto fingidamente molesto.
—Más vale que cumplas tu promesa…
—Claro… —respondió Cáliban, intentando terminar la conversación mientras soltaba otro largo suspiro —Ahora, si eso es todo…
Cecilia bajó la mirada un instante, pero al levantarla nuevamente, esbozó una sonrisa tenue.
—Buena suerte con el director, Cáliban…
Mientras las dos jóvenes se alejaban, Joseph lanzó una mirada burlona a Cáliban.
—Parece que eres todo un imán para los problemas… y para los sentimientos no correspondidos.
Cáliban simplemente negó con la cabeza, ignorando el comentario.
—Vamos, no quiero hacer esperar más al director.
—?Ah! ?Es cierto, queríamos invitarte a comer después como agradecimiento! —exclamó Nhun con una sonrisa amplia y despreocupada.
Cáliban, con su usual tono apático, negó con la cabeza, sin parar de caminar.
—Lo siento, acabo de terminar de comer con Joseph. Será en otra ocasión. Además, tengo que ir a ver al director.
Nhun puso un gesto fingidamente decepcionado.
—Está bien, nos vemos entonces…
Cecilia también se despidió, aunque con una sonrisa un poco más tenue, casi melancólica. Sus ojos parecían contener algo más que palabras. Mientras ambas se alejaban, se podía ver a Nhun intentando animarla, hablándole en voz baja y gesticulando con energía.
Joseph, observando la escena, levantó una ceja y miró a Cáliban.
—?Eso está bien?
Cáliban lo miró de reojo.
—?Sobre qué?
—Sobre hacerse su amigo… —respondió Joseph, cruzándose de brazos —No parece que tengas planes de quedarte mucho tiempo en este plano, ?O sí?
Cáliban soltó un leve suspiro, pero su tono no perdió firmeza.
—Ya veremos, si es que pasan el examen… —dijo, mirando al frente mientras seguían caminando —De todas formas, ten en cuenta que mientras más poder ganemos, menos iremos envejeciendo. Por eso, tener ese tipo de amistades solo terminará en una dolorosa despedida. Es mejor alejarse mientras aún no significan nada.
Joseph se quedó en silencio por un momento, asimilando las palabras de Cáliban. Finalmente asintió lentamente.
—Supongo que tienes razón…
Ambos continuaron caminando hasta llegar a una puerta grande y de aspecto imponente. Frente a ella, estaba el profesor Yannes, quien los esperaba con una expresión tranquila.
—?Vaya! —dijo Yannes al verlos llegar —Parece que se han hecho amigos. Eso es bueno.
Cáliban no respondió de inmediato, solo observó al profesor con atención.
—?Puedo pasar con él? —preguntó, se?alando a Joseph.
Yannes sonrió y asintió.
—No veo por qué no, si a ti no te importa… —respondió mientras abría la puerta para dejarlos pasar.
La oficina del director era un espacio peque?o, pero rebosante de energía y conocimiento. Las paredes estaban cubiertas por estanterías llenas de libros antiguos, con lomos desgastados y títulos ilegibles por el paso del tiempo. Artefactos mágicos de formas extra?as decoraban el lugar, brillando débilmente en tonalidades azules y doradas. Los sillones, aunque viejos, parecían cómodos y acogedores.
Al fondo, detrás de un escritorio abarrotado de documentos, estaba sentado el director de la academia. Un hombre de aspecto sereno, con el cabello gris cuidadosamente peinado hacia atrás y gafas que descansaban en la punta de su nariz, examinaba un examen con detenimiento.
Al entrar, Cáliban sintió un escalofrío familiar recorriendo su cuerpo. Era un sentimiento que ya había experimentado antes… la extra?a sensación de irrealidad, como si algo en el lugar no encajara.
?Este sentimiento otra vez… debe haber algo falso aquí.?
Joseph, a su lado, parecía completamente ajeno al malestar de Cáliban, admirando el lugar con un toque de curiosidad.
—Ah, tú debes ser el joven Cáliban y acompa?ado del joven Sephir. —La voz del director era calmada pero firme, sin levantar la vista del papel que sostenía, dijo: —He escuchado que enfrentaron una ri?a.
Dejó el examen sobre el escritorio y levantó la mirada mientras se retiraba los lentes, enfocándose en ellos. Sus ojos, profundos y enigmáticos, parecían atravesar cualquier barrera emocional.
—Bienvenidos a mi oficina.
El director los observó con detenimiento, su mirada parecía analizar cada gesto, como si comprendiera que Cáliban había detectado algo extra?o.
—Parece que se están divirtiendo —dijo finalmente, con una leve sonrisa —Me alegra que hayas venido, joven Cáliban. Por favor, tomen asiento.
Con un gesto de su mano, dos sillas aparecieron frente al escritorio. El movimiento fue tan fluido que pareció casi un truco de magia casual. Ambos jóvenes tomaron asiento.
—Me presento formalmente —continuó el director, recostándose ligeramente en su silla —Mi nombre es Kasus Delion. Como sabrán, soy el director de esta academia, cuyo objetivo es fomentar el aprendizaje de los estudiantes y recompensar sus esfuerzos para que lleguen a ser poderosos personajes.
Cáliban inclinó la cabeza con respeto, respondiendo con una reverencia medida:
—Un gusto conocerlo, director. Soy Mika'el Cáliban.
A su lado, Joseph replicó el gesto con igual cortesía.
—Un gusto volver a verlo, director.
Kasus asintió, complacido, y continuó.
—?Muy bien! Vayamos al grano, jóvenes. He hablado con el profesor Yannes. Quería confirmar si realmente fuiste tú, joven Cáliban, quien resolvió las respuestas del examen. Según él, parece que así es.
—No sabía que los profesores le prestarían tanta atención a un examen… —comentó Cáliban, cruzándose de brazos. Su tono era neutro pero con un toque inquisitivo.
Kasus sonrió levemente, aunque sus ojos reflejaban un brillo de convicción.
—Joven, la educación es un privilegio. ?Cómo podemos, como profesores, educar a jóvenes si no estamos al tanto de cómo responden a los problemas? Por supuesto que los exámenes son importantes para nosotros.
Sus palabras resonaron en la sala, cargando el ambiente con un silencio pesado. Cáliban no pudo responder de inmediato. Aunque no le gustaba admitirlo, el director tenía razón. Si los profesores no se interesaban por lo que aprendían sus alumnos, ?Quién lo haría?
Entonces, Kasus fue quien rompió el silencio, su tono era más relajado pero no menos enfocado.
—Entonces, ?Ya has pensado en qué recompensa quieres? —preguntó, mientras acariciaba lentamente su barba —Por supuesto, no puedo hablarte sobre la segunda prueba.
Cáliban sintió una punzada de decepción. Saber más sobre la segunda prueba habría sido invaluable, pero no tenía sentido insistir. Durante las últimas horas, había reflexionado cuidadosamente sobre qué pedir. Aunque no había nada que realmente necesitara con urgencia, una idea había surgido.
—?Puede ser cualquier cosa? —preguntó, observando al director con calma.
—Mientras esté en mi poder, claro.
—?Podría darme otra insignia de postulado?
El director lo miró con cautela, sus ojos pareciendo buscar algo detrás de la solicitud. Un destello de comprensión cruzó su rostro, como si hubiera deducido para qué la usaría.
—?Es realmente eso lo que quieres? —preguntó, su tono más serio.
Cáliban asintió sin titubear. Kasus lo miró un instante más antes de levantar la mano. Una insignia de cobre apareció sobre la mesa, idéntica a la que ya portaba Cáliban.
—Ahí la tienes. Esta cubrirá tus gastos hasta el momento de la segunda prueba.
Cáliban tomó la insignia, examinándola brevemente antes de guardarla.
—?Es suficiente? —preguntó Kasus.
—Sí. Gracias, director.
Kasus asintió una última vez.
—Bien. Si no hay nada más, pueden retirarse.
Ambos se levantaron, inclinándose en una reverencia formal antes de salir. Afuera, el profesor Yannes los esperaba con su acostumbrada expresión amable.
—Espero que todo haya ido bien —dijo, despidiéndose de ellos con una sonrisa.
Ya en el pasillo, Joseph miró a Cáliban con una expresión de intriga, sus cejas se fruncieron ligeramente. Cáliban notó su mirada y arqueó una ceja.
—?Qué pasa?
—La insignia… —dijo Joseph lentamente —?Por qué pediste eso? Parecía que el director sabía exactamente por qué la querías.
Cáliban caminó unos pasos más antes de responder. Su tono era tan tranquilo como siempre.
—Porque puede ser útil. Nunca se sabe cuándo necesitarás cubrir a alguien más.
Joseph lo miró con incredulidad.
—?Cubrir a alguien más? ?Quién eres tú y qué hiciste con el Cáliban que conocí hace unas horas?
Cáliban esbozó una leve sonrisa sarcástica, dándole la insignia a Joseph. Este se quedó sin palabras..
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—No te emociones. Solo tomala.
Ambos continuaron su camino, pero las palabras de Cáliban dejaron a Joseph reflexionando.
Mientras tanto, dentro de la oficina, Kasus permanecía en su silla, sus dedos golpearon ligeramente sobre el escritorio.
—?Eso está bien, director? —preguntó Yannes, entrando nuevamente tras los jóvenes.
Kasus no levantó la mirada, su tono sereno pero lleno de significado.
—Es un joven interesante. Mantén un ojo en él, profesor.
Yannes asintió, haciendo una reverencia antes de abandonar la sala.
Kasus, ahora solo, observó por unos segundos la silla que Cáliban había ocupado. Una leve sonrisa cruzó su rostro, aunque era imposible discernir si era de aprobación o algo más.
Mientras caminaban, Joseph pensaba en silencio, jugando con la insignia en sus manos. Cáliban noto su comportamiento.
—Si tienes algo que decir, dilo. —Cáliban rompió el silencio sin mirar directamente a Joseph, manteniendo su paso firme.
Joseph dudó por un momento antes de hablar, se?alando la insignia que Cáliban acababa de conseguir.
—?Está bien que hayas gastado tu recompensa en mí?
Cáliban lanzó un suspiro, como si la pregunta fuera innecesaria.
—Mi insignia solo cubre mis propios gastos. Con esta te será más fácil conseguir lo que necesites para los próximos días. Si mal no recuerdo, no tienes ropa ni dinero, así que creo que está bien esta vez.
Joseph bajó la mirada, con sus manos apretándose ligeramente.
—Gracias, Cáliban…
—No te preocupes por eso. —respondió Cáliban con un tono despreocupado, como si realmente no le diera importancia.
Mientras caminaban, Joseph no pudo evitar que un pensamiento cruzara su mente.
?Tener a alguien en quien confiar… no se siente tan mal.?
Desde que había llegado al continente, había sido tratado como basura por todos… jefes, aventureros y hasta la gente común de la calle. Había sobrevivido robando y cazando monstruos en contra de su voluntad, todo desde que tenía apenas ocho a?os. Su infancia había sido una cadena de rechazos, incluso de otros ni?os, quienes lo evitaban por temor a su supuesta maldición. Ahora, por primera vez, parecía haber encontrado a alguien con quien podía contar.
—?Qué harás ahora? —preguntó Joseph, rompiendo su propio tren de pensamientos.
Cáliban se llevó una mano al mentón, pensativo.
—Hmmm… Creo que deberíamos ir a Hilloy. Necesitamos comprar algunas cosas. Ropa, artículos, herramientas… cualquier cosa que pudiera sernos útil.
—?útil? ?Para qué?
—Durante los próximos días entrenaremos en el bosque. Cazaremos criaturas y también entrenaremos nuestro cuerpo.
Joseph arqueó una ceja, mirándolo con cierta incredulidad.
—Entiendo lo de cazar criaturas, pero… ?Por qué el entrenamiento corporal? Quiero decir, yo soy delgado y necesitaré mucho entrenamiento, pero tú…
Cáliban esbozó una peque?a sonrisa, casi imperceptible.
—Bueno… te lo mostraré cuando estemos en el bosque.
Joseph asintió lentamente, aunque la intriga aún lo consumía.
—Ya veo… —murmuró antes de detenerse al notar algo extra?o —Pero, ?Qué harás con ellas?
Cáliban siguió la dirección de la mirada de Joseph hacia una esquina del pasillo. Cecilia y Nhun estaban allí, intentando disimular mientras los seguían a una distancia prudente.
Cáliban suspiró, claramente irritado.
—Hay que perderlas lo más pronto posible…
—?Y cómo planeas hacer eso?
Cáliban sonrió ligeramente con una chispa de diversión en sus ojos.
—Corre.
Sin darle tiempo a Joseph de reaccionar, comenzó a correr rápidamente por el pasillo, obligándolo a seguirlo. Cecilia y Nhun, sorprendidas por el repentino cambio, tardaron solo un instante en comprender lo que estaba pasando.
—?Oye! ?Espera! —gritó Nhun, se?alándolos mientras ambas comenzaban a perseguirlos.
Cáliban y Joseph doblaron en una esquina, moviéndose con rapidez para intentar despistarlas.
—?De verdad es necesario esto? —preguntó Joseph, tratando de mantenerse al ritmo de Cáliban.
—Siempre es necesario evitar problemas… —respondió con calma, a pesar de estar corriendo —Y créeme, ellas son problemas.
Joseph no pudo evitar reír ligeramente mientras ambos aceleraban aún más, dejando atrás las voces de las dos jóvenes.
En un claro del bosque, junto a un peque?o estanque iluminado por la suave luz del día, Cáliban estaba preparando una lección crucial para Joseph. El sonido del agua y el canto de los pájaros llenaban el ambiente, contrastando con la intensidad que emanaba de Cáliban mientras arrancaba una rama de un árbol cercano.
Sosteniéndola con firmeza, adoptó una posición de ataque, con su mirada fija en Joseph.
—Escucha atentamente, Joseph. Que esto sea una advertencia para ti.
Joseph, intrigado, observaba en silencio. Cáliban permaneció inmóvil por unos segundos, como si reuniera toda su energía. Luego, de repente, comenzó a ejecutar una técnica de espada con una precisión impresionante.
La rama en su mano se movía con velocidad y elegancia, cortando el aire con tal intensidad que producía un silbido agudo con cada movimiento. Cada giro, cada barrido, parecía dibujar líneas invisibles en el espacio, como si el aire mismo cediera ante la fuerza de sus movimientos.
Joseph apenas podía seguir el ritmo de la demostración. Los movimientos eran rápidos, precisos y peligrosos. Cáliban parecía en completo control, hasta que la técnica llegó a su fin.
Mantuvo su postura por un momento, inmóvil como una estatua. Sin embargo, Joseph notó algo extra?o… peque?as gotas de sangre comenzaban a brotar de varios puntos del cuerpo de Cáliban. La rama, que había soportado la brutalidad de los movimientos, estaba completamente destrozada, reducida a fragmentos que caían al suelo como polvo.
—??Estás bien?! —preguntó Joseph, acercándose rápidamente, visiblemente preocupado.
Cáliban respiraba con dificultad, su rostro estaba ligeramente pálido.
—Sí… solo… necesito… descansar un momento… —sus palabras se entrecortaban mientras el dolor muscular lo invadía.
Ambos se sentaron en la orilla del estanque. Cáliban, aún con la respiración agitada, observó a Joseph con seriedad.
—Joseph, escucha esto con atención. Las técnicas que te ense?aré son poderosas, pero si no tienes la capacidad física y mental para soportarlas, no te servirán de nada.
Joseph asintió lentamente, impresionado por lo que acababa de presenciar.
—La técnica más simple que conozco… —continuó Cáliban, se?alando los cortes que recorrían su propio cuerpo —Me ha dejado en este estado. Y esa es solo la primera de diez partes.
Hizo una pausa, mirando a Joseph con intensidad.
—Necesitarás entrenar cuerpo y mente por igual. Sin una base sólida, estas técnicas serán inútiles… y peligrosas. ?Lo entiendes?
Joseph tragó saliva, impresionado y ligeramente intimidado.
—Lo entiendo. Es… increíble. Nunca había visto algo tan preciso y peligroso al mismo tiempo.
Cáliban asintió, sin mostrar orgullo en su expresión, sino sólo una determinación fría.
—Muy bien. Ahora comenzaremos.
—?Con esas heridas? —objetó Joseph, alarmado —No puedes-
Cáliban lo interrumpió, cortante y firme.
—?Crees que, cuando estés en una batalla de vida o muerte, las heridas serán una excusa?
Joseph quedó en silencio, incapaz de responder. El peso de las palabras de Cáliban era demasiado claro para ignorarlo. Tras unos segundos, Cáliban se?aló el estanque.
—Primero, correremos diez vueltas alrededor del estanque. Luego haremos cincuenta lagartijas, cincuenta sentadillas y treinta abdominales. Repetiremos este proceso cinco veces, con descansos breves entre cada serie.
Joseph miró a Cáliban con escepticismo y algo de temor.
—?Todo eso? ?Hoy?
Cáliban levantó una ceja, su mirada llena de un desafío silencioso.
—Hoy es solo el comienzo.
Joseph suspiró, resignado, y comenzó a estirarse mientras Cáliban hacía lo mismo.
—Espero que sobreviva a este entrenamiento… —murmuró para sí mismo, aunque un peque?o destello de determinación comenzó a brillar en sus ojos.
El sonido de los pasos pronto reemplazó la tranquilidad del estanque. Cada vuelta, cada ejercicio, marcaba el inicio de un proceso que transformaría tanto el cuerpo como la mente de Joseph.
?Esto es solo el principio? —pensó Cáliban mientras continuaban con el entrenamiento.
El entrenamiento se alargó durante horas interminables. Joseph estuvo a punto de rendirse en múltiples ocasiones. Sus músculos ardían, su respiración era pesada, y su mente clamaba por detenerse. Sin embargo, cada vez que se desplomaba, algo dentro de él lo obligaba a levantarse, a seguir adelante, a no rendirse.
Cuando finalmente completó la última repetición, su cuerpo cedió. Cayó al suelo junto al estanque, jadeando, su pecho subía y bajaba descontroladamente mientras trataba de recuperar el aliento.
—Eso fue… horrible… —logró decir con voz entrecortada.
Cáliban, implacable y aún de pie, lo miró con la misma firmeza que había mostrado durante todo el entrenamiento.
—Haremos esto todos los días.
Joseph, todavía recostado en el suelo, lo miró como si hubiera perdido la razón.
—?Es… necesario…? —preguntó entre jadeos.
—Sí. —La respuesta de Cáliban fue tan fría y segura que no dejó lugar a discusión.
Joseph suspiró y volvió la vista al cielo. Sus brazos y piernas eran completamente inútiles, como si ya no le pertenecieran.
—?Puedo preguntarte algo? —dijo, con voz rasposa por el agotamiento.
Cáliban, mientras continuaba su propio entrenamiento, respondió sin vacilar:
—Claro.
—Dime… ?Cuántos mundos has visto?
Por un momento, Cáliban dejó de moverse. Volvió lentamente su mirada hacia el estanque, como si las memorias de incontables lugares inundaran su mente al mismo tiempo.
—Tantos que tu mente no alcanzaría a comprender… —respondió finalmente, dejando que el silencio llenara el aire.
A medida que entrenaban, Cáliban aprovechaba los momentos de descanso para contarle a Joseph fragmentos de su pasado. Había algo en la forma en que narraba sus historias que cautivaba a Joseph, quien escuchaba fascinado. Cada relato parecía más increíble que el anterior, y los ojos de Joseph brillaban con asombro.
Sin embargo, una pregunta ardía en su lengua, algo que había querido saber desde hacía rato. Finalmente, se atrevió a formularla:
—?Cómo llegaste a ser el discípulo de Avalos?
La pregunta cayó como una piedra en el agua, rompiendo la calma momentánea. Cáliban se quedó en silencio. Por primera vez desde que comenzaron a entrenar, su expresión perdió la firmeza habitual, mostrando una sombra de algo más profundo, algo difícil de describir.
Joseph, sintiendo que había cruzado una línea, abrió la boca para disculparse, pero Cáliban lo interrumpió.
—No te preocupes… si tienes curiosidad, te lo contaré… aunque no es algo de lo que me guste hablar.
—Lo entiendo… —respondió Joseph, incómodo pero agradecido por la disposición de Cáliban.
Cáliban se sentó junto al estanque, su postura era relajada pero su mirada se perdía en el reflejo del agua. Tras un largo suspiro, comenzó a hablar.
—Cuando era humano, mucho antes de ser Avalon… en lo que llamo mi "primera vida", vivía en un mundo… bueno, tal vez algo avanzado, si lo pienso en términos de ahora.
Joseph inclinó la cabeza, intrigado.
—?Era como este mundo?
Cáliban negó con la cabeza, su mirada se volvió más distante.
—No, nada que ver. Era muy diferente. No había razas, no existía la magia ni poderes ancestrales. En su lugar, había cosas como coches, aviones, edificios… cosas que hoy apenas puedo recordar. Era el a?o 2030, y en mi mundo apareció algo que lo cambió todo… la Puerta del Infierno.
Joseph frunció el ce?o, confuso.
—?La Puerta del Infierno?
—Sí… —Cáliban hizo una pausa, como si las palabras le pesaran —Desató lo que nosotros llamamos la Guerra Santa. ángeles y demonios se enfrentaron en una guerra interminable, destruyéndose mutuamente… y nosotros, los humanos, fuimos las verdaderas víctimas. Presos en medio del conflicto, pagamos el precio más alto. En contra de todo lo que esperaba, sobreviví al accidente. Caí sobre una isla, en la que había un castillo enorme, allí estaba Avalos, mi mentor, él me acogió…
Su voz se volvió más baja, cargada de amargura.
—Perdí a toda mi familia… mis amigos… a mi amor… todo lo que conocía fue destruido en esa guerra. Y al final, incluso mi antiguo yo murió con ellos.
El silencio que siguió era casi ensordecedor. Joseph sintió una punzada de dolor por Cáliban. Aunque sus historias siempre parecían tan lejanas, tan inhumanas, en ese momento no pudo evitar empatizar con él.
—Lo siento… —murmuró Joseph —Debe haber sido muy difícil para ti, al ver que Karrigan había invocado el esqueleto de tu maestro…
Cáliban apretó los dientes al escuchar el nombre de Karrigan. Sus ojos brillaron con una tenue luz roja, como si el recuerdo de la traición lo consumiera por dentro.
—Para corromper el espíritu de un ser tan majestuoso, se necesita magia arcaica y maligna… así como torturas que rompan la voluntad… no lo voy a perdonar, incluso si me suplica por piedad…
Los ojos de Cáliban brillaban con una intensidad inhumana. Joseph lo miró, curioso.
—?Por qué tus ojos brillan así? —preguntó, con una inocencia genuina.
—?Hmm? Ah, esto… —Cáliban sonrió ligeramente, como si fuera algo habitual —es una técnica ocular. Moldeo mis ojos para poder ver a través de cualquier cosa, es por eso que se iluminan de ese color. Cuando tu mente sea capaz de soportarlo, te lo ense?aré.
Cáliban lo miró por un instante, con una leve sonrisa triste. Joseph se disculpó por hacerlo hablar de cosas que no quería.
—No necesitas sentirlo. Lo que soy ahora es el resultado de esa destrucción. Si algo aprendí de esa vida… es que la pérdida puede forjar algo nuevo, aunque lo nuevo no siempre sea mejor.
Joseph asintió lentamente, comprendiendo el peso de esas palabras.
El entrenamiento continuó después de aquel intercambio, pero Joseph no podía dejar de pensar en la historia de Cáliban. Por primera vez, vio al hombre que tenía delante no como un ser imponente y distante, sino como alguien que había sufrido y luchado, igual que él.
Y con ese pensamiento, una chispa de esperanza comenzó a crecer dentro de Joseph.
?Si él pudo superar eso… tal vez yo también pueda.?
Ambos se levantaron del suelo, cansados pero determinados. Al llegar al pasillo de la academia, se despidieron, cada uno dirigiéndose hacia su habitación.
—Buenas noches, Cáliban —dijo Joseph, con una mezcla de agotamiento y respeto.
—Buenas noches, Joseph, no lo olvides… ma?ana temprano seguiremos con el entrenamiento.
—Entiendo… —respondió Joseph, aunque su cuerpo deseaba descansar.
Después de tomar un ba?o, Cáliban se dirigió hacia su cama, por primera vez en mucho tiempo, se sentía realmente cansado.
?Ha pasado mucho tiempo desde que algo me hizo agotar así…?
Mientras cerraba los ojos lentamente, los sue?os comenzaron a formar recuerdos, inundando su mente. En ese instante, se vio a sí mismo como un hombre herido y desorientado, de pie en una isla desolada, donde las estrellas iluminaban el firmamento. En la distancia, destacaba un castillo enorme rodeado por altos muros. Decidió avanzar, dejando atrás la nave angelical destruida.
El hombre avanzaba con pasos pesados por el terreno desconocido, su cuerpo herido protestaba con cada movimiento. La isla parecía envuelta en un eterno crepúsculo, iluminada solo por las estrellas que colgaban como faroles en el firmamento. El castillo que se alzaba en la distancia era imponente, sus muros negros se extendían como un horizonte que parecía infinito.
Cada paso hacia el castillo era un desafío, su mente luchaba entre la desesperación y la curiosidad por lo que podía encontrar allí. Cuando finalmente llegó frente a las enormes puertas colosales, titubeó. Las runas talladas en la superficie de la madera parecían brillar débilmente, como si lo estuvieran observando.
Tomó aire, alzando la mano para golpear suavemente las puertas. El sonido resonó como un eco eterno que vibraba a través de la estructura misma del castillo. Por un momento, no pasó nada. Luego, un crujido profundo rompió el silencio, y las puertas comenzaron a abrirse lentamente por su cuenta, revelando un vasto pasillo iluminado por una tenue luz azulada.
Al acercarse a una de ellas, lo que vio lo dejó sin palabras… cosmos infinitos, mundos enteros, galaxias, planetas. Cada puerta estaba conectada a un plano diferente, a una realidad ajena. Fascinado, levantó la mano para cruzar el umbral, pero en ese momento una voz tranquila lo detuvo.
—Te recomiendo que no lo hagas, a menos que quieras perderte para siempre…
El sonido de la voz resonó en el vasto pasillo como un eco interminable, envolviendo al hombre en una sensación de alerta inmediata. Bajó lentamente la mano que había extendido hacia el portal y giró la cabeza para encontrarse con la figura que había hablado.
Era un hombre alto, envuelto en un manto negro que parecía absorber la luz a su alrededor. Su cabello rojizo caía hasta sus hombros, y sus ojos, de un rojo tan profundo como el eclipse, lo observaban con una calma inquietante.
—Lo siento… no quería invadir su hogar —dijo, nervioso, pero sin miedo.
El extra?o ser lo observó en silencio por un momento, como si estuviera evaluándolo. Se acercó, notando algo peculiar en él. No había ni un rastro de miedo o horror en sus ojos, solo había un vacío.
—Parece que estás agotado, tus ojos no irradian luz ni emociones, como si te hubieras rendido… Interesante, ?No? —dijo el ser con una ligera sonrisa.
—?No vas a matarme? —preguntó el hombre herido, con voz quebrada.
—?Eso es lo que deseas? —respondió el ser, curioso.
—No lo sé… Estoy tan cansado, mi mundo está destruido, mi familia muerta, y ni siquiera el más allá me dará paz, solo quiero desaparecer… —admitió el hombre, con una tristeza palpable.
El ser observó su rostro con una mezcla de compasión y fascinación. El hombre parecía realmente agotado, como si hubiera perdido toda esperanza… su voluntad se desmoronaba ante la desesperación.
—Qué humano tan interesante… Si eso es lo que deseas… —dijo el ser, alzando su mano en dirección del hombre.
A ojos cerrados, el hombre pensó que finalmente iba a terminar con su sufrimiento. Sin embargo, en lugar de darle la muerte que esperaba, el ser levantó su mano y un aura roja lo rodeó, al instante, todas sus heridas comenzaron a sanar.
—No sé lo que has vivido, pero si has llegado aquí con vida, debe ser por la voluntad del Creador… —dijo el enigmático ser.
Y, en un abrir y cerrar de ojos, el ser se transformó en un majestuoso dragón rojo. Sus escamas carmesíes brillaban con tal intensidad que parecía una estrella en el firmamento.
—Ven, sígueme… a partir de ahora, este será tu hogar… —invitó el dragón.
El hombre, sin nada que perder, decidió seguirlo. Durante los días que vinieron, vivió en el castillo, rodeado de seres poderosos y sabios. Su maestro lo llenó de ense?anzas, amor y respeto. Aquel lugar, que al principio le pareció un refugio, se convirtió en su hogar. Cáliban sonrió débilmente al recordar aquellos días.
Pero entonces, una pesadilla lo atravesó como un rayo. Vio a Karrigan, su antiguo enemigo y hermano más cercano, asesinando a su maestro y a sus hermanos. Los gritos y los lamentos invadieron su mente, y el dolor de su impotencia lo despertó abruptamente.
—?Mierda! —exclamó, jadeante, mientras se incorporaba en la cama.
Su cuerpo dolía ligeramente, y un escalofrío recorrió su espina dorsal. No podía calmar su mente; algo lo inquietaba profundamente. Miró hacia la ventana, y vio que ya había amanecido.
—Bueno, creo que es hora de levantarme… —dijo en voz baja, aún envuelto en los ecos de la pesadilla.
Se levantó de la cama y comenzó a vestirse, sus pensamientos aún estaban nublados por los recuerdos persistentes de días pasados. Al salir de su habitación, encontró a Joseph esperándolo, como siempre, listo para repetir la rutina que seguirán incansablemente durante los siguientes cinco días. Sin intercambiar muchas palabras, ambos se dirigieron al bosque.
Mientras tanto, en la penumbra de unas catacumbas desconocidas…
El aire denso y húmedo llevaba consigo el eco de criaturas nocturnas y el susurro de seguidores fervorosos. En el corazón de aquel reino subterráneo, una figura encapuchada, sentada en un trono de piedra desgastada, dominaba la escena con una presencia imponente.
La sacerdotisa, oculta tras su máscara blanca, clavó su mirada en el hombre que tenía frente a ella, su voz, baja y autoritaria, rompió el silencio.
—Dime, artífice… ?Está todo listo para la segunda prueba?
El hombre, también encapuchado, hizo una reverencia profunda, su tono reverberaba con solemnidad.
—Sí, mi se?ora. El núcleo ha sido implantado en la mazmorra. Cuando el objetivo esté en posición, la bestia atacará.
Una sonrisa torcida se dibujó tras la máscara de la sacerdotisa, apenas visible a través de la rendija de la porcelana.
—Perfecto… estén listos. Una vez que caiga, asegúrense de recuperar el cuerpo. No debe haber errores.
Como si fueran un solo ser, los seguidores a su alrededor respondieron al unísono. Sus voces estaban cargadas de devoción y fanatismo.
—?Gloria al Padre sin Forma!
La penumbra se cerró sobre ellos nuevamente, dejando en el aire una atmósfera cargada de presagio. Mientras las sombras se movían y el eco de sus palabras se apagaba, el destino de la prueba ya se había sellado, tejido en los oscuros rincones de aquel dominio subterráneo.

