home

search

Capítulo 44 — El Eco de los Otros que Cayeron

  El pasillo no tenía luz.

  No porque fuera oscuridad absoluta, sino porque no había nada que iluminar

  Las paredes eran lisas, sin textura.

  El techo era una línea apenas perceptible.

  El suelo parecía más una intención que una superficie.

  Syra avanzó sin prisa.

  No por miedo, sino porque aquí la prisa no tenía sentido

  Cada paso resonaba como si el sonido fuera lo único sólido en ese lugar.

  Después de un rato —que no pudo medir— empezó a escuchar algo más.

  No pasos.

  No respiración.

  No voces.

  Un llanto ahogado.

  Uno tan viejo que parecía haber sido repetido demasiadas veces, hasta gastarse.

  Syra se detuvo.

  El sonido venía de algún punto imposible de ubicar:

  no adelante, no atrás, no a los lados.

  Era un llanto sin dirección.

  Un llanto que no buscaba ayuda.

  Un llanto que solo quería seguir existiendo para no desaparecer del todo.

  Syra cerró los ojos un instante.

  Lo escuchó.

  Y comprendió.

  Ese llanto… no era suyo.

  Pero tampoco era ajeno.

  Era de alguien que había caminado por este mismo pasillo antes que él.

  Alguien que no llegó al final.

  El aire cambió.

  If you stumble upon this tale on Amazon, it's taken without the author's consent. Report it.

  Una vibración leve recorrió la pared izquierda.

  Syra giró la cabeza.

  La superficie se onduló y formó una figura.

  Primero líneas.

  Luego contornos.

  Después, un cuerpo joven… y sin rostro.

  Solo una presencia delgada, encorvada, temblando como si el miedo la hubiera detenido a mitad del paso.

  Syra dio un paso hacia ella.

  La figura retrocedió.

  El llanto se intensificó.

  Syra respiró hondo, y habló con una calma que no sabía que tenía:

  —No vengo a reemplazarte.

  La figura se congeló.

  —No vengo a juzgarte —dijo Syra, con la voz más baja, más honesta—.

  Solo… quiero saber qué te detuvo aquí.

  La figura levantó la cabeza.

  No tenía ojos, pero lo miró.

  Y entonces, la pared detrás de ella se abrió en varias líneas peque?as, como grietas de memoria.

  Imágenes breves se proyectaron, sin sonido:

  Un portador anterior del Camino.

  Joven.

  Cansado.

  Deteniéndose demasiado pronto.

  Retrocediendo cuando el pasillo se estrechaba.

  Volviendo atrás.

  Desapareciendo

  Syra observó sin moverse.

  La figura tembló, y por primera vez emitió un sonido propio.

  —Yo… fallé.

  No era voz humana.

  Era una mezcla entre un susurro y un crujido.

  Syra no parpadeó.

  —?Por qué?

  La figura extendió una mano temblorosa hacia la pared.

  La memoria cambió:

  El joven portador miraba hacia el final del pasillo…

  y luego miraba hacia atrás.

  Hacia donde alguien debería estar esperándolo.

  Pero no había nadie.

  La escena repetida muchas veces.

  Demasiadas.

  Syra entendió.

  La figura habló, más débil:

  —Nadie me esperaba…

  y no supe caminar solo.

  El silencio en el pasillo se hizo denso, como si toda la estructura escuchara con él.

  Syra se acercó un paso más.

  —Yo también tuve miedo de eso —dijo—.

  De avanzar… sin saber si alguien iba a estar al final.

  La figura tembló.

  Syra bajó la mirada, no por vergüenza, sino para no imponerse.

  —Pero sigo caminando igual —continuó—.

  No porque alguien me espere…

  sino porque yo quiero llegar

  El pasillo respondió con un pulso suave en el suelo.

  La figura dejó de temblar.

  Su cuerpo se volvió más claro, menos distorsionado.

  Y en un gesto que no estaba en ninguna memoria, extendió su mano hacia Syra…

  …no para detenerlo.

  Para despedirse.

  Syra no la tomó.

  No podía tocarlo.

  No debía.

  Solo inclinó la cabeza en se?al de reconocimiento.

  La figura, satisfecha, se deshizo como polvo luminoso.

  El llanto dejó de escucharse.

  El pasillo volvió a su silencio natural.

  Con un último pulso en el suelo —un reconocimiento, no una orden—, el Camino abrió un tramo más profundo, apenas perceptible.

  Syra lo cruzó.

  Y el pasillo detrás de él…

  se cerró para siempre.

Recommended Popular Novels