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Capítulo 45 — Donde la Culpa Encuentra Voz

  El aire era más denso aquí.

  No pesado…

  sino espeso de recuerdos

  Como si cada partícula guardara un fragmento de algo que Syra no había vivido pero igual lo alcanzaba.

  El pasillo dejó de ser recto.

  Se curvaba en ángulos suaves, casi imperceptibles, como una serpiente que dormía bajo la tierra.

  Syra avanzó sin alterar su respiración.

  No había voces esta vez.

  No había llanto.

  Había algo peor.

  Expectativa.

  La sensación de que alguien —o algo— estaba esperando a que él recordara algo que nunca vivió.

  El primer cambio ocurrió en el suelo.

  Sus pasos dejaron de sonar como pasos propios.

  El eco no coincidía.

  Syra se detuvo.

  El eco tardaba medio segundo más…

  y sonaba más pesado, como si perteneciera a alguien con el cuerpo cansado.

  Alguien acostumbrado a arrastrar el peso de su armadura… o de su conciencia.

  Syra reconoció ese tipo de peso.

  Lo había visto en las memorias del Valle.

  En la forma en que Aelian caminaba al final.

  Pero el eco no era de Aelian.

  Era más viejo.

  Más quebrado.

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  Más… culpable.

  Las paredes vibraron.

  No con luz, ni con imágenes.

  Sino con latidos ajenos

  Un compás irregular.

  Tres latidos rápidos.

  Uno lento.

  Un silencio.

  Repetir.

  El ritmo de un corazón que alguna vez quiso rendirse y no pudo.

  El Camino abrió un espacio a la izquierda.

  Un cuarto peque?o, casi idéntico al que Syra había visto en las memorias del Arco I…

  pero más vacío.

  Sin cama.

  Sin mesa.

  Sin marcas personales.

  Solo una silla.

  Y sobre ella…

  una figura sentada, con la cabeza entre las manos.

  No lloraba.

  No hablaba.

  No estaba muerta.

  Solo existía.

  Syra no entró.

  El umbral era suficiente.

  La figura habló sin levantar la cabeza:

  —Siempre pensó… que tenía tiempo.

  La voz era la de un hombre joven.

  No con tristeza.

  Con cansancio aprendido.

  Syra no respondió.

  La figura continuó:

  —Pensó que podía posponerlo.

  El entrenamiento.

  El camino.

  La decisión.

  La responsabilidad.

  El paso que tenía que dar.

  Syra sintió un nudo leve en la garganta.

  Esa excusa…

  ese autoenga?o…

  era demasiado humano.

  La figura levantó la cabeza.

  No tenía rostro.

  Solo la silueta de uno marcado por noches sin dormir.

  —Y cuando por fin quiso hacerlo, ya era tarde.

  Syra dio un paso más, pero no cruzó el umbral.

  —?Qué te detuvo? —preguntó.

  La figura rió sin sonido.

  —Creí que podía fallar y que alguien me pondría de nuevo en pie.

  —Su voz tembló—.

  Pero no vino nadie.

  Y ahí… entendí.

  Syra esperó.

  —Cuando no tienes a quién culpar —dijo la figura—…

  la culpa cae sobre ti.

  Toda.

  De golpe.

  Y si no estás preparado…

  te aplasta.

  El aire se endureció.

  Las paredes parecían escuchar.

  Syra cerró los ojos un segundo.

  —?Quieres que alguien te perdone? —preguntó.

  La figura negó con la cabeza.

  —No.

  Quiero que alguien entienda

  Syra inhaló lento.

  —Entonces escucha —dijo—.

  Yo también pensé que podía esperar.

  Que lo difícil podía dejarse para luego.

  Que habría un “momento correcto”.

  Pero ese momento…

  tampoco existe.

  Un temblor, leve, recorrió el cuarto.

  La figura alzó la mano, apenas.

  —?Y no te duele?

  —Sí.

  Pero no camino para evitar el dolor.

  Camino…

  porque si no lo hago, me quedo aquí como tú.

  La figura dejó caer los brazos.

  Y por primera vez, pareció ligero.

  El cuarto se quebró como un espejo al soltarse.

  La figura se deshizo en líneas suaves.

  Sin gritos.

  Sin llanto.

  Liberada.

  El pasillo volvió a su forma original.

  Y frente a Syra, una nueva puerta apareció:

  una puerta hecha de las mismas grietas que él acababa de enfrentar.

  La cruzó.

  Y la culpa dejó de seguirlo.

  No porque ya no existiera.

  Sino porque ese peso dejó de ser suyo.

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