Pese que a Rovenna se veía forzada a revivir la mortificante experiencia de montar a caballo durante la mayor parte del día, no bien su comitiva comenzó a dejar atrás el castillo, se sintió aliviada con la idea de volver a su querida y soleada Nemertya donde la esperaban su casa, su libros y su reconfortante té. Incluso, si es que podía permitírselo, estaba dispuesta a tomarse unos días de bien merecido descanso por haber concluido con éxito la no tan fácil tarea de convencer a aquel cabezota que decía llamarse Guardián del Círculo para que restituyera la Orden de Rocasombra.
No bien obtuvo la confirmación, sin perder tiempo le comunicó la noticia a Theo a través del espejo élfico: tenía diez días para seleccionar a los candidatos que se convertirían en sus propios subordinados una vez que hubiera asumido su nuevo cargo como Maestro Líder de la Orden y en cuanto Rovenna llegara por fin a Nemertya la nueva Orden emprendería su viaje hacia el sur.
Desde el espejo, el pasmado mago la había observado con sus labios separados como si quisiera decir algo pero el aliento lo hubiera abandonado. Nunca se lo hubiera esperado. En todo ese tiempo que había trabajado para Rovenna, ella no le había hecho ninguna promesa de ascenso. Sin embargo, la sorpresa fue seguida por algunas objeciones, como era de esperarse. Theo no entendía por qué ella tenía que enviarlo tan lejos de Nemertya a un lugar que no tenía ninguna relación con él. Justamente, Rovenna le había explicado que esa la oportunidad perfecta para recrutar a tantos magos de origen plebeyo como él quisiera, no sólo Maestros, sino también Acólitos e Iniciados que serían entrenados por él mismo. Lejos del control del Cónclave y bajo el ala del Conde de Rocasombra, este a su vez en tensas relaciones con el poder real, Theo sería libre de tomar sus propias decisiones siempre y cuando estas se alinearan a los planos de Rovenna, claro está.
Frente a esto, el joven Maestro no podía objetar nada. Rovenna le estaba ofreciendo, en cierta medida, lo que él había deseado desde hace tanto tiempo.
No había nada más placentero para la Maestra Arcanista que callarle la boca a todo el mundo sobre todo cuando se trataba de subordinados que no vacilaban en cuestionar sus decisiones. Como Fidelia lo había hecho tantas veces.
Ah, Fidelia. No había estado entre los planes de Rovenna enviarla a las monta?as pero aquel cambio de rumbo sería bueno para ella y alguien tenía que cuidar que Myrius no cometiera ninguna imprudencia. Si la situación fuera distinta, Fidelia sería la líder de la expedición pero su sello dejaba eso fuera de cuestión. Aun así, su antigua pupila sabría cómo manejárselas. Ya lo había demostrado al descubrir el misterio de los Elementales y tener un papel crucial en la captura de los traidores. Y todo sin poder usar magia. Lástima que nadie más que los mismos involucrados estuvieran al tanto de todo eso.
Rovenna todavía no había perdido las esperanzas en ella pero tampoco estaba dispuesta a facilitarle las cosas. Ya le había demostrado que conservaba su integridad al no abandonar a su equipo para dirigirse a la isla. Ahora había llegado la hora de ganarse la absolución.
La otra buena noticia era que se había quitado de en medio a Eldrin Caedos quien en cuestión de días sería encontrado y llevado ante el Alto Tribunal Arcano para responder por sus crímenes. Zoran había elegido a varios magos de la División Control para que salieran en su búsqueda de inmediato. Era irónico para Rovenna que la venganza que ella alguna vez había querido consumir, él ahora se la entregaba en bandeja y no había sido necesario ni siquiera planear una conspiración. Se había arruinado él mismo.
Aunque ya eso no le importaba. Los viejos rencores del pasado se habían extinguido y después de tantos a?os todo lo que Rovenna podía sentir ahora por el mago era una lástima indiferente. Pensar que él había estado a punto de ocupar su puesto y ahora se encontraba siendo perseguido por el mismo Consejo que él había so?ado con presidir.
El tiempo era un torbellino que podía arrojarte hacia los lugares menos impensados.
Sin embargo, en toda aquella historia de la quimera, Rovenna todavía sospechaba de que había algo más que el conde no le había confesado pero como concesión de su nueva alianza ella se lo había dejado pasar.
Pero la duda persistía en su mente. Si Eldrin quería casar a la Dama Olivia a como diera lugar, ?por qué no había recurrido a la familia real cuando el rey no tendría ningún impedimento para obligar al conde a cumplir con sus órdenes? Era muy improbable que el conde se arriesgara a un conflicto armado o eso hubiera pensado ella antes de descubrir lo que se estaba cocinando en la torre de experimentos de Rocasombra.
Aunque detrás de todo eso yacía una pregunta mucho más crucial: ?por qué varios jugadores del tablero estaban tan obsesionados con una muchacha sin poderes cuya alianza con el príncipe no traería más que dolores de cabeza a nivel político?
El camino estaba sembrado de trampas y Rovenna tendría que moverse con mucha más cautela de la habitual. El simple hecho de que ella estuviera ahora ocultando la existencia tanto de la quimera como del arcanio la hacía merecedora de un sello de anulación tanto o quizás aún más que Fidelia. Era una clara traición al Cónclave que de descubrirse significaría una muerte inmediata.
Pero a diferencia de ella, Rovenna no se dejaría atrapar tan fácilmente, no cuando estaba en peligro algo mucho más grande que su puesto como Maestra Arcanista o su vida misma, la cual no significaba nada en comparación con el desastre que iba avanzando hacia Terrarkana como una ola gigante, avistada a la lejanía, de la cual uno intenta correr pensando que todavía tiene posibilidad de salvarse.
Que alguien más se ocupara de Eldrin Caedos. Hacía mucho tiempo que había dejado ser rival para ella.
Porque, en realidad, su verdadero oponente se encontraba galopando no muy lejos de ella.
Zoran y ella no habían tenido muchas ocasiones para hablar mientras él se encontraba ocupado infligiendo una tortura que poco había servido para encontrar la verdad... o al menos eso creía él. Los traidores no dejaban de gemir que había una quimera andando suelta por el reino pero el Líder de Control no estaba dispuesto en creerles semejante disparate. Las quimeras se habían refugiado en las Monta?as Rugientes como los seres cobardes que eran y no significaban ninguna amenaza para los magos.
Rovenna no podía predecir cuándo pero algún día la arrogancia de los magos sería su propia perdición, aunque ella misma no eran quién para condenarlos.
Por lo menos Zoran estaba tan ocupado con la idea de capturar a Eldrin que se había olvidado del asunto de la desmantelada Orden de Rocasombra y eso le dejaba a Theo el camino libre. Rovenna no podía dejar de sonreír pensando en cómo el joven plebleyo y el conde, dos hombres de orígenes e ideas muy distintas, tendrían que lidiar el uno con el otro. Lástima que ella no podía estar ahí para atestiguarlo.
Pero ahora debía pensar en cómo sobrevivir a aquel insoportable viaje. Sólo habían pasado dos días desde que habían cruzado las puertas del castillos y ya desde el primer día un dolor lacerante le atravesaba todo el cuerpo y cada tanto sentía deseos de tirarse del caballo y dejarse morir aplastada por sus cascos, aunque esta vez la idea de verse de nuevo en Nemertya en unos días la ayudaba a soportar todo aquello.
Esa ilusión se desvaneció a la tercera ma?ana. Mientras se disponían a emprender la marcha no bien asomaron los primeros rayos de sol, un mensajero se dirigió a ellos a todo galope. Tras inclinar la cabeza, el hombre le entregó el pergamino a la Maestra Arcanista, quien ya temía que algo grave hubiera ocurrido en Nemertya, aunque lo dudaba ya que cada noche se alejaba del campamento para que Theo la mantuviera al tanto de los avances en su selección de aspirantes. Al parecer todo iba viento a favor.
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Sin embargo, al terminar de leer el pergamino, deseó que hubiera sido todo lo contrario.
El informe que el mensajero le entregó hablaba de extra?as fluctuaciones de energía que habían ocurrido en el golfo, a cierta distancia de Sue?o de Bruma, y otro segundo episodio ocurrido de camino entre dos pueblos de la franja este.
Una sospecha la embistió como un rayo y su cuerpo se endureció aun más.
Si el conde no le había mentido, Olivia y la quimera se dirigían al este.
Pero se suponía que ellos estaba viajando por mar, a menos que algún percance les hubiera ocurrido durante el camino y se vieran obligados a continuar por tierra.
Era demasiada coincidencia pero ante los hechos de los últimos días no podía dejar librado nada al azar cuando había tanto en riesgo. Incluso Jasper Bloom podía estar involucrado en todo aquello aunque eso no explicaba el segundo episodio que había ocurrido bastante lejos de la costa.
No tenía opción. Nemertya tendría que esperar. Aunque no se tratara más que de habladurías de magos que no tenían nada mejor que hacer en aquellos peque?os y tediosos pueblos, no podría estar tranquila hasta cerciorarse ella misma. Lo único de que verdad lamentaba era que tendría que continuar cabalgando y durmiendo a la intemperie.
Le pasó el pergamino a Zoran.
–Debo dirigirme hacia el este –le informó ella –. Me llevaré conmigo algunos magos y tú seguirás con el resto hacia Nemertya.
Los ojos de Zoran se volvieron más oscuros de lo que ya de por sí eran.
–Si mi superiora me lo permite, –dijo él estrujando el pergamino y evitando la molestia que le provocaba llamarla Maestra Arcanista –no veo la necesidad de que usted misma se encargue del asunto. Sería un desperdicio de su valioso tiempo que debería usar para ocuparse de asuntos más importantes en Nemertya. Corresponde que sea la División Control que lidie con estas sospechas.
En circunstancias normales, hasta ella le hubiera dado la razón. Además, a Rovenna tampoco le complacía la idea de que él retornara por su cuenta al Consejo mientras ella se encontraba ausente de su puesto pero no había nada qué hacer. Theo se encargaría de vigilarlo aunque ya bastante cargaba sobre sus hombros. Pero, bueno, si el muchacho estaba dispuesto a convertirse en Maestro Líder más vale que se fuera acostumbrando al peso de las obligaciones que le aguardaban.
–Puede ser. Pero si esto llegara a estar relacionado con el ataque al lago, entonces con más razón le compete a la Maestra Arcanista –respondió ella remarcando las últimas dos palabras –. Tu deber ahora es escoltar a los traidores. No es una petición. Es una orden.
A Zoran no le gustaba que lo dejaran así como así de lado y alzando la voz comenzó a protestar.
–Si se trata de Eldrin Caedos con más razón...
–?Zoran Wildheart! –dijo ella con voz autoritaria impidiendo que continuara –. Conozca su lugar. Si esto es obra de Eldrin, seré yo quien lidiará con él. Como tú bien sabes, ya lo hice en el pasado, cuando tú aún eras un ni?o llorón que no lograba separarse de las faldas de su madre.
El resto de los magos en la comitiva se miraron entre sí, algunos suspicaces, otros ocultando su sonrisa burlona. Rovenna sabía que varios de ellos respaldaban el futuro nombramiento de Zoran así que, mientras les dirigía una mirada severa, fue exclamando los nombres de aquellos de más confianza que la escoltarían.
Zoran mantenía las riendas tan apretadas entre sus manos que bien podrían haberle sangrado en ese momento.
–Aun así, usted no está...
–?Eres el Lider de Control y como tal respondes ante mí!
–El Cónclave...
–Eres libre de ir a llorarle al Cónclave y de paso a tu madre una vez que llegues a Nemertya.
Al oír eso, algunos de los magos se llevaron una mano a la boca para contener la risa.
Rovenna hubiera deseado agregar que ella sabía muy bien cuánto le gustaba a él presumir de su nombre de familia y que este no era más que un montón de letras juntas, un regalo de consuelo que los elfos les habían entregado a los primeras magos para hacerlos sentir importantes y ganar así su vallasaje. Pero tampoco quería atizar las llamas más de lo necesario.
Zoran no dijo más nada y Rovenna, olvidando el dolor ante el deseo imperioso de alejarse de aquel hombre, se separó el grupo junto con otros cuatro magos que la siguieron al galope.
La forma más rápida de llegar a la franja este era dirigirse primero hacia el territorio perteneciente a un noble que tenía su propio puerto y un barco lo bastante grande para cruzar la distancia entre un extremo y otro del golfo. Tardaron un día en llegar hasta aquel punto y mientras tomaban control de la embarcación, Rovenna mandó a uno de los magos como emisario hacia el castillo del noble para explicarle la situación. No había tiempo para protocolos. Debían zarpar cuanto antes y su autoridad como Maestra Arcanista la permitía hacer lo que se le antojara sin preocuparse por ofender a los nobles.
Ya era de noche cuando el barco se detuvo cerca de la franja este y, tras ser trasladados en un bote más peque?o, levantaron campamento para salir temprano al otro día. No iban tan rápido como hubiera querido y Rovenna incluso llegó a desear, para su desconcierto, haber contado con alguna de las ridículas escobas voladoras de Korinna Franko. Podrían haber usado magia para viajar de noche pero no quería agotar la energía de los caballos ni la de sus subordinados, ya que no sabían con qué podían llegar a encontrarse.
A un ritmo desbocado, aprovechando cada instante de luz, tardaron dos días más en llegar al primer pueblo y encontrarse con los magos de la Casa de Gobierno. Estos les comunicaron que habían puesto en alerta a todas las poblaciones de la zona y que muchas de las respuestas que habían recibido coincidían en que habían sentido una inestabilidad de energía que les había llamado la atención. Algunos incluso se habían dirigido al lugar donde había ocurrido la eclosión aunque no encontraron gran cosa. No había nada a simple vista que indicara sobre algún suceso extra?o, excepto la perturbación en la Dimensión Etérica que sólo un mago o criatura mágica sería capaz de notar.
Rovenna quería inspeccionar ella misma el lugar de los hechos y solicitó que la guiaran hasta el lugar. Llegaron a la caída del sol pero Rovenna no necesitó mucho tiempo para corroborar lo que los magos le habían contado.
Primero encontraron restos de una fogata que indicaban que algunos viajeros habían pasado por allí pero eso era muy común y por más que se había registrado a todas las personas que se trasladaban de pueblo en pueblo nadie había manifestado un poder mágico suficiente como para provocar una inestabilidad tan importante como aquella.
La misma Rovenna se sorprendió cuando, al llegar hasta la ribera del río, se encontró con una alteración mágica que pese a los días pasados todavía no se había extinguido del todo.
Al extender sus manos, las corrientes de símbolos dorados de diversas formas se mostraron ante ella como un manto que alguien ha levantado para mostrar lo que hay debajo. A su alrededor, los símbolos flotaban como copos de nieve suspendidos en el aire, excepto por una buena porción de ellos que se habían amontonado y giraban sobre sí mismos como un peque?o torbellino de hojas. No era nada significativo pero aún así no debía de estar allí.
Todo uso de magia, aunque mínimo, provocaba variaciones en el ambiente, no perceptibles a los sentidos humanos. Dependiendo de la potencia del sello, esta variación podía durar un instante e incluso un par de días pero si los informes eran correctos ya habían pasado cerca de diez días y aquella anomalía persistía. Aquello no debería estar pasando.
Estando cerca de la orilla del lago había presentido el rastro de una anomalía similar, bastante potente también pero como se encontraba más preocupada por las consecuencias políticas del ataque no le había prestado tanta atención. Después del combate entre magos y sirenios no hubiera sido raro que la energía del lugar se encontrara inestable.
Un mago no podría haber provocado eso. Ni siquiera Eldrin.
Un elfo, quizás, pero ninguno renunciaría a su inmortalidad por irse a pasear por Terrarkana.
Tampoco era posible que una quimera hubiera provocado aquello.
Era algo más.
Sin embargo, sin más indicios que ese, ya se le hacía bastante difícil decidir en qué dirección dirigirse. La criatura que había provocado la anomalía podría encontrarse en cualquier lugar y detrás de ella no había dejado ningún rastro.
Entre los viajeros no se había encontrado a nadie sospechoso, sin embargo, si el responsable era de verdad tan poderoso como para provocar esa fluctuación de energía, Rovenna estaba convencida de que también debía ser capaz de bloquear su poder para pasar desapercibido en los controles.
Y ahora Rovenna sentía ganas de conocerlo.
No era más que una suposición, una simple apuesta, pero aún así, a la ma?ana siguiente retomaron el camino a toda velocidad. Aun así, apenas tomándose unos instantes para descansar y con todo el cuerpo de Rovenna hirviendo de dolor, tardaron dos días más en atisbar los primeros indicios del pueblo.
Pero no fueron casas lo que vieron primero, sino una nube oscura que conforme avanzaban los envolvía como una niebla siniestra que no tardó en invadir sus pulmones y obligarlos a detenerse.
Rovenna debería haberse sorprendido pero en el fondo había esperado que algo como eso ocurriera.
Un incendio.
Como en el lago.

