–Se?or, los sirvientes me han pedido que...
–?Cormac!
–… viniera a verlo...
El capitán de la guardia de Rocasombra se quedó de piedra en el umbral de la puerta la bodega, tras toparse de sorpresa con aquella escena tan inusual.
Tirado en el suelo, con el rostro brillante de sudor y los ojos enrojecidos, se encontraba su se?or tirado al lado de un creciente charco rojo de vino que se estaba vertiendo sin pausa de un barril.
–?Justo a tiempo! –el conde alzó con su mano una copa de la cual se salpicó aun más vino –. Los sirvientes no querían servirme más vino así que tuve que venir yo a buscármelo. Ayúdame ?quieres?
–Mi se?or...
–Mi se?or... –se burló Alaric –. ?Por qué siempre me llamas así? Nos conocemos ya desde que nacimos... Mi se?or esto... mi se?or lo otro... Llámame Alaric, simplemente, como Leander...
Cormac suspiró. En realidad los sirvientes habían estado buscando Leander pero, al no encontrarlo, habían ido a avisarle a él.
Buscó el tapón del barril y, tras terminar con aquel desperdicio, se acercó hasta el conde con la intención de levantarlo del suelo.
–Lo llevaré a su recámara.
El conde se apartó.
–Aquí estoy bien.
–No puede quedarse aquí bebiendo toda la noche.
–Puedo hacer lo que se me plazca... De todas maneras, no hay peligro de que mi hija me vea en este miserable estado –bebió de la copa hasta el fondo.
Cormac ya se había imaginado cuál era la razón de aquella falta de juicio y no podía culpar a su se?or. Los últimos dos meses habían sidos difíciles para todos y aquella era la primera noche que podían relajarse un poco. él incluso había encargado una cuantiosa cena para sus exhaustos soldados y les había dicho que se tomaran un par de días de descanso.
Sin embargo, a muchos de los habitantes del castillo les preocupaba el incierto paradero de la joven Olivia. Sólo los más cercanos al conde, incluido él, sabían la verdad de lo ocurrido.
–No está en condiciones de negarse –insistió el capitán.
–?Acaso no soy tu se?or? No puedes contrariarme.
Que la ninfa le diera paciencia.
–Si se levanta por sus propios medios, comenzaré a llamarlo por su nombre...
El conde aceptó la apuesta pero le llevó un tiempo cumplirla. Primero se revolcó por el suelo hasta quedar boca abajo. Haciendo fuerza con los brazos se fue despegando del suelo hasta ponerse de rodillas. Luego, agarrándose de uno de los barriles, logró mantenerse de pie aunque las piernas le temblaban.
–Ahora intente caminar –dijo Cormac.
–Eso no era parte del trato.
–Dije por sus propios medios pero sigue agarrado del barril.
El Conde soltó el barril y elevó ambas manos para demostrarle que estaba equivocado pero el movimiento fue tan brusco que su cuerpo se inclinó hacia un costado y se hubiera estampado contra el piso de no ser por el capitan que lo agarró justo a tiempo.
Con una mano debajo de los hombros del conde, Cormac lo arrastró fuera de la bodega sin ninguna dificultad. Afuera esperaban algunos sirvientes que no se habían atrevido a desobedecer a su se?or. Le ofrecieron ayuda pero Cormac los tranquilizó diciéndoles que ya podían volver a sus tareas.
Tardó un rato en alcanzar los aposentos del conde quien se dejó llevar poner resistencia aunque tampoco era capaz de apoyar los pies para ayudarlo. Tras abrir la puerta se acercó a la cama y lo aventó sobre ella sin preocuparse en la posición que quedara.
–?Es esta tu manera de tratar a tu se?or? –pregunto el conde con los labios pegados a la manta y su cuerpo tieso como una estatua.
Cormac esbozó una sonrisa que el conde no podía ver debido ver.
–He calculado mal.
–Me he dado cuenta –con mucho esfuerzo el Conde rodó sobre la cama para quedar boca arriba y Cormac tuvo que evitar de nuevo que se cayera el piso. Agarrándolo por los pies lo ubicó en el centro para evitar más caídas.
El capitán fue hasta un recipiente con agua que los sirvientes habían dejado. Humedeció un trapo y se lo alcanzó al conde quien comenzó a pasárselo por cara. Un suspiró de alivio escapó de sus labios.
Cormac arrastró una silla hasta la cama y se sentó, pensando que lo mejor sería esperar a que el conde se durmiera, temiendo que volviera a escaparse hasta la bodega. Aunque en ese estado, dudaba mucho que lo lograra.
Se quedaron callados durante un rato. él repasando en su cabeza la lista de tareas que le esperaban al día siguiente y el conde perdido en sus pensamientos con su mirada vidriosa apuntando el techo de la cama.
–?Qué he hecho, Cormac? –el conde se llevó una mano a los ojos.
Aquella era un pregunta tan general que bien podría haberse referido a cualquier cosa, aunque lo más probable era que se tratara de la dama Olivia.
–?Mi se?or?
–?Ya basta con “mi se?or”! ?Mierda!
Cormac se rindió. De todas maneras, el conde estaba borracho y quizás no se acordaría de nada después.
–Muy bien... Alaric –Cormac se removió intranquilo sobre su asiento. Aquello no sonaba para nada bien.
–Tienes razón, ha sonado raro –dijo el conde como si le leyera del pensamiento –. ?Qué estaba diciendo?
–Algo que usted había hecho.
El conde soltó un gemido.
–?Qué hice! –se lamentó –. ?La dejé ir sola!
–No dudo que...
–?Sola! ?Sola! –Alaric soltó una risa amarga –. ?Nunca la dejé ir sola ni siquiera al bosque o el pueblo y ahora hasta permití que atravesara el reino por su cuenta! ?Hasta la Isla de los Demonios! ?Sola! ?Qué pasa conmigo?
Tanto a Cormac como a Leander les había sorprendido aquella impulsiva decisión pero él suponía que la culpa había tenido algo que ver. El conde había mantenido a su hija tantos a?os aislada que quizás pensó que era una manera de compensarla.
El capitán se sintió agradecido de no tener hijos.
–?No dijo que se fue con la quimera? –preguntó.
–?Es lo mismo! ?No conozco para nada a esa criatura! ?Y si la lastima? ?Estaba loco cuando tomé esa decisión! ?Fueron demasiadas cosas juntas!
–Según Leander, no tenía mucho poder y su hija puede defenderse con la magia.
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–La magia, sí... aunque no es más que una Iniciada. Tenía mis dudas de que aprendiera pero quizás fue lo mejor... aunque no sé que habrá hecho Eldrin con ella... Bastardo... ?Y qué tal con la espada?
Cormac se tensó sobre su asiento. Hubiera querido responder que la muchacha era tan diestra como su padre pero la verdad era que todavía le faltaba mucho. Es un enfrentamiento cuerpo a cuerpo no tendría ninguna chance. En cuanto al arco, su puntería era bastante buena, siempre y cuando no se pusiera nerviosa, lo cual pasaba muy a menudo...
No quería mentirle pero si le decía la verdad su se?or se preocuparía aún más.
–Se sabrá manejar. Es una joven inteligente. La prueba está en que se las ha arreglado todo este tiempo sin nosotros.
–Sí... cuando la dejé irse no puso ningún pero... como si quiera escapar de mí lo antes posible. Numi y Yaritza también se enojaron conmigo.
–Siempre hay desacuerdos entre padres e hijos. Lo de ustedes se puede arreglar.
–?Diecisiete a?os! ?Es una ni?a!
–Para su edad, es muy madura. Confíe en su juicio.
–?El mismo juicio que hizo que se escapara con una quimera y se escabullera por el bosque donde sería encontrada por esa maldita elfa?
Nada de lo que dijera Cormac lo tranquilizaría. Lo hecho, hecho estaba. De nada valía lamentarse sino que había que pensar en los siguientes pasos.
Pero el conde no había terminado.
–?Ni siquiera sé dónde está ahora! –continuó lamentándose –. ?Y si se termina ahogando en el golfo? Debería salir en este momento...
Viendo que el conde intentaba levantarse, Cormac estiró una mano y lo obligó quedarse acostado.
–Primero, no puede hacer nada así como está. Segundo, usted mismo dijo que si íbamos tras ella se vería sospechoso. Es mejor que la familia real continúe pensando que fue raptada.
–?Me enfrentaré a la familia real!
–Y nuestros soldados estarían la mar de encantados pero carecemos de magos.
–?Tenemos las armas creadas a partir del arcantio!
–Armas que aún no han sido terminadas de crear y mucho menos puestas a prueba por nuestros propios soldados. De nada nos servirá un artefacto mágico que un humano común no pueda utilizar.
–Suenas igual que Rovenna Astra...
–Tomo eso como un cumplido.
–E igual de soberbio.
–Viniendo de usted, esa observación me hace mucha gracia –Cormac aprovechó la ocasión para preguntarle qué le había dicho sobre la nuevos magos que integrarían la Orden.
–Dijo que ella misma se encargaría de seleccionar a los candidatos entre aquellos que le fueran más leales... Eso no me tranquiliza del todo pero al menos significa que los nuevos magos no atentarán de nuevo en nombre de Eldrin...
–Pero sí de Rovenna...
–La prefiero a ella antes que a Zoran.
–Es verdad. El hombre es detestable.
–Y por ahora nuestros objetivos son los mismos... Más adelante se verá. Para entonces tendremos las armas.
Un trabajo arduo les esperaba. Otra razón más para descansar.
Iba a decirle eso al conde cuando de repente alguien tocó la puerta.
–?Quién es? –exclamó Alaric.
–?Soy yo!
Cormac frunció las cejas al escuchar la voz apagada de Leander. Había algo raro. No se escuchaba como él mismo.
–?Pasa! –exclamó el conde.
La pesada puerta se abrió lentamente como si el mago no contara con la fuerza suficiente para empujarla. Entró arrastrando los pies y balanceando su cuerpo de un lado a otro. Su cara estaba tan roja como su túnica.
Otro más, pensó Cormac.
–Los sirvientes dijeron que me estabas buscando... –le dijo Leander al Conde.
–Cormac ya se encargó...
–Ah... –dijo Leander apretando los párpados mientras miraba a Cormac como si recién se hubiera percatado de su presencia –. ?Y qué haces tú aquí?
Cormac no se tomó la molestia en explicar.
–?Qué te ha pasado? –le preguntó al mago.
–He sido removido.
–Ya sé... pero ?era necesario que...?
–Estaba esperando que me fueras a consolarme pero estabas tan ocupado con tus soldados... y ahora te encuentro en el dormitorio del conde...
El conde levantó ambos brazos como si intentara alcanzar el techo.
–él no me hizo nada, lo juro. Nunca traicionaría a mi mejor amigo... Estoy hablando de Leander, no de ti, Cormac.
Cormac intentó hacer callar a Leander.
–?No te parece que estás fuera de lugar?
–?Como siempre! –Leander se tiró sobre una silla –. Siempre el deber primero. Estuvimos no sé cuantos días separados, me encerraron en una mazmorra y no fuiste capaz ni de...
–?Podemos dejar esta conversación para después?
–?Para después! ?Siempre para después!
–?Qué te pasa, Cormac? –se quejó Alaric –. Yo sé muy bien lo que hay entre ustedes dos... ?Por la ninfa! ?Todo el castillo lo sabe!
–Eso no significa... mi se?or... no corresponde... –Cormac luchaba con lo que decir a continuación.
A partir de ahí, Leander y Cormac continuaron hablando entre ellos y haciendo chistes a costa de él. Molesto al principio, Cormac terminó rindiéndose. Si eso servía para que el conde dejara de preocuparse por su hija, entonces no tenía problema en convertirse en blanco de sus bromas. Se quedó con aquellos dos borrachos hasta que ambos se durmieron y roncando a todo pulmón. él volvió a sus aposentos a descansar, ya había hecho su parte.
También echaba de menos a la dama Olivia, estaba preocupado, pero de nada servía imaginarse todos los escenarios posibles. Por si acaso, iría un rato a rezar al templo, algo que no había hecho en mucho tiempo.
Las siguientes semanas fueron de mucha actividad. Rovenna Astra, así como Zoran y la División Control, permanecieron unos días más y finalmente se fueron una ma?ana junto con todos los magos traidores que tendrían que caminar encadenados hasta Nemertya como preludio de un castigo mucho peor que allí les esperaba. Se hablaba incluso de pena de muerte. Se esperaba que los demás nobles, ahora temerosos de que sus propias órdenes, exigieran un castigo que hiciera que los demás magos lo pensaran dos veces antes de sublevarse contra ellos.
Mientras el grupo de traidores cruzaba la gran puerta del castillo arrastrando los pies bajo las pesadas cadenas, algunos sirvientes se acercaron para escupirles. Para Cormac aquello un espectáculo muy triste. Conocía a todos los magos de la Orden. Con ellos había compartido la responsabilidad de proteger el castillo y había entablado varias amistades, al igual que Leander, quien debía de sentirse peor.
El mago se había recluido en la torre sur solicitando de que nadie lo molestara y que le dejaran la comida al lado de la puerta. Cormac había intentado razonar con él pero el mago nunca le abría la puerta. Los únicos que estaban autorizados a entrar eran el Conde, Myrius, Korinna y Fidelia, con quienes parecía estar trabajando con el arcantio. Eso le molestaba ya que el capitán de la guardia debería haber tenido derecho a decir algo sobre el asunto. Aun así decidió no forzarlo.
Rovenna Astra le había comunicado al conde que recibiría a los nuevos magos en las próximas semanas. Ella hubiera querido estar presente pero no podía permanecer por más tiempo lejos de la capital. Cormac suponía que tampoco quería perder de vista a Zoran.
Entre las últimas novedades hubo una que le pareció una locura. Se esperaba que un grupo de magos y soldados se adentrara en la Monta?as Rugientes para encontrar a las quimeras. Cormac estaba a cargo de seleccionar a algunos de sus soldados. ?Qué manera de deshacerse de hombres capaces!
Cuando se enteró que Fidelia participaría de aquella misión imposible, Cormac se atrevió a protestar aunque la misma mujer le hizo callar la boca.
–?Cormac! ?No importa cómo lo veas, o lo que te ha dicho Leander, no soy ninguna ni?a!
El capitán no entendía nada. Según le habían contado, ella había sido la primera en quejarse ante la Maestra Arcanista, ?por qué de repente estaba tan enojada con él que no tenía nada que ver? ?Qué tenía que ver Leander?
Los magos eran tan agotadores...
Como Rovenna les había prometido, los nuevos magos que se habían elegido para repoblar la Orden llegaron a Rocasombra, junto con el nuevo líder asignado. En el patio de armas se encontraban todos los soldados reunidos y algunos sirvientes curiosos. Alaric, Leander y Cormac, vestidos formalmente para la ocasión, se encontraban esperando en el centro.
Al ver a Leander después de todo ese tiempo, el capitán se tranquilizó. Estaba ojeroso pero no parecía enfermo. Que hubiera salido a recibir a la nueva Orden era una buena se?al.
–Me alegro de verte –le susurró al mago.
–?Corresponde este tipo de comentarios justo ahora? –se burló Leander.
–Estaba preocupado.
–Para tu información, no estuve todo este tiempo lamentándome sino cumpliendo con mi deber, como tú te las pasas haciendo.
–Ya veo.
–He hecho progresos increíbles con el arcantio, y todo solo, sin ayuda, sin distracciones.
–?Así que yo soy una de tus distracciones?
Leander frunció los labios.
–Sí, quizás sería hora de prescindir de ti y concentrarme sólo en mi trabajo.
–Esta noche será la cena de recibimiento. Ya que no eres más Líder de la Orden, ?por qué no me muestras lo que has estado haciendo con el arcantio?
–?En tu cuarto o en el mío? –preguntó Leander y Cormac tuvo tiempo apenas para responder cuando la procesión de carros y caballos terminó de cruzar la gran puerta y detenerse cerca de ellos.
No todos eran maestros. Había varios Iniciados, así como Acólitos. Cormac se puso a estudiar el rostro de cada uno. El primero en adelantarse fue un Maestro bastante joven de piel tostada, pelo corto y oscuro y mirada serena. En realidad, para sorpresa de Cormac, todos eran jóvenes, siendo el nuevo Líder quizás el mayor de todos ellos.
–Su Excelencia –el joven Líder inclinó la cabeza frente al conde y le tendió un pergamino sellado –. Mi nombre es Theo Malis. He sido designado Líder de la Orden de Rocasombra por la Maestra Arcanista Rovenna Astra. Es un gran honor para todos nosotros haber sido elegidos para servir al Guardián del Círculo. Esperamos estar a la altura de los desafíos que nos esperan.
Alaric hizo todo lo posible por dar una cálida bienvenida a los nuevos magos pero Cormac se daba cuenta del gran esfuerzo que estaba haciendo por disimular delante de ellos. Durante todo ese tiempo habían esperado en vano alguna noticia sobre lo que había ocurrido con Olivia. Aquella primera visita no había sido la última y siempre era Cormac quien tenía que bajar a buscarlo. Había pensado seriamente en sellar la entrada de la bodega y guardar él mismo la llave. Tenía mejores cosas que hacer que andar detrás de borrachos.
Sin embargo, una vez que Theo Malis terminó con las presentaciones, se acercó al Conde para susurrarle algo, lo bastante alto como para que Cormac pudiera escucharlo.
–Rovenna también me pide que le haga llegar este mensaje no oficial. Se trata de su hija.

