Aproximadamente 48 horas antes...
Era una noche oscura, azotada por una tormenta brutal, cuando sucedieron los hechos.
Varios cuerpos sin vida, diez, veinte, treinta… demasiados como para contarlos a simple vista, eran arrastrados y apilados en lo más profundo de una vieja casa de madera, tan deteriorada que parecía a punto de derrumbarse en cualquier momento.
El jadeo constante al arrastrar cada cadáver, uno tras otro, se mezclaba con una respiración agitada y nerviosa. La conmoción histérica, unida a la ansiedad provocada por lo ocurrido tan solo unas horas antes, hacía que cada sonido se percibiera amplificado.
Cuando un rayo rasgó el cielo, su estruendo se sintió mucho más intenso. Mucho más cercano, como si hubiese caído justo encima de la casa. La lluvia arreciaba con el paso de los minutos. Las gotas golpeaban la madera con fuerza, casi con rabia, produciendo un sonido constante y ensordecedor que impedía pensar con claridad, ahogando cualquier intento de ordenar lo sucedido.
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Una vez que todos los cuerpos estuvieron apilados, el ambiente cambió. Un olor intenso a gasolina comenzó a impregnar el lugar. El combustible era vertido sin cuidado alguno por toda la casa de madera… incluyendo la reciente pila de cadáveres.
Segundos después, el bidón fue arrojado al suelo y entonces, una cerilla se encendió. La peque?a llama describió un breve arco en el aire oscuro y húmedo antes de caer sobre los cuerpos. El fuego prendió al instante, y las llamas comenzaron a devorar la madera, la carne… y lo poco que quedaba de aquellas almas en pena.
Fuera de la casa, bajo una lluvia cada vez más intensa, una figura observaba la escena. En silencio. Con tranquilidad. La casa ardía ante sus ojos mientras respiraba de forma pausada, lenta… controlada.
Por primera vez en horas, sentía paz.

