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El mundo está más loco que yo (III): La frustración del viaje.

  Maribel caminaba durante el día y encendía fuego por la noche.

  Avanzaba con una canasta a la espalda; dentro, un lobezno.

  Pedro era misteriosamente bueno para encontrar ramas secas y pasto. Incluso solía regresar con frutas silvestres durante los descansos.

  La variedad no era precisamente una fortaleza de aquellas frutas. Pero, pese a eso, había una cosa que Maribel se negó activamente a comer: las bayas silvestres.

  Había escuchado demasiadas historias sobre personas envenenadas por no saber distinguirlas de las comestibles, y ella bien podía convertirse en una más.

  Otra cualidad meritoria de Pedro era su excelente orientación. Mientras Maribel temía perderse si se alejaba demasiado del camino, el ni?o parecía moverse libremente de un lado a otro y siempre sabía cómo regresar.

  Maribel sonrió al darse cuenta de aquella virtud.

  ?Perfecto. Si lo llevo a cazar, podré explorar más lejos?, pensó.

  La senda que seguían era tan poco transitada que, de no ser por las piedras colocadas aquí y allá, no habría sabido que aquello era un camino. La hierba crecía incluso donde las piedras cubrían el suelo, haciendo la ruta aún más difícil de identificar.?

  Durante esos días, Maribel le hacía preguntas a Pedro, aunque solo de vez en cuando, procurando no molestarlo. La mayoría de sus conversaciones, sin embargo, giraban en torno a recuerdos sueltos o a detalles del entorno que a ella le parecían interesantes. Casi todo era sobre plantas, aunque a veces encontraban algún animal peque?o, lo que los distraía del tedio del viaje.

  De vez en cuando, Maribel se detenía para realizar los movimientos que le habían ense?ado.

  —?Qué haces? —preguntó el lobezno—. Eso hace que sienta algo raro.

  Maribel se detuvo, giró y lo miró.

  —Es un ejercicio. Me ayuda a sentirme mejor.

  Pedro frunció ligeramente el ce?o.

  —Mi padre hacía cosas parecidas… creo. Cuando él se ejercitaba, las cosas se volvían ruidosas y caóticas. O las personas organizaban fiestas muy desagradables.

  Maribel se detuvo en seco.

  —?Te incomoda que haga esto?

  El ni?o pensó un momento, luego negó con la cabeza.

  —Cuando tú lo haces me siento extra?o, pero no es malo.

  —?Qué sientes?

  —Algo aquí —dijo, se?alando su corazón—. Es incómodo, pero no malo. El empuje que sale de ti es diferente al de papá.

  Maribel guardó silencio. Bajó la cabeza un instante, perdida en sus pensamientos.

  Luego lo miró de nuevo. No sonrió. Tampoco adoptó un aire solemne. Solo había lástima en su expresión.

  —?Quieres acompa?arme? Te ense?aré cómo se hace.

  Pedro se sorprendió, visiblemente complacido. Se acercó despacio, dudoso, como si estuviera haciendo algo prohibido.

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  —?Qué pasa? —preguntó Maribel.

  —Pensé que nunca haría estas cosas… no me atrevo.

  Maribel despeinó su cabello.

  —No pasa nada. No es algo malo. Al menos, esta práctica no lo es.

  Así pasaron veinte días.

  Maribel intentó mantener el viaje con buen ánimo. Los primeros días lo consiguió, pero pronto lo nuevo y emocionante se desvaneció… junto con el camino que seguían.

  Intentaron regresar sobre sus pasos. No lo lograron.

  Estaban realmente perdidos en el bosque.

  Maribel suspiró bajo un cielo gris.

  —En estas circunstancias… solo se me ocurre buscar una cueva —se tiró del cabello—. A este paso me volveré una cavernícola.

  No les quedó otra opción.

  Cuando llegó la lluvia, sin embargo, no pudieron sentir más que alivio.

  Con fuego, comida y refugio, la situación era soportable. No muy distinta de cómo vivían en Puerta de Sal, salvo por un detalle importante: ahora debían caminar mucho más para conseguir agua.

  Lástima que aquel lugar no tuviera ni un caballo para llegar más rápido al monasterio.

  Al menos, Pedro no era un ni?o charlatán, lo que resultaba una peque?a gracia salvadora para su paciencia.

  La entrada de la cueva era alta, y usaban un tronco largo para trepar. Por las noches, los protegía del frío y la lluvia. Dentro, el calor del fuego resultaba más reconfortante que la paja sobre la que dormían, aunque debían tener cuidado: a veces las corrientes de aire apagaban las llamas.

  Habían pasado los últimos cinco días intentando orientarse, y parecía que incluso la nariz de Pedro había dejado de servir… hasta que un día detectó algo.

  Maribel estaba comiendo carne cocida, sin especias. El caparazón de un armadillo yacía abandonado en el interior de la cueva.

  Pedro levantó las orejas, corrió a la entrada y olfateó con insistencia. Sus ojos brillaron.

  —?Son personas! ?Puedo oler personas cerca!

  —??Qué!? ?Dónde están? —la urgencia fue compartida.

  Pedro y Maribel bajaron y echaron a correr.

  —?Cerca del gran árbol de caoba!

  Al llegar, Pedro volvió a olfatear, caminó en círculos y luego corrió hacia otro punto.

  —?Ahora por aquí!

  Maribel lo tomó del brazo.

  —Espera. —Se inclinó un poco, se?alando la canasta—. Sube. No quiero que te canses ni que tu nariz deje de funcionar bien.

  Guiada por él, corrió entre los árboles. Tras casi diez minutos de avance a toda velocidad, notó que los árboles comenzaban a ser más bajos. Entonces escuchó el ruido de carretas y cascos de caballos.

  Una expresión de alivio se dibujó en su rostro.

  El sonido venía desde abajo. Apenas distinguía el techo de uno de los carros, pero supo que allí debía bajar.

  Al interceptar la caravana, su alegría se transformó en desconcierto… y luego en temor.

  Cinco horas después, Maribel estaba sentada dentro de una jaula de hierro, junto a otras mujeres. Ya no tenía su canasta. Vestía ropa roída que no le pertenecía. Frente a ella, otra jaula contenía a cinco ni?os, entre ellos Pedro.

  Más adelante se alineaban carros tirados por caballos, de los que provenían sonidos indecorosos de hombres y mujeres.

  —Tan lamentable —murmuró Maribel, mirando al cielo.

  Afortunadamente, no le tocaron ni un mechón de cabello.

  No por falta de intentos, sino porque una sola mirada suya bastaba para arrebatar la lujuria.

  Aun así, la frecuencia con la que percibía aquellas intenciones la dejaba anonadada… y decepcionada, una vez más, de la humanidad.?

  ??Me quieren porque me encontraron con un ni?o? Tal vez piensan vender a las vírgenes por más valor… ?pero soy virgen!?

  El pensamiento le provocó náuseas.

  Intentó meditar, o algo parecido. Con los pies encadenados no podía sentarse correctamente, y los pensamientos intrusivos hacían imposible la concentración.

  Con el tiempo, los ruidos se apaciguaron. Entonces, una mujer vestida con túnicas de médico entró en uno de los carros.

  Una luz verde emanó del interior.

  Maribel la observó con rencor.

  ?Esa ropa es mía. Y esa luz… tiene algo extra?o.?

  Podía sentir que aquella luz debía restaurar a las personas a un estado óptimo… pero, por algún motivo, no estaba segura de que eso fuera lo único que hacía.?

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