La boca del viejo Raz se abría y cerraba con bostezos cada ciertos minutos; eran prolongados, aparecían y desaparecían sin prisa. Otros hombres se encontraban ahí también, apoyados en troncos o sentados sobre piedras húmedas.
—Así que… ?quieres aprender a cazar? —dijo el viejo—. Supongo que es entendible… ya era hora de que emprendieras un viaje.
El viejo no sonaba desde?oso.
—Así es. No puedo mantenerme más tiempo en este lugar… bueno, yo sí, pero Pedro no.
—Oh… así que ese es su nombre. Entiendo…
El viejo parecía dudar menos de sus comentarios últimamente.?
—?Sabes? Este trabajo suele ser de hombres. Es una lástima que tengas que asumir esa tarea, pero al mismo tiempo creo que es admirable.
—?Qué es lo que te parece admirable?
—El hecho de que aprendas a cazar y a hacer le?a para poder escapar con ese chico.
Los hombres del fondo parecían intrigados, preguntándose con quién se fugaría la mujer. A Maribel no le hacía ninguna gracia que hablaran sobre ella.
—No te preocupes —respondió—. Para mí no es un problema.
Maribel iba vestida con su ropa de médico, percudida por el uso; aparentemente era lo más valioso que tenía. Aunque no temía romperla, le dolería si se la robaran.
Ese día su pecho parecía más plano: se lo había amarrado con peque?as esteras que Clara le había regalado. Las apretó con firmeza, lo suficiente para poder correr y saltar sin dolor ni falta de aire. Nadie parecía darle importancia al nudo que sobresalía bajo su camisa. En realidad, las miradas se las robaban sus zapatillas.
Partieron así. Maribel llevaba un cuchillo de caza en el bolsillo. Las zapatillas, anta?o blancas, estaban ahora cubiertas de manchas imposibles de quitar; usaba calcetines sucios, pues, aunque normalmente evitaba llevarlos —salvo para dormir—, la tarde anterior se había preparado para correr si era necesario. Para su desgracia, ambos eran blancos.
Caminar en silencio entre los árboles la hacía sentir extra?a. Avanzaban a un ritmo ni lento ni rápido, sin emitir sonido alguno. Cuando identificaron un grupo de animales cerca, se movieron rápido para avisar del hallazgo.
Habían colocado una trampa de red en un árbol, que sería jalada por tres hombres desde la rama de otro gran árbol sin hojas. A Maribel le ordenaron colocarse de forma lateral a la red, unos metros más adelante, para matar a la presa si se desviaba. Otros dos hombres aguardaban en distintas esquinas, mientras uno más se encargaría de perseguir al animal.
Maribel se miró a sí misma, luego al entorno.
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?Oh no, vestir de blanco pudo ser una mala idea. Tal vez el animal me note antes de tiempo y se desvíe antes de llegar a mí... no podré aportar nada así.?
No tuvo más opción que esconderse tras un arbusto seco, de ramas entretejidas en una mara?a espectacular, con la espalda al río. Probablemente, lo que fuera que cazaran ese día no la vería antes de que ella lo viera a él. Agradeció en silencio la suerte de encontrar un escondite así.
Casi diez minutos después, un jabalí apareció corriendo con una herida abierta en el estómago. Sus gru?idos lo hacían parecer una maldición viviente. Estaba a punto de desviarse y saltar al agua cuando, repentinamente, se alejó del río. Maribel no supo si había hecho algo bien o terriblemente mal, pero el jabalí eligió correr en sentido contrario a ella. Para su mala suerte, dos hombres ya lo esperaban.
Uno le perforó por completo el vientre; cuando el animal cayó, le cortó el cuello sin dudar. El otro se acercó con un tronco y cuerdas para atarlo. Los alaridos eran ensordecedores.
El proceso se repitió varias veces con otros animales. Algunos animales cayeron en la red; otros no. Uno incluso escapó de las manos de Maribel, mientras que la mayoría se perdía entre la hierba o lograba abrirse paso por los huecos de la red.
Para la última presa, un hombre llegó gritando por ayuda mientras sujetaba a una serpiente por el cuello, que, a su vez, se enroscaba y estrangulaba su mano.
Maribel llegó en un instante, al ser la más cercana. Sacó el cuchillo y lo clavó en la cabeza de la serpiente. El agarre se aflojó casi de inmediato.
Sintió la satisfacción de haber compensado su error al perder presas anteriores, pero, al contemplar a la serpiente en sus últimos momentos, un dolor brutal le atravesó el cráneo. Miedo, odio y ferocidad —emociones que nunca antes había sentido— se mezclaron con un deseo sangriento de venganza que la sacudió hasta los huesos y le hizo perder el equilibrio.
Afortunadamente, la serpiente murió pronto. Aun así, la experiencia arruinó por completo su sensación de logro.
Solo participó un día más en la cacería. La inspección a Puerta de Sal no tardaría en llegar y, aunque la caza grupal requería muchas personas, acechar a la presa hasta el agotamiento era otra historia.
Las cosas mejoraron cuando el sistema le recomendó copiar la experiencia de caza de quienes la rodeaban. La sorpresa —o tal vez ya no tan sorprendente— fue que literalmente pudo copiar esa experiencia al segundo día. Su cuerpo desarrolló una memoria muscular como si hubiera practicado durante a?os, lo que le permitió mejorar de forma notable en apenas dos días.?
Los demás admiraban en secreto lo rápido que había mejorado. Maribel también lo sentía, y eso la llenaba de orgullo… hasta que un mensaje llegó al finalizar la segunda cacería.
[]La habilidad Intercepción de campos de percepción ha sido sellada en el dantian. La anfitriona ya no podrá mezclar su campo con el de otros seres vivos.]
—?Qué…?
Estaba desconcertada. ?Por qué el sistema bloqueaba sus capacidades? No estaba da?ando a nadie.
?No me molestaré en preguntar ahora, ya que no es un gran problema, pero espero que exista una buena razón para alterar mis cosas sin permiso.?
[El sistema no puede responder a las razones de privar a la anfitriona de su habilidad, pues no revelará secretos celestiales. La anfitriona podrá conocer el motivo más adelante, cuando se eleve.]?
La respuesta calmó un poco su descontento. Además, era cierto que no deseaba sentir lo que otros sentían; por útil que fuera para las relaciones sociales, tenía desventajas claras. El recuerdo de lo que había sentido aquella serpiente aún le provocaba escalofríos.
Al día siguiente, apenas salió el sol, Maribel y Pedro partieron. Se dirigieron en sentido contrario al amanecer: hacia donde el sol nacía se adentraba el Reino del Dragón Rojo. En cambio, ella guio la marcha hacia una secta de cultivadores cercana, al menos según lo que le había dicho el viejo.?
Esperaba encontrar apoyo allí. Maribel suponía que eran lo más parecido a monjes en monasterios y confiaba en que podrían ofrecerles hospitalidad, pese a las circunstancias.

