Un ni?o de ojos grises y cabello ondulado talaba tallos de bambú a la horilla de un río. Era el más alejado de la Primavera Eterna.
Muchos otros caminaban por la zona. Las edades variaban desde ni?os hasta ancianos. Aunque la mayoría eran masculinos, alguna que otra mujer se encontraba cerca. Miradas de lástima caían en estas mujeres, quienes trabajaban entre hombres.
El río sonaba fuerte en la cercanía. Las hojas susurraban.
Los golpes contra los tallos eran estruendosos, el aire invernal. Una ligera neblina congelaba la piel y opacaba.
Todos eran miembros mortales de una secta de cultivo de qi. Provenían de diversos orígenes, con diversas historias. Pero todos tenían dos cosas en común:
1.- Vestían el mismo uniforme.
2.- Nadie quería estar ahí.
Un hombre de 40 a?os sopló aliento en sus manos y recogió un tocón.
—Con esto... podré comprar el elixir de raíces espirituales. —su voz congelada hablaba tiritando.
Otro sonrió a su costado.
—?Recién? trabajaste más de veinte a?os acá, ?pero solo ahora consigues el dinero? ?Mírame a mi! ya empiezo a sentir el qi.
El viejo hizo una mueca.
—No es mi culpa que me hubieras robado mi tesoro y luego lo perdieras.
El otro escupió el suelo.
—?No lo perdí, me lo robaron!
El viejo rodó los ojos.
—?Qué diferencia hay?... en fin, ya podré iniciar mi ascensión espiritual. No haré rabietas por eso, solo no la cagues otra vez.
El otro hombre le pasó un brazo por el cuello.
—Anda ya, ?si estás de cascarrabias otra vez! —una sonrisa de júbilo se formó. —pero ahora, al fin podremos avanzar juntos.
If you spot this narrative on Amazon, know that it has been stolen. Report the violation.
El hombre tomó aire y levantó los tablones en su espalda, expulsando una nube de vapor.
Más conversaciones se susurraban, era casi espantoso escucharlos hablar en el frio. Palabras temblorosas, pronunciaciones rápidas. Como si un espíritu hubiera robado sus mentes y sus cuerpos.
Los pasos del hombre se escucharon sobre el barro húmedo.
—Por fin... si consigo fuerza, tendré la seguridad para vivir con la frente en alto.
Su amigo cargaba otra tanda. Rio divertido.
—Podremos tener tantos lujos como queramos, ni comida ni mujeres faltarán. Las riquezas lloverán del cielo, ya verás.
El cuarentón suspiró con fuerza mientras saltaba un bache.
—?Crees que eso me importa ahora mismo? ?no hombre! Dicen las malas lenguas que el Dragón Rojo empezará una campa?a de conquista. Ni estando loco me atrevo a unirme a su ejército, prefiero quedarme en la Hoja Silenciosa.
El otro levantó una ceja.
—?Seguro? Algunos dicen que es posible que las sectas hagan un golpe de estado. ?Te imaginas eso? ?Qué clase de gobernanza sería eso? —el sujeto rio a carcajadas, como si el frío no le afectase. —?Ya quiero ver cuando los rumores lleguen al norte!
Repentinamente un brillo verde pasó por su vista. Sus bellos se erizaron. La expresión del refinador de qi era mortífera.
Una vendaval pasó, su kasaya se alborotaba con el soplido
A lo lejos, pudo verlo desde el otro lado de la monta?a. El fuego se extendía por: una pelea inició.
Con el rugido del viento, un grito se escuchó con claridad.
—JAJAJAJAJA ?Muere y conviértete en mi fuerza!
Una risa desprovista de cordura, acompa?ado de fuertes gritos de agonía.
Nadie sabía porqué pasaba eso, pero no se quedarían para averiguarlo.
Las personas comenzaron a correr despavoridas. Algunos sin zapatos no temieron cortarse los pies o hacerse moretones, simplemente siguieron corriendo; tenían los pies tan fríos que no les podía preocupar menos.
Las personas casi llegaron al patio exterior, los guardias estaban listos y uno habló por un talismán.
El chico de ojos grises y cabello ondulado se detuvo. Una expresión de incredulidad, confusión y agonía. Nadie lo vio, él estaba al final de la multitud.
Miró lentamente su abdomen. Un chorro de sangre le caía por la cintura, el dolor se agudizó incontables veces cuando fue levantado con facilidad por el brazo que le salía por adelante. Quería gritar pero su músculo encargado de la respiración había sido completamente destrozado. Intentó forzarlo, un dolor aún mayor le asaltó.
Una risa fría llegó a sus oídos.
—?Qué pretendes? peque?a cosita. Incluso si tienes pulmones ?De qué sirven?
Maribel abrió los ojos con un espasmo.
Tragó aire con desesperación, como si acabara de salir bajo el agua.
Todo su cuerpo se sobresaltó. Su respiración entrecortada. Su cuerpo tembló incontrolablemente en el aire frío de invierno.
Amara la miró con calma.
—No es extra?o tener pesadillas en estos lugares. El agua se acumula en las paredes de piedra. Incluso con ropas para el frío, mantas y más cuerpos humanos para compartir el calor, aún tengo un poco de frío.
Maribel no estaba precisamente en la zona más favorable: estaba pegada a la pared.
Nadie quería hablar, ni moverse. Temían que si lo hacían, la zona calentada por sus cuerpos se enfriaría en un momento.

