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Cap 03 - La nobleza Azteca

  "Se?orío de Tlatelolco"

  "Mercado de Tlatelolco"

  "Ichkayoli"

  Me recosté sobre la carreta de mi familia, tratando de dormir un poco mientras mis padres vendían en su puesto.

  Pero me levanté después de solo un momento.

  Este mercado es tan aburrido que me da sue?o, pero no puedo dormir porque es muy ruidoso.

  La gente vendiendo, haciendo trueques y comprando en muchas lenguas diferentes no me deja ni pensar, así que mejor regresé al puesto de mis padres.

  Desde hace algún tiempo he notado entidades oscuras siguiendo a ciertas personas. Algunas se encuentran bajo sus pies; a los nahuales los puedo distinguir porque la llevan dentro de sus cuerpos, mientras que a otros los rodea todo el tiempo.

  Y ahora que vinimos al mercado más grande del valle, donde hay tanta gente que es incluso difícil caminar, comprendí que la oscuridad de las personas no se mide por su poder mágico. Hay otras razones, más profundas, por las cuales algunas personas poseen más oscuridad que otras.

  —?No puedes dormir? —preguntó mi Nantli al verme cerca de ellos.

  —No, Nantli, el ruido no me deja.

  —?Te quieres regresar a casa, verdad? Entonces... ayúdanos a levantar el puesto.

  —Sí, Tata —dije a toda prisa y con una gran sonrisa.

  Mi Nantli comenzó a recoger las tazas y tinajas y las acarreó cerca de la carreta.

  Sabía que debía llevar algo peque?o también, pero mis deseos por irnos del mercado eran tantos que tomé una cazuela grande.

  Pero justo cuando la levanté, alguien con una inmensa oscuridad pasó muy cerca de mí, haciéndome sentir un escalofrío que me obligó a soltar la cazuela.

  Aquella oscuridad no era como las demás que había visto antes, porque además de ser más grande, también era siniestra y llena de odio.

  Al levantar la mirada, pude ver que esa oscuridad estaba abrazando a una hermosa mujer.

  Era una pipiltin con muchos collares dorados; también con pulseras en manos y pies, plumas adornando su cabello y cuerpo, además de muchos aretes en sus oídos, cejas, nariz y hasta en el ombligo.

  Y a un lado de ella caminaba un hombre, un guerrero de la nobleza azteca, con un macuahuitl y un chimalli en su espalda. Y al igual que la mujer, él también tenía una inmensa oscuridad alrededor.

  El guerrero no parecía ser su esposo, más bien parecía su protector, pues ella tenía apariencia de ser una sacerdotisa importante.

  Detrás de ellos caminaban dos esclavas delgadas y más atrás estaban cuatro esclavos cargando muchas cosas pesadas.

  En cuanto comprendí que se trataba de nobles de Tlatelolco, traté de pedir perdón, pero levanté la mirada sin darme cuenta, haciendo que mis ojos se cruzaran con los de la bella mujer, quien reflejaba asco y repugnancia al mirarme.

  Eso fue suficiente para saber que un severo castigo venía sobre mí, pues los macehuallis no podemos ver a los ojos de los nobles sin su permiso.

  Me tumbé de rodillas con el rostro pegado al suelo para demostrar arrepentimiento, pero al hacerlo pude ver pedazos de la cazuela rota cerca de sus pies y también sangre bajando por su calca?al.

  La sangre escurrió hasta tocar el suelo y, con ello, el guerrero estalló en furia.

  —Maldito macehualli. Los dioses son benditos… los dioses lo son todo. ?Cómo te atreves a mirar a un hijo de Huitzilopochtli a los ojos? ?Cómo te atreves a herir a una hija del dios Tlaloc?

  El guerrero noble gritaba frente a mí, pero no me tocó, pues tocarme sería una ofensa aún mayor para él mismo.

  Por eso mandó a llamar a sus esclavos, quienes usaron cuerdas de ixtle para golpearme hasta que mi padre llegó corriendo y cubrió mi cuerpo con el suyo.

  —Por favor, dispensen a mi hijo. Es solo un ni?o, tengan compasión.

  Las multitudes quedaron en silencio por un momento. Después comenzaron a murmurar muy en silencio y en lenguas desconocidas.

  Los guerreros del mercado, aquellos encargados de calmar las discusiones, desviaron la mirada, pues nadie hace ni dice nada cuando los pipiltin actúan de esta forma.

  Los esclavos no se detuvieron hasta que les dieron la orden. Después rompieron todo lo que había en nuestro puesto y, como último, también lo hicieron con las cosas en nuestra carreta.

  —Perdonaré sus vidas en esta ocasión porque soy misericordioso. Pero si te vuelvo a ver, macehualli, o a tu familia en este mercado otra vez, esos serán sus últimos momentos con vida.

  —Gracias, muchas gracias. Que los dioses lo bendigan con riquezas y salud dondequiera que vaya —dijo mi Tata con el rostro pegado al suelo, mientras la sangre escurría por su espalda, bajando hasta sus manos, con las que intentaba cubrirme.

  Escuchar esas palabras de mi padre me hizo sentir dolor en el pecho, pues por mi culpa había sido humillado.

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  Entonces, la piedra azul en el collar latió nuevamente, mas no lo hizo una vez. Se mantuvo latiendo al ritmo de mi corazón.

  Con ello surgieron punzantes dudas dentro de mí, que me hacían pensar: ?Por qué los tlakotlis deben ser golpeados hasta perder su humanidad? ?Por qué los pipiltin se hacen llamar hijos de los dioses cuando también son carne y hueso?

  ?Es porque hay más oscuridad dentro de sus corazones?

  El odio comenzó a entrar en mi corazón sin darme cuenta y esas preguntas se convirtieron en deseos de cambiar todo lo que existe.

  —Oh, Citlaltecuhtli, juez eterno.

  Acepta tu destino.

  Cumple con tu propósito —dijo la misma extra?a voz que ya había escuchado en varias ocasiones.

  —?Juez eterno? No, yo no soy ningún juez.

  Cuando dije esas palabras, la gema comenzó a arder, quemando mi pecho y obligándome a apretar los ojos.

  La piedra siguió latiendo como si estuviera viva. El tianguis, las multitudes y todos sus ruidos se volvieron distantes a mis ojos y oídos.

  No podía escuchar ni sentir nada más que la gema quemándome.

  Y cuando abrí los ojos después de un destello azul, comprendí qué ya no estaba de rodillas en el mercado.

  Ahora estaba en un pueblo, y frente a mí, habia una carreta con gente desconocida.

  Mis manos y pies se sentían de forma extra?a. No eran como yo estaba acostumbrado.

  El olor a tierra mojada demostraba que la noche anterior había llovido, y el cielo en el horizonte gritaba que el amanecer estaba cerca.

  —Llevaré tres cachorros —dijo mi abuelo, mientras examinaba y escogía a los que parecían ser los más saludables de los siete xoloitzcuintles en la caja de madera.

  Este pueblo es famoso en todo el valle de Anáhuac por muchas cosas. Una de ellas es su raza fina y pura de estos perros xoloitzcuintles.

  Pues aunque hay muchos en el valle, se dice que los de este pueblo son linaje directo de los primeros guardianes traídos a este mundo por el mismísimo se?or Quetzalcóatl.

  Por eso son los más buscados y apreciados, además de que son sumisos y leales en extremo. Incluso si reciben dureza y desprecio, ellos servirán y protegerán a sus due?os y a sus bienes, tanto en este mundo como en el Mictlán.

  Mi abuelo pagó por los tres cachorros al pochteca y después los puso en la carreta.

  Los peque?os no sabían lo que ocurría a su alrededor, por lo que estaban tan asustados que no podían evitar levantar sus hocicos y aullar hacia lo más alto.

  Ellos y yo tenemos mucho en común, pues fuimos arrebatados de nuestros padres sin darnos cuenta. Por eso nuestro espíritu y nuestros corazones lloran, buscándolos con la esperanza de que regresen, aunque por dentro sepamos que eso no sucederá.

  Al dar la vuelta, pude ver a mi Tata tratando de levantar un costal lleno de calabazas y ponerlo en la carreta, pero su anciano cuerpo no pudo levantarlo del suelo. Así que corrí a toda prisa para ayudarle.

  —?No me toques! Yo puedo solo, escuincle. ?Por qué tienes que seguir a este viejo a todos lados? Largo… vete al telpochcalli. ?No quiero verte!

  Me quedé quieto y agaché la mirada mientras era reprendido.

  —Quiero ir contigo, Tata —dije cuando dio la espalda y comenzó a poner más cosas en la carreta. él no respondió.

  Mi abuelo es un cascarrabias con voz recia y agria. Pero yo no soy nadie para juzgarlo. Solo soy un cachorro más, como esos xoloitzcuintles: sumiso y leal, sin importar la situación.

  Mi abuelo parece ser una mala persona, pero en realidad es bueno. Sé muy bien que sus berrinches son en realidad exigencias para que yo vaya al telpochcalli. Solo que él no es bueno con las palabras.

  Pues él se tuvo que ense?ar a sí mismo a ser duro y ocultar sus emociones para soportar la humillación, para sobrevivir, pues creció en este valle sin una familia.

  Muy en el fondo, sé que él lo hace por mi bien; quiere que yo vaya al telpochcalli, que aprenda mucho y sea inteligente. Pero yo también lo hago por su bien, pues no podría ir al telpochcalli sabiendo que él está cargando todo esto solo.

  Papá murió y no hay nadie que lo ayude. Si yo no estoy para él, podría pasarle algo y… no me quiero quedar solo.

  Jalé la carreta y comencé el largo camino, mientras mi abuelo me seguía de cerca, aún mostrando enojo en su rostro por no hacer caso a sus palabras de ir al telpochcalli.

  Caminamos durante un largo rato hasta quedar a orillas del gigantesco lago, donde se podían ver las majestuosas ciudades de Tenochtitlan y Tlatelolco.

  Después de recuperar el aliento, cruzamos la calzada y entramos al mercado de Tlatelolco.

  Las ventas empezaron mal y en el transcurso del día no mejoraron.

  El sol se puso en lo más alto y, para ese momento, solo habíamos vendido unas cuantas baratijas.

  Mi estómago soltó un gru?ido y esa hambre se hizo peor cuando levanté la mirada y pude ver, a solo unos puestos de donde estábamos nosotros, un negocio donde vendían fruta cortada en cuadros peque?os y encima le ponían miel de abeja.

  Lástima que esas frutas eran muy caras, demasiado caras para un macehualli, pues no se cultivan en este lugar. Son traídas todas las ma?anas por corredores desde lugares muy lejanos para satisfacer solo las bocas de los ni?os nobles y uno que otro macehualli que se puede dar el lujo.

  —?Cuál te gusta más, Xinotl? ?La guayaba, papaya, zapote, pi?a o mamey? —preguntó mi abuelo.

  La verdad no supe qué responder, pues de todas las que mencionó mi Tata, no conocía más que el zapote y la guayaba.

  —Todas, abuelo —respondí después de un momento callado.

  Mi abuelo fue directo al negocio y compró fruta picada, gastando lo poco que había vendido en todo el día.

  El hombre frente a él tomó una gran hoja verde que dobló varias veces; después cortó un poco de todas las frutas que tenía y las puso sobre la hoja, rematando con miel y unos cuantos capulines —de esos peque?os, redondos y oscuros frutos—.

  —Toma, escuincle.

  —Pero no hemos vendido mucho hoy, abuelo.

  —No importa. Ma?ana podemos vender más, pero ma?ana ya no será tu cumplea?os.

  Mi abuelo lo recordó… recordó que yo cumplía a?os.

  Tomé mi valioso regalo de sus manos y comencé a comerlo mientras derramaba mis lágrimas.

  Este fue uno de los cumplea?os más solitarios que tuve, pero también fue de los más valiosos. Pues comprendí que el hogar no necesariamente es una casa, sino más bien es el lugar con las personas con quienes nos sentimos a gusto.

  Así que después de comprender eso, me prometí que iba a disfrutar cada peque?o momento con mis abuelos, pues no estaba dispuesto a verlos partir y después arrepentirme por no haberles dado mis momentos más alegres, así como sucedió con mis padres.

  Todo parecía nítido, pero a la vez difuso, como si mis recuerdos y mi corazón se hubieran mezclado con los ecos de alguien más.

  Entonces regresé a mi cuerpo, sintiendo ardor en mi pecho y lágrimas bajando por mis ojos.

  —No es tu culpa, mi amor —dijo mamá mientras me abrazaba.

  —Los accidentes pasan, chamaco, pero ya no importa. Mejor vámonos a casa.

  Mi Tata seguía sangrando, pero no se podía sentir rencor dentro de él.

  ?Por qué todo esto tiene que verse tan normal a sus ojos? ?Por qué todo esto debe ser parte del día con día en este maldito valle?

  Entonces pensé sobre ese extra?o lugar y el chico.

  Su abuelo lo llamó Xinotl y, por alguna razón, su nombre me sonó familiar, como si ya lo hubiera escuchado antes.

  Además, ellos vivían en el mismo pueblo que nosotros y, al igual que mi familia, ese chico y su abuelo también vinieron a este mismo mercado a vender, aunque se veía muy diferente.

  Pues no había nahuales, tampoco magia ni oscuridad suelta por todos lados.

  La ausencia de todo eso era lo que hacía ver hermoso ese lugar.

  Levanté mi mano para tocar el collar con la piedra azul; sin embargo, no lo pude encontrar entre todos mis collares.

  Pero aun así podía sentir la gema latiendo vividamente, justo sobre mi corazón.

  Las lágrimas de mis ojos no paraban de salir, pues dentro de mí yo comprendía que ya no era el mismo… Algo había cambiado en contra de mi voluntad.

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