"En un pueblo dentro de los territorios del se?orío de Texcoco"
"Ichkayoli"
—Muy bien... Vámonos. —dije mientras me levantaba.
Los chicos arrojaron los palos, y nos acercamos al peque?o cerdo.
Pero en ese momento, el peque?o animal revivió. Soltó un grito mientras se levantaba y corrió sin mirar atrás.
Entró al recinto en solo un abrir y cerrar de ojos.
Caímos al suelo riendo una vez más.
[...]
—Nos vemos chicos.
—Nos vemos Ichkayoli.
Cuando estuve cerca de casa, pude ver a mi Tata, sudando mientras cortaba le?a y preparaba el horno.
Pero me quedé parado lejos. Pues por un instante sentí que había algo extra?o cerca de él. No sabría decir qué era, pero aquello hizo que un escalofrío recorriera mi espalda.
Después de juntar valor, me acerqué a mi Tata. Y al hacerlo, pude sentir olor a barro mojado.
Ese olor que no me gusta mucho en casa, pero cuando estoy lejos, lo extra?o.
Mi Tata es el único alfarero del pueblo, por eso siempre está ocupado.
Pero a pesar de eso, él no me permite ayudarle.
Siempre dice: los ni?os deben hacer cosas de ni?os; goza, porque cuando llegue el momento la yunta no se detiene.
No lo entiendo. Y él dice que si lo haré, pero cuando llegue el momento.
—Tata, regresé.
—Escuincle, ?estabas jugando en el bosque? —respondió mostrando una sonrisa cansada.
—Sí, Tata.
Mi padre comenzó a lanzar trozos de le?a al horno, que golpeaban las piedras al caer y liberaban ese olor a mezquite seco, rasposo y dulce; agradable al cerrar los ojos.
Repentinamente, aquella sensación regresó a mi cuerpo, pero en esta ocasión fue con más fuerza. De tal forma que mi piel se puso dura como cuero seco.
Aquella cosa estaba cerca. No podía verla, aunque sí podía sentirla.
Mi Tata se paró frente al horno y extendió una de sus manos. Después sacó una daga de obsidiana de su cintura y cerró los ojos.
Se quedó quieto por un momento, jalando su Tonalli hacia adentro.
—?Aquí viene! —gritó algo dentro de mí. Haciendo mi piel erizar como un guajolote.
La oscuridad llegó de todos lados, y se acumuló detrás del cuerpo de mi padre. Se hizo como una persona grande, pero sin rostro.
Esta entidad lo estaba rodeando, como si quisiera abrazarlo. Mas nunca llegó a tocarlo.
Un escalofrío más, hizo que mis pu?os se cerraran por sí solos.
Aquella cosa parecía susurrar a su oído, pero mi Tata mantenía el rostro sereno. Pues no podía verlo, no podía escucharlo, solo yo podía.
—Tletl —(Fuego)—.
El aire sopló desde el bosque, sacudiendo las ramas de los árboles con violencia, como si compartiera mi miedo.
Aquel ser oscuro parecía mirarme directo a los ojos, y después de un instante, se desvaneció con el viento cuando mi Tata quemó su Tonalli.
Pero su presencia no se fue.
Una llama de fuego, que se meneaba como si fuera una víbora hambrienta, salió de la mano de mi padre directo al horno y encendió la le?a, haciéndola arder y tronar.
El olor del humo del mezquite era rasposo, dulce y terroso. Como si se estuviera cocinando una barbacoa en el pozo, en lugar de los comales de barro.
Agaché la mirada por instinto, evitando ver el rostro de mi Tata, que estaba vacío, sin emociones. Como si estuviera muerto.
Muchas veces había visto a mi padre usar magia de fuego, pero esta era la primera vez que veía el rostro completo de la magia. Esa parte mala que no conocía.
Siempre pensé que la magia era buena y brillante, pero ahora sé que usar magia no solo se paga con Tonalli.
Mi Nantli comenzó a acarrear los otros comales, y los acomodó frente al horno, evitando ver a mi Tata al rostro.
Siempre lo habíamos hecho así, pero nunca me había dado cuenta.
—Xinotl—.
De pronto, aquella extra?a voz volvió a sonar. Haciendo voltear mi rostro por encima del hombro.
Qué es eso —pensé.
Pero después lo entendí. Ese llamado no vino del bosque.
Había salido de mi pecho.
—?Porqué tienes la cara pálida, escuincle?
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Preguntó mi Tata viéndome a los ojos. Mostrando que su humanidad estaba regresando poco a poco.
Sentí alivio de ver sus ojos vivos otra vez, pero no respondí.
él se acercó y puso una mano sobre mi cabeza, después sacudió mis cabellos.
Eso fue suficiente para olvidar todo y hacerme reír alegremente.
Mi Tata es sabio, y también me conoce bien. Sabe cómo animarme cuando estoy triste.
El comenzó a reír mostrando más humanidad en sus palabras y en sus movimientos, después mamá comenzó a reír con nosotros.
Entonces recordé el vestigio.
—Mira lo que encontré, Tata.
—Oh, es un vestigio rojo —dijo mi Tata con los ojos bien grandes. Mostrando que ya era el mismo de antes.
—Es uno grande. ?Qué esperas? Debes comerlo —dijo mi Nantli.
—No, lo traje para mi Tata. él necesita muchas fuerzas para seguir trabajando duro —dije mientras lo acercaba a él.
—Gracias, chamaco, pero no lo necesito. Un vestigio no hará ninguna diferencia.
—Anda, Chimalkali, abre la boca. Tu hijo lo trajo para ti.
Mi Tata me miró y después abrió la boca mientras seguía sonriendo.
—Está dulce.
Comencé a reír al verlo masticando el fruto de vestigio.
Una luz comenzó a brillar dentro de su pecho. Se sentía cálido, todo lo contrario a la sombra que estaba hace un momento.
Mi espíritu de guerrero salió de mí sin pedir permiso. Haciendo que levantara mis manos lo mas alto que pude.
—?Sí! ?Había cumplido mi tributo para con el tlatoani! —dije casi como gritando.
Mi Tata y mi Nantli reían. Pero no les preste atención, lo único que importaba, era que mi familia, mis esclavos y mis bienes ahora debían estar a salvo.
—?El poderoso se?or Ichkayoli venció otra vez!
Entonces también recordé el collar.
—?Qué es este collar, Tata? Lo encontró Kochtli, pero me lo regaló.
—Déjame ver... Aaa un collar de piedra azul. Debe ser un regalo de los dioses. La leyenda dice que tú no eliges el collar, porque el collar ya tiene due?o. Y ese es él se?or Citlaltecuhtli —El se?or de las estrellas—.
—?El se?or de las estrellas?
—Sí, lo que quiere decir que este sol llegará a su final pronto. Y tú eres él guerrero que debe salvarlo.
—?Sí, yo debo salvar este sol! Debo hacer un plan para salvarlo.
Corrí dentro de la casa volando como águila. Mis padres me veían correr y seguían riendo.
Tomé mis juguetes de barro.
Era momento de planear cómo detener la muerte del sol. Y para eso necesitaba ayuda de mis fieles Tlakotlis y sacerdotes.
[...]
Unos días después, un hombre llegó a nuestra casa. Era el macehualli encargado de recoger los comales.
Mi Tata y el hombre reían como grandes amigos. Y lejos detrás de ellos estaban dos Tlakotlis —esclavos— esperando.
Pero en mi mente de guerrero ancestral, ese macehualli y los tlakotlis eran enemigos de este se?orío, y solo estaban aquí por órdenes de su cruel se?or.
Después de un rato, mi Tata entregó los planos astrales —los comales—. Y con eso habíamos salido vencedores sobre ellos.
El tributo recibido por la gran haza?a: una bolsa llena de semillas de cacao.
Los esclavos tomaron los comales. No, digo, los planos del universo y los pusieron con mucho cuidado en una gigantesca carreta.
La carreta era tan grande que se necesitaban al menos dos decenas de esclavos para moverla. Pero solo estaban los dos tlakotlis parados allí.
El macehualli se marchó, con una gran sonrisa. ?Entonces lo comprendí!
Era aliado nuestro; su patrono es el malvado, y esperaba derrota de mí y de mi familia, pero nosotros nunca perdemos.
Somos familia de guerreros. Márchate sirviente del pipiltin malvado. Dile a tu se?or que la próxima tarea enviada a nuestra familia debe ser diez veces más pesada.
Porque mi familia y yo... yo...
Algo estaba mal, mi cuerpo se puso duro como carrizo. Me acerqué a mi Tata y me quedé pegado a su cuerpo.
Mis deseos de seguir jugando fueron reprimidos por la oscuridad.
Aquella extra?a presencia había regresado.
El extra?o olor a sufrimiento y angustia se sentía en el aire. Así como ayer cuando mi padre encendió el horno.
Una peque?a multitud se había juntado fuera de nuestra casa. Les carcomía la curiosidad por saber cómo se llevarían la gran carreta solo esos dos esclavos.
Los tlakotlis no tenían ropas, más que un simple maxtlatl cubriendo su cintura y sus partes íntimas. Estaban uno delante de la carreta y el otro detrás.
El esclavo que estaba delante, mostró el rostro intimidado, inquieto.
?Ese esclavo era quien estaba llamando a la oscuridad?
Al verlo mejor, comprendí que no era un tlakotli común. Ellos no ven a los ojos de la gente, la ley se los prohíbe. Pero este lo hacía.
El esclavo de atrás era uno sometido y calmado: cabeza abajo y rostro serio. No habla, no mira, solo obedece.
Pero el de adelante no. él mostraba emociones en su rostro. Aún había humanidad en él.
—?Qué esperan, animales?
El macehualli estaba enojado, pero no les ayudaba a mover la carreta. Quería que ellos dos solos la empujaran.
Hubo silencio.
La oscuridad bajó del cielo y subió de la tierra. Haciendo estremecer mi cuerpo, así que apreté la mano de mi Tata y me puse detrás de él.
La oscuridad entraba en el tlakotli poco a poco. Era muy diferente a como ayer, pues la oscuridad nunca tocó a mi padre. Pero ahora estaba en su interior del tlakotli.
El esclavo se estaba haciendo un ser oscuro.
Su cara se deformó. Pero aun así seguía mostrando tristeza. Y no solo tristeza, sino también vergüenza. Tal vez no quería que lo vieran.
La gente se asustó.
?Aaaa? decían. Lo se?alaban.
Su cabeza se rompió y por ahí le salieron grandes cuernos.
Su piel también se agrietó y por debajo le nacieron picos negros... Era cabello negro.
Sus manos se quebraron con tronidos fuertes. Los dedos largos se hicieron pezu?as negras.
Su espalda se hizo ancha y grande.
La oscuridad, la maldad, estaba en todo su cuerpo; lo estaba abrazando por dentro y por fuera.
Ese tlakotli ya no era humano, era una bestia... Pero seguía mostrando humanidad en sus ojos.
—No me mires —susurré mientras respiraba hondo.
Mis manos no paraban de temblar.
—Por favor, no me mires, nahual.
Las lágrimas se juntaron en mis ojos.
—No me mires...
Mis labios temblaban. Esto no estaba bien.
El nahual me miró a los ojos... Tienen prohibido hacerlo, pero lo hizo. Con ello obligó a mis ojos derramar las lágrimas.
Mi espíritu estaba herido. Yo sentí cuando se rompió. Y las lágrimas eran el río que se había roto dentro de mí.
Mi padre apretó mi mano, sabía que yo estaba en un momento frágil. Pero quería que yo me mantuviera allí, mirando todo.
—Rápido, animales.
Gritó enojado el macehualli otra vez.
Se acercó a la carreta y agarró un manojo de cuerdas de ixtle con retazos de cuero.
él también llamó a la oscuridad, pero esta no se dirigió a su cuerpo como los nahuales; más bien obedeció yendo a sus manos y después al manojo de cuerdas.
La oscuridad se convirtió en fuego que quemaba las cuerdas, pero no las consumía.
El tlakotli de atrás, al ver enojado al macehualli, también llamó a la oscuridad.
Las sombras entraron en su cuerpo, haciendo que también cambiara.
Su boca se alargó como la de los perros. Los dientes salían de su boca; después fueron grandes colmillos.
Sus u?as se hicieron grandes garras.
También se llenó de cabello, pero este era de color café.
Se puso gordo.
El aire me faltaba. Ya no quería estar allí.
—No te asustes, escuincle. Tienes que ser fuerte, míralos... Son solo nahuales —dijo mi padre con voz seca y el rostro serio.
—Aquel jalando la carreta es un bisonte, y el que la está empujando es un oso pardo.
El bisonte es un hijo bastardo de un pipiltin con una esclava, por eso lo vendieron. No es noble puro, no vale nada.
El tlakotli volteó a vernos. Parece que nos escuchó.
Respiraba con furia, como si quisiera lastimarnos.
él rompía la ley en todo lo que hacía.
Comenzó a llamar más a la oscuridad, y la oscuridad le estaba contestando. Se estaba juntando mucha en todo su cuerpo.
Pero fue detenida por el macehualli, cuando lo golpeó con el manojo de fuego.
El bisonte me siguió mirando a los ojos mientras era azotado.
Lo golpeaban sin descanso, que hasta su cabello quemado se podía oler.
Había odio, vergüenza y tristeza en sus ojos.
El nahual detrás de la carreta, empujó con fuerza. Con ello, el nahual bisonte tuvo que desviar la mirada y seguir su camino. Pero yo nunca olvidé sus ojos... Nunca.
Esa noche pude sentir que la oscuridad me había marcado. Mi destino había sido escrito en piedra.

