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La niña de mama.

  El campo de batalla estaba envuelto en fuego, metal y polvo.

  Kira respiraba con dificultad, la espada de luz en su mano aún brillaba con un fulgor azulado. Había derribado a varios soldados, pero su cuerpo comenzaba a resentir el cansancio. Decidió tomar un respiro, apoyándose contra una columna derruida.

  El silencio duró solo unos segundos.

  Hasta que una voz helada, familiar y llena de veneno, habló detrás de ella.

  —esperaba… mi Turno ni?a.

  El corazón de Kira se detuvo.

  Esa voz… no podía ser.

  Giró lentamente, temblando. Y ahí estaba.

  Una mujer alta, de cabello negro como la tinta, ojos carmesí y una sonrisa que destilaba locura.

  —No… —susurró Kira—. No puede ser…

  Elizabet, una de las comandantes del Nexo.

  La mujer que había destruido su hogar.

  La asesina de su madre.

  Elizabet se acercó, sonriendo como si disfrutara del terror en los ojos de Kira.

  —Vaya, vaya… mírate. Ya no eres aquella ni?a patética que lloraba mientras quemábamos tu casa. Has crecido… aunque sigues teniendo esa mirada de miedo.

  Kira apretó los dientes, su cuerpo entero temblaba.

  —Cállate…

  —?Oh? ?Vas a llorar otra vez, peque?a? —rió Elizabet.

  Kira, con un grito de rabia, desenvainó su espada de luz y se lanzó hacia ella.

  El filo atravesó el aire… pero Elizabet desapareció.

  Y en su lugar, un soldado cayó al suelo, cortado en dos.

  La comandante aplaudió lentamente detrás de ella.

  —Impresionante… no pensé ver esa espada otra vez. La espada de luz de ella.

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  Kira se congeló.

  —Así que lo sabes… —dijo en voz baja.

  Elizabet asintió con una sonrisa torcida.

  —Claro que lo sé. Esa espada… no es tu poder. Es el de tu madre.

  La misma mujer que creía poder salvarte, cambiando su vida por la tuya.

  Las palabras golpearon a Kira como una daga en el pecho.

  ?? A?os atrás…

  Una mansión iluminada por candelabros. Risas, música, el tintinear de copas.

  Una ni?a peque?a, de cabello rosado claro y ojos brillantes, se sentaba en el regazo de una mujer hermosa con la misma sonrisa cálida que ella siempre recordaría.

  —Mamá, cuéntame otra historia —decía la peque?a Kira, abrazándola.

  —Está bien, mi amor. Pero solo si prometes que algún día serás más valiente que yo. —La madre sonrió—. Las personas que tienen luz deben usarla para proteger a otros.

  Kira asintió con energía, riendo.

  —?Prometido!

  …Hasta que la luz desapareció.

  Esa noche, el cielo se tornó rojo.

  Las tropas del Nexo irrumpieron en el hogar. El fuego lo devoró todo.

  Elizabet encabezaba el ataque, su voz fría dando órdenes de ejecución.

  —?Dónde está la mujer que mató a nuestros hombres? —preguntó.

  La madre de Kira salió, con la espada de luz en la mano.

  —Aquí.supongo que vienes por venganza.

  La pelea fue brutal.

  Pero al final, la mujer cayó de rodillas, herida, mientras Kira observaba desde el pasillo, llorando en silencio.

  —Kira… ven aquí. —La madre, temblando, la abrazó y colocó una pulsera brillante en su mu?eca—. Escúchame, amor. Este poder… ahora es tuyo. Mi vida por la tuya.

  —?No, mamá, no! —gritó la ni?a.

  Una luz blanca cubrió a Kira.

  Su madre sonrió por última vez, acariciándole el rostro.

  —Vive… y algún día, brilla más que yo.

  Kira desapareció entre la luz.

  Cuando volvió en sí, sus guardias la llevaban lejos… pero Elizabet los alcanzó.

  Los cuerpos de los soldados cayeron uno por uno.

  Y Kira fue tomada prisionera.

  ?? El Nexo.

  Encerrada. Torturada.

  Su poder drenado día tras día.

  Hasta que conoció a tres ni?os: Noli, su hermana, y Eisvar.

  Eran iguales a ella. Prisioneros.

  Pero a diferencia de Kira, ellos sonreían.

  Jugaban, cantaban… como si la oscuridad no los afectara.

  —?Cómo puedes reír en un lugar como este? —le preguntó un día, con lágrimas en los ojos.

  Noli respondió con una sonrisa amplia.

  —Porque si lloramos… ellos ganan.

  Aquellas palabras la acompa?aron desde entonces.

  Hasta el día del escape.

  El caos, los gritos, las luces.

  Solo tres lograron salir. Noli, Eisvar… y ella.

  Zoliat los encontró cubiertos de heridas, los curó y los llevó consigo.

  Y así nació ADAS.

  Kira, la más peque?a del grupo, siempre fue protegida por todos.

  Demasiado miedo.

  Demasiados recuerdos.

  Por eso temía usar su poder. Por eso temía pelear.

  Porque cada vez que lo intentaba… veía morir a su madre otra vez.

  ?? De vuelta al presente.

  Elizabet sonreía.

  —?Ya te diste cuenta? Yo soy quien usa tu poder. Ese que te pertenece… lo clonamos en mí. Y debo decir que es magnífico.

  Kira tembló de furia.

  Su espada brilló más fuerte, pero sus manos también temblaban.

  —No… —susurró, con lágrimas cayendo—. No tienes derecho…

  —Oh, tengo todo el derecho, ni?a. Ese poder era de tu familia. Ahora pertenece al Nexo.

  Elizabet se lanzó hacia ella, y el choque de espadas iluminó el campo con destellos dorados y carmesí.

  El combate fue feroz. Kira esquivaba, giraba, contraatacaba.

  Su cuerpo se movía con una gracia que ni ella sabía que poseía.

  Pero aún así… Elizabet era demasiado fuerte.

  Un golpe.

  Un destello.

  Y el filo enemigo atravesó el aire, impactando en el abdomen de Kira.

  El mundo se volvió blanco.

  Cayó de rodillas, la espada de luz clavada en el suelo.

  La sangre goteaba, su respiración era débil.

  Elizabet la miró con desprecio.

  —Qué decepción. Ni siquiera con el poder de tu madre puedes tocarme.

  Kira, apenas consciente, apretó la empu?adura de su espada.

  —No… —susurró, mirando al cielo—. Todavía… no he terminado.

  Su pulsera brilló débilmente.

  Como si algo dentro de ella respondiera.

  Elizabet retrocedió un paso, confundida.

  —?Qué es esto…?

  Kira alzó la mirada.

  Una lágrima cayó de su ojo izquierdo, y su voz resonó con eco.

  —Madre… préstame tu luz… solo una vez más…

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