La mĂşsica aĂşn llenaba el aire cuando Nymeria, ya más tranquila, se limpiĂł las lágrimas.Con una sonrisa tĂmida, mirĂł a Serenya.
—Gracias… de verdad. No recuerdo la última vez que me sentà asà de ligera.
Serenya, con la serenidad que la caracterizaba, respondiĂł con dulzura:
—No tienes que agradecerme. Ahora soy tu amiga… y estaré aquà para ti.
La palabra resonĂł como un eco en el corazĂłn de Nymeria.
“Amiga.”
Jamás en toda su larga vida habĂa tenido una. Sus labios temblaron y esta vez las lágrimas no eran de tristeza, sino de alegrĂa.
—Eso… me hace muy feliz… —susurró.
Ambas mujeres salieron juntas hacia el bullicio de la fiesta, caminando lado a lado. A ojos de los demás parecĂan reina y guardiana, pero en realidad eran dos almas heridas que acababan de encontrarse.
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El guerrero enmascarado
En otra parte del castillo, Kaelion estaba cara a cara con el sujeto enmascarado. La máscara ocultaba por completo sus facciones, pero sus movimientos eran precisos, su aura intimidante.
—No te preocupes, chico… estoy de tu lado.
Con calma, se retiró la máscara.
Kaelion abriĂł los ojos como platos.
Era un hombre de facciones firmes, mirada acerada y porte imponente.
—Tú… eres el que ayudĂł a Lyra y a Kael en la base de Nymeria… —murmurĂł Kaelion, recordando la grabaciĂłn que habĂa visto, aquella donde este mismo sujeto habĂa eliminado con facilidad a los zombis que Nymeria habĂa invocado.
El hombre asintiĂł.
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—Exacto. Vine aquĂ con un propĂłsito: forjar un arma. Este reino tiene un herrero capaz de moldear cualquier material. Y yo he traĂdo algo… especial.
De su manto sacó fragmentos de metal oscuro, restos mecánicos del Nexo, pedazos de obsidiana pura… y otro mineral extra?o, imposible de reconocer.
—Con todo esto… y con la Materia X… nacerá una espada capaz de liberar su poder máximo.
Kaelion tragĂł saliva, impresionado.
—?Quién eres en realidad?
El hombre riĂł suavemente, con una voz grave.
—Digamos que… soy un amigo de tus padres y de kael.
Kaelion lo mirĂł con incredulidad.
—?Mis… padres?
—Cuando veas a Nymeria, pregĂşntale por mĂ. Dile este nombre… —sus ojos brillaron como relámpagos—: zhareth.
Kaelion repitió el nombre en silencio. El aire mismo pareció hacerse más pesado con su sola mención.
El hombre guardó la máscara, dándose media vuelta.
—Dile mi nombre… y lo entenderás. Nos veremos pronto, Kaelion.
Al escucharlo pronunciar su nombre con tanta naturalidad, Kaelion se estremeciĂł.
?CĂłmo podĂa saber tanto de Ă©l?
El sujeto desapareciĂł entre las sombras del pasillo, dejándolo solo con preguntas que ardĂan como fuego en su mente.
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Regresando a la fiesta...
Kaelion, aĂşn confundido, regresĂł al salĂłn principal donde la mĂşsica y las luces seguĂan vivas. Su mirada buscĂł a Lyra y Kael, pero tambiĂ©n a Nymeria.
SabĂa que necesitaba respuestas.
El capĂtulo terminĂł con Kaelion caminando entre la multitud, el eco de aquel nombre aĂşn vibrando en sus pensamientos:
zhareth.

