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Capítulo 30: Susurros de una Semana Profética

  **Perspectiva de Kanea**

  **Días después**

  Caminando por las calles arenosas, una sensación extra?a recorre mi cuerpo: una mezcla de fascinación por la forma en que esta gente maneja el maná y un miedo que me eriza la piel, provocado por las miradas que me dirigen cuando no las veo.

  —Oye —me llama una voz infantil.

  Al volverme hacia el origen de esa voz, un ni?o de poco más de cinco a?os me observa con ojos curiosos.

  —?Sí, ni?o? —cuestiono.

  —?Qué es eso? —dice el ni?o, se?alando mi mano.

  Al mirar mi mu?eca, descubro que llevo una pulsera con franjas rojas. Los recuerdos que trato de enterrar resurgen como una plaga, así que, dando un suspiro, miro al ni?o.

  —Esto es…

  —?Be-bee! —interrumpe una mujer.

  —?Es su hijo? —le pregunto.

  —S-sí, disculpe las molestias; este ni?o s-se escapa —dice la mujer, mientras me mira con ojos llenos de temor.

  —N-no se preocupe, está bien. él solo... —intento suavizar mi voz.

  Trato de acariciar al ni?o, pero la mujer, tal vez instintivamente, retrocede mientras sostiene a su hijo en brazos.

  —Lo lamento, yo…

  —Está bien, es normal que las personas te tengan miedo a lo desconocido —la interrumpo antes de que continúe.

  —Sí, sí.

  —Podría ofrecerle algo, si me permite, claro. Véalo como un agradecimiento.

  —?Agradecimiento?

  —Sí, eres la primera persona que me dirige la palabra en una semana... bueno, aparte de Falu y los líderes, pero esos son unos estirados. Jaja.

  —Jajaja, supongo que sí.

  Al ver la risa de la mujer, la imagen de mi madre, acompa?ada del olor a frutas que siempre la rodeaba, comienza a reemplazar el aroma de las plantas y de la tierra, junto con su risa, y no puedo evitar reír con más fuerza.

  —Esto es un pergamino de invocación de un espíritu de luz. Funciona bien como un reemplazo de la fogata en su casa. He visto que utilizan fogatas para iluminarse. Espero que esto ayude —saco de mi bolso un papel enrollado y se lo extiendo a la mujer.

  —Yo no creo que deba…

  —Por favor, insisto. Me dio un bello recuerdo y eso es mucho más valioso que esto.

  —…Gracias. —La mujer acepta el pergamino mientras suelta una sonrisa sincera.

  —Bueno… supongo que ya es hora de regresar con mis compa?eros.

  Con esas palabras y un gesto, me despido de la se?ora y su ni?o. Con cada paso que doy, una leve esperanza me acompa?a, sintiendo que este gesto puede cambiar algo. Al cruzar unas cuantas casas, dos chicos con caras de impaciencia me miran.

  —Sabes, la puntualidad no es lo tuyo... —expresa Víctor.

  —Perdón, estuve caminando por los alrededores. Después de una semana yendo y viniendo por el mismo lugar, es normal querer explorar por tu cuenta, ?sabes?

  —Ja, supongo que sí —agrega Falu.

  —Gracias.

  —Pero eso no justifica una hora de retraso —aclara Falu.

  —…Lo lamento —susurro.

  —Gracias —responde Víctor, mirando a Falu.

  —...Cambiando de tema, hoy debemos traer más animales. Son días de unión, ya que estamos a mitad de las negociaciones. El pueblo está dispuesto a compartir su cultura con ustedes.

  —Eso es verdad, ?qué se supone que vamos a hacer?

  —Bueno, hoy es el día en que los nuevos miembros se unen al pueblo, y por eso hacemos una fiesta y obtienen sus marcas —contesta Falu.

  —Ah, claro, y eso me lleva a una duda.

  —No creo que sea apropiado; ?deberíamos ir ya? —interrumpe Víctor.

  —Supongo que sí —contesta Falu.

  Sin dejarme terminar, ambos comienzan a caminar. Dando un suspiro, voy detrás de ellos.

  Después de pasar un par de árboles y algunos molestos mosquitos, logramos encontrar algunos de esos cerdos. Sin más, Víctor se prepara para dar el primer tiro. Verlo prepararse es como si fuera una segunda naturaleza para él; la concentración que muestra es la de un arquero experimentado.

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  —?Distraída? —interrumpe Falu.

  —?Q-que? ?Yo? ?No! —trato de responder.

  —?Ssssh! —calla Víctor.

  Sin dejarme terminar, Víctor lanza la flecha con una precisión aterradora.

  —?Vaya! Lo he visto más veces de las que quiero y aún así me sorprende. ?Estás seguro de que no eres un prodigio? Esa precisión no es equivalente a un solo mes —Falu trata de halagar.

  —Supongo que tengo suerte —dice Víctor mientras se rasca la cabeza.

  —Ni lo intentes. Lo he visto practicar casi todos los días. Si no está ayudando a Akeeva o estudiando, está practicando. Es un loco por el entrenamiento... bueno, par de cavernícolas, continuemos. Si los mosquitos siguen molestando, aprenderé un hechizo para acabar con esos insectos —agrego mientras me pongo de pie.

  Al pasar un par de horas más, por fin encontramos dos de esos animales y, sin poder evitarlo, expreso:

  —Tengo un pergamino de un espíritu de luz. Quien logre cazarlo, se lo gana. ?Qué dicen?

  —?No tenías dos?

  —…Una mujer me habló mientras venía y… sentí que tenía que darle algo en agradecimiento.

  Al decir esas palabras, una expresión diferente aparece en el rostro de Falu, una mezcla de sorpresa y ?alegría? Como si mis palabras tocaran algo sincero en él, y sin poder evitarlo, comienzo a reír.

  —Se asustaron —dice Víctor.

  —?Eh? —indago sin entender.

  —Bueno, es hora de correr. Si dejamos que pase mucho tiempo, no podremos alcanzarlo y no quiero perder ese pergamino —bromea Falu.

  —Yo tampoco —agrega Víctor.

  Con un gesto, ambos comienzan a correr y, sin querer, me quedo atrás. Los empiezo a seguir y, antes de perderlos, activo mi núcleo y logro alcanzarlos.

  —?Qué pasa? —sonrío.

  —?No es hacer trampa? No podemos usar maná —me pregunta Víctor.

  —Soy maga, no cuenta. ?Y muévanse o yo ganaré! —saco la lengua.

  Sin más, comienzo a dejarlos atrás. Después de ver a los animales, me detengo con el mayor silencio que puedo, junto con un hechizo de insonorización en mis pies. Tranquilizándome, libero un poco de maná en mi arco.

  La mezcla entre el violeta y el maná azul, a pesar de los días, aún me parece hipnótica. Al iluminarse por completo el arco, apunto al animal.

  Sin embargo, a pesar de la ayuda del arco, el disparo alcanza la pierna y, como un animal herido, comienza a embestirme. Esa acción provoca mi instinto de huida; al oír el ruido del desplome del animal, me detengo. Reviso y veo que una flecha envuelta en fuego está clavada en su cuello.

  —?Víctor?

  —En realidad, yo gané.

  Al voltear en dirección del sonido, la figura de Falu en la copa de un árbol se hace presente.

  —?Cómo…?

  —He vivido toda mi vida aquí; tengo un truco o dos guardados —grita Falu desde la copa del árbol.

  —Ufff, saben, son unos tramposos —habla Víctor mientras trata de tomar aliento.

  —Supongo que perdí —respondo entre risas. La palabra "hogar" cruza por mi cabeza junto con la imagen de mis padres y mi hermana, y no puedo evitar sorprenderme:

  —Esto no se siente tan mal.

  —?Qué? —cuestiona Falu.

  —Vamos, no quiero llegar tarde —tomo la iniciativa para llevar nuestra comida.

  Antes de que la tarde llegue, la vista de los árboles al regresar se siente mágica. La bulliciosa vida de los insectos es reconfortante y, por un segundo, no se siente tan mal. Al arribar a las puertas del pueblo y, con un silbido, entramos. La mirada de Zael es la primera que nos da la bienvenida.

  —Hola, chicos.

  —Hola, se?… Zael —se corrige Víctor.

  —Bueno, chicos, díganme, ?lograron la cacería?

  —Sí, como lo pidió —responde Falu.

  —Los chicos ya están casi listos. Ustedes deberán estar cerca de mí y de Falu, ya que hace mucho tiempo que personas externas no están presentes.

  —No se preocupe, entendemos, gracias —habla primero Falu.

  —?Y Daina? —trato de averiguar.

  —Ella está hablando con su grupo. Si desean, pueden ir con ella.

  —Gracias —respondemos al unísono.

  Al instante, nos dirigimos hacia Daina y, entre charlas, logramos averiguar que, para evitar inconvenientes, solo iremos nosotros y unos cuantos de la entera confianza de Daina. También Kordr nos acompa?a para no hacer nuestra presencia tan notable. Tras esas instrucciones, regresamos a alistarnos.

  Al llegar la noche, en las puertas del pueblo, Víctor esperaba con un uniforme un poco rígido para su estilo y con símbolos de la familia que pertenecía a Daina colocados en cada parte de su abrigo.

  —?Me veo mal? —interrogó Víctor mientras trata de arreglar su abrigo.

  —Sí, la verdad sí, no eres de esos tipos. Jajaja —respondo mientras acomodo su abrigo.

  —Lo sé, nunca pude acostumbrarme —agacha la mirada.

  —Cuf, y mira cómo me veo; yo digo que este abrigo se acomoda bien.

  —Supongo que sí.

  —Ufff, aburrido —respondo mientras sacudo su cabello.

  —Todos conocen el plan —da la orden una voz detrás de mí.

  —Daina, d-disculpa, yo estaba...

  —Sí, es solo observar y socializar tanto como podamos.

  —Cl... cuf... ro.

  Trato de responder a su orden, pero una extra?a tos me invade en el pecho, lo que hace que me detenga unos segundos.

  —?Estás bien, Kanea? —Víctor me ve preocupado.

  —?Quieres un trago? —Kordr ofrece.

  —Es una ni?a —responde Daina, fastidiada.

  —A esa edad se necesita esto si quieres aguantar lo que vendrá en el futuro.

  —Estoy bien, solo fue una tos; estaré bien —agrego antes de que la situación se salga de control.

  —?Segura? Si quieres, podrías regresar.

  —Está bien; no me perdería esto; además, Falu también espera.

  Al decir eso, Daina se acerca a Kordr y, con un tono amenazante, comienza:

  —Ve tranquilo. La razón por la que te traigo es por las leyes, pero no creas ni por un segundo que tus acciones no tendrán consecuencias. No importa lo que me suceda, tú las tendrás, eso te lo juro.

  —Claro, no te preocupes, Daina, sé cuál es mi posición —Kordr habla con un tono que da a entender que la amenaza la toma a la ligera.

  Al abrirse la puerta, la figura de Zord y Falu aparece con la vestimenta de cuero habitual, pero ligeramente modificada. Sobre ellos, una corona con plumas; al igual que en su brazo derecho, Zord tiene una pluma café con negro en su cabeza y en su mu?eca plumas envueltas en blanco. Falu, en su cabeza, lleva plumas rojas y en su mu?eca de color azul.

  —Vamos —dice Víctor.

  Entonces, las seis personas nos dirigimos junto a ellos al centro del pueblo. En una fogata gigante, varios ni?os, casi tan jóvenes como Víctor, están rodeados del fuego, pero, a comparación de los adultos o los jóvenes un poco más mayores que yo, ellos no tienen esos símbolos más distintivos que el resto.

  —No te preocupes, no los lanzaremos al fuego —expresa Falu.

  —?Qué? No... yo —trato de hablar.

  —Es una broma, mira con atención; solo será un momento… es el más importante de nuestra etapa, el momento en que nuestro pueblo nos acepta como familia.

  Entonces, al escuchar esas palabras, la mirada de Falu se pierde en medio de la fogata, como si estuviera viendo algo más allá... un recuerdo anhelado. Acto seguido, cánticos y melodías comienzan a sonar.

  —Mira con detenimiento —susurra Falu.

  Al ver hacia el fuego, una mujer extra?a, al igual que Falu, no tiene símbolos en su cuerpo, pero tampoco plumas en su corona. Al verme, ella parece notarme y, con un gesto, se detiene en Víctor. Con el ce?o fruncido, continúa su camino y, como si Víctor compartiera su sentimiento, mantiene su mirada en ella.

  —Falu, ella... ?quién es? —interrogo distraída.

  —Ella es la sacerdotisa de nuestro pueblo; es quien realiza las marcas en nuestro cuerpo. Algunos dicen que ella es guiada por Teyara; yo creo que el mismo maná guía a la chamana —agrego.

  —Exacto —sonríe Falu.

  Por alguna razón, siento que mi cara se sonroja y un impulso me hace agachar la mirada; de pronto, la palabra "familia" llega a mi mente.

  —Mira —habla Víctor.

  Al seguir la mirada de Víctor, un silencio entre todos los presentes hace que la naturaleza cante su propia canción a la sinfonía del viento.

  La chamana saca de su ropa una pluma de color rojo brillante y, como si fuera un movimiento fluido, comienza a marcar el cuerpo de esos jóvenes con una especie de líquido espeso de color negro que saca de un plato hondo. Al contacto con la piel, brilla en un color diferente para cada persona; el primer chico refleja un azul electrizante que se va calmando con cada pasada de la pluma.

  Como si pasara en un instante, la chamana pasa por cada uno con su propio color y, con una alabanza, toma un núcleo y lo tira al fuego, provocando una calidez a los alrededores y el cambio de las llamas de un naranja brillante a un amarillo radiante; el ruido de la madera quemándose se escucha con más claridad. Las personas comienzan a festejar, reír y hablar como nunca los he visto. La pregunta llega a mi mente: ?esto es un hogar!

  Con un gesto, Falu nos indica que comencemos a brindar con un jugo un poco verde que nos es entregado de las manos de la misma mujer a quien le di el pergamino.

  —Gracias —le indico a la mujer.

  —Por favor, disfruta. Se ve un poco mal, pero el sabor lo compensa —dice la mujer, mientras pone una cara de confianza que contrasta grandemente con el temor que mostraba la primera vez que me vio.

  Sin decir más, tomo a la fuerza ese líquido; al probarlo, una sensación cálida recorre mi cuerpo. El sabor agridulce provoca una explosión en mi paladar.

  —Vaya, esto es…

  —Esto es muy bueno —agrega Víctor, con su expresión inexpresiva de siempre.

  Entre risas y cánticos, la voz de una mujer, ya con sus a?os, nos interrumpe.

  —Hola, ni?os. Yo soy...

  —La chamana, creo yo —completa Víctor.

  —Sí, y ustedes son Kanea y Víctor; aquí hablan mucho de ustedes, los que ayudan.

  —?Usted es una creyente de la diosa de la luz, me equivoco? —Víctor mira fijamente a la sacerdotisa.

  —D-disculpe, creo que el jugo le da?ó la cabeza —trato de calmar las palabras de Víctor.

  —Ja, no. Está bien, ni?a; solo quería hablar con ustedes y decirle algunas cosas en especial a él.

  —Claro, dígame.

  —En privado —responde la chamana.

  Con un paso calmado, la mujer nos guía, manteniendo el paso alejado de los demás. Con ello, el ruido de los otros se va atenuando.

  —?Me podría decir cómo alguien con sus creencias puede ser parte de un rito de una religión ajena? —Víctor inclina la cabeza.

  —Supongo que la vida nos lleva por caminos... jajaja, poco transitados.

  —?Caminos? —nos mira.

  —Mi trabajo en esta vida es ayudar y eso me trajo aquí.

  —Podría apresurarse; no tengo buenas experiencias con las personas de su religión —Víctor frunce el ce?o.

  —?Víctor! —trato de mediar.

  —Cuando la luna azul se alce sobre el umbral de las sombras, sangre de un alma rota sellará el pacto antiguo, despertando los susurros de la Custodia del Pacto Maldito, nacidos en la penumbra de un amor arrebatado —narra la chamana.

  Al escuchar esa… ?poesía?, una expresión confusa se asienta en mi rostro.

  —Jajajaja, me hiciste recordar algo divertido, chamana —interrumpe Víctor mientras regresa la mirada hacia la chamana con una expresión seria.

  —?Sabes lo que dijo? —pregunto.

  —Un poema —responde.

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