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Capítulo 26: El eco de los que no fueron escuchados

  **Punto de vista de Falu**

  Al ponerme de pie, la luz del sol me da la bienvenida. El ruido de los insectos me saca de mi sopor.

  —?Falu, ven! ?Ya es hora de dar el anuncio! —grita mi padre desde fuera de nuestra casa.

  Esas palabras evocan lo que ocurrió ayer: "Pediremos ayuda a Guardian". Sin darme cuenta, respondo:

  —?Voy!

  Al salir, una multitud reunida cerca de la gran fogata llama mi atención. Este tipo de situaciones solo tiene dos razones: festejos o un comunicado. Y en esta época del a?o, solo puede ser la segunda opción. Perdido en mis pensamientos, siento una mano en mi hombro.

  —Hijo, ya es hora... —susurra mi padre.

  —Lo sé, disculpa… me perdí en mis pensamientos.

  Mi padre comienza a caminar delante de mí. Al ver su espalda, siento que carga un peso mucho más grande que el de cualquier hombre. Esa sensación aprieta mi corazón y, sin más, empiezo a seguirlo.

  Al llegar frente a la multitud, todos quedan en silencio, expectantes, esperando escuchar lo que tienen que decir. Ante mi padre se presentan cuatro personas: no solo un hombre y una mujer. Los dos líderes son el se?or Tovael, un hombre de contextura firme con líneas verdes, y la se?orita Nehari, una mujer ágil, con el cabello casta?o claro que resalta aún más sus rasgos de color plomo. Ambos, con una sola mirada hacia mi padre, comunican todo lo que deben. Con un asentimiento, comienzan.

  —Amigos, compa?eros, hoy los hemos reunido para comunicarles un par de noticias muy importantes para el futuro de nuestro pueblo —expresa Nehari, con una postura que irradia confianza.

  —La primera es que, debido a la situación actual, hemos decidido que Zael sea considerado oficialmente como uno de los nuevos líderes de nuestra comunidad —continúa Tovael.

  —?Guaa! ?Ya era hora! ?Felicitaciones! —grita la multitud entre aplausos y vítores.

  Con estas palabras, ambos líderes dan paso a mi padre. Echándome una mirada, él comienza a caminar hacia el frente para agradecer el nuevo cargo. Después de que la multitud se calma, Nehari continúa:

  —También hay otra noticia relacionada con lo que actualmente estamos viviendo. Aunque es una decisión que nos costó mucho tomar, tengan en cuenta que, a pesar de todo, es su aceptación lo que necesitamos... hemos decidido pedir ayuda a Guardian.

  Con esas palabras, la multitud queda en silencio. Las personas mayores y sus hijos adultos tiemblan ante los recuerdos vividos, las historias que sus hijos escucharon de quienes lo experimentaron en carne propia. En medio de este despliegue de temor, una mirada melancólica se destaca entre todos: la chamana. No me mira, pero, con un asentimiento, se aleja sin decir más. Luego, la multitud estalla en gritos de rabia.

  —??Qué?! ??De qué demonios están hablando?! ?Ustedes saben lo que esos tipos han hecho! ?Aún hay personas vivas que recuerdan lo que pasó cuando teníamos contacto con ellos! ?Mis padres, que todavía viven, recuerdan esa época!

  —?Silencio! —grita mi padre, interrumpiendo a la multitud—. Yo, más que nadie, lo entiendo. Mi madre… mi esposa sufrieron lo que las personas del exterior son capaces de hacer. Es por eso que aún no haremos nada. Deberán reflexionar sobre lo que les hemos propuesto, pero recuerden esto: tenemos un a?o, o tal vez menos, antes de que nuestras vidas corran peligro y nuestras historias sean silenciadas para siempre.

  Con estas palabras, la multitud queda en silencio. Pasados unos minutos, Tovael continúa:

  —Eso es todo. Continúen con sus actividades; hablaremos después de que lo hayan reflexionado.

  Con esas palabras, la multitud comienza a alejarse, aunque cada uno repite lo mismo: "nunca aceptaremos esa decisión". Yo quería decir lo mismo, pero tras ver a lo que debemos enfrentarnos, no creo que debamos dejar que la ira nos domine.

  —Falu, ?estás bien? —pregunta mi padre.

  —Sí, estoy bien… creo que la respuesta de las personas era lógica —agrego, sin poder evitarlo.

  —Lo sé, y es por eso que pidieron ayuda. Si alguien como yo apoya esta decisión, tal vez la gente aquí pueda cambiar de parecer más rápido.

  —?Todavía crees que las personas puedan perdonar y olvidar?

  —...Ven, deberíamos ir a buscar la comida para hoy.

  Sin decir más, comienza a caminar, alejándose con un arco en su mano. Dando un suspiro, empiezo a seguirlo, tomando mi arco y acompa?ándolo hacia las afueras del pueblo.

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  —Sabes, cuando era joven, me gustaba quedarme mucho más tiempo del que debía cuando me tocaba cazar —expresa mi padre mientras se estira un poco.

  —?Y ahora?

  —Ahora me gusta quedarme esperando que todos los que salen regresen… supongo que ahora entiendo lo que mis mayores decían cuando me retaban —responde, agachando la mirada.

  —Papá, yo...

  —Bueno, es hora de ir. El último le toca llevar la presa. ?Vamos! —interrumpe mientras expulsa un aura gris y comienza a correr.

  —?Papá! Ufff, no puedo creer que uses esa excusa para no llevar la presa.

  Corriendo por unos minutos, veo a mi padre acostado sigilosamente cerca de un árbol, y, con una se?al, me pide que me coloque a su costado.

  —Sabes, de vez en cuando deberías ir a mi ritmo —susurro.

  —Ve, ?sabes qué es eso?

  —Un cerdo de río.

  —?Sabes por qué lo llaman así?

  —Se encuentra comúnmente cerca de los ríos.

  Y con esa frase, mi padre coloca su arco en posición y, como si el mundo se volviera un murmullo, solo existe ese animal en su expresión. Sin poder notarlo, suelta la flecha con una precisión que, a pesar de haberlo visto innumerables veces, me sigue impresionando.

  —Sabes, antes encontrábamos este tipo de animales en Mana.

  —Aún no me respondes lo que te pregunté.

  —...

  —?De verdad lo crees?

  —?Recuerdas lo que te decía tu abuela para darte miedo?

  —Que si te alejabas del pueblo, los hombres de armadura te llevarían.

  —Ja, sí... La razón de eso es que ella fue una de las últimas personas que recordaba esa época y, como muchos otros, su ira por lo que hicieron, como si fuera un acuerdo, pasó a sus hijos, y sus hijos se lo transmitieron a los hijos de sus hijos… y ese miedo lo expresan como ira.

  —Eso es un no.

  —Pero no olvides que, a pesar de todo, en esos rencores hay algo que no debes olvidar: el impulso humano por sobrevivir. Eso obliga a que, incluso el rencor, se doblegue ante la necesidad de vivir. Y en ese punto estamos nosotros. Si no nos mata el siguiente invierno, esa monstruo... negro ese vacío.

  —Ufff, qué dilema.

  —Bueno, vamos… no te olvides de la comida.

  —?Papá!

  Cada charla entre los líderes y la gente termina en el rencor del pueblo, asomándose a pesar de las lunas que han pasado. No hubo ningún avance, y con ello, las expresiones de los líderes reflejaban su preocupación reciente.

  —Papá...

  —No te preocupes, hijo, todo estará bien —fue lo único que me dijo antes de perderse entre interminables charlas con los otros líderes en busca de soluciones alternativas. Sin más, gotas de lluvia comenzaron a caer, acompa?ando el frío de nuestra situación.

  —Hijo, es hora de irnos a dormir —dice mi padre.

  —?Eh? ?He hecho algo mal, padre?

  —?De qué hablas?

  —No puedo ayudar… mis compa?eros de mi edad sienten el mana… lo manipulan, pero… yo… —sin poder terminar, empiezo a derramar lágrimas.

  —No digas eso, mi ni?o... sé que no lo ves ahora, pero tienes un potencial impresionante —susurra mi padre mientras me abraza con una calidez que no entendía que ambos necesitábamos—. Sabes, con la seriedad que te manejas en estos momentos, me recuerdas que aún eres un ni?o —agrega mientras comenzamos a reír.

  Al separarnos, un retumbar nos saca de nuestra peque?a alegría. Al salir de nuestra casa, una serie de casas incendiadas nos saluda.

  —?Ve a ayudar! —grita alguien.

  Con esa orden, mi padre toma una espada de la casa y corre hacia las llamas.

  —?Ayuda! —grita alguien.

  Con ese pedido, salgo de mi estado de shock y corro en busca del origen de ese llamado. Pasando un par de casas, veo a una mujer atrapada entre los escombros de su propia casa y, entre murmullos, lo entiendo.

  —Esa... cosa... está aquí —susurra la se?ora mientras pierde el conocimiento.

  Sacudiendo la cabeza, comienzo a ayudar a cada persona que puedo. Con cada minuto que pasa, más personas empiezan a unirse a la labor. A cada paso, el rugido de una bestia nos acompa?a y el choque de nuestras espadas nos mantiene en pie. Con el último ruido de las espadas chocando, el bosque queda en calma.

  —Esa cosa se fue —grita mi padre mientras sangra de un brazo, acompa?ado de los otros dos líderes, con tantas heridas como él, pero incapaces de soltar un suspiro de alivio. El grito de una mujer nos saca del estupor.

  —?Mi hija! —grita, desgarrándose en llanto.

  Conforme la multitud se reúne, nos damos cuenta de que una de sus hijas está sin vida… y entre lágrimas, la sostiene con la fuerza que solo una madre puede tener para sostener a su hija. Pero antes de que alguien formule un reclamo, se escucha el ruido de unos pasos.

  —Papá —susurro.

  Sin decir una palabra, mi padre se arrodilla frente a la mujer y la abraza, tal vez acompa?ándola en su dolor.

  —Si ellos vienen... sucederá lo que pasó antes. No quiero que mis hijos pasen por lo que ellos —entre sollozos, la mujer habla.

  —...por mi vida, lo juro.

  —?Qué te hace pensar eso? —interviene un hombre con una astilla de madera incrustada en el brazo.

  —Hay una mujer. Según nuestras averiguaciones, esa mujer se puso a la cabeza hace una década. Ella podría ser la respuesta —dice mi padre con una convicción que solo alguien que comparte ese mismo dolor podría expresar.

  —Yo confío en él —antes de poder pensarlo, la imagen de Dazi aparece entre la multitud y esas palabras salen de mi boca.

  —Está bien, yo también confío en ti —responde la mujer, arrodillada en el suelo, mientras las gotas de lluvia comienzan a caer.

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