***Perspectiva de Víctor***
Caminando de regreso al carruaje, el bebé continúa llorando. Con cada paso que doy, siento una fatiga gigantesca al recordar todo lo que ha ocurrido en un instante. No puedo evitar preguntarme qué hice mal, qué pude hacer mejor, pero nada de eso importa. Mi cuerpo no aguanta, no tengo nada ni tiempo para entrenar; todo ha pasado demasiado rápido. Ahora, lo único que me queda es llegar a la ciudad y poder recuperarme.
Al llegar al carruaje, busco los suministros que me mencionó Benicio. Dentro de una peque?a caja encuentro comida para el bebé y, en una mochila, lo que queda de los suministros para el viaje. Supongo que no puedo pedir más. Tras dar unos pasos más, consigo soltar un caballo con el mayor cuidado posible para no molestar al bebé. Una vez hecho esto, suelto al otro caballo, dejándolo libre, ya que no puedo llevar peso extra en el viaje que me queda y no creo que mi cuerpo resista esa carga. Revisando por última vez las cosas, encuentro un collar y, al inspeccionarlo, veo dentro de él una foto de esas dos personas. La tomo y la resguardo dentro de la mochila, colgándola en mi espalda. Al echar un vistazo a los alrededores, recojo unos cuantos pedazos de madera y los uso para encender fuego en los cadáveres. Puede que no sirva de nada, pero quisiera darles algo de paz a estas personas. Mientras contemplo por última vez el cuerpo de la madre del bebé, le digo:
—No te preocupes, tu bebé vivirá.
Ajustando al bebé en mi pecho, comenzamos el viaje tan rápido como el caballo nos lo permite. Si permanecemos mucho tiempo en ese lugar, corremos el riesgo de que otros monstruos lleguen. Con cada kilómetro que avanzamos, el bosque comienza a acercarse al camino. Con esta vista, lo único que puedo pensar es que esos ogros solo pudieron atacar por hambre. Con ese pensamiento, también encajo la razón por la cual un solo hombre pudo derrotar a cinco ogros armados y coordinados; aunque su experiencia y poder jugaron un papel importante en la batalla. Con esa idea, gotas de lluvia comienzan a caer y ruidos de truenos aparecen en el horizonte. Al escuchar que la lluvia aumenta su fuerza, arropo mejor al bebé, sin importar mi propia seguridad.
Al caer la noche, dejo que el caballo descanse y aprovecho para darle un poco de mi agua y comida al bebé. Lo único bueno es que el bebé se muestra bastante relajado ante la tormenta. En el último día de viaje, la comida se termina. Con ese pensamiento, movilizo al caballo, rogando que aguante este último tramo. Con la espesura de los árboles disminuyendo, percibo el aroma salado del mar y, con esa idea, alzo la esperanza de que todo saldrá bien. Sin embargo, como si fuera un cruel chiste del destino, toda la fatiga por la lucha y el viaje comienza a hacer mella en mi cuerpo. Al agachar la mirada, veo al ni?o. A pesar del miedo que sentía por él, aún respira de manera estable. En el momento en que regreso la vista al horizonte, veo los muros de la ciudad, más grandes que cualquier árbol que haya visto hasta el momento. Cada piedra colocada para crear esos muros me deja sin aliento. Por un segundo, olvido la fatiga y pienso:
—Es completamente diferente a la primera vez que vi este lugar.
A medida que me acerco, el lugar se siente… vivo. Al llegar a la puerta de madera de color café oscuro y con la tormenta aún persistente, el ambiente adquiere un aura tan imponente que simplemente me deja sin aliento. Al notar la presencia de los guardias, el dolor comienza a hacer estragos en mi cuerpo. Junto a ese extra?o picor más intenso, mi visión comienza a nublarse y los sonidos se sienten amortiguados. Veo al guardia que dice:
—?Ni?o! ?Qué haces aquí con esta tormenta?
Sacando las últimas fuerzas que me quedan, lo miro y respondo:
—Benicio… me envía.
En ese instante, saco el collar que tenía dentro de la mochila negra y grito, antes de desmayarme:
—?Por favor, ayuden a la ni?a!
En el segundo siguiente, todo se vuelve negro y, incluso el dolor, se desvanece en esa oscuridad, como si mi mente intentara recordarme mis fracasos. Comienzo a revivir una memoria dentro de esa oscuridad. Un grito comienza a distinguirse:
—?Victor! ?Victor! ?Despierta! El General te está llamando y quiere pedirte un favor.
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Saliendo de la enso?ación, veo a un joven y recuerdo que, en esa época, era común reclutar a cualquiera que estuviera dispuesto a luchar contra esas bestias sin forma y oscuras. Al ponerme de pie, le respondo:
—Está bien, iré a ver al comandante. Ve y continúa con tus actividades.
Al salir después del ni?o, veo un gran campamento. Este campamento está en la frontera entre el continente de mi antigua familia y la fortaleza Guardiana. Al cruzar a algunos soldados entrenando su mana, llego a la tienda de campa?a que se usa para las reuniones. Al cruzar el umbral, veo a un hombre muy musculoso que aparenta no tener agilidad, solo fuerza. Con ese pensamiento, una leve sonrisa se dibuja en mi rostro, ya que, a pesar de su aspecto, es todo lo opuesto. Interrumpiendo mis pensamientos, el comandante me dice:
—Victor, debo pedirte un favor.
No sé qué me da más miedo, la palabra “favor” o la idea de que él me esté pidiendo algo y no ordenándome. Al verlo confundido, una mirada severa se dibuja en su rostro mientras continúa:
—Victor, Guardian Callo, necesito que vayas con un escuadrón para rescatar sobrevivientes. El 75% de la ciudad mágica está por el mismo camino. Hablaré con el resto de la resistencia para enviar ayuda, pero… sin ellos, no tendremos muchas opciones.
Con esas palabras, mi corazón se salta un latido, tratando de buscar algo de apoyo. La oscuridad comienza a reclamarme y, en un intenso dolor, envuelve mi cuerpo. De pronto, mis ojos se abren y trato de sentarme. Con esa acción, noto que vendas rodean mi cuerpo. Al seguir mi mirada para ver dónde estoy, noto una casa sencilla de madera con buena iluminación. Intentando respirar para calmar mi miedo por las pesadillas y el dolor que envuelve mi pecho, este se calma. Salgo de la cama y me dirijo a la puerta. Al llegar, la abro y veo a una mujer de perfil musculoso y pelo rojo, escribiendo en un escritorio. Al notarme, la mujer me mira con unos ojos rojos que reflejan una severidad impresionante y me dice:
—Ni?o, ni?o... ni?o, cuando los guardias me llamaron y me dijeron que un ni?o junto con un bebé llegaron a la ciudad, junto con un emblema de mi gremio de aventureros y mercenarios, me sorprendió muchísimo y más aún que vienen por órdenes de Benicio. Cuando les dije que quería verlos, sabes el fastidio que me dio que me dijeran que el ni?o estaba al borde de la inanición... ahora quiero saber, ?por qué?
Con esas palabras, respondo:
—Lo lamento…
Antes de continuar, la mujer me interrumpe:
—Primero, siéntate para hablar formalmente… después de todo, el legendario Benicio te mandó, así que debes tener algo importante que decir.
Con esas palabras, camino lentamente hacia la silla enfrente del escritorio. Con esa acción me pide que la llame Akeeva; me queda mirando con su postura insistida a iniciar mi historia. Con esa acción me calma; este tipo de situación la viví mil veces antes, y con mucho más en la cabeza que ahora. Mirándola fijamente, comienzo la historia desde que los conocí hasta el momento en que llegué aquí, saltándome la razón por la que llegué a ese lugar. Sabía que ella lo notaría, pero debía limitar esa información por mi seguridad.
Akeeva se toma un momento para procesar lo que le he dicho y, cuando llega el momento, dice:
—Me parece sorprendente que alguien como él muriera por cuatro ogros y que un ni?o sin mana matara a un explorador por sí solo. Creo que me estás mintiendo. ?Qué tienes que decir a eso?
Sin desviar la mirada le digo:
—No sé a profundidad la historia de él, pero si insinuas que quiero algo de ti o que yo ayude a matarlo, no creo que tuviera siquiera una oportunidad. Yo lo vi cuando usó su aura roja... antes de intentarlo, él me hubiera matado.
Akeeva comienza a reír y dice:
—Tienes razón... Eso lo veo incluso más imposible.
Respirando, le hago una pregunta que me atormenta desde que vi su aura:
—?Quién fue él? ?Por qué estaba en ese lugar? Y ?por qué unos simples ogros lo mataron? Por más numerosos que fueran, no se veía como alguien que muriera por ellos.
Ante esas preguntas, Akeeva se levanta de su silla y, volviéndose para abrir la ventana y ver la noche, deja que el silencio se asiente. Ella lo interrumpe diciendo:
—Eres perspicaz, ni?o. En su mejor momento, ni siquiera 20 de ellos podrían matarlo. él fue uno de los mejores mercenarios que ha tenido este lugar, pero lo que pasó es lo que le pasará a todos: el tiempo y las heridas... No sé si sepas, pero los sanadores más comunes solo pueden curar las heridas hasta cierto punto; si las heridas sobrepasan ese punto, simplemente se acumulan, especial aquellas relacionadas con el mana, como un núcleo roto.
Con esas palabras, mi mente comienza a recordar que ese tipo de heridas no se pueden sanar fácilmente. Muy pocos sacerdotes pueden curar algo así, pero solo alguien con la Santa puede hacerlo sin consecuencias. Pero las razones que provocaron todo esto podrían ser variadas. Solo por un instante pienso: "?Y si alguien como él pudo haber llegado a un entendimiento lo suficientemente profundo para hacer un pacto?". Interrumpiendo mis pensamientos, Akeeva dice:
—Por tu expresión, debes saber lo que es.... Así que simplemente suma las heridas por las luchas excesivas y obtendrás esos resultados... Ahora, antes de continuar, no deberías ir a ver a la bebé. Como llegó en un estado delicado, la dejé con una amiga sanadora y una nodriza para poder amamantarla... Es una ni?a muy fuerte.
Con esas palabras, me pongo de pie, exaltado, y le digo:
—?Dónde está?
—En el segundo piso. Ve despacio, tu cuerpo y moretones no se han curado fácilmente; después de todo, mi sanadora no hace milagros —dijo.
***Perspectiva de Akeeva***
El ni?o cerró la puerta de manera apresurada. Al salir, regreso a mi silla para procesar toda esta información. Con mi segunda respiración, veo a mi asistente asomando la cabeza y dice:
—Ese ni?o salió corriendo, ?se escapó?
Soltando una risa burlona, digo:
—Si fuera así, ya no tendría piernas.
Tensándose, dice:
—?Ya sabes su historia?
—No, aún no lo sé. No quiso decir nada y, después de todo lo que pasó, no quise insistir, así que solo acepté lo que me dijo... No te preocupes, cuando todo se calme investigaré quién es él y si es un problema... Bueno, ya sabes lo que hago con los problemas.
Sacando un suspiro teatral, dice:
—Bien...más trabajo.
Al decir esas palabras, salió de mi oficina. Al salir, volteó la silla y, al ver el cielo, no puedo evitar decir:
—Benicio... ?qué te obligó a regresar a este lugar?

