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Capítulo 92 - Sueños sin Mármol

  Sección 1: El Peso del Eco

  El regreso a "El Grifo Sonriente" fue silencioso, cada uno de ellos perdido en el laberinto de sus propios pensamientos y tensiones tras el encuentro con Lord Valerius. La amable normalidad de la sala común de la posada, con sus parroquianos charlando y el olor a estofado flotando en el aire, parecía ahora una fachada aún más delgada, casi insultante en su contraste con la fría realidad política que acababan de enfrentar. Subieron las escaleras de madera crujiente hasta su habitación compartida, el peso de la conversación con el Presidente asentándose sobre ellos como el polvo fino que cubría sus ropas de viaje.

  Una vez dentro, la puerta se cerró con un clic que sonó demasiado fuerte en la repentina quietud. La habitación, que antes había parecido un lujo comparado con Karak Dhur, ahora se sentía peque?a, casi como una celda bien amueblada. El aire estaba quieto, cargado con el eco de las palabras de Valerius: irregular, investigación, atención indeseada, historias no escritas.

  Martín fue el primero en ceder al peso. Se dejó caer pesadamente en el borde de la cama más cercana a la pared, el colchón de paja crujiendo bajo su peso como si se quejara. No se quitó las botas ni la túnica. Simplemente se quedó allí, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza entre las manos, sintiendo el pulso sordo de la fatiga y la frustración latiendo en sus sienes. La conversación había sido agotadora, no físicamente, sino mentalmente. Había sentido cómo las palabras de Valerius lo diseccionaban, lo clasificaban, lo reducían a una anomalía administrativa, a un problema que necesitaba ser contenido y analizado. La sensación de ser una pieza en un tablero ajeno era abrumadora.

  Althaea, por el contrario, no podía quedarse quieta. Se movía por la habitación con la gracia tensa de un felino enjaulado. Sus pasos eran silenciosos sobre las tablas del suelo, pero su energía era un torbellino contenido. Inspeccionó la ventana que daba al callejón con una minuciosidad que iba más allá de la simple precaución, sus dedos trazando el marco, sus ojos escrutando las sombras profundas de abajo. Luego se detuvo en el centro de la habitación, simplemente de pie, escuchando, sintiendo el pulso antinatural de la ciudad que se filtraba incluso a través de las gruesas paredes. La promesa de orden y seguridad de Lumina era, para ella, una amenaza sofocante, una negación de todo lo que consideraba natural y libre.

  Thorian dejó caer su pesada mochila científica junto a la puerta con un ruido sordo y comenzó a refunfu?ar mientras desempaquetaba algunos de sus sensores más peque?os. —"?Retórica política ineficiente!"—, murmuró, ajustando un dial en un dispositivo que parecía un cruce entre un compás y un insecto metálico. —"Demasiadas insinuaciones, pocas especificaciones técnicas. ?'Evaluación'? ?Qué clase de protocolo es ese? ?Vago! ?Impreciso! ?Y su comprensión de la energía residual de la Astracita es puramente teórica, se nota a leguas!"—. Sin embargo, bajo la queja técnica, Martín percibió la misma inquietud que sentían él y Althaea, y una chispa de genuina intriga por la mención de la Gran Biblioteca que el enano intentaba disimular.

  Martín se levantó y caminó hacia la puerta. Su mano se detuvo sobre el pesado pestillo de hierro. Era un gesto casi ridículo. ?Qué podía hacer un simple pestillo contra el poder que representaba Valerius, contra la vigilancia implícita de una ciudad como Lumina? Nada. Y sin embargo, sintió la necesidad visceral de realizar esa acción, de crear una barrera física, por simbólica que fuera, entre ellos y el mundo exterior que acababa de recordarles su condición de forasteros, de piezas sueltas. Echó el pestillo, el sonido metálico resonando en la quietud tensa, una peque?a armadura contra una amenaza intangible.

  Se acercó a la ventana, junto a Althaea, y miró hacia fuera. El callejón estaba oscuro, pero por encima de los tejados cercanos, la aguja de la Torre del Sol se recortaba contra el cielo nocturno, ahora salpicado de estrellas que parecían más frías, más distantes que las que recordaba. La torre brillaba con una luz propia, blanca y constante, un faro de poder que dominaba el horizonte urbano. "Quizá nunca apaguen esas luces," pensó Martín, un escalofrío recorriendo su espalda a pesar del calor residual del día. "Quizá en esta ciudad ni la oscuridad es tuya. Ni siquiera tienes permiso para esconderte del ojo que todo lo ve." La torre no parecía solo un edificio; se sentía como una presencia, un centinela silencioso que registraba cada movimiento, cada pensamiento irregular. El peso del eco de la reunión, la sensación de estar bajo un microscopio institucional, se asentó definitivamente en la habitación, tan palpable como el olor a madera vieja y a cerveza derramada de la posada.

  Sección 2: Debate a Medianoche

  El silencio en la habitación se prolongó, pesado y denso, roto solo por la respiración de los tres y el murmullo distante de la ciudad más allá de la ventana. Cada uno estaba perdido en sus propias reflexiones, procesando las implicaciones de la "invitación amable" de Lord Valerius. Finalmente, fue Thorian quien rompió la quietud, como era de esperar, con un enfoque pragmático.

  —"Bueno"—, dijo, dejando a un lado el sensor que estaba limpiando obsesivamente. —"La situación es logísticamente... interesante. Una oferta de estatus oficial y acceso a recursos sin precedentes a cambio de... cooperación y análisis. Desde un punto de vista puramente científico y de adquisición de datos, la propuesta de Valerius es... tentadora"—. Se rascó la barba, sus ojos eléctricos brillando con una mezcla de interés y cautela. —"La Gran Biblioteca de Lumina... los Archivos Sellados... se dice que contienen conocimientos perdidos incluso para los Maestros de Runas de Karak Dhur. Y la posibilidad de analizar la condición del umgi con equipo arcano avanzado..."—

  —"Suena a jaula, Thorian"—, interrumpió Althaea bruscamente, su voz baja y vibrante de tensión contenida. Se había apartado de la ventana y ahora estaba de pie en el centro de la habitación, su postura erguida y desafiante. —"Suena a collar y correa. 'Consultor Especializado bajo Observación'. 'Evaluación'. Son palabras bonitas para decir 'espécimen en una celda dorada'. Quieren estudiarlo, medirlo, quizás replicar lo que sea que le pasó... o peor, controlarlo"—. Su mirada se clavó en Martín, intensa y preocupada. —"Este Valerius sonríe demasiado y sus ojos no sonríen con él. Confiar en él, en esta ciudad... es meter la cabeza en las fauces del lobo disfrazado de cordero"—.

  —"?La paranoia no es un enfoque metodológico válido, shatra!"—, replicó Thorian, aunque sin su convicción habitual. —"Sí, hay riesgos. ?Siempre hay riesgos! La política humana es inherentemente ineficiente y propensa a la duplicidad. ?Pero el potencial de conocimiento! ?Las respuestas que podríamos encontrar! Negarse por simple desconfianza sería..."—

  —"?Prudente?"—, sugirió Althaea con ironía.

  Martín escuchaba el intercambio, sintiendo el tira y afloja entre la lógica pragmática de Thorian y la advertencia instintiva de Althaea. Ambos tenían razón. La oferta de Valerius era una trampa seductora, una jaula dorada. Pero también era, potencialmente, la única llave para las puertas que necesitaba desesperadamente abrir. Las respuestas sobre la Marca, sobre la Astracita, sobre su propia condición... ?podría encontrarlas vagando sin rumbo por un mundo hostil, siendo un "fantasma irregular"?

  Thorian pareció leer parte de la duda en el rostro de Martín. —"Además"—, a?adió, su tono volviéndose un poco más sombrío, —"Valerius no mencionó explícitamente la fuente de sus 'informes' sobre Karak Dhur, pero la descripción de tu... incidente en el coliseo fue sospechosamente detallada en los rumores que circularon incluso antes de que llegáramos. Me pone incómodo que a las autoridades de esta ciudad les haya gustado tanto oír historias sobre ti sangrando y perdiendo el control. Como si esperaran más de ese 'espectáculo'. Quizás la 'evaluación' no sea solo científica"—. La admisión, viniendo del pragmático enano, a?adió una capa de inquietud genuina a la ecuación.

  Althaea asintió sombríamente. —"Ven poder, Martín. Ven algo que no entienden y que, por tanto, temen o desean controlar. Sea cual sea la oferta, el precio será tu libertad. O algo peor"—. Se acercó a él, su voz bajando, destinada solo a sus oídos. —"Si decides... someterte a esto... si crees que es el único camino... yo me quedaré. Lucharé a tu lado si es necesario"—. Su mano rozó brevemente la suya, un contacto fugaz pero cargado de una lealtad inquebrantable. —"Pero que los espíritus del bosque me perdonen si no maldigo a esta ciudad y a sus sonrisas frías cada día que pasemos aquí si algo te sucede"—. La promesa era feroz, dolorosa en su sinceridad.

  Martín sintió el peso de su lealtad, tan sólido y real como la lanza que ella portaba. Y sintió el tirón del conocimiento prometido por Valerius, tan tentador como el canto de una sirena. Estaba atrapado entre dos fuerzas poderosas, dos lealtades, dos miedos. "?En qué momento," pensó con una punzada de agotamiento y una ironía amarga, "me convertí en el maldito punto ciego entre dos tipos de amor tan diferentes y tan jodidamente complicados?" La protección instintiva y salvaje de Althaea, y la curiosidad científica mezclada con una extra?a forma de responsabilidad protectora de Thorian. Ambos lo anclaban, y ambos tiraban de él en direcciones opuestas. La decisión, fuera cual fuera, no sería fácil. Y las consecuencias, probablemente, tampoco.

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  Sección 3: "Ma?ana. Ahora Camas Reales."

  La habitación pareció encogerse bajo la tensión del dilema. Althaea permanecía cerca de Martín, su postura una mezcla de apoyo silencioso y advertencia latente hacia el mundo exterior. Thorian había comenzado a pasear de un lado a otro frente a la ventana, murmurando cálculos de riesgo-beneficio y posibles protocolos de contención de datos si la colaboración con Valerius salía mal. El aire estaba cargado con el peso de las opciones, cada una con sus propias trampas y promesas.

  Podían rechazar la oferta de Valerius, intentar deslizarse fuera de Lumina y seguir su camino como "fantasmas irregulares". Pero eso significaba vivir constantemente bajo la amenaza de ser descubiertos, perseguidos, sin acceso a los recursos o la información que necesitaban desesperadamente. Significaba confiar únicamente en su propio ingenio y en la suerte, que hasta ahora había sido una compa?era esquiva y a menudo cruel.

  O podían aceptar la "invitación amable". Entrar en la red de Valerius, someterse a la "evaluación", jugar según las reglas de Lumina a cambio del acceso a la Gran Biblioteca, a los laboratorios, a las respuestas. Pero eso significaba exponerse, volverse vulnerables a la manipulación, confiar en un hombre cuya sonrisa ocultaba intenciones desconocidas. Significaba, quizás, cambiar una jaula de piedra por una de seda dorada.

  La discusión podría haber seguido durante horas, desgranando cada posible consecuencia, cada riesgo, cada peque?a esperanza. Thorian ya estaba esbozando diagramas de flujo de decisiones en su tablilla. Althaea analizaba en silencio las implicaciones tácticas de cada escenario.

  Pero Martín sintió que llegaba a su límite. El agotamiento físico del viaje, sumado al drenaje mental de la reunión con Valerius y la presión constante de su propia condición interna, lo estaban aplastando. Su cabeza palpitaba. Las sombras en las esquinas de la habitación parecían moverse. Necesitaba detener el torbellino, aunque fuera por unas horas.

  Levantó una mano, un gesto simple pero cargado de una fatiga que silenció tanto las especulaciones de Thorian como la preocupación silenciosa de Althaea.

  —"Basta"—, dijo, su voz sonando más cansada de lo que pretendía. —"Aprecio... los argumentos. Las preocupaciones. Pero no podemos decidir esto ahora. No así"—. Se pasó una mano por los ojos, sintiendo la arenilla del cansancio. —"Estamos agotados. Estamos reaccionando desde el miedo y la incertidumbre. Cualquier decisión que tomemos ahora estará contaminada por eso. Discutirlo así solo nos hará cometer errores, elegir la opción equivocada por las razones equivocadas"—.

  Respiró hondo, reuniendo la poca energía que le quedaba. —"Ma?ana. Con la luz del día, con la mente más despejada. Lo hablaremos de nuevo. Sopesaremos todo con calma. Y tomaremos una decisión. Juntos"—. La última palabra fue un énfasis deliberado, una promesa a sus compa?eros.

  Luego, su tono cambió, la tensión dando paso a un anhelo casi infantil, a una necesidad básica que eclipsaba momentáneamente los dilemas existenciales. Miró hacia las tres camas sencillas que ocupaban gran parte de la habitación, con sus colchones de paja y sus mantas de lana áspera. —"Ahora"—, dijo con un suspiro que pareció venir del fondo de sus huesos, —"solo quiero comprobar si esas camas son reales y no una ilusión colectiva o parte de otra prueba psicológica de Valerius"—.

  La abrupta caída de la tensión, la cruda necesidad humana expresada con tanta simpleza, pareció descolocar a sus compa?eros por un instante.

  Thorian parpadeó, miró las camas, luego a Martín, y soltó un gru?ido que sonó casi comprensivo. —"Hmmpf. Descanso. Un parámetro fisiológico necesario para la óptima función cognitiva"—. A?adió, con un intento de humor enano: —"Si las camas son la mitad de decentes que el estofado de esta posada, me retracto de al menos un tercio de mis críticas iniciales sobre la infraestructura hostelera de Lumina"—.

  Althaea no dijo nada. Simplemente observó a Martín, y luego a Thorian, con una expresión ilegible. El instinto le decía que huyeran de esa ciudad y de sus ofertas envenenadas, pero también veía el agotamiento profundo en Martín, la necesidad desesperada de un respiro, por precario que fuera. Su silencio fue una forma de consentimiento, una aceptación tácita de que, por ahora, Martín marcaba el ritmo. él era el eje sobre el que giraban sus destinos, lo quisieran o no.

  Martín les dedicó una mirada de gratitud silenciosa por la tregua. Se acercó a la cama más alejada, sintiendo cada músculo protestar. La idea de enfrentarse a Valerius de nuevo ma?ana, de tomar una decisión que podría definir su futuro (o la falta de él), era aterradora. Pero la perspectiva de unas horas de sue?o en algo que no era piedra, barro o una alucinación mental... era un lujo que necesitaba desesperadamente. "Si ma?ana decido venderme," pensó con una amargura resignada mientras se dejaba caer sobre el colchón, "al menos que esta sea mi última noche sin precio."

  Sección 4: El Lujo de un Colchón

  Después de que Althaea y Thorian se acomodaran en sus respectivas camas —la primera con la resignación estoica de quien acepta un mal necesario, el segundo probablemente ya calculando la durabilidad estructural del somier—, Martín se acercó a la suya con una especie de reverencia irónica. La examinó como si fuera un artefacto alienígena: el marco de madera tosca, el colchón abultado relleno de paja seca, la manta de lana áspera doblada a los pies, la almohada delgada y algo apelmazada. Comparado con los estándares de su vida anterior, era el tipo de cama que encontrarías en un albergue de carretera de mala muerte. Comparado con dormir sobre roca helada, barro pegajoso o raíces nudosas, era el epítome del lujo decadente.

  Se sentó en el borde, y el lecho de paja protestó con un crujido fuerte y seco, liberando una nube de polvo fino y el olor dulzón de la hierba seca. Sonrió levemente. Era un sonido real, orgánico, infinitamente preferible al silencio absoluto de la piedra o al zumbido energético de su cubículo en Karak Dhur. Se quitó las botas con un suspiro de alivio, sintiendo el suelo de madera bajo sus pies descalzos, otra sensación casi olvidada. Luego, con deliberada lentitud, se tumbó.

  La sensación fue... extra?a. Su cuerpo, acostumbrado a la resistencia inflexible de la tierra o la roca, se hundió ligeramente en la superficie que cedía. No era blando en el sentido moderno, pero cedía. Se adaptaba. "No suena a piedra," pensó de nuevo, cerrando los ojos. "Ni a hueso. Ni a metal frío. Suena a... campo. A granero. Bien." Era un sonido simple, humilde, y en ese momento, le pareció la música más hermosa del universo.

  Se estiró, sintiendo cómo sus músculos doloridos protestaban pero también se relajaban en la superficie que ofrecía un soporte imperfecto pero real. La manta áspera picaba un poco contra su piel, pero también ofrecía un calor seco y bienvenido. La almohada era poco más que un saco de tela relleno, pero permitía que su cabeza descansara en un ángulo que no le dejaba el cuello contracturado por la ma?ana. Eran comodidades básicas, casi insultantes en su simpleza, y sin embargo, se sentían como un regalo caído del cielo.

  Fue entonces, en esa relajación inesperada, cuando el recuerdo sensorial lo golpeó, tan vívido como inesperado. No una imagen clara, sino una avalancha de sensaciones: la suavidad indescriptible de sábanas de alto gramaje, limpias y frescas; el peso reconfortante de un edredón de plumas; el brillo ámbar y tenue de una lámpara de noche sobre una mesilla de madera oscura; el silencio tranquilo de un apartamento a altas horas de la noche... y de repente, claro como el día, el olor reconfortante a café recién hecho por la ma?ana, un aroma que siempre asociaba con la calma antes de la rutina, con la presencia silenciosa de alguien querido cuya ausencia ahora era un agujero negro en el centro de su ser. El contraste entre aquel instante de paz doméstica recordada y su realidad actual —un colchón de paja en una posada desconocida, en un mundo hostil, con dos compa?eros tan extra?os como leales— fue tan agudo que sintió una punzada física en el pecho.

  Apartó el recuerdo con un esfuerzo consciente, respirando hondo el aire polvoriento de la habitación. La nostalgia era un veneno, una debilidad que no podía permitirse ahora. Tenía que centrarse. Valerius. La oferta. La "evaluación". La Gran Biblioteca. El conocimiento. Las respuestas.

  Se giró de lado, mirando la pared desconchada. La lógica fría que había aprendido a reconocer en sí mismo —quizás un eco del Arquitecto, quizás solo su propia mente de programador buscando patrones— le susurró que la oferta de Valerius era la única vía racional. El acceso a la información era crítico. Entender su condición era esencial para controlarla, para sobrevivir, para encontrar el camino a casa. Rechazarla por orgullo, miedo o desconfianza sería... ineficiente. Irracional.

  Pero otra parte de él, la parte que había gritado "Quiero vivir" en el abismo mental, la parte que se aferraba a la calidez de la mano de Althaea y a la camaradería funcional con Thorian, se rebelaba. Odiaba la idea de ser estudiado, analizado, cuantificado. Odiaba la sonrisa calculadora de Valerius, la sensación de estar siendo manipulado, de que cada concesión lo ataba más a la red invisible de poder de Lumina.

  "Los colchones no son ilusiones," pensó con amargura, sintiendo la textura áspera de la tela bajo su mejilla. "Existen. Son reales. Puedes tocarlos, sentirlos." Miró hacia la oscuridad donde sabía que estaban sus compa?eros, dormidos o vigilantes. "Pero las respuestas... las promesas de conocimiento... esas sí pueden serlo." Podrían ser una fachada, una trampa, un cebo para atraerlo a una jaula de la que nunca podría escapar. Podría vender su autonomía, su precaria identidad, a cambio de páginas vacías o verdades a medias dise?adas para mantenerlo bajo control.

  El dilema lo consumía. Confiar o desconfiar. Colaborar o huir. Exponerse o permanecer oculto. Cada opción tenía sus propios peligros mortales. Se sentía como un programa atrapado en un bucle infinito de riesgo-beneficio sin una salida clara.

  El agotamiento finalmente comenzó a ganar la batalla. Sus párpados se volvieron pesados. Los contornos de la habitación comenzaron a difuminarse. La decisión tendría que esperar a la ma?ana, a la luz (enga?osa o no) de un nuevo día en Lumina. Pero mientras se deslizaba hacia la inconsciencia, un último pensamiento, crudo y resignado, se formó en su mente, un epitafio para su breve noche sin precio.

  "Maldita sea."

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