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Capítulo 93 - El Inventario de un Fantasma

  Sección 1: Las Reglas del Juego

  La luz grisácea de la ma?ana luminiana se filtraba por la única ventana de la habitación de la posada, encontrando a los tres compa?eros reunidos alrededor de la tosca mesa. El silencio ya no era el del agotamiento inmediato post-reunión, sino el de una decisión tomada, pesada y resonante.

  Martín había pasado gran parte de la noche en vela, dando vueltas en la cama sorprendentemente cómoda, repasando las palabras de Valerius, las advertencias de Althaea, el pragmatismo científico de Thorian y, sobre todo, el hambre voraz de respuestas que ardía en su propio interior. La conclusión era ineludible, amarga como la cerveza enana, pero clara como el cristal del Sanatorio.

  —"Lo haré"—, dijo finalmente, rompiendo el silencio matutino. Su voz era tranquila, desprovista de la ira o la resignación de la noche anterior, reemplazada por una determinación fría. Miró a Althaea, luego a Thorian. —"Aceptaré la 'invitación' de Valerius. Me someteré a su 'evaluación'"—.

  Althaea cerró los ojos por un instante, una sombra de dolor cruzando su rostro antes de que su máscara de estoicismo volviera a su lugar. Asintió lentamente. —"Si es tu decisión, Martín, estaré a tu lado. Pero mantendré los ojos abiertos. Y mi lanza lista"—.

  Thorian gru?ó, ajustándose una hebilla de su cinturón. —"Una decisión lógicamente... defendible, dadas las circunstancias. El acceso a los recursos de Lumina acelerará significativamente mi investigación sobre tu... condición. Y sobre la neutralización de la Astracita, por supuesto"—. A?adió rápidamente, como si recordara el propósito original. —"Aunque sigo manteniendo mis reservas sobre la metodología y la transparencia de Valerius"—.

  Apenas había terminado de hablar cuando llamaron suavemente a la puerta. Althaea abrió, encontrándose con un acólito del Gremio vestido con una túnica gris impecable. Portaba un delgado cilindro sellado.

  —"Saludos"—, dijo el acólito con una inclinación de cabeza perfectamente medida. —"Lord Valerius me envía para formalizar los términos de su colaboración y exponer los protocolos estándar de evaluación para asociados especiales del Gremio"—. Entregó el cilindro a Martín.

  Dentro, un pergamino activado por runas se desplegó, proyectando un texto flotante en el aire con la misma caligrafía elegante y precisa que Valerius había usado en sus notas. Exponía, en un lenguaje formal y burocrático, el sistema de clasificación de habilidades y contribuciones utilizado en Lumina.

  —"Como verán"—, explicó el acólito mientras Martín leía, —"el Gremio clasifica a sus miembros y colaboradores según una escala de rangos, desde E, para aprendices, hasta A, para expertos reconocidos. Existe un rango superior, Rango S y SS, reservado para individuos de capacidades excepcionales o cuya contribución es considerada de importancia estratégica vital"—.

  Martín leyó la siguiente línea, y un sabor amargo le subió a la garganta. —"El acceso a recursos de alto nivel, como los Archivos Sellados de la Gran Biblioteca, los Laboratorios Arcanos Avanzados o la consulta directa con el Consejo de Sabios, está estrictamente reservado para aquellos que alcanzan o superan el Rango S"—. "Genial," pensó con un cinismo helado. "Un sistema de castas disfrazado de meritocracia. Solo los 'excepcionales' tienen derecho a saber."

  —"Las pruebas a las que se someterá"—, continuó el acólito, ajeno a la reacción interna de Martín, —"tienen como objetivo evaluar sus capacidades para determinar un rango inicial apropiado y su potencial"—.

  Martín levantó la vista del texto flotante. —?"Y Lord Valerius?"—, preguntó, la curiosidad mezclada con desafío. —"?A qué rango pertenece él? ?O su puesto es puramente político?"—

  El acólito parpadeó, la primera fisura en su fachada de neutralidad. La respuesta fue demasiado rápida, demasiado pulida. —"Lord Valerius ostenta el cargo de Presidente por aclamación del Consejo y ratificación de las Casas Nobles"—, recitó, como si leyera un manual. —"Su posición se basa en su sabiduría política, habilidad diplomática y profundo conocimiento de las dinámicas que rigen Lumina. No está sujeto al sistema de clasificación de rangos operativos"—.

  La evasiva fue tan clara como una puerta cerrada en la cara. Martín sintió una punzada de incómoda sospecha. Había algo más allí, un nivel de poder o una categoría que deliberadamente ocultaban. .

  El acólito hizo otra inclinación. —"El primer componente de su evaluación, el diagnóstico físico, está programado para este ciclo. Se enviará una escolta para acompa?arlos al Sanatorio en breve. Que la luz de Lumina guíe su camino hacia la colaboración fructífera"—. Con esa despedida formal, se retiró, dejando tras de sí el pergamino flotante y la sensación incómoda de que las reglas del juego eran aún más complejas y opacas de lo que parecían. El camino al Rango S, y a las respuestas, sería arduo y lleno de trampas invisibles.

  Sección 2: Estofado con Sabor a Derrota

  La ma?ana en Lumina rompió no con la luz del sol, sino con el murmullo creciente de la ciudad despertando más allá de la ventana de la posada y el olor persistente a pan horneado y humo de le?a que se filtraba por debajo de la puerta. Martín había dormido, fragmentariamente, en la cama que ya no le parecía un lujo sino una simple tregua, pero el peso de la decisión tomada en la oscuridad —o más bien, la aceptación de la falta de opciones reales— lo había despertado mucho antes de que el ciclo de descanso terminara oficialmente.

  Bajaron a la sala común de "El Grifo Sonriente", que a esa hora temprana bullía con una actividad más contenida pero igualmente presente. Mercaderes revisando sus libros de cuentas, viajeros solitarios apurando una taza de algo caliente antes de seguir su camino, el posadero amable dirigiendo a su personal con eficiencia silenciosa. El contraste con la quietud tensa de su propia mesa era casi doloroso.

  Les sirvieron el estofado del día anterior, recalentado pero aún fragante y sustancioso. Para Martín, cada cucharada era una compleja negociación interna. El sabor era innegablemente bueno, rico, terroso, evocando sensaciones de hogar y confort que creía olvidadas. Le recordaba a algo específico, un guiso que su madre preparaba en invierno, y esa punzada de nostalgia era tan aguda que casi le quitaba el apetito. Sabía exactamente como las cosas que ya no podía tener, las que pertenecían a un mundo al que dudaba poder regresar. Y precisamente por eso siguió comiendo, con una determinación casi sombría, porque sabía que necesitaba la fuerza, porque quizás era el último sabor genuino que probaría antes de que comenzara la "evaluación". "La diferencia entre alimento y soborno," pensó mientras masticaba lentamente un trozo de carne tierna, "es el contexto. Y este tenía salsa de más... y cubiertos limpios." Era el desayuno del condenado que acepta su última comida, o la primera cuota pagada por el acceso al conocimiento prohibido.

  Althaea apenas tocaba su plato. Sus ojos ámbar no estaban fijos en la comida, sino en el exterior, a través de la ventana, o siguiendo los movimientos de los otros clientes con una vigilancia discreta pero constante. Su incomodidad en el entorno urbano era palpable. Cuando sus ojos se cruzaban con los de Martín, él veía una tristeza profunda bajo la superficie estoica, una preocupación silenciosa por la decisión que él había tomado (o que le habían impuesto). Ella no lo juzgaba, pero su mirada era un espejo de los propios miedos de Martín: la pérdida de autonomía, la entrada voluntaria en la red de Valerius. Cada bocado que él daba parecía reflejarse en ella como una peque?a traición a la libertad que tanto valoraba.

  Thorian, como siempre, procesaba la situación a través de su propio filtro técnico y pragmático. Devoraba su estofado con eficiencia mecánica, intercalando grandes bocados con comentarios sobre la composición nutricional y la eficiencia térmica de los fogones de la posada. —"Concentración adecuada de carbohidratos complejos en los tubérculos, aunque la fuente proteica (gronth, sospecho) podría tener una biodisponibilidad mayor si se hubiera marinado previamente en una solución enzimática... Y la transferencia de calor del hogar a la marmita es claramente subóptima, detecto una pérdida del 12% de energía radiante..."— Su monólogo técnico era una forma de llenar el silencio tenso, una manera de imponer una lógica familiar sobre una situación que, incluso para él, tenía demasiadas variables desconocidas. Cuando terminó su plato (y, de nuevo, el pan que Martín había apartado), intentó aligerar el ambiente con un comentario dirigido a nadie en particular: —"Bueno, si las 'evaluaciones' de Valerius son tan sustanciosas como este desayuno, quizás la 'colaboración científica' no sea tan terrible. Aunque preferiría un análisis espectral a una entrevista personal, claro está"—.

  El intento de humor cayó un poco plano. Althaea siguió mirando por la ventana. Martín solo pudo esbozar una sonrisa tensa. La tregua matutina estaba terminando. La realidad de su decisión, con todo su peso y sus implicaciones desconocidas, comenzaba a asentarse.

  Martín apuró las últimas cucharadas del estofado, el sabor delicioso ahora mezclado con el regusto amargo de la inevitabilidad. Empujó el tazón vacío. Miró a sus compa?eros, sus rostros un reflejo de sus propias emociones conflictivas: la lealtad preocupada de Althaea, la curiosidad científica te?ida de pragmatismo de Thorian.

  —"Supongo que es hora"—, dijo, su voz más firme de lo que se sentía. Se limpió la boca con una servilleta de tela áspera, otro peque?o lujo olvidado. —"Cuanto antes empecemos con esto, antes sabremos a qué nos enfrentamos realmente"—. Se puso de pie, el movimiento deliberado, tratando de proyectar una confianza que estaba lejos de sentir. —"Vamos a ver qué implica realmente esta 'evaluación'. Vamos a empezar el inventario de este fantasma"—. La resignación seguía allí, pero ahora había también una determinación fría: si iba a entrar en la jaula, al menos lo haría con los ojos abiertos, listo para analizar cada barrote.

  Sección 3: La Invitación que No se Puede Rechazar

  Apenas habían apilado los tazones vacíos, el eco del estofado aún cálido en sus estómagos pero frío en sus conciencias, cuando la figura pulcra de un guardia de Lumina se materializó en la entrada de la sala común. Su presencia silenciosa e impecable cortó las conversaciones cercanas y atrajo miradas curiosas. Se quedó inmóvil por un instante, un centinela de mármol y acero bajo el dintel, antes de avanzar hacia su mesa con pasos que no hacían ruido sobre las losas de piedra.

  El aire alrededor de la mesa se cargó de electricidad estática. Thorian dejó de examinar la aleación de su cuchara. Althaea, que había estado observando el flujo de gente en la calle a través de la ventana, se giró lentamente, su cuerpo adoptando una postura de alerta contenida. Martín sintió esa conocida opresión en el pecho, la se?al de que la breve tregua había terminado.

  El guardia se detuvo a la distancia protocolaria. Su rostro, parcialmente oculto por el yelmo, era una máscara de profesionalismo impasible. —"Se?or Martín Vega, Guerrera Althaea, Maestro Thorian Ironfist"—, la voz era clara, sin inflexiones, cada título pronunciado con precisión. —"Lord Valerius, Presidente del Alto Gremio, les envía sus respetos y confía en que su primera noche en Lumina haya transcurrido sin incidentes y su descanso haya sido... satisfactorio"—. La formalidad era tan estudiada que resultaba sofocante.

  ?"Me complace informarles"—, prosiguió el guardia, ignorando el bufido apenas contenido de Thorian, —"que toda la logística necesaria para iniciar la fase preliminar de su muy apreciada colaboración con el Gremio ha sido diligentemente completada por los departamentos pertinentes"—. Consultó brevemente una peque?a tablilla que llevaba en la mano. —"El Directorio del Sanatorio del Gremio Arcano y Médico, actuando bajo el mandato del Alto Gremio y en servicio a la ciudad, agradece profundamente su admirable y voluntaria disposición anticipada a colaborar con nuestros esenciales protocolos de evaluación diagnóstica. Asimismo, el Gremio en pleno celebra su inminente y, sin duda, valiosa contribución a la continua seguridad, prosperidad y conocimiento de nuestra ilustre Lumina"—.

  Las palabras resonaron en el silencio tenso, cada adjetivo cuidadosamente elegido, cada frase construida para reforzar la idea de una cooperación ya asumida, de un consentimiento implícito. Era una obra maestra de coacción burocrática.

  A case of literary theft: this tale is not rightfully on Amazon; if you see it, report the violation.

  Thorian no pudo contenerse. —?"Disposición anticipada? ?Apenas le dio tiempo a considerar la 'invitación'!"—, gru?ó.

  —"Son las fórmulas protocolares estándar, Maestro Enano"—, replicó el guardia con la misma calma inalterable. —"Dise?adas para reflejar la armoniosa sinergia esperada entre el Gremio y sus asociados estratégicos"—. Su mirada, fría y evaluadora, se posó en Martín por un instante notablemente más largo de lo necesario, como si comparara al hombre real con una imagen mental o un expediente. —"Se requiere la presencia inmediata del se?or Vega en las instalaciones del Sanatorio Central para dar comienzo a la evaluación física preliminar, según lo acordado"—. La última frase era una afirmación, no una pregunta. —"Lord Valerius ha tenido la gentileza de autorizar que le acompa?en en calidad de observadores, siempre que no interfieran con la labor de nuestros cualificados sanadores"—.

  Martín miró a Althaea. Su rostro era una máscara, pero sus ojos ardían con una mezcla de ira y resignación. Ella asintió casi imperceptiblemente. Thorian seguía murmurando sobre "protocolos presuntuosos", pero también asintió. La decisión, aunque amarga, ya estaba tomada la noche anterior.

  —"Iremos"—, dijo Martín, la palabra sonando hueca en sus propios oídos.

  El guardia inclinó la cabeza. —"Excelente. Su cooperación es encomiable"—. Hizo un gesto hacia la salida. —"Otro oficial nos aguarda para la escolta. Si tienen la bondad de seguirme. Estamos..."—, hizo una pausa casi imperceptible, como si buscara la palabra exacta en el manual de protocolo, —"...encantados de contar con su cuerpo... digo, con su presencia."—

  El lapsus fue sutil, casi perdido en la cadencia formal, pero resonó como un trueno en la mente de los tres.

  "?Lo dijo?", siseó Thorian, sus ojos eléctricos desorbitados, mirando a Althaea con alarma.

  "Sí, Thorian. Claramente," respondió ella en voz baja, su mano ahora visiblemente apretando el asta de su lanza corta.

  "?Lo dijo!", exclamó Thorian en un susurro escandalizado. —"?Un desliz verbal de protocolo significativo! ?Podría indicar la verdadera naturaleza de la 'evaluación'! ?O simplemente una incompetencia léxica inexcusable en un oficial de este rango!"—

  El guardia en cuestión, sin embargo, no mostró signo alguno de haber cometido un error o de haber notado su reacción. Se dio la vuelta con la misma precisión mecánica y comenzó a caminar hacia la puerta, asumiendo que lo seguirían.

  Salieron de la posada, dejando atrás la calidez del hogar y el olor a comida, para encontrarse con la luz brillante de la ma?ana luminiana y un segundo guardia esperándolos. La escolta se formó a su alrededor, discreta pero inescapable. Mientras comenzaban a caminar por las calles bulliciosas hacia el distrito del Gremio, siguiendo a los impasibles guardias, Martín sintió la mirada de la ciudad sobre él. Las fachadas blancas y doradas parecían observarlo, las ventanas como ojos vacíos. Sintió la desagradable certeza de no ser un viajero recorriendo la ciudad, sino un espécimen siendo transportado a través de un laboratorio. Tuvo la vívida sensación de una correa invisible, hecha de protocolo y sonrisas amables, tirando de él inexorablemente desde la alta y brillante aguja de la Torre del Sol. La procesión incómoda hacia el Sanatorio había comenzado.

  Sección 4: Anatomía de una Anomalía

  El Sanatorio del Gremio Arcano y Médico no se parecía en nada a las enfermerías improvisadas de Oakhaven o a los austeros puestos de socorro de Karak Dhur. Era un edificio de piedra clara y cristal, impecablemente limpio, silencioso y eficiente. El aire olía a antisépticos herbales y a la leve carga de ozono de la magia curativa contenida. Fueron conducidos por pasillos tranquilos hasta una sala de examen amplia y bien iluminada, equipada con una camilla de exploración, extra?os instrumentos médicos que parecían una mezcla de metal pulido y cristal tallado, y paneles de pared que brillaban suavemente con runas diagnósticas.

  Dos figuras los esperaban: un sanador humano de mediana edad, con túnica blanca, rostro amable pero ojos penetrantes y analíticos; y una sanadora elfa, más joven, de movimientos precisos y una expresión de serena concentración profesional. Ambos llevaban tablillas rúnicas similares a la de Thorian, pero claramente dise?adas para el diagnóstico bio-arcánico. Althaea y Thorian fueron dirigidos a unos asientos contra la pared, bajo la mirada vigilante de uno de los guardias que permaneció en la puerta, mientras el otro esperaba fuera. La instrucción fue clara: observar, no intervenir.

  —"Se?or Vega, por favor, quítese la ropa de cintura para arriba y siéntese en la camilla"—, indicó el sanador humano con voz calmada y profesional.

  Martín sintió una oleada de incomodidad aguda ante la perspectiva de la exposición física. Odiaba sentirse vulnerable, examinado. Tras las experiencias bajo la monta?a, la idea de que otros escrutaran su cuerpo, sus cicatrices, las marcas invisibles que sentía bajo la piel, le resultaba profundamente desagradable. Pero sabía que resistirse solo aumentaría las sospechas. Con movimientos rígidos, se quitó la túnica rúnica y la camisa de viaje, dejando al descubierto su torso.

  El silencio que siguió fue breve pero cargado. Los ojos de ambos sanadores recorrieron su cuerpo, deteniéndose en la intrincada red de cicatrices que lo marcaban. No eran solo las heridas recientes de Karak Dhur, aún rosadas y sensibles, sino también las más antiguas, recuerdos fantasmales de accidentes olvidados de su viejo mundo, y otras de origen desconocido, quizás de su llegada a este. La sanadora elfa se acercó, sus dedos largos y fríos rozando una cicatriz particularmente fea en su costado, una quemadura antigua que parecía química o arcana, cuyo borde se difuminaba de forma extra?a con tejido que parecía regenerado de forma Antinatural, sin la línea clara de una costura mágica bien hecha.

  —"Esta marca..."—, murmuró la elfa, más para sí misma que para él, mientras su tablilla emitía un suave pitido al pasar un sensor sobre la zona. —"La estructura celular es... anómala. Hay rastros de necrosis antigua junto a regeneración acelerada de origen indeterminado"—.

  El sanador humano se acercó a examinar otra cicatriz en su hombro, una línea dentada que parecía producto de una garra o una cuchilla. —"Y esta fractura"—, dijo, presionando suavemente la clavícula cercana, —"está consolidada, pero... la densidad ósea aquí es irregular. Casi parece... reforzada desde dentro. ?Cuánto tiempo hace que tiene estas heridas, se?or Vega? Con esta combinación de traumas, no debería estar caminando, y mucho menos haber cruzado la mitad de Veloria."— Su tono era de genuina perplejidad profesional.

  Los sanadores intercambiaron una mirada cargada de preguntas sin respuesta. Lo miraban como quien encuentra un pájaro con un ala rota cantando alegremente dentro de una trampa para osos cerrada. No entendían cómo funcionaba, cómo seguía adelante.

  Martín sintió sus miradas clínicas sobre él, la mezcla de horror profesional y curiosidad casi morbosa. Intentó romper la tensión con su habitual escudo de humor negro. —"Bueno, supongo que tengo buena cicatrización. Y un umbral del dolor... flexible"—. Vio que uno de los sanadores, el humano, tragaba saliva visiblemente y sus manos temblaron una fracción de segundo mientras ajustaba un sensor sobre el pecho de Martín, quizás al sentir la extra?a resonancia energética residual o simplemente por la inquietud que le provocaba aquella anatomía imposible. El sanador miró de reojo una runa de protección grabada en el marco de la puerta, como buscando confirmación de que la sala estaba debidamente sellada.

  El sanador elfo, intentando mantener la profesionalidad, intentó una pregunta más directa, quizás buscando una explicación sencilla. —"Su resistencia es... notable, se?or Vega. Dada su condición física aparente. ?Algún secreto? ?Algún tónico familiar, quizás? ?Alguna bendición divina?"—

  Martín esbozó una sonrisa cansada. —"Sí. Terquedad. Y una alarmante falta de opciones mejores."—

  Los sanadores continuaron con el examen, tomando muestras de sangre (que brilló con un color extra?o al entrar en el vial rúnico), midiendo su flujo de maná (que describieron en voz baja como "sorprendentemente robusto para su estado nutricional, pero con fluctuaciones erráticas de base"), y haciendo preguntas sobre su historial médico que Martín respondió con evasivas o medias verdades. Comentaban los hallazgos entre ellos en voz baja, usando términos técnicos arcanos y médicos, como si él fuera un espécimen interesante pero insensible sobre la camilla.

  —"Respuesta galvánica anómala en el plexo..."—

  —"Niveles de regeneración celular pasiva exceden el percentil 99..."—

  —"Firma de maná base humana, pero con... ecos secundarios no identificados..."—

  Finalmente, el examen pareció concluir. La sanadora elfa anotó algo en su tablilla con una última mirada inquisitiva a Martín. El sanador humano se acercó, su expresión profesional pero con un matiz de incomodidad persistente.

  —"El examen físico preliminar ha concluido, se?or Vega"—, dijo formalmente. —?Le duele algo en particular en este momento?—

  Martín negó con la cabeza, sintiéndose extra?amente vacío y a la vez vibrando con una tensión residual. —"No."—

  El sanador asintió. —?Le importa si tomamos nota detallada de estas cicatrices inusuales para nuestros archivos?—

  Martín lo miró directamente a los ojos, su propia mirada fría por un instante. —"Ya lo hicieron. Desde el momento en que entré por esa puerta."—

  El sanador humano pareció desconcertado por la respuesta directa, pero asintió de nuevo. Hubo una pausa incómoda. Entonces, quizás sintiendo la necesidad de cerrar la interacción con un mínimo de humanidad después de la disección clínica, la sanadora elfa se acercó y dijo en voz baja: —"Puede vestirse, Se?or Vega. Avisaremos cuando los resultados estén compilados"—. El uso de su nombre, después de tratarlo como una colección de síntomas anómalos, fue un peque?o gesto, pero resonó en la sala estéril.

  Sección 5: Estructuralmente Imposible

  Mientras Martín se vestía lentamente en la sala de examen, sintiendo la familiaridad reconfortante (y protectora) de la túnica rúnica sobre su piel, en otro lugar de la Torre del Sol, Lord Valerius recibía el informe preliminar. No estaba en su despacho principal, sino en una sala de consulta más peque?a y austera, revestida de paneles de madera oscura que absorbían el sonido. Sobre una mesa pulida, tenía desplegado un antiguo manuscrito iluminado, cuyas páginas mostraban intrincados diagramas cosmológicos y teorías olvidadas sobre la resonancia astral y las energías planares.

  Kaelen, su asistente silencioso, entró sin anunciarse y colocó una fina tablilla rúnica sobre el manuscrito. Valerius levantó la vista, sus ojos grises tranquilos pero expectantes.

  —"El informe inicial del Sanatorio sobre el sujeto Vega, mi Lord"—, dijo Kaelen, su voz neutra como siempre.

  Valerius asintió y activó la tablilla con un gesto. Leyó los datos en silencio, su expresión impasible al principio, pero Martín, si hubiera estado allí, quizás habría notado un ligero arqueo de sus cejas o una pausa casi imperceptible en su respiración al llegar a ciertas secciones.

  Kaelen esperó pacientemente. Finalmente, Valerius dejó la tablilla sobre la mesa.

  —"Fascinante"—, murmuró, más para sí mismo que para su asistente. —?"La evaluación de los sanadores?"—

  Kaelen consultó sus propias notas. —"Perplejidad es el término más adecuado, mi Lord. El sanador elfo, Lúmira, una experta en bio-resonancia, informó... con cierta dificultad"—, Kaelen eligió sus palabras con cuidado, —"...que la condición física del sujeto es una paradoja andante. Muestra evidencia de trauma físico masivo y desnutrición crónica severa, suficiente para incapacitar o matar a un humano normal varias veces. Múltiples fracturas óseas antiguas mal curadas, tejido cicatricial extenso con signos de quemaduras químicas o arcanas profundas..."—

  Hizo una pausa, como si le costara dar sentido a lo siguiente. —"Y sin embargo... su vitalidad subyacente es excepcionalmente alta. Su capacidad de regeneración pasiva, incluso en reposo, excede cualquier parámetro humano conocido. Y su flujo de maná, aunque errático, es potente. Lúmira mencionó algo sobre... la estructura ósea. Dijo que técnicamente... no concuerda del todo con la de un humano adulto estándar. Detectó micro-fracturas selladas y una densidad inconsistente, como si algo... algo estuviera constantemente 'recalculando' su dise?o estructural desde adentro. Como si..."—, Kaelen dudó, claramente incómodo con la implicación, —"...alguien o algo lo estuviera arreglando sobre la marcha."—

  Valerius se reclinó en su asiento, sus dedos tamborileando suavemente sobre el antiguo manuscrito. Hubo una larga pausa. Dejó de mirar los informes para contemplar por la ventana una estatua distante en una plaza, como si buscara perspectiva en la piedra inmutable.

  —"?Qué pasaría si construís una casa sobre ruinas antiguas,"—, reflexionó en voz baja, su mirada perdida en la distancia, —"ruinas que nunca colapsaron del todo? Y ahora... esas ruinas te están despertando, reconstruyendo la casa desde los cimientos con materiales que no comprendes."—

  Kaelen permaneció en silencio, su rostro impasible, pero sus dedos se movieron casi imperceptiblemente, anotando la reflexión metafórica de su Se?or en su propia tablilla mental.

  Valerius finalmente volvió a enfocar la mirada en la tablilla con el informe médico. —"Así que, sobrevive a lo insuperable, se regenera de forma anómala, su estructura física es una contradicción..."—. Una leve y enigmática sonrisa curvó sus labios. "Entonces no es un fenómeno aislado. Es... un síntoma."— Su mirada se agudizó, volviéndose hacia Kaelen. —"Algo... nos está pasando. Algo está cambiando en las reglas fundamentales, y este Martín Vega es una manifestación, quizás la primera que podemos estudiar de cerca"—.

  Recogió la tablilla, sus ojos grises brillando ahora con una mezcla de profunda inquietud y una intensa curiosidad intelectual.

  —"Funcionalmente sano, estructuralmente imposible."—, concluyó, la frase resonando en la quietud de la sala. —"Como corresponde a alguien que, según todas nuestras leyes naturales y arcanas, no debería existir."—

  Hubo un silencio absoluto después de eso. Kaelen no ofreció comentarios, simplemente esperó, sus dedos quietos sobre su tablilla, listo para registrar la siguiente orden. Valerius se quedó mirando la tablilla, perdido en sus pensamientos, consciente de que el "inventario" de Martín Vega apenas había comenzado, y que cada respuesta que obtuvieran probablemente abriría la puerta a preguntas aún más profundas y peligrosas. El fantasma tenía un inventario, sí, pero parecía estar hecho de paradojas y materia oscura.

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