Sección 1: Círculos Bajo Vigilancia
Los días en Lumina se convirtieron en una lección magistral sobre el poder del limbo administrativo. La notificación del Comité —esa obra maestra de la burocracia con nombre impronunciable— los había dejado varados en una espera sin plazo definido. La UTRAP, celosamente guardada por Althaea, cubría sus necesidades básicas, pero la sensación predominante no era de alivio, sino de estar atrapados en una jaula dorada con paredes invisibles.
Intentaron establecer una rutina, explorar la ciudad más allá de las inmediaciones de "El Grifo Sonriente", pero la vigilancia era una constante sutil y omnipresente. No eran guardias uniformados siguiéndolos abiertamente, sino algo más insidioso. Kaelen, el asistente de Valerius, aparecía con una frecuencia "casual" en los mismos distritos que visitaban: examinando un tapiz en el mercado justo cuando ellos pasaban, leyendo un informe en un banco de plaza frente a la tetería donde se habían detenido, ofreciendo una inclinación de cabeza educada y vacía si sus miradas se cruzaban. Otros rostros —un mercader de aspecto anodino, una mujer con una túnica de erudita, un mendigo silencioso en una esquina— comenzaban a repetirse en su periferia con demasiada frecuencia como para ser coincidencia. Eran observadores profesionales, fantasmas del sistema que se mezclaban con la multitud pero cuyos ojos siempre parecían encontrar el camino hacia ellos.
Los incidentes "casuales" se acumularon, peque?as piedras en el zapato dise?adas para recordarles su condición. Una tarde, Thorian, en un arrebato de nostalgia por la ingeniería enana "real", intentó entrar en el taller de un reputado armero del Gremio conocido por sus trabajos con aleaciones rúnicas. Fueron detenidos en la puerta por un aprendiz nervioso que les explicó, con excesivas disculpas, que "lamentablemente, el Maestro Armero estaba en una consulta privada urgente con un representante del Comité de Seguridad Gremial y no podía ser molestado". Otra vez, al regresar a la posada, encontraron que los habían cambiado de habitación. La excusa oficial fue "una fuga imprevista en las tuberías de saneamiento del nivel superior", pero la nueva habitación, aunque idéntica en tama?o y mobiliario, tenía un aire extra?amente estéril. Fue Althaea quien, mientras revisaba metódicamente cada rincón por puro instinto, encontró una peque?a runa de glifo plateado, apenas más grande que una u?a, adherida con resina fresca al marco interior de la ventana. Estaba débilmente activada, emitiendo un pulso energético casi imperceptible que su sensibilidad Silvan captó de inmediato. La desactivó con un movimiento rápido y preciso de la punta de su cuchillo (sí, cuchillo, para tareas finas) y un chasquido de lengua cargado de disgusto. No dijo nada, pero la mirada que compartió con Martín fue elocuente: micrófonos rúnicos.
La atmósfera dentro del grupo se volvió cada vez más tensa. Althaea pasaba largos ratos en silencio, mirando por la ventana hacia el trozo de cielo visible entre los edificios altos, su mandíbula apretada, su lenguaje corporal gritando la necesidad de espacio abierto, de aire limpio, de un lugar donde las paredes no tuvieran oídos. Su paciencia con Thorian disminuía visiblemente, y sus respuestas a sus diatribas técnicas se volvían más cortantes.
Thorian, aunque intentaba canalizar su frustración en análisis cada vez más detallados (y críticos) de todo lo que veía en Lumina, también mostraba signos de estrés. Su habitual optimismo científico daba paso a un cinismo más profundo. Una noche, mientras trazaban en un mapa los recorridos que habían hecho por la ciudad en los últimos días, se detuvo y miró el patrón resultante con el ce?o fruncido.
—"?Te das cuenta, umgi?"—, le dijo a Martín, su voz un gru?ido bajo y preocupado. —"Mira esto. El Mercado de las Especias, la Biblioteca Pública, el Distrito de los Artesanos, la Plaza del Sol... nuestros movimientos 'libres'. Si superpones las rutas... llevamos tres ciclos caminando en perfectos círculos concéntricos alrededor de la maldita Torre del Sol. Nunca nos alejamos más allá del tercer anillo comercial. Como insectos en un frasco. ?Sabes qué es lo peor de caminar en círculos? Que incluso cuando no miras, sabes que alguien ya midió el radio, calculó la circunferencia y probablemente esté tomando apuestas sobre cuándo te vas a estrellar contra el cristal."—
Martín sentía la presión acumulándose desde todas direcciones. La vigilancia externa, la tensión interna de sus compa?eros, y sobre todo, la lucha constante por mantener su propio equilibrio mental. El cortafuegos aguantaba, pero requería un esfuerzo consciente, una vigilancia perpetua. Y a veces, la tensión se filtraba. Cenando en una taberna abarrotada y ruidosa una noche —un intento desesperado por romper la monotonía de la posada—, el estruendo de la música desafinada, las risas estridentes de la mesa de al lado, el olor a cerveza rancia y fritanga... todo pareció converger en un asalto sensorial insoportable. Sintió una oleada de irritación irracional, una necesidad abrasadora de silencio, de orden. Su mano se cerró sobre el grueso vaso de cerámica que contenía cerveza aguada. Hubo un instante de presión interna, una vibración que sintió más que oyó, y el vaso estalló en su mano con un chasquido seco, no una explosión violenta, sino un colapso estructural repentino. La cerveza y los fragmentos de cerámica se derramaron sobre la mesa.
Por un segundo, el ruido de la taberna pareció disminuir. Varias cabezas se giraron. Pero la reacción fue extra?a. Nadie pareció particularmente sorprendido o alarmado. El camarero se acercó con un pa?o y una escoba con una eficiencia casi aburrida. Los clientes de las mesas cercanas desviaron la mirada rápidamente, volviendo a sus conversaciones con un interés renovado, como si hubieran presenciado un peque?o e incómodo percance que era mejor ignorar. Era la indiferencia cómplice de una ciudad acostumbrada a rarezas... o quizás, la cautela de gente que sabía reconocer problemas potenciales y prefería mantenerse al margen.
Althaea le puso una mano firme sobre el antebrazo, su contacto un ancla silenciosa. Thorian pidió otra ronda con un gru?ido, fingiendo no haber notado nada fuera de lo común. Pero Martín sintió las miradas persistentes, sintió el juicio silencioso. La micro-fuga de control había sido contenida, pero la alarma había sonado. La cuerda se tensaba cada vez más. Algo tenía que ceder.
Sección 2: Verificación Independiente
La calma forzada del desayuno se hizo a?icos no con un grito, sino con tres golpes discretos pero autoritarios en la puerta de la habitación. Antes de que pudieran siquiera reaccionar, la puerta se abrió y Kaelen entró, flanqueado por los mismos dos guardias impasibles que los habían escoltado desde la Torre del Sol. La presencia del asistente de Valerius, tan silenciosa y controlada, llenó la peque?a habitación con una tensión instantánea y helada. Sus ojos oscuros barrieron el lugar, registrando las camas deshechas, los restos del desayuno sobre la mesa, y a los tres ocupantes con una eficiencia evaluadora que no necesitaba palabras.
—"Guerrera Althaea. Maestro Thorian Ironfist"—, la voz de Kaelen era baja, casi un susurro, pero cortaba el aire como un fragmento de hielo. Ignoró a Martín por completo en el saludo inicial. —"Su presencia es requerida. De inmediato. Nivel de Verificación de Protocolos Arcanos. Sala Gamma-Doce"—. No ofreció explicación, solo la orden implícita.
Thorian se levantó de golpe, derribando su taburete con un ruido sordo. —?"Verificación? ?Qué verificación? ?Se supone que debemos esperar la deliberación del Comité! ?Exijo saber bajo qué protocolo y con qué autoridad se nos convoca!"—
Kaelen dirigió su mirada fría hacia el enano. —"Un procedimiento complementario estándar, Maestro Ironfist. Necesario para corroborar ciertos aspectos contextuales de su asociación con el sujeto Vega antes de la deliberación final"—. El eufemismo era casi insultante. —"Su cooperación acelerará el proceso"—. Su mirada se desvió hacia Althaea, que se había levantado también, interponiéndose silenciosamente entre Kaelen y Martín. —"Y evitará complicaciones administrativas innecesarias"—.
—"Martín viene con nosotros"—, afirmó Althaea, su voz un gru?ido bajo, su mano aferrando el asta de su lanza corta con una tensión que blanqueaba sus nudillos.
Kaelen negó con la cabeza, un movimiento mínimo, casi imperceptible. —"El protocolo especifica verificaciones individuales. El se?or Vega permanecerá aquí"—. Hizo un gesto casi invisible, y los dos guardias se tensaron sutilmente, sus manos ahora claramente sobre las empu?aduras de sus espadas. La amenaza era silenciosa, pero inequívoca. —"Bajo custodia de la guardia para garantizar su comodidad y seguridad mientras ustedes están ausentes"—. La palabra "custodia" cayó como una piedra en un pozo.
—"?Esto es inaceptable!"—, protestó Thorian. —"?Una violación flagrante de los acuerdos inter-gremiales y de los derechos básicos de un colaborador científico!"—
—"No es usted el sujeto prioritario, ingeniero"—, replicó Kaelen, su voz aún más fría, si cabe. —"Ni usted, guerrera. Su estatus es secundario en esta fase. Esto no es una detención, es un procedimiento. Un trámite necesario para la correcta catalogación de variables"—. La deshumanización era deliberada, dise?ada para aislar a Martín, para recordarles a ellos su posición subordinada en el juego de Valerius.
Althaea dio un paso instintivo hacia atrás, chocando ligeramente con la mesa. Su mano tembló sobre la lanza, la furia luchando contra la prudencia. Una mirada desesperada a Martín le bastó. Vio la resignación tensa en su rostro, la comprensión de que resistir solo empeoraría las cosas. Con un esfuerzo que debió costarle caro, forzó a sus músculos a relajarse, aunque sus ojos siguieron ardiendo con furia contenida.
Kaelen registró la capitulación silenciosa con una inclinación de cabeza casi imperceptible. Se volvió hacia Martín, que había permanecido en silencio, observando la escena con una calma exterior que contradecía la tormenta que sentía crecer en su interior. La sonrisa del asistente fue delgada como el filo de una navaja.
—"No hay motivo para la alarma, se?or Vega"—, dijo con esa suavidad que erizaba la piel. —"Unas simples preguntas a sus compa?eros para asegurar la coherencia de la información. Un trámite rutinario"—. Se acercó un paso, su mirada evaluadora recorriendo a Martín de arriba abajo. —"Si no hay nada que esconder, por supuesto, no hay nada que temer. Estarán de vuelta antes de que termine el próximo ciclo"—.
La condescendencia, la amenaza implícita, la separación forzada de sus únicos aliados en aquella ciudad laberíntica... fue la presión final sobre una cuerda que ya estaba tensa al límite. Martín sintió cómo algo dentro de él, algo que había mantenido cuidadosamente contenido detrás de su cortafuegos mental, comenzaba a vibrar con una resonancia oscura y peligrosa. La sonrisa falsa de Kaelen fue la última fibra que se tensó antes de romperse.
Sección 3: La Cuerda Rota
Kaelen hizo un gesto a los guardias para que escoltaran a Althaea y Thorian. Uno de los guardias se acercó a Thorian, quien seguía murmurando protestas sobre protocolos y derechos. El otro se dirigió hacia Althaea. Ella lo miró con una advertencia silenciosa en sus ojos, pero comenzó a moverse hacia la puerta, lanzando una última mirada preocupada a Martín por encima del hombro.
Fue ese gesto, esa separación forzada, esa vulnerabilidad impuesta a sus amigos, lo que finalmente rompió la contención de Martín. No fue una explosión de furia ciega como la que lo había poseído en Tarnak. Fue algo diferente, más frío, más concentrado, pero infinitamente más peligroso.
Mientras Kaelen se giraba para seguir a los guardias y a sus "parámetros contextuales", Martín se movió. No rápido, no agresivamente, pero con una velocidad sorprendente y una intención inconfundible. Antes de que Kaelen pudiera reaccionar, la mano de Martín se cerró sobre el antebrazo del asistente, deteniéndolo en seco.
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El contacto fue eléctrico. Kaelen, acostumbrado a mantener una distancia calculada y a que nadie osara tocarlo, se quedó paralizado por la sorpresa y la audacia del gesto. Intentó zafarse instintivamente, pero el agarre de Martín era como un cepo de acero. No era solo fuerza física —aunque había una sorprendente cantidad de ella—; era algo más.
"No te dije nada cuando me examinaron como a un animal," comenzó Martín, su voz peligrosamente baja, tranquila, pero vibrando con una intensidad contenida que hizo que el aire en la habitación crepitara. El leve eco fantasmal bajo su tono normal pareció profundizarse, volverse más resonante. "No dije nada cuando me marcaron como 'irregular' en sus malditos libros. Pero si vuelves a ponerle una mano encima a los míos, Kaelen..." Su mirada, antes cansada y resignada, ahora ardía con una luz fría y fluctuante, destellos de verde bosque y negro vacío danzando en el gris acerado. "...o si les pasa algo durante esta 'verificación independiente'..."
El agarre de Martín se intensificó, no lo suficiente como para romper el hueso, pero sí para transmitir una presión inconfundible, una promesa de consecuencia. "?Hasta cuándo piensan tirar de esta cuerda, Kaelen?" Su voz seguía siendo baja, casi un susurro, pero cada palabra golpeaba como un martillo. "Porque te aviso... está a punto de romperse. Y cuando se rompa, créeme... no va a ser conmigo, con Martín Vega, con quien vas a tener que negociar."
Fue entonces cuando Kaelen lo sintió. No fue un ataque psiónico directo, ni una oleada de energía bruta. Fue algo mucho más sutil y aterrador. Sintió primero un calor antinatural emanando del agarre de Martín, como si sostuviera una brasa oculta. Luego, una presión creciente en su propia mente, no un dolor, sino una sensación de... ser observado desde múltiples ángulos a la vez. Y finalmente... las miradas.
No las vio con sus ojos físicos, pero las sintió con una claridad visceral que le heló la sangre. Tres presencias distintas, superpuestas, enfocadas intensamente en él a través del hombre que lo sujetaba. Sintió la furia territorial y salvaje de una figura encorvada y bestial hecha de sombras verdes que parecía lamerse los dientes detrás de los ojos de Martín. Sintió la fría indiferencia analítica de un halo negro y geométrico que flotaba sobre el hombro derecho de Martín como una corona rota, diseccionando sus miedos más profundos con lógica pura. Y sintió el remolino opaco y turbulento de una luz azul inestable bajo los pies de Martín, una tormenta contenida que amenazaba con desatarse. No eran figuras físicas, pero eran casi tangibles en su intención. No le hablaban con palabras, pero lo miraban. Lo medían. Lo deseaban vulnerable, roto. Y le estaban haciendo una única y silenciosa pregunta: ?Te atreves?
Kaelen, el hombre que nunca perdía la compostura, el agente que se enorgullecía de su control absoluto, sintió un terror primordial, instintivo, que no había experimentado jamás. Su rostro palideció visiblemente. Intentó mantener la fachada de calma, pero un temblor incontrolable nació en la mano que Martín no sujetaba. Y entonces, traicionando décadas de entrenamiento y disciplina, dio un paso involuntario hacia atrás, tropezando ligeramente, rompiendo el contacto con Martín. En el instante en que el contacto se rompió, las presencias se retiraron, dejando solo el eco helado de su observación. Kaelen se odió a sí mismo por ese instante de debilidad, por ese retroceso reflejo que delataba el miedo que sentía.
Martín soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo, su propio corazón latiendo con fuerza contra sus costillas. El esfuerzo de canalizar esa advertencia contenida, de mostrar apenas un atisbo de las fuerzas que luchaban dentro de él sin perder el control, lo dejó temblando y ba?ado en sudor frío. Miró a Kaelen, viendo el miedo real en los ojos del normalmente impasible asistente, y sintió una mezcla de satisfacción sombría y profundo temor por lo que acababa de hacer. La cuerda se había tensado al máximo. Estaba a punto de romperse.
Sección 4: La Calma del Depredador
El aire en la habitación de la posada crepitaba con una tensión casi insoportable. Kaelen, pálido y con un temblor apenas visible en las manos, luchaba por recuperar su máscara de impasibilidad tras el involuntario paso atrás. Los dos guardias se habían tensado visiblemente, sus manos ahora firmemente en las empu?aduras de sus espadas, inseguros de cómo proceder ante aquella confrontación silenciosa pero cargada de una amenaza palpable. Althaea y Thorian, que habían sido detenidos en el umbral por la repentina acción de Martín, observaban con una mezcla de alarma y sombría expectación.
Martín permanecía inmóvil, su respiración aún agitada por el esfuerzo de la contención, su mirada fija en Kaelen. No había retirado la amenaza implícita. Las energías dentro de él seguían vibrando, contenidas pero presentes, como bestias agazapadas tras los barrotes de su voluntad, observando a través de sus ojos. La cuerda estaba tensa al máximo, a un susurro de romperse por completo.
Fue entonces cuando una nueva presencia llenó la habitación. No hubo sonido de pasos en el pasillo, ni un golpe en la puerta. Simplemente, Lord Valerius estaba allí, de pie en el umbral que Kaelen y los guardias habían dejado abierto. Había llegado con la misma rapidez silenciosa y la misma calma inquietante con la que Kaelen solía aparecer. Su expresión era serena, casi afable, pero sus ojos grises se movieron rápidamente, evaluando la escena con una precisión glacial: la postura defensiva de Althaea y Thorian, la palidez y el temblor disimulado de Kaelen, la tensión vibrante alrededor de Martín.
—"Parece que ha habido un... malentendido en la comunicación de los protocolos"—, dijo Valerius, su voz tranquila rompiendo la tensión como una piedra arrojada a un estanque helado. Avanzó lentamente hacia el centro de la habitación, su presencia irradiando una autoridad natural que hizo que los guardias se relajaran instintivamente y que Kaelen enderezara la espalda, aunque sin poder ocultar del todo su nerviosismo residual.
Mientras Valerius se acercaba a Martín, este sintió algo extra?o. Las energías turbulentas dentro de él, que habían estado presionando contra su cortafuegos, listas para estallar ante la provocación de Kaelen, parecieron... reaccionar a la proximidad del Presidente. No con miedo, exactamente, sino con una especie de reconocimiento cauteloso. La furia verde del Espíritu pareció retraerse ligeramente, volviéndose menos caótica. El vacío frío de la Astracita dejó de pulsar con tanta intensidad, adoptando una quietud expectante. Incluso su propio código azul dejó de vibrar tan frenéticamente. Era como si aquellas fuerzas primordiales y anómalas reconocieran una presencia de poder similar o superior, una fuerza ante la cual era prudente... esperar. Una de las manifestaciones energéticas que Kaelen había sentido, quizás el halo frío sobre el hombro de Martín, pareció disolverse por completo al pasar Valerius cerca, no porque él la hubiera atacado, sino como si hubiera elegido retirarse voluntariamente en su presencia.
Valerius se detuvo frente a Martín, su mirada tranquila pero insondable. No comentó sobre la tensión evidente ni sobre el estado alterado de Martín. En cambio, dirigió una mirada casi casual a Kaelen.
—"Kaelen"—, dijo suavemente, pero con un filo acerado bajo la calma. —"Si no sabes cuándo soltar la cuerda... no deberías jugar con nudos que no comprendes."— La reprimenda fue sutil, metafórica, pero el mensaje fue devastadoramente claro. Kaelen bajó la mirada, un leve rubor subiendo por su cuello.
Luego, Valerius volvió a dirigirse a Martín, Althaea y Thorian, adoptando de nuevo su máscara de cortesía administrativa. —"Mis más sinceras disculpas por este... exceso de celo por parte de mis subordinados"—. Hizo un gesto vago hacia Kaelen y los guardias. —"A veces, el compromiso con el protocolo puede rozar la inflexibilidad. La verificación independiente se pospondrá hasta que el se?or Vega se sienta completamente preparado y dispuesto. Asegurar la comodidad y la cooperación voluntaria de nuestros asociados es primordial"—.
La calma con la que había desactivado una situación a punto de explotar, la forma en que las energías dentro de Martín habían reaccionado a su presencia, y la reprimenda velada pero letal a su propio asistente... todo ello pintaba una imagen de Valerius muy diferente a la del simple burócrata o político calculador. Había un poder tranquilo en él, una profundidad insondable que Martín apenas comenzaba a vislumbrar. No había necesitado levantar la voz ni lanzar un hechizo. Su mera presencia había sido suficiente para calmar un volcán a punto de entrar en erupción. Y eso, de alguna manera, era más aterrador que cualquier demostración de fuerza bruta.
Sección 5: El Análisis de la Línea Roja
Valerius observó cómo el tenso trío era escoltado fuera de la habitación de la posada por los guardias, cuya eficiencia ahora parecía tener un matiz de alivio. Esperó hasta que sus pasos se perdieron en el corredor antes de hacer un gesto casi imperceptible. En un abrir y cerrar de ojos, la escena cambió. Ya no estaba en la modesta posada, sino de vuelta en la quietud controlada de su despacho privado en la Torre del Sol, la teletransportación instantánea y sin esfuerzo un testimonio silencioso del poder que rara vez necesitaba mostrar.
Kaelen apareció un instante después, materializándose desde las sombras junto a la puerta con la misma discreción. Su habitual compostura estaba restaurada en la superficie, pero Valerius, con su aguda percepción, notó la rigidez persistente en sus hombros y la palidez bajo la piel, signos del encuentro cercano con las energías desatadas de Martín Vega. Kaelen se acercó al escritorio, esperando en silencio.
Valerius caminó lentamente hacia la ventana, observando las luces de Lumina brillar en la noche incipiente. El silencio se prolongó durante varios minutos, un silencio cargado no de incomodidad, sino de procesamiento y análisis.
—"Intervine"—, dijo finalmente Valerius, sin volverse, su voz tranquila pero con un matiz metálico que rara vez usaba, —"porque sentí la intención desde aquí. Una oleada de... potencial kinético y resonancia caótica a punto de desatarse. Una sed de sangre, si quieres llamarlo así, aunque no creo que fuera del todo suya"—. Se giró lentamente, sus ojos grises fijos en su asistente. —"?Qué sentiste tú, Kaelen? De cerca. Cuando te sujetó"—.
Kaelen tragó saliva, un gesto casi imperceptible. Sus manos, normalmente quietas, se crisparon levemente a sus costados antes de volver a la inmovilidad. Comenzó su informe con la rigidez habitual, pero su voz tenía un leve temblor que no pudo ocultar del todo.
—"Una fuerza física... inesperada, mi Lord. Considerable. Pero no fue eso lo... alarmante"—. Hizo una pausa, buscando las palabras, reviviendo claramente la sensación. —"Fue la energía. O las energías. Plural. Definitivamente plural"—. Su mirada se perdió por un instante, como si viera de nuevo las presencias invisibles. —"Sentí tres. Distintas. Antagónicas. Una... salvaje, furiosa, como un animal acorralado magnificado mil veces. Otra... fría, vasta, analítica, como el vacío entre las estrellas observando un insecto. Y la tercera... la suya propia, supongo, luchando por mantenerlas contenidas, como un domador con dos bestias primordiales tirando de cadenas opuestas"—.
?"No sabría decir qué eran exactamente"—, continuó, su voz bajando casi a un susurro. —"Pero no eran simples firmas energéticas. Eran... conscientes. Y no me miraban a mí, a Kaelen. Miraban lo que yo representaba. La autoridad. El Gremio. La mano que intentaba separarlo de sus protectores"—. Respiró hondo, el recuerdo claramente perturbador. —"Sentí que si daba un paso más... si forzaba la confrontación... no iba a volver. No entero, al menos"—. La admisión, viniendo de un hombre tan controlado, era impactante.
Valerius escuchó con atención, asintiendo lentamente. La descripción de Kaelen coincidía con los informes fragmentarios de Karak Dhur y con sus propias sospechas. Una trinidad de fuerzas en conflicto dentro de un solo huésped humano. Fascinante. Peligroso. Y lleno de potencial.
Una leve sonrisa, casi paternalista pero con un filo estratégico, curvó los labios de Valerius. —"Entonces no te vieron a vos, Kaelen. Vieron al Gremio. Vieron la estructura, el protocolo, la jaula que intentaba cerrarse. Interesante"—. Se acercó a su asistente y le puso una mano tranquilizadora pero firme en el hombro. —"Entonces diste un paso atrás. Hiciste bien. La prudencia es a menudo la forma más elevada de inteligencia táctica"—.
Retiró la mano y volvió a la ventana. —"Hemos aprendido algo valioso hoy"—, reflexionó, su mirada perdida de nuevo en las luces de la ciudad. —"Hemos encontrado su línea roja. No lo subestimes, Kaelen. él aguanta mucho cuando lo clavan a él. Es un superviviente nato, parece absorber el castigo. Pero si tocas a los que considera suyos, a los que están cerca... no es que se rompa. Se vuelve alguien... o algo... nuevo."—
Hubo otro silencio, más largo esta vez. Valerius parecía sopesar las implicaciones. Habían apretado demasiado, sí. Habían provocado una reacción peligrosa. Pero el resultado... el resultado era información invaluable. Habían confirmado la profundidad de la anomalía, la naturaleza de su lealtad y, lo más importante, su punto de ruptura.
Kaelen observó a su Se?or, una expresión indescifrable en su rostro. Algo en la calma calculadora de Valerius, en su capacidad para ver incluso aquel incidente casi catastrófico como una fuente de datos útiles, pareció resonar en él de una manera nueva.
"No habían provocado simplemente una reacción. Habían convocado algo que estaba esperando un motivo. Y lo habían hecho justo lo suficiente. Justo... lo necesario."
"Habían querido tantear el borde del abismo. Y el abismo... había abierto un ojo."

