Sin embargo, había una faceta de la forja que lo fascinaba y frustraba a partes iguales: los elementos de Magitek que Bofrid utilizaba con la naturalidad de quien maneja un martillo. El fuelle automático era el más evidente, un ingenio de bronce y runas que respiraba fuego al horno con una precisión incansable. Pero había más: tenazas cuyas puntas brillaban con runas de resistencia al calor, permitiendo a Bofrid manejar piezas incandescentes por más tiempo; un yunque secundario que emitía un leve zumbido, quizás para absorber vibraciones o estabilizar el metal de alguna manera; e incluso la gran lámpara de cristal que iluminaba el rincón más oscuro de la forja, que no usaba aceite, sino que pulsaba con una luz fría y constante alimentada por una runa en su base.
Martín, en los escasos momentos de calma o mientras realizaba tareas repetitivas, intentaba desentra?ar estos misterios con su habilidad única. Se concentraba en el fuelle, usando el disco como lente. Veía el flujo de energía azulada entrando por un conducto, probablemente conectado a alguna fuente central de la ciudad. Veía las runas principales —"Aire", "Fuerza", "Control"— y cómo se activaban en secuencia. Podía seguir el "código" básico que regulaba la temperatura, un bucle condicional simple que aumentaba o disminuía el flujo de aire.
// Intento de análisis más profundo del fuelle...
// función: regular_temperatura() {
// leer(sensor_termico);
// leer(runa_objetivo);
// si (sensor < objetivo) {
// incrementar_flujo(runa_aire, runa_fuerza);
// } sino_si (sensor > objetivo) {
// decrementar_flujo(runa_aire);
// }
// // ?Cómo se define 'incrementar_flujo'? ?Implica mecánica + magia?
// // ?La runa_fuerza modula la intensidad?
// // ?Hay subrutinas para el arranque/parada?
// }
//
// // Código de seguridad detectado... ?anti-manipulación?
// función: verificar_integridad_runica() {
// si (firma_runica != esperada) {
// alarma_silenciosa(gremio_ingenieros);
// modo_seguro(); // ?reduce funcionalidad?
// }
// }
Pero cuando intentaba profundizar, entender cómo exactamente la runa interactuaba con el mecanismo, cómo se programaba el valor objetivo, o qué protocolos de seguridad existían, se encontraba con capas de complejidad que no podía penetrar. Era como mirar el código compilado sin tener acceso al fuente original. Veía las funciones, pero no entendía la implementación subyacente. Sus intentos de "tocar" mentalmente las runas de control seguían provocando esa peque?a descarga estática, un claro "acceso denegado" del sistema.
Lo mismo ocurría con las otras herramientas. Las tenazas con runas de resistencia al calor mostraban un código que parecía crear un campo de energía sutil, pero no podía entender cómo se generaba o mantenía. El yunque vibrante tenía un patrón rúnico que sugería una manipulación de las ondas sonoras o vibraciones, pero la física detrás era un misterio.
Se dio cuenta de que estaba alcanzando un límite. Podía entender la herrería tradicional porque se basaba en principios físicos observables: calor, fuerza, maleabilidad. Podía empezar a sentir la magia natural porque era un flujo orgánico, vital. Podía incluso analizar el código caótico del espíritu porque, aunque fragmentado, seguía una lógica emocional (ira, dolor, culpa). Pero el Magitek era diferente. Era una síntesis deliberada, una fusión de principios mágicos y mecánicos, regida por un lenguaje rúnico específico y probablemente por teorías de tecno-hechicería que desconocía por completo.
Bofrid era un maestro del metal, capaz de leer sus secretos a través del color y el sonido, pero Martín dudaba que el viejo enano pudiera explicarle el funcionamiento interno del fuelle más allá de "sopla cuando se le ordena". Necesitaba a alguien que no solo usara la máquina, sino que la hubiera dise?ado, o al menos, que entendiera los principios de su dise?o. Alguien que hablara el lenguaje de las runas programables, de los cristales de energía, de los engranajes encantados.
La frustración inicial dio paso a una claridad creciente. Para avanzar, para entender realmente cómo funcionaba este mundo —y quizás, cómo funcionaba su propio disco o cómo podría encontrar un camino a casa—, necesitaba ir más allá de la forja tradicional. Necesitaba encontrar a un experto en la disciplina que parecía definir a Karak Dhur: el Magitek. Su aprendizaje con Bofrid era invaluable, le ense?aba sobre el metal, el trabajo duro y la cultura enana, pero había llegado a un muro conceptual. Era hora de buscar a un ingeniero.
Sabiendo que necesitaba la ayuda (o al menos la aquiescencia) de Bofrid para tener alguna posibilidad de acercarse a un ingeniero Magitek de renombre, Martín cambió sutilmente su enfoque en la forja. Siguió trabajando con la misma diligencia —el respeto por el trabajo duro era claramente la moneda principal en el mundo de Bofrid— pero comenzó a buscar oportunidades para demostrar que su interés iba más allá de simplemente mover carbón.
Prestó una atención obsesiva a los detalles del trabajo de Bofrid. Notó cómo el maestro herrero ajustaba la llama del horno de manera diferente para cada tipo de metal, cómo escuchaba el sonido del martillo sobre el yunque para juzgar la consistencia interna de la pieza, cómo elegía entre diferentes tipos de agua o aceite para el templado final. Cuando Bofrid gru?ía una orden o una corrección, Martín no solo obedecía, sino que intentaba entender el porqué detrás de la instrucción.
Empezó a hacer preguntas, pero con sumo cuidado, siempre en momentos de relativa calma (cuando Bofrid examinaba una pieza terminada o esperaba que el metal alcanzara la temperatura adecuada) y siempre enmarcándolas en el contexto del trabajo inmediato.
—"Maestro Bofrid"—, preguntó un día, se?alando dos lingotes de apariencia similar pero con un brillo ligeramente diferente. —"?Por qué este metal requiere un fuego más... intenso que el otro? Parecen iguales"—.
Bofrid lo miró de reojo, quizás sorprendido por la pregunta específica. Soltó un gru?ido. —"?Iguales? ?Estás ciego, umgi? Mira las vetas. Este"—, golpeó uno de los lingotes, —"es acero de las profundidades, tiene trazas de mithril. Necesita más calor para ablandar su alma. El otro"—, se?aló el segundo, —"es simple hierro de veta superior. Más blando, más fácil. Aprende a ver el metal antes de preguntar tonterías"—. Aunque la respuesta fue brusca, contenía información valiosa.
En otra ocasión, Martín se atrevió a comentar mientras Bofrid trabajaba en la empu?adura de una espada. —"La forma en que curva el guarda... crea un equilibrio perfecto con el peso de la hoja, ?verdad? Para que el golpe sea... más limpio"—.
Bofrid detuvo su martillo por un instante y miró a Martín con una intensidad que hizo que este se arrepintiera de haber hablado. Pero luego, el enano asintió levemente. —"El equilibrio lo es todo. Un arma sin equilibrio es solo un trozo de metal pesado. Veo que tus ojos empiezan a entender algo más que el color del fuego"—. Fue lo más cercano a un cumplido que Martín había recibido.
El punto de inflexión llegó de forma inesperada. Bofrid estaba trabajando en una serie de bisagras rúnicas para una puerta acorazada, un trabajo que requería precisión extrema tanto en la forja como en la inscripción de las runas de seguridad. Una de las bisagras no encajaba correctamente en el mecanismo de prueba. Bofrid la golpeó, la recalentó, la volvió a golpear, gru?endo con creciente frustración. El problema no era obvio.
Martín, que había estado observando desde su puesto junto al fuelle, se atrevió a acercarse, activando discretamente su visión del código. Pudo ver la bisagra, el mecanismo, y las runas interactuando. Notó una sutil desalineación en el flujo de energía entre una de las runas de la bisagra y el receptor del mecanismo, casi imperceptible, como un bit fuera de lugar en una secuencia larga.
—"Maestro Bofrid"—, dijo Martín, con cautela. —"Con su permiso... ?podría ser que la tercera runa desde el pivote"—, se?aló con cuidado, —"esté... ligeramente desfasada? El flujo de energía parece... desviarse una fracción justo ahí"—.
Bofrid se detuvo y miró fijamente la runa que Martín se?alaba, luego al mecanismo. Entrecerró los ojos, acercó la bisagra a la luz de la fragua. Tomó una herramienta fina y raspó mínimamente el borde de la inscripción rúnica, un ajuste casi invisible. Volvió a probar la bisagra en el mecanismo. Encajó perfectamente, con un clic suave y satisfactorio.
El maestro herrero se quedó mirando la bisagra, luego a Martín, y luego de nuevo a la bisagra. No dijo nada durante un largo rato. El silencio en la forja se hizo denso, solo roto por el rugido constante del horno.
Finalmente, Bofrid dejó la bisagra y se limpió las manos en su delantal de cuero. Se acercó a Martín, su expresión seria, indescifrable. Martín se preparó para una reprimenda por haberse entrometido.
—"?Cómo... sabías eso?"—, preguntó Bofrid, su voz baja y grave.
—"Yo... veo la energía de forma diferente, maestro"—, explicó Martín, con cuidado. —"Como... patrones, conexiones. Vi que el flujo se interrumpía justo en esa runa"—.
Bofrid lo estudió intensamente. —?"Patrones? ?Código, como dijiste antes?"—.
Martín asintió.
El enano se acarició la barba trenzada, pensativo. —"Interesante... y peligroso. Esa forma de 'ver'... no es natural para los nuestros"—. Pero no había hostilidad en su voz, sino una profunda curiosidad profesional. Había visto el resultado. El humano, con su extra?a percepción, había identificado un problema que a él, un maestro herrero, se le había escapado. —"Necesitas entender mejor cómo funcionan estas runas programadas, ?verdad? No solo las de la forja simple, sino las que controlan las máquinas"—.
—"Sí, maestro"—, dijo Martín, viendo su oportunidad. —"Siento que para... ser realmente útil aquí, y para entender mi propio... artefacto"— se?aló el disco —"necesito comprender los principios del Magitek. La herrería es la base, lo entiendo, pero la interacción con la magia programada... es diferente"—.
Bofrid asintió lentamente. —"Bien dicho, umgi. Reconoces tus límites. Y buscas conocimiento para superarlos. Eso... es una actitud enana"—. Se dirigió a su mesa de trabajo y, como la vez anterior, tomó un trozo de cuero y carbón. Garabateó unas pocas runas, más complejas esta vez, y a?adió su marca personal debajo.
—"Hay un ingeniero"—, dijo, sin mirar a Martín mientras escribía. —"Un viejo loco obsesionado con los cristales y los engranajes rúnicos. Se llama Thorian Ironfist. Su taller está en el nivel tres, cerca del Gran Engranaje Maestro. Es... excéntrico. Pero sabe más de Magitek que nadie en esta maldita monta?a, quizás más que los Gnomos"—. Le tendió el cuero a Martín. —"Dale esto. Dile que Bofrid te envía porque necesitas entender por qué un simple fuelle rúnico a veces 'tose' energía, y por qué tus manos de superficie no pueden sentir el flujo correcto"—. Era una excusa creíble, ligada al trabajo de la forja. —"Quizás su curiosidad por tu extra?a forma de 'ver' lo convenza de no echarte. O quizás te use para probar sus inventos explosivos"—. Se encogió de hombros. —"Es tu riesgo"—.
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Martín tomó la nota, sintiendo su peso, mucho mayor que el del simple cuero. Era la llave que necesitaba, ganada no solo con sudor, sino demostrando una habilidad útil y un respeto por el oficio que Bofrid valoraba.
—"No sé cómo agradecérselo, Maestro Bofrid"—, dijo Martín, con genuina gratitud.
—"Agradecémelo no haciendo estallar nada importante"—, gru?ó Bofrid. —"Y volviendo aquí ma?ana con las manos listas para trabajar. Ahora, largo de mi vista. Tengo una bisagra que terminar"—.
Martín asintió, guardó la nota con cuidado y salió de la forja, sintiendo una mezcla de alivio, excitación y una buena dosis de aprensión ante la idea de conocer al "viejo loco" Thorian Ironfist.
Con la nota de Bofrid como un talismán contra la burocracia y la desconfianza enana, Martín se despidió temporalmente del calor y el estruendo de la forja y ascendió al nivel tres. Dejó a Althaea informada de su plan, acordando encontrarse más tarde en la posada. Ella asintió, deseándole suerte con una mirada que mezclaba esperanza y la advertencia implícita de que tuviera cuidado.
El nivel tres de Karak Dhur presentaba otra faceta de la ciudad subterránea. Era menos industrial que el nivel cuatro, pero más bullicioso y técnicamente complejo que el nivel dos. Aquí se encontraban los talleres de los ingenieros, los laboratorios de los alquimistas gnómicos (si había alguno de visita), y los centros de control de las grandes maquinarias que mantenían la ciudad en funcionamiento. El aire olía menos a metal quemado y más a aceite, a ozono de cristales energéticos y a los extra?os vapores de experimentos alquímicos. El ruido era diferente también: menos golpes de martillo y más zumbidos de maquinaria, clics de mecanismos delicados y el silbido ocasional de vapor presurizado.
Siguiendo las indicaciones de Bofrid ("cerca del Gran Engranaje Maestro", una referencia que cualquier enano parecía entender), Martín navegó por un laberinto de corredores y plazas más peque?as, cada una llena de actividad técnica. Vio enanos ajustando tuberías que brillaban con energía interna, gnomos (efectivamente, había unos pocos) discutiendo animadamente sobre diagramas rúnicos proyectados por esferas de cristal, y peque?os autómatas de limpieza barriendo el suelo de piedra con escobas mecánicas.
Finalmente, llegó a una zona dominada por el sonido rítmico y profundo de un mecanismo gigantesco. Un enorme engranaje de bronce, de varios metros de diámetro y cubierto de runas pulsantes, giraba lentamente en una vasta cámara abierta, parte visible de la maquinaria central que, supuso Martín, regulaba algo fundamental en la ciudad: quizás la ventilación, la distribución de energía o el movimiento de las grandes plataformas. Cerca de esta maravilla mecánica, encontró una puerta de metal reforzado, sin ninguna se?al ostentosa, pero con una peque?a placa grabada con runas Khazalid que reconoció vagamente, gracias a sus estudios improvisados, como "Thorian Ironfist - Innovaciones y Reparaciones". Una fina voluta de humo de color extra?o se escapaba por debajo de la puerta.
Martín dudó un instante. Este lugar se sentía diferente a la forja de Bofrid. Menos fuerza bruta, más... precisión volátil. Respiró hondo y golpeó la puerta de metal. El sonido apenas se oyó sobre el ruido del Gran Engranaje. Golpeó de nuevo, más fuerte.
Tras un momento, se escuchó un chirrido de mecanismos internos y la puerta se abrió unos centímetros, revelando un ojo peque?o y brillante que lo escrutaba a través de la rendija.
—"?Sí? ?Qué interrupción es esta? ?Estoy en medio de una calibración crucial!"—, llegó una voz desde dentro, más aguda y rápida que la de Bofrid, pero igualmente áspera.
—"Eh... ?Maestro Thorian Ironfist?"—, preguntó Martín, sintiéndose intimidado. —"Me envía el Maestro Herrero Bofrid. Tengo... un encargo. Y una pregunta"—. Sostuvo el trozo de cuero con las runas de Bofrid visible a través de la rendija.
Hubo una pausa. El ojo desapareció y se escucharon más chirridos y el sonido de cerrojos deslizándose. La puerta se abrió del todo, revelando al ingeniero enano.
Thorian Ironfist era, en efecto, imponente como cualquier enano, robusto y con una magnífica barba casta?o rojiza, pero ahí terminaban las similitudes con Bofrid. Su barba, aunque larga, no estaba trenzada con anillos de metal, sino que caía más libre, salpicada de alguna que otra quemadura y mancha de aceite. No llevaba un delantal de herrero, sino una especie de bata de trabajo de cuero grueso llena de bolsillos repletos de herramientas extra?as, lentes de aumento y rollos de alambre rúnico. Unas gafas con múltiples lentes ajustables descansaban sobre su frente, y sus ojos, de un azul eléctrico e increíblemente vivaces, chispeaban con una inteligencia inquieta y una energía casi febril. El taller detrás de él era un caos organizado de mesas de trabajo cubiertas de piezas mecánicas, cristales de diferentes tama?os, diagramas esquemáticos clavados en las paredes, y varios peque?os autómatas a medio construir o reparar. El aire olía a aceite quemado, a metal soldado y al peculiar olor acre del maná concentrado.
Thorian tomó el cuero de Bofrid, lo leyó rápidamente y soltó un bufido. —"?Bofrid! ?Ese viejo testarudo! ?Así que ahora me envía a sus aprendices umgi para que le resuelva los problemas de su fuelle arcaico?"—. Miró a Martín de arriba abajo, sus ojos chispeantes deteniéndose en el disco de metal en su cinturón. —"?Y tú eres el que 've patrones'? ?El que confundió el flujo de la bisagra?"—.
Martín asintió, sorprendido de que Bofrid le hubiera contado eso. —"Sí, maestro. Yo... percibo la energía de forma... visual. Como líneas, estructuras"—.
Los ojos de Thorian se iluminaron con un interés repentino e intenso, la brusquedad inicial olvidada. —?"Estructuras? ?Cómo... diagramas de flujo? ?Arquitectura rúnica? ?O algo más... abstracto?"—. Se acercó a Martín, olvidando por completo la puerta abierta, sus múltiples lentes bajando sobre sus ojos mientras lo examinaba como si fuera un espécimen raro. —?"Puedes ver la interacción entre un cristal de maná y un circuito rúnico de control? ?Puedes diferenciar la firma energética de un encantamiento de amplificación de uno de contención? ?Puedes ver la sintaxis del Magitek?"—.
Martín, bombardeado por las preguntas técnicas, se sintió por primera vez en mucho tiempo en un terreno vagamente familiar, aunque aplicado a un campo completamente nuevo. —"Yo... creo que sí"—, respondió, tratando de seguir el ritmo rápido del enano. —"Veo las conexiones, los flujos, las... funciones, supongo. Cuando Bofrid trabajaba, vi cómo las runas del fuelle respondían a la temperatura, en una especie de... bucle condicional. Y el disco..."— Se?aló el objeto. —"...parece amplificarlo, me ayuda a aislar secciones, a ver detalles"—.
Thorian soltó una exclamación gutural de pura fascinación. —"?Increíble! ?Absolutamente fascinante! ?Una interfaz biológica directa con la estructura arcano-tecnológica! ?Las implicaciones! ?Las posibilidades!"—. Comenzó a caminar de un lado a otro de su taller, gesticulando con entusiasmo, ignorando por completo a Martín por un momento mientras murmuraba para sí mismo sobre matrices energéticas y resonancia simpática rúnica.
De repente, se detuvo y se volvió hacia Martín, una amplia sonrisa (esta sí, genuina, la del inventor ante un nuevo y maravilloso juguete) iluminando su rostro barbudo. —"?Tienes que ense?arme! O mejor dicho, ?tienes que mostrarme! ?Cómo lo ves exactamente? ?Puedes dibujarlo? ?Puedes describir la diferencia entre el código de una runa de poder enana y una gnoma?"—.
Martín se sintió un poco abrumado por el entusiasmo repentino, pero también sintió una conexión. Este enano, aunque excéntrico, hablaba un lenguaje que entendía: el de los sistemas, la lógica, la curiosidad por saber cómo funcionan las cosas.
—"Puedo... intentarlo"—, dijo Martín. —"Pero mi comprensión aún es limitada. Y estoy aquí porque Bofrid..."—.
—"?Ah, sí, Bofrid y su fuelle!"—, interrumpió Thorian, agitando una mano con desdén. —"Una reliquia. Te mostraré cómo funciona en cinco minutos. Pero lo tuyo... tu 'visión de código'... eso es mucho más interesante"—. Sus ojos eléctricos brillaron. —"Escucha, humano Martín. Olvida el recado de Bofrid por ahora. Quédate aquí. Ayúdame con algunas... calibraciones. Observa. Y mientras lo haces... me describirás exactamente lo que ves cuando activo este estabilizador de flujo o cuando programo este núcleo de cristal. ?Trato hecho?"—.
No era exactamente una oferta de aprendizaje formal, sino más bien una propuesta de simbiosis científica. Thorian obtendría una visión única de sus propias creaciones, y Martín tendría acceso directo a un maestro del Magitek y a sus conocimientos, aunque fuera de forma indirecta. Era una oportunidad inesperada, nacida de la curiosidad intelectual de un enano excéntrico.
Martín miró alrededor del caótico pero fascinante taller, lleno de maravillas tecnológicas y misterios por desentra?ar. Era un mundo completamente diferente al de la forja de Bofrid, pero igualmente prometedor. Sonrió.
—"Trato hecho, Maestro Thorian"—.
La avalancha de preguntas técnicas de Thorian, disparadas con la rapidez de un mecanismo de relojería gnómico, dejó a Martín momentáneamente sin aliento, pero también extra?amente vigorizado. Por primera vez desde que llegó a Karak Dhur, sentía que estaba hablando un idioma conceptual que, aunque aplicado a un campo desconocido como el Magitek, resonaba con su propia forma de entender los sistemas y la lógica. La terminología era diferente —"matrices energéticas", "resonancia simpática rúnica"—, pero los principios subyacentes de flujo, control, entrada y salida le resultaban familiares.
—"Puedo ver las conexiones, sí"—, respondió Martín, tratando de organizar sus pensamientos ante el torbellino de entusiasmo del enano. —"Y los flujos. Es como... como seguir los cables en un circuito complejo o las dependencias en un programa. Puedo ver si un flujo está bloqueado, o si una 'instrucción' rúnica no está recibiendo la energía correcta del 'cristal fuente'. Distinguir la intención... es más difícil. Con la magia natural, a veces siento una... resonancia, una emoción ligada a la energía. Pero con el Magitek, es más... frío. Lógico. Como un código máquina. Puedo ver qué hace, pero no siempre por qué lo hace de esa manera, o cuál era la intención original del dise?ador"—.
Thorian asintió vigorosamente, sus ojos azules eléctricos brillando con intensidad detrás de las múltiples lentes. —"?Precisión! ?Eficiencia! ?Eso es! La magia natural es un río salvaje; ?el Magitek es un canal bien construido! Controlamos el flujo, lo dirigimos, le damos un propósito específico. ?Pero a veces los canales se obstruyen, las compuertas fallan, la 'sintaxis' rúnica tiene errores sutiles! ?Y tú puedes ver esas fallas directamente!"—. Se detuvo, prácticamente vibrando de excitación. —"?Esto cambia todo! ?Las horas que pasamos en diagnóstico, en pruebas empíricas... tú podrías se?alarnos el problema en minutos!"—.
La magnitud de la posibilidad pareció golpearlo entonces, y su entusiasmo febril dio paso a una expresión más calculadora, aunque no menos intensa. Se acarició la barba rojiza, sus ojos rápidos evaluando a Martín de nuevo, pero esta vez no como una simple curiosidad, sino como un recurso invaluable.
—"Bien"—, dijo finalmente, su tono volviéndose más mesurado, pero aún cargado de energía. —"El trato que te propongo es simple, humano Martín. Necesito tus ojos. Necesito esa perspectiva única que tienes sobre la interacción entre la energía mágica y la estructura rúnico-mecánica. A cambio... tendrás acceso a mi taller"—. Hizo un gesto amplio, abarcando el fascinante caos de herramientas, diagramas y artefactos. —"Verás Magitek que haría que los engranajes de un gnomo giraran de envidia. Aprenderás observando, preguntando... siempre que tus preguntas sean inteligentes y no interrumpan mi trabajo"—.
A?adió, con una chispa pragmática muy enana: —"Y, por supuesto, tendrás que ganarte tu sustento aquí. No dirijo una casa de caridad. Hay trabajo que hacer. Calibraciones delicadas, limpieza de componentes precisos, ordenamiento de cristales según su firma energética... tareas que requieren atención al detalle, no la fuerza bruta de la forja"—. Se?aló el autómata desmontado. —"Puedes empezar por reorganizar los servomotores de esa unidad centinela. Y necesito un informe detallado sobre las fluctuaciones energéticas que detectes en su núcleo de poder mientras lo haces"—.
Martín asintió, aceptando los términos. Era un intercambio claro: su habilidad única por acceso y aprendizaje. No era una tutoría tradicional, ni una amistad incipiente como la que había forjado con Althaea o incluso Gorak. Era una relación basada en la utilidad mutua, impulsada por la insaciable curiosidad científica de Thorian. Y eso, por ahora, le bastaba. Era una puerta abierta, una oportunidad real de entender la tecnología que definía a esta ciudad y que, quizás, guardaba relación con su propio disco misterioso.
—"Acepto el trato, Maestro Thorian"—, dijo Martín, extendiendo la mano casi por instinto, un gesto de su mundo para sellar un acuerdo.
Thorian miró la mano extendida con momentánea confusión, luego pareció recordar alguna costumbre de la superficie y la estrechó con un agarre sorprendentemente fuerte y rápido. —"?Excelente! ?No perdamos tiempo! ?Las fronteras de la tecno-hechicería no se van a expandir solas!"—. Ya se estaba volviendo hacia un complejo aparato que emitía chispas azules, completamente absorto de nuevo en sus propios pensamientos. —"El pa?o está en aquel cajón. ?Y que no te tiemble el pulso con esos servomotores, son más delicados de lo que parecen!"—.
Martín se quedó solo por un instante en medio del taller, el eco de la energía de Thorian aún vibrando en el aire. Miró las herramientas extra?as, los diagramas incomprensibles, los artefactos a medio terminar. Era un entorno estimulante, intimidante y lleno de promesas. Había encontrado una nueva vía, un nuevo mentor potencial, tan diferente de Bofrid como el día de la noche subterránea. La reserva y el pragmatismo seguían allí, pero te?idos por una excitación intelectual que Martín reconocía y compartía. Tomó el pa?o alquímico y se dirigió hacia el autómata desmontado, listo para comenzar su nuevo aprendizaje en la guarida del innovador enano, consciente de que cada descubrimiento aquí podría acercarlo a las respuestas que buscaba, pero también consciente de los peligros inherentes a jugar con fuerzas y conocimientos tan poderosos.
Thorian no es solo un nuevo maestro. Es una puerta. Una promesa. Y un riesgo calculado con muy poca protección contra explosiones menores.

