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Capítulo 43 - Historia y Costumbres de los Enanos

  Pasaron varios días desde que Martín comenzó su agotadora labor en la forja de Bofrid. El trabajo era brutal, repetitivo y dejaba sus músculos doloridos y sus manos cubiertas de nuevas ampollas bajo el hollín persistente. Sin embargo, cada jornada completada era una peque?a victoria, una demostración silenciosa de su resistencia ante el escéptico maestro herrero. Había aprendido a mantener el fuego a la temperatura exacta con el fuelle Magitek, a limpiar la escoria con eficiencia y, sobre todo, a mantenerse fuera del camino cuando Bofrid blandía su martillo con furia concentrada. Incluso le había permitido realizar algunas tareas de preparación del metal, como limpiarlo o calentarlo uniformemente, peque?os pasos en la jerarquía implícita de la forja.

  Mientras su cuerpo se adaptaba al esfuerzo físico, su mente no descansaba. En los escasos momentos de pausa en la forja, o durante las noches en el ruidoso nicho de la posada, Martín repasaba todo lo que había aprendido y experimentado. La conversación con el espíritu, aunque fragmentada y traumática, había dejado preguntas urgentes flotando en su cabeza. La "Marca de la Sombra", la traición, el artefacto robado... eran piezas de un rompecabezas mucho más grande, uno que sentía que debía intentar resolver, no solo por la promesa hecha al espíritu , sino por la seguridad de Oakhaven y, potencialmente, por entender mejor las fuerzas oscuras que operaban en este mundo.

  Además, estaba su propia situación. La visión del templo en el norte seguía siendo su único faro, pero carecía de dirección precisa. Y su habilidad para ver el código mágico, aunque útil, seguía siendo un enigma. ?Había otros como él? ?Era una habilidad conocida, temida, estudiada? Necesitaba desesperadamente información, contexto, conocimiento estructurado que fuera más allá de las leyendas orales o las observaciones fragmentadas.

  Paralelamente, Althaea continuaba sus propias exploraciones por la ciudad. Regresaba cada noche al nicho con informes concisos: había mapeado los niveles superiores, identificado los cuarteles de la guardia, localizado los principales gremios y mercados, e incluso había entablado conversaciones cautelosas con un par de mercaderes no-enanos. Pero la información sustancial seguía siendo esquiva.

  —"Los Enanos son como sus túneles"—, le dijo una noche, mientras compartían una cena frugal de pan duro y carne seca. —"Profundos, complejos y muy, muy cerrados. Hablan de trabajo, de piedra, de metal. Pero de historia antigua, de magia oscura, de símbolos extra?os... guardan silencio. O cambian de tema. O simplemente te miran como si estuvieras loco por preguntar"—.

  Martín asintió, reconociendo el patrón. él mismo había intentado sondear a Bofrid o a los otros (pocos) aprendices de la forja con preguntas indirectas sobre runas antiguas o leyendas de artefactos perdidos, pero solo había recibido gru?idos evasivos o miradas sospechosas.

  —"Necesitamos una fuente diferente"—, dijo Martín, más para sí mismo que para Althaea. —"Rumores y conversaciones casuales no son suficientes. Necesitamos... registros. Historia escrita. Algo que los Enanos, con su orgullo por la permanencia, deben tener"—.

  —"Bibliotecas"—, murmuró Althaea, recordando las vastas colecciones de los Elfos Altos. —?"Tendrán algo así aquí, bajo la monta?a?"—.

  —"Deben tenerlo"—, afirmó Martín. —"Una civilización tan antigua, tan organizada... tienen que registrar su historia, sus conocimientos"—. La idea se aferró a su mente con fuerza. Un archivo, una biblioteca, un lugar donde pudiera buscar sistemáticamente la información que necesitaba.

  Al día siguiente, Martín aprovechó una pausa inusual en la forja (Bofrid estaba consultando con otro maestro herrero sobre un encargo complejo) para preguntar discretamente a uno de los aprendices mayores, un enano llamado Durin con quien había intercambiado algunas palabras sobre técnicas de afilado.

  —"Durin"—, comenzó Martín, acercándose con cautela. —"He oído... historias. Sobre la gran historia de Karak Dhur. ?Hay algún lugar... donde se guarden esos registros? ?Libros, pergaminos?"—.

  Durin lo miró con sorpresa, luego con suspicacia. —?"Registros? ?Para qué los querría un umgi como tú?"— Usó el término en Khazalid para humano, no necesariamente despectivo, pero sí claramente diferenciador.

  —"Solo... curiosidad"—, mintió Martín. —"Admiro la historia de su pueblo. Su resistencia. Su habilidad"—.

  Durin resopló, pero pareció aceptar la explicación, quizás halagado. —"Claro que hay registros. El Gran Archivo del Gremio de Cronistas. Nivel dos, cerca de las Cámaras del Consejo"—. Su tono se volvió admonitorio. —"Pero ni se te ocurra acercarte. No es lugar para forasteros. Solo los eruditos del Gremio y aquellos con permiso directo del Consejo pueden entrar. Protegen nuestra historia de ojos curiosos... y de manos codiciosas"—.

  La respuesta confirmó las sospechas de Martín y también sus temores. El acceso no sería fácil. Esa noche, le contó a Althaea lo que había averiguado.

  —"Un archivo restringido"—, reflexionó Althaea. —"Tiene sentido. Los Enanos no comparten sus secretos fácilmente"—. Miró a Martín. —"?Y ahora qué? ?Intentarás entrar?"—.

  —"Tengo que intentarlo"—, dijo Martín con determinación. —"Es la mejor posibilidad que tenemos de encontrar información sobre la Marca, sobre la historia de los ataques, quizás incluso sobre mi propia llegada. Pero necesitamos una forma de entrar. Una excusa. Una... llave"—.

  Se quedaron en silencio, pensando. La tarea parecía casi imposible. ?Cómo podrían dos forasteros, un humano y una Hombre Bestia, obtener acceso a uno de los lugares más protegidos y exclusivos de Karak Dhur? La reserva enana, que habían experimentado de primera mano, se erguía ante ellos como las propias puertas de piedra de la ciudad: sólida, imponente y aparentemente impenetrable.

  Decidieron intentarlo al día siguiente, durante un período en que Martín tenía un breve descanso asignado por Bofrid (más por necesidad de sacarlo de en medio mientras trabajaba en un metal delicado que por generosidad). Althaea se reunió con él cerca de la Gran Rampa, y juntos, ascendieron hacia el nivel dos, un distrito que se sentía notablemente diferente al bullicio industrial del nivel cuatro.

  Aquí, las cavernas eran más altas, la iluminación más cuidada (con cristales más grandes y de tonos más cálidos), y el ruido predominante no era el de martillos, sino el murmullo más apagado de conversaciones serias, el roce de túnicas y el pasar ocasional de guardias de élite con armaduras pulidas. Las estructuras talladas en la roca eran más ornamentadas, con relieves que contaban historias de reyes enanos, batallas antiguas y proezas de ingeniería. Era claramente un distrito administrativo y cultural, el corazón del poder y el conocimiento de Karak Dhur.

  Siguieron las se?ales talladas en las paredes, buscando las indicaciones hacia el Gremio de Cronistas o el Gran Archivo. Finalmente, llegaron a una imponente fachada de mármol oscuro veteado, con un arco de entrada flanqueado por dos estatuas de enanos eruditos sosteniendo pergaminos de piedra. Sobre el arco, runas profundas deletreaban en Khazalid: "Kazad Grund" — La Roca del Saber, o más coloquialmente, el Gran Archivo. No había puertas visibles, solo el arco oscuro que invitaba a entrar a un vestíbulo silencioso.

  A diferencia del resto de la ciudad, aquí reinaba una calma casi reverencial. El aire olía a piedra antigua, a pergamino seco y a un leve aroma a aceite de lámpara. Las paredes estaban revestidas con estanterías altísimas talladas en la misma roca, repletas de volúmenes encuadernados en cuero grueso, rollos de pergamino sellados y tablillas de piedra o metal grabadas con runas. La escala era impresionante, una biblioteca que rivalizaba con las que Martín solo había visto en películas o descripciones de mundos de fantasía.

  Sin embargo, el acceso al corazón del archivo estaba claramente bloqueado. Un pesado mostrador de piedra pulida se extendía a lo ancho del vestíbulo, y detrás de él, sentada en un taburete alto, se encontraba una enana que parecía tan antigua y sólida como las propias estanterías. Su cabello, completamente blanco, estaba recogido en severas trenzas adornadas con sencillos anillos de plata. Llevaba unas gafas de aumento con gruesos lentes de cristal engarzados en bronce, que magnificaban sus ojos peque?os y agudos, actualmente fijos en un grueso tomo abierto sobre el mostrador. Estaba rodeada de herramientas de archivero: pinceles finos, peque?os cinceles, lupas de diferentes tama?os y sellos de cera. Su túnica, de un color gris oscuro, era funcional pero impecable. Irradiaba un aura de autoridad tranquila y de absoluta intolerancia a las interrupciones.

  Martín y Althaea se acercaron al mostrador con cautela. La archivera levantó la vista lentamente, sus ojos magnificados estudiándolos por encima de las lentes con una expresión que no era ni hostil ni amigable, simplemente... evaluadora y profundamente desinteresada.

  —"?Sí?"—, dijo, su voz sorprendentemente clara y precisa, aunque con el inconfundible acento gutural enano. No preguntó "?En qué puedo ayudarles?". La pregunta era más bien un "?Qué quieren y por qué interrumpen?".

  Martín carraspeó. —"Buenos días, Maestra Archivera"—, comenzó, intentando usar el título más respetuoso que se le ocurrió. —"Mi nombre es Martín Vega, y ella es mi compa?era, Althaea. Somos viajeros interesados en la vasta historia de Karak Dhur. Nos preguntábamos si sería posible... consultar algunos de sus registros"—.

  La archivera arqueó una ceja canosa, un gesto mínimo pero elocuente. Dejó el tomo con cuidado, marcando la página con una fina tira de metal.

  —"El Gran Archivo no es una atracción para turistas de la superficie, humano Vega"—, respondió, su tono cortante como el filo de un hacha recién afilada. —"El acceso a nuestras colecciones está estrictamente limitado a miembros acreditados del Gremio de Cronistas, a ciudadanos de Karak Dhur con permisos de investigación aprobados por el Consejo, o a eruditos extranjeros con cartas de recomendación de una institución reconocida y validada por nuestros propios académicos"—. Su mirada recorrió de nuevo a Martín y Althaea, dejando claro que no encajaban en ninguna de esas categorías. —"?Poseen ustedes alguna de estas credenciales?"— La pregunta era retórica.

  —"No, maestra"—, admitió Martín. —"Pero venimos con respeto. Solo buscamos entender mejor su gran civilización. Quizás... sobre eventos antiguos, o símbolos..."—.

  La archivera lo interrumpió con un gesto impaciente de la mano. —"Las 'curiosidades' de los forasteros rara vez justifican el acceso a registros que contienen la memoria y los secretos de nuestro pueblo. La historia no es un cuento para entretener a los viajeros"—. Su mirada se posó en Althaea. —"Y dudo que una... shatra... tenga interés alguno en nuestras crónicas, más allá de quizás buscar mapas de rutas de caza"—. El desdén, aunque frío y contenido, era inconfundible.

  Althaea tensó los hombros, pero recordó su conversación con Martín y mantuvo un silencio digno, aunque sus ojos ámbar lanzaron una mirada fugaz pero intensa a la archivera.

  —"Comprendo sus reglas, Maestra"—, dijo Martín, intentando otra táctica. —"Pero quizás podría orientarnos. ?Existe alguna sección... más general, menos restringida, donde pudiéramos aprender sobre la fundación de la ciudad, o sobre las grandes eras históricas? Estamos dispuestos a pagar por el tiempo o la consulta, si es necesario"—.

  La archivera soltó un sonido que podría haber sido una risa ahogada o un simple resoplido de desdén. —"El conocimiento de Karak Dhur no está a la venta como las baratijas del mercado, humano. Se gana con trabajo, lealtad y pertenencia"—. Hizo un gesto hacia la salida. —"Les sugiero que busquen sus 'historias' en las tabernas del nivel cuatro, si es que algún minero borracho tiene a bien inventarles alguna. El Archivo es para los Enanos. Ahora, si me disculpan, tengo trabajo real que hacer"—.

  Y con eso, volvió a su grueso tomo, bajando las gafas de aumento sobre su nariz, dejando perfectamente claro que la audiencia había terminado. El rechazo fue absoluto, educado en su formalidad, pero implacable. La puerta al conocimiento custodiado por los Enanos estaba, como habían temido, firmemente cerrada para ellos.

  Salieron del Gran Archivo sintiendo el peso del rechazo cortante. El silencio reverencial del vestíbulo contrastaba ahora con la frustración que bullía en el interior de Martín. Había esperado dificultades, pero la negativa absoluta de la archivera, su desdén apenas velado, era un muro más sólido de lo que había anticipado.

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  —"Bueno"—, dijo Martín una vez que estuvieron de vuelta en los corredores más concurridos del nivel dos, bajando la voz para no llamar la atención. —"Supongo que 'preguntar amablemente' no estaba en el manual de procedimientos enano"—.

  Althaea asintió, su expresión sombría. —"Te lo dije, Martín. Son cerrados. Protegen su conocimiento como un dragón su tesoro. Para ellos, somos menos que el polvo de las rocas que pican"—. A pesar de su pragmatismo, el desprecio implícito en la palabra 'shatra' y la actitud de la archivera le habían dejado un regusto amargo.

  Regresaron al nivel cuatro, al bullicio familiar y al olor a forja del 'Yunque Sediento'. Necesitaban replantear su estrategia. Sentados en su peque?o nicho, mientras compartían un trozo de pan duro y agua, comenzaron a barajar opciones.

  —"Quizás si ofreciéramos algo..."—, sugirió Martín. —?"Alguna información sobre el bosque? ?O las plantas medicinales que conocemos?"—.

  Althaea negó con la cabeza. —"Dudo que les interese. Para ellos, la superficie es un lugar salvaje y sin importancia. Su mundo está aquí abajo. Valoran el metal, las gemas, la artesanía... y el trabajo duro"—.

  La última frase resonó. Trabajo duro. Era lo único que Martín estaba haciendo que podía tener algún valor a ojos de un enano.

  —"Bofrid"—, dijo Martín lentamente. —"El maestro herrero. Es... exigente, brusco... pero parece respetar el esfuerzo. Y quizás... valore el conocimiento relacionado con su oficio"—. Una idea comenzó a tomar forma. —"Mencioné que había intentado forjar antes. Le mostré la daga de Oakhaven. No le impresionó, pero tampoco la despreció. Dijo que era 'cruda', pero no 'terrible'"—.

  —"?Y qué propones?"—, preguntó Althaea, intrigada.

  —"Quizás... si pudiera ganarme un poco más su... tolerancia"—, eligió la palabra con cuidado, sabiendo que 'confianza' era demasiado pedir todavía, —"podría usar la forja como excusa. Decirle que necesito investigar sobre técnicas antiguas de templado, o sobre las propiedades de ciertos metales que solo se mencionan en registros viejos, para 'mejorar mi trabajo' en su forja. Algo que le beneficie a él, o al menos, que pique su curiosidad profesional"—.

  Althaea lo consideró. Era una estrategia indirecta, arriesgada. Bofrid podría rechazarlo de plano o sospechar de sus motivos. Pero era más plausible que simplemente pedir acceso por curiosidad.

  —"Podría funcionar"—, concedió Althaea. —"Los artesanos enanos son orgullosos de su oficio. Si cree que buscas mejorar bajo su... 'tutela', por así decirlo, quizás esté dispuesto a interceder. Una nota suya, una palabra al guardia del Archivo... podría ser suficiente para abrir una peque?a grieta en esa puerta de piedra"—.

  —"Exacto"—, asintió Martín. —"No necesito acceso total. Solo una oportunidad para mirar, para buscar. Si puedo entrar, quizás pueda encontrar algo... un índice, una referencia... algo que me guíe hacia la información sobre la Marca, o sobre eventos mágicos extra?os"—.

  Decidieron que ese sería el plan. Requeriría paciencia, trabajo aún más duro en la forja, y la habilidad de Martín para presentar su petición a Bofrid de la manera correcta, apelando a su orgullo de maestro artesano sin despertar sus sospechas.

  Los días siguientes, Martín redobló sus esfuerzos en la forja. Llegaba más temprano, se iba más tarde. Paleaba carbón con una energía renovada, limpiaba la escoria con meticulosidad, y observaba cada movimiento de Bofrid con una concentración absoluta. Hacía preguntas cuidadosas sobre los diferentes tipos de metal, sobre la forma de controlar el calor, sobre el propósito de las runas grabadas en algunas herramientas.

  Bofrid seguía siendo rudo y parco en palabras, pero Martín notó un cambio sutil. A veces, el viejo enano respondía a sus preguntas con algo más que un gru?ido, ofreciendo una explicación técnica concisa. Incluso, en un par de ocasiones, le permitió a Martín realizar tareas ligeramente más complejas, como sostener una pieza con las tenazas mientras él la golpeaba, o manejar el fuelle Magitek para ajustar la temperatura con precisión. Eran avances minúsculos, pero significativos.

  Finalmente, tras casi una semana de trabajo extenuante y observación paciente, Martín sintió que había llegado el momento de intentar su jugada. Esperó al final de una larga jornada, cuando Bofrid estaba examinando una hoja de hacha recién templada, admirando su propio trabajo con un brillo de satisfacción en sus ojos acerados.

  —"Maestro Bofrid"—, comenzó Martín, con el debido respeto.

  El enano levantó la vista, arqueando una ceja. —?"Qué quieres ahora, umgi? ?Ya te cansaste de cargar carbón?"—.

  —"No, maestro. Es sobre... el trabajo"—, dijo Martín, se?alando la hoja de hacha. —"He estado observando su habilidad. La forma en que controla el temple, la dureza del filo... es increíble. Yo... intenté forjar una daga antes de venir aquí"—. Le mostró de nuevo la daga de Oakhaven. —"Pero es tosca. Me falta... conocimiento. Sobre las aleaciones antiguas, sobre las técnicas de templado que usan runas"—.

  Hizo una pausa, eligiendo sus palabras. —"He oído que el Gran Archivo guarda textos sobre estas artes antiguas. Me preguntaba... si quizás... usted consideraría que mi estudio de esos textos podría, eventualmente, hacerme un ayudante más útil aquí, en su forja. Entender mejor los materiales con los que trabajamos"—. Se detuvo, conteniendo la respiración, esperando la reacción.

  Bofrid lo miró fijamente, sus ojos penetrantes pareciendo taladrar en el alma de Martín. Hubo un largo silencio, roto solo por el crepitar residual del horno. Martín podía sentir el sudor frío formándose en su nuca.

  —"?El Archivo, eh?"—, gru?ó Bofrid finalmente. —?"Crees que leer pergaminos polvorientos te ense?ará a manejar el martillo?"—. Soltó una risa áspera. —"El conocimiento real está aquí"—. Golpeó el yunque con un dedo grueso. —"En el fuego, en el metal, en las manos"—.

  El corazón de Martín se hundió. Pensó que había fallado.

  Pero entonces, Bofrid continuó, su tono volviéndose pensativo. —"Sin embargo... es cierto que los viejos escritos guardan secretos. Fórmulas olvidadas. Técnicas que incluso yo no domino por completo"—. Miró la daga de Martín de nuevo, luego a Martín. Vio el cansancio, sí, pero también la inteligencia en sus ojos, la persistencia. Y quizás, una peque?a parte de su orgullo de maestro se sintió halagada por el interés del humano en la historia de su arte.

  —"Está bien, umgi"—, dijo Bofrid, tomando una decisión. —"No te daré permiso para perder el tiempo leyendo cuentos de hadas. Pero... hay un tomo. 'Los Metales de las Primeras Edades'. Habla de las aleaciones que usaban nuestros ancestros. Podría... podría... serte útil para entender las bases"—. Se acercó a una peque?a mesa llena de herramientas y trozos de metal, tomó un trozo de carbón y garabateó unas pocas runas en un pedazo de cuero sobrante. —"Dale esto a Ingrida"—. El nombre de la archivera sonó como una orden. —"Dile que Bofrid, hijo de Borin, te envía a consultar ese tomo específico. Solo ese. Y ni se te ocurra tocar nada más, ni molestarla más de lo necesario. Ella tiene menos paciencia que yo, y eso ya es decir"—.

  Le entregó el trozo de cuero a Martín. Las runas eran simples, casi un garabato, pero Martín sintió el peso de la autoridad que contenían.

  —"Y más te vale volver aquí listo para trabajar el doble ma?ana"—, a?adió Bofrid, volviéndose hacia su fragua. —"Leer no te exime de cargar carbón"—.

  Martín sostuvo el trozo de cuero como si fuera un tesoro. Era una llave. Peque?a, condicional, ganada con sudor y estrategia, pero una llave al fin. —"Danko, Maestro Bofrid"—, dijo, con una gratitud que apenas podía contener. —"No lo decepcionaré"—.

  Bofrid solo gru?ó en respuesta, pero Martín creyó ver, por un instante, un atisbo de algo parecido a una sonrisa bajo su espesa barba canosa.

  Con el trozo de cuero con las runas de Bofrid apretado en la mano como si fuera un salvoconducto real, Martín sintió una oleada de anticipación que eclipsó momentáneamente su cansancio. Se despidió respetuosamente del maestro herrero y salió de la forja, buscando a Althaea entre el bullicio del nivel cuatro. La encontró observando un puesto donde un enano comerciaba con extra?os hongos luminosos traídos de las profundidades.

  —"Lo conseguí"—, dijo Martín en voz baja, mostrándole el cuero. —"Bofrid me dio esto. Es un permiso para consultar un tomo específico en el Archivo. 'Los Metales de las Primeras Edades'"—.

  Los ojos de Althaea se iluminaron con sorpresa y aprobación. —"Bien hecho, Martín. Tu estrategia... funcionó. ?Vamos ahora?"—.

  —"Ahora mismo"—, asintió él.

  Juntos, ascendieron de nuevo por la Gran Rampa hacia el nivel dos, el distrito administrativo. Esta vez, al acercarse a la imponente fachada del Gran Archivo, Martín sintió menos intimidación y más una determinación enfocada. Llegaron al vestíbulo silencioso, donde la misma archivera, Ingrida, seguía absorta en su lectura tras el pesado mostrador de piedra.

  Martín se acercó, esta vez con más seguridad. Esperó pacientemente a que ella levantara la vista, lo cual hizo con la misma expresión de leve fastidio que la vez anterior.

  —"?Otra vez aquí, humano Vega?"—, dijo, su tono indicando claramente que recordaba su intento fallido. —?"No le quedó clara la política de acceso del Archivo?"—.

  —"Maestra Archivera"—, respondió Martín, manteniendo un tono respetuoso pero firme. Extendió el trozo de cuero con las runas garabateadas por Bofrid. —"El Maestro Herrero Bofrid, hijo de Borin, me envía. Me ha concedido permiso para consultar el tomo 'Los Metales de las Primeras Edades', para complementar mi aprendizaje en su forja"—.

  Ingrida tomó el cuero con escepticismo. Examinó las runas con sus ojos magnificados, reconociendo la marca personal de Bofrid. Soltó un leve "Hmm" de sorpresa. Era inusual que Bofrid se molestara en enviar a alguien, y menos a un humano, al Archivo. Miró a Martín de nuevo, su expresión cambiando ligeramente de puro desdén a una curiosidad cautelosa.

  —"Bofrid, ?eh?"—, murmuró. —"Viejo cascarrabias... debe ver algo en ti, o simplemente está demasiado ocupado para ense?arte él mismo"—. Dejó el cuero sobre el mostrador. —"Muy bien. El permiso es específico. Un tomo. Una consulta. Aquí, en el vestíbulo, bajo mi supervisión. No tocarás nada más. No harás preguntas irrelevantes. Y tu compa?era"—, lanzó una mirada rápida a Althaea, —"esperará fuera del área de lectura"—.

  Las condiciones eran estrictas, pero era una entrada. Martín asintió. —"Entendido y aceptado, Maestra Archivera. Le agradezco su tiempo"—.

  Ingrida desapareció por un momento tras una pesada puerta de piedra oculta detrás del mostrador, regresando poco después con un volumen enorme y pesado, encuadernado en lo que parecía ser cuero de alguna bestia subterránea y con cierres de bronce. El título, grabado en runas Khazalid en el lomo, coincidía con el que Bofrid había mencionado. Colocó el libro sobre una mesa de lectura designada en el vestíbulo con un golpe sordo.

  —"Tienes dos horas"—, dijo Ingrida, consultando un complejo reloj de arena con múltiples cámaras en su escritorio. —"Después, el tomo vuelve a su lugar. Y tú, a la forja de Bofrid"—. Volvió a su propio libro, dejando claro que no ofrecería más ayuda ni conversación.

  Martín se sentó ante el pesado volumen, Althaea tomando una posición discreta cerca de la entrada del vestíbulo, observando pero sin interferir. Con manos cuidadosas, Martín abrió el libro. Las páginas eran gruesas, hechas de un pergamino resistente o quizás de finas láminas de algún material mineral, y estaban cubiertas por una caligrafía rúnica apretada y precisa. El idioma era una forma arcaica de Khazalid, mucho más compleja que los gru?idos cotidianos de Bofrid.

  Martín sintió una punzada de decepción. No podría leerlo directamente. Pero no se desanimó. Su objetivo no era necesariamente leerlo palabra por palabra, sino buscar. Buscar menciones, símbolos, patrones. Comenzó a pasar las páginas lentamente, sus ojos escaneando las runas, buscando algo que resonara con lo que había visto, con lo que sabía.

  El libro detallaba, con una precisión asombrosa, las propiedades de metales y aleaciones olvidadas, minerales extraídos de las profundidades más peligrosas, y técnicas de forja que involucraban no solo calor y martillo, sino también cánticos rúnicos y alineaciones planetarias. Era un tesoro de conocimiento metalúrgico.

  Mientras pasaba las páginas, se detuvo en una sección que describía un metal oscuro, casi negro, extraído de meteoritos caídos en eras antiguas. El texto rúnico lo llamaba "Astracita" o "Piedra de Sombra". Describía sus extra?as propiedades: absorbía la luz, resistía la mayoría de las magias elementales, y tenía una resonancia peculiar con... la energía espiritual negativa. Un peque?o diagrama rúnico acompa?aba la descripción, mostrando la estructura atómica o energética del metal.

  El corazón de Martín comenzó a latir más rápido. Ese diagrama... tenía una similitud inquietante con la estructura interna de la "Marca de la Sombra" que había percibido en el espíritu. No era idéntico, pero el patrón central, la forma en que absorbía y distorsionaba la energía a su alrededor... era muy parecido.

  ?Podría ser esto?, pensó, excitado. ?La Marca está hecha de este metal... o de algo relacionado?

  Sacó discretamente su cuaderno y, fingiendo tomar notas sobre metalurgia, copió rápidamente el diagrama rúnico de la Astracita. Luego, siguió buscando, ahora con un enfoque renovado. Buscó menciones a símbolos en espiral, a rituales de corrupción, a entidades sombrías.

  Encontró una breve referencia, casi una nota al margen en una sección sobre aleaciones prohibidas, que hablaba de un culto antiguo que usaba "fragmentos de la noche caída" (posiblemente Astracita) para "atar espíritus" y "marcar a sus sirvientes". El texto no daba más detalles, era críptico y claramente censurado o incompleto, pero mencionaba un símbolo: una espiral que se cerraba sobre sí misma.

  Era diferente a la marca exacta que vio, pero la conexión era innegable.

  El tiempo asignado se agotaba. Ingrida levantó la vista de su libro, indicando que la consulta había terminado. Martín cerró el pesado tomo con cuidado, sintiendo que apenas había rozado la superficie, pero con dos pistas cruciales en su poder: la Astracita y la conexión entre la Marca y un culto antiguo que ataba espíritus.

  —"Gracias de nuevo, Maestra Archivera"—, dijo Martín, inclinando la cabeza.

  Ingrida solo emitió un gru?ido y recogió el libro para devolverlo a las profundidades del Archivo.

  Martín y Althaea salieron del silencio del Archivo y volvieron al bullicio de la ciudad. Martín sentía una mezcla de euforia por el descubrimiento y frustración por lo limitado de su acceso.

  —"Encontré algo, Althaea"—, dijo en voz baja, una vez que estuvieron a una distancia segura. —"Un metal llamado Astracita... y una mención a un culto antiguo que usaba marcas para atar espíritus. Creo... creo que estamos en el camino correcto"—.

  Era solo una peque?a pieza del rompecabezas, un hilo delgado en una vasta telara?a de misterio. Pero era un comienzo. La llave que Bofrid le había proporcionado, aunque limitada, había abierto una puerta, y Martín estaba decidido a seguir tirando de ese hilo hasta desentra?ar la verdad oculta en las profundidades de Karak Dhur. El trabajo en la forja había valido la pena.

  Martín encontró algo. No una respuesta, pero sí un eco. Una vibración extra?a que dice: “Sí, vas bien. Pero aún no sabes a qué estás jugando”.

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