Tras días siguiendo las se?ales cada vez más evidentes —senderos mejorados, atalayas en ruinas, el débil eco de martillos en el viento—, el camino finalmente los condujo a la base de una de las monta?as más imponentes de la cordillera Thrag. La pared de roca se alzaba ante ellos como un titán dormido, una masa gris y azulada que parecía tocar el mismo cielo, sus cumbres aún coronadas por nieves perpetuas a pesar de la menor altitud a la que se encontraban ahora. No había valles fértiles ni bosques acogedores aquí, solo piedra desnuda, líquenes tenaces aferrándose a las grietas y un viento frío que barría la ladera con un silbido constante.
Al principio, Martín no vio nada que indicara una entrada. La monta?a parecía sólida, impenetrable. Pero Althaea, cuyos ojos agudos habían detectado el leve brillo antinatural desde la distancia, se?aló hacia un punto específico en la base, donde la pared de roca formaba un ángulo entrante, casi oculto por un saliente natural. A medida que se acercaban, la escala de la obra se hizo evidente, dejándolos sin aliento.
No era una simple cueva ni una puerta tosca. Incrustadas en la monta?a, perfectamente integradas como si hubieran crecido allí, se encontraban dos gigantescas hojas de bronce y piedra oscura, cada una tan alta como varias casas de la aldea de Talia apiladas. Su superficie estaba cubierta de intrincadas tallas geométricas y runas profundas que parecían absorber la luz del día. Eran patrones angulares, repetitivos, que hablaban de orden, fuerza y permanencia. En el centro, donde las dos hojas se unían, un enorme escudo de armas tallado en la piedra —un martillo y un yunque cruzados sobre un pico de monta?a estilizado— proclamaba la identidad de los constructores. No había bisagras visibles, ni manijas; las puertas parecían una extensión de la monta?a misma, selladas e inamovibles.
Flanqueando la entrada ciclópea, apostados en nichos tallados en la roca a varios metros de altura, había dos guardias enanos. Estaban revestidos de pies a cabeza con armaduras pesadas de placas de acero oscuro, grabadas con las mismas runas que adornaban las puertas. Sus yelmos con visera ocultaban sus rostros, pero la postura rígida y la forma en que sostenían sus enormes hachas de guerra de doble filo no dejaban lugar a dudas sobre su disposición. Un tenue brillo azulado emanaba de las runas de sus armaduras y de las que rodeaban el marco de las puertas, una se?al de las protecciones mágicas activas.
Martín sintió un escalofrío, una mezcla de asombro ante la escala de la ingeniería enana y una punzada de intimidación. Se sentía increíblemente peque?o, insignificante, ante aquella entrada monumental. Althaea, a su lado, también parecía impresionada, aunque su expresión era más de cautela que de asombro. Sus instintos de cazadora le decían que este lugar estaba fuertemente guardado, que cada sombra podía ocultar una trampa, cada roca una defensa.
Mientras se acercaban, uno de los guardias en el nicho superior golpeó el mango de su hacha contra la piedra, un sonido metálico y resonante que actuó como se?al. Una sección de la roca junto a las grandes puertas, que antes parecía sólida, se deslizó hacia adentro con un chirrido sordo, revelando una abertura más peque?a, apenas lo suficientemente alta para que pasara un humano erguido, y ciertamente un poco incómoda para la estatura de Althaea. De esta abertura emergieron otros dos guardias enanos, igualmente acorazados, sus barbas trenzadas asomando por debajo de los yelmos. Bloquearon el paso, sus hachas bajas pero listas.
—"?Alto ahí, forasteros!"—, gru?ó uno de ellos, su voz profunda y áspera como la piedra, el Varyan claro pero con un acento gutural y cerrado que Martín tuvo que esforzarse por descifrar. —?"Qué asuntos los traen a las puertas de Karak Dhur?"—. Su mirada acerada pasó de Martín a Althaea y de nuevo a Martín, evaluándolos con abierta desconfianza. No había hostilidad activa, pero tampoco bienvenida. Era el tono de quien cumple un deber y espera una respuesta clara y concisa.
Martín respiró hondo, reuniendo su valor. Recordó las palabras de Althaea sobre el respeto y la necesidad de demostrar su valía. —"Saludos, guardianes"—, dijo, intentando que su voz sonara firme y respetuosa. —"Mi nombre es Martín Vega, y ella es Althaea de Oakhaven. Somos viajeros buscando conocimiento. Hemos oído hablar de la sabiduría y la historia guardadas en su gran ciudad, y venimos en paz, esperando humildemente que se nos permita entrar y aprender"—.
El guardia lo miró fijamente por un largo momento, procesando la respuesta. Luego, intercambió una mirada con su compa?ero. Hubo un breve intercambio de gru?idos en Khazalid, el idioma enano, incomprensible para Martín. Finalmente, el primer guardia se volvió hacia ellos.
—"?Conocimiento, dices?"—, repitió, con un deje de escepticismo. —"Karak Dhur no es una biblioteca para curiosos de la superficie. ?Qué conocimiento buscan exactamente? ?Y qué ofrecen a cambio?"—. La pregunta era directa, sin rodeos.
Martín dudó. No podía revelar todo sobre su origen o el espíritu. —"Buscamos historias antiguas"—, improvisó, —"relatos sobre... anomalías mágicas, quizás. Símbolos olvidados"—. Pensó en la Marca. —"Y también admiramos la habilidad de los artesanos enanos. Nos gustaría ver sus obras, quizás comerciar si tenemos algo de valor"—.
El guardia resopló, no del todo convencido. —"Todos admiran nuestras obras. Pocos pueden pagarlas"—. Miró a Althaea. —"?Y la... shatra?"— Usó una palabra en Khazalid que sonó despectiva, probablemente refiriéndose a ella como "salvaje" o "del bosque".
Althaea tensó ligeramente la mandíbula, pero mantuvo la calma. —"Soy su compa?era y guardiana"—, respondió ella, su Varyan claro y firme, sin dejarse intimidar. —"Y vengo con respeto a sus umbrales"—.
Tras otro intercambio de gru?idos con su compa?ero, el primer guardia pareció tomar una decisión. —"Pueden entrar. Pero serán vigilados. Cualquier problema, cualquier intento de husmear donde no deben... y saldrán más rápido de lo que entraron"—. Hizo un gesto brusco hacia la peque?a abertura. —"Hay una tasa de entrada para forasteros. Diez piezas de cobre cada uno, o un objeto de valor equivalente para ser tasado"—.
Martín y Althaea intercambiaron una mirada. No tenían moneda enana. Martín buscó en su mochila algo que pudiera servir. Recordó la daga que había forjado en Oakhaven, simple pero bien hecha. Se la mostró al guardia.
El enano la tomó, la examinó con ojo crítico, probó el filo con un pulgar calloso y asintió con un gru?ido casi imperceptible. —"Aceptable. Para uno"—.
Althaea, sin dudar, desató de su cinturón un peque?o cuchillo de hueso intrincadamente tallado, una herramienta que usaba para trabajos finos. El guardia lo miró, reconociendo la artesanía, y asintió de nuevo.
—"Y la... shatra?"—, preguntó el guardia, su mirada despectiva volviendo a Althaea.
Althaea tensó la mandíbula ante el término, pero antes de que pudiera responder, el guardia hizo un gesto de desdén con la mano. —"Bah, igual. Pasen"—.
Se apartaron de la entrada. Martín respiró hondo y se agachó para pasar por la abertura, seguido de cerca por Althaea. Al cruzar el umbral, la luz del sol fue reemplazada instantáneamente por la luz constante y azulada de los cristales incrustados en las paredes del túnel. El aire cambió abruptamente: se volvió más cálido, notablemente húmedo, y cargado con un olor desconocido, una mezcla de piedra mojada, metal caliente, ozono y algo más, algo mineral y profundo. El sonido del viento fue sustituido por un eco constante, un murmullo lejano de actividad industrial y voces guturales. Sintió la inmensa presión de la monta?a sobre él, una sensación física de estar enterrado bajo kilómetros de roca. El primer aliento en el aire subterráneo de Karak Dhur fue una mezcla de asombro y claustrofobia.
Una vez que estuvieron unos pasos dentro del túnel de entrada, fuera del alcance auditivo inmediato de los guardias, Martín se detuvo y se volvió hacia Althaea, su rostro mostrando preocupación y una indignación contenida.
—"Althaea, esa palabra... 'shatra'..."—, comenzó en voz baja, asegurándose de que nadie más escuchara. —"La forma en que la dijo... sonó... mal. Despectiva. ?Qué significa?"—
Althaea se detuvo también, su expresión endureciéndose ligeramente al recordar el tono del guardia. Suspiró, un sonido apenas audible en el eco del túnel. —"Es... una palabra antigua en Khazalid"—, explicó, su voz tranquila pero con un filo acerado. —"Significa algo así como... 'salvaje del bosque', 'criatura sin clan', 'la que vive fuera de la piedra'. La usan para referirse a los que no son Enanos y viven en la superficie, especialmente a mi gente o a los elfos del bosque. Sí, Martín"—, a?adió, viendo la indignación crecer en los ojos de él, —"es despectiva. Muestra su orgullo, su creencia de que solo la civilización bajo la monta?a es... real"—.
—"Eso no está bien"—, dijo Martín con firmeza, la injusticia del prejuicio resonando con su propia experiencia como forastero. —"Nadie debería hablarte así. Eres una guerrera, una amiga..."—.
Althaea le puso una mano en el brazo, deteniendo sus palabras. Su mirada ámbar era seria, pero también pragmática. —"Aprecio tu defensa, anai. De verdad. Pero debes entender... este es su hogar, sus reglas. Su orgullo es tan antiguo como estas monta?as. Ignorancia y prejuicio existen en todas partes, en todas las razas, incluso entre mi propia gente a veces"—. Hizo una pausa. —"No me gusta la palabra, pero no dejaré que el ladrido de un guardia ignorante me afecte. Estamos aquí por una razón. Mantén la cabeza fría, Martín. Observa, aprende, pero no busques confrontaciones innecesarias por orgullo herido. Solo nos haría las cosas más difíciles"—.
Martín la miró, asimilando sus palabras. Tenía razón. Enfrentarse a cada prejuicio sería agotador e improductivo. Debían centrarse en su objetivo. Asintió lentamente, aunque la indignación no desapareció del todo. —"Entiendo. Tienes razón. Pero... no me gusta"—.
—"A mí tampoco"—, admitió Althaea con una leve sonrisa irónica. —"Ahora, vamos. Tenemos una ciudad subterránea por descubrir... y una posada que encontrar antes de que este aire pesado termine de aplastarnos"—.
Con ese breve intercambio, la tensión del momento se disipó un poco, reemplazada por la determinación compartida de navegar este nuevo y complejo entorno. Habían cruzado la puerta.
El túnel de entrada, iluminado por los cristales azulados incrustados en la roca lisa, descendía en una suave pendiente durante un trecho considerable. El aire se volvía progresivamente más cálido y húmedo, y el murmullo distante que habían percibido al entrar se intensificaba, convirtiéndose en un rugido sordo y constante, una mezcla de sonidos industriales y el eco de innumerables voces guturales hablando en Khazalid y, ocasionalmente, en un Varyan áspero. Finalmente, el túnel se abrió abruptamente a una caverna tan vasta que Martín se detuvo en seco, sobrecogido.
Había imaginado una ciudad subterránea como una red de túneles claustrofóbicos, pero esto era diferente. Se encontraban en el borde de una inmensa caverna natural, cuyo techo se perdía en la penumbra a una altura vertiginosa, salpicado por vetas de cristales luminosos de diversos tama?os y colores —azules, blancos, incluso algunos de un suave tono ambarino— que ba?aban el espacio con una luz constante y sin sombras duras, imitando un perpetuo atardecer subterráneo. El aire, aunque cargado de humedad y el olor a metal y piedra, circulaba gracias a enormes conductos de ventilación tallados en la roca, cuyo propósito Martín dedujo por la suave corriente que sentía.
La ciudad misma estaba construida en niveles que descendían por las paredes de la caverna y se extendían por su vasto suelo. No eran edificios exentos, sino estructuras excavadas directamente en la roca o construidas con bloques de piedra oscura perfectamente ensamblados. Columnas ciclópeas, talladas con patrones geométricos y runas ancestrales, sostenían balcones y plataformas superiores. Puentes robustos de piedra y metal cruzaban abismos profundos que se abrían en el suelo de la caverna, conectando diferentes distritos. Todo era monumental, sólido, construido para durar eones, una proeza de ingeniería que empeque?ecía cualquier cosa que Martín hubiera visto en la superficie. La arquitectura era funcional, austera en su mayor parte, pero la escala y la precisión del trabajo eran impresionantes.
Y en medio de esta arquitectura colosal, bullía la vida enana. Un torrente constante de figuras robustas y barbudas se movía por las amplias avenidas talladas, los puentes y las escaleras. No era el caos desorganizado de una multitud humana. Los Enanos se movían con un propósito claro, en grupos que parecían seguir rutas preestablecidas: cuadrillas de mineros con picos al hombro y cascos con lámparas de cristal, artesanos cubiertos de hollín dirigiéndose a las forjas cuyo resplandor rojizo se veía a lo lejos, mercaderes empujando carros cargados de lingotes de metal o gemas en bruto, guardias con armaduras pesadas patrullando con paso firme. Era una coreografía compleja y eficiente, el latido constante de una ciudad dedicada al trabajo y la producción. El ruido era ensordecedor: el clangor metálico de los martillos sobre los yunques, el chirrido de los carros mineros sobre raíles de hierro, el estruendo lejano de maquinaria desconocida, y el murmullo grave y persistente de miles de conversaciones en Khazalid.
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Martín estaba fascinado y abrumado a partes iguales. Su mente de ingeniero apreciaba la escala, la lógica estructural, la eficiencia del dise?o urbano subterráneo. Reconocía la complejidad de mantener una ciudad así bajo toneladas de roca. Era un logro tecnológico y organizativo asombroso. Pero al mismo tiempo, la ausencia total de cielo abierto, la luz artificial constante, el ruido incesante y la sensación física de estar encerrado en las entra?as de la monta?a comenzaban a pesarle, generando una incipiente claustrofobia.
Althaea, a su lado, reaccionó de manera muy diferente. Si Martín sentía una mezcla de asombro y opresión, ella parecía experimentar principalmente esto último. Sus ojos ámbar se movían nerviosamente, tratando de abarcar la inmensidad de la caverna, pero volviendo instintivamente a buscar una salida, un escape hacia el aire libre que no existía. Su postura era tensa, sus músculos contraídos, como un animal salvaje atrapado en una jaula de piedra y metal. El aire húmedo y pesado le dificultaba la respiración, acostumbrada al viento fresco de los bosques y las monta?as. El ruido constante la sobresaltaba, y la multitud compacta de Enanos, tan diferentes a su gente, le generaba una profunda incomodidad. Apretó discretamente el amuleto de lobo en su cuello, buscando la conexión familiar con el espíritu del bosque que aquí se sentía tan lejano, tan débil.
—"Esto es... increíble"—, murmuró Martín, más para sí mismo que para Althaea, maravillado por la visión de la ciudad enana desplegándose ante él.
Althaea solo pudo asentir, tragando saliva, sus sentidos de Hombre Bestia sobrecargados por el entorno antinatural. —"Demasiada... piedra"—, susurró ella, su voz apenas audible sobre el estruendo general. —"Demasiado... encerrado"—.
Se miraron por un instante, comprendiendo las reacciones opuestas pero igualmente intensas del otro ante la grandiosidad y la opresión de Karak Dhur. Habían llegado, pero adaptarse a la vida bajo la monta?a sería un desafío tan grande como el propio viaje para alcanzarla.
Tras unos momentos absorbiendo la abrumadora escala y el estruendo constante de la caverna principal, la necesidad práctica de encontrar un lugar donde descansar y orientarse se impuso. La idea de una posada, un concepto familiar en el mundo de Martín y aparentemente también en las aldeas de la superficie de este, parecía el primer paso lógico. Pero en medio de aquel torrente organizado de Enanos moviéndose con propósito, ?cómo encontrarla?
Martín respiró hondo, tratando de ignorar la leve sensación de opresión que le causaba el techo lejano pero omnipresente. Se enderezó, adoptando una postura que esperaba pareciera segura y respetuosa, y se acercó a un guardia enano que estaba apostado cerca de la entrada de un túnel lateral. El guardia, cuya barba gris estaba meticulosamente trenzada y adornada con anillos de metal, lo observó acercarse con una expresión impasible, su mano descansando sobre el pomo de un hacha corta que llevaba al cinto.
—"Disculpe, guardián"—, comenzó Martín, usando el Varyan más claro y formal que pudo. —"Somos viajeros recién llegados. ?Podría indicarnos dónde encontrar... alojamiento? ?Una posada?"—.
El guardia lo miró de arriba abajo, su mirada deteniéndose brevemente en Althaea, que permanecía un paso detrás de Martín, observando en silencio pero con los sentidos alerta. El enano soltó un gru?ido gutural.
—"?Posada?"—, repitió, el acento cerrado haciendo que la palabra sonara casi como una ofensa. —"Karak Dhur no es un mercado de la superficie para holgazanes. Aquí se trabaja"—. Hizo un gesto brusco con la cabeza hacia uno de los túneles principales de donde provenía el sonido de martillos. —"Si buscan trabajo, vayan a la Oficina del Gremio Minero, nivel tres, sector Gamma. Si buscan holgazanear..."— Entrecerró los ojos. —"...busquen la salida"—.
Martín parpadeó, sorprendido por la brusquedad. No había hostilidad abierta, pero sí una clara falta de cortesía y una suposición inmediata de que, como forasteros, eran inútiles o buscaban aprovecharse.
—"No buscamos holgazanear"—, replicó Martín, manteniendo la calma. —"Hemos viajado mucho. Solo necesitamos un lugar donde descansar esta noche, reponer fuerzas y quizás... comerciar ma?ana. ?Hay algún lugar para viajeros?"—.
El guardia suspiró, un sonido como el de piedras rozando. —"Nivel cuatro, cerca de las Forjas Exteriores. El 'Yunque Sediento'. No esperen lujos"—. Se?aló vagamente con el pulgar hacia un enorme arco tallado a lo lejos. —"Sigan el flujo principal, bajen dos niveles por la Gran Rampa, busquen las se?ales del Gremio de Comerciantes. Está por esa zona. Ahora, circulen. Tengo trabajo que hacer"—. Y sin más, le dio la espalda, volviendo a su postura vigilante.
Martín y Althaea intercambiaron una mirada. La interacción había sido... directa. Informativa, sí, pero desprovista de cualquier calidez.
—"Bueno"—, murmuró Martín. —"Al menos tenemos una dirección"—.
Comenzaron a caminar, intentando integrarse en el flujo constante de Enanos. Era como nadar contra una corriente decidida. Los Enanos caminaban rápido, con paso firme, absortos en sus propios asuntos, y rara vez desviaban la mirada hacia los dos forasteros. Si lo hacían, era con una curiosidad fugaz o una leve expresión de desconfianza, especialmente hacia Althaea, cuya figura alta y de rasgos bestiales destacaba notablemente entre los robustos y barbudos habitantes. Ella, a su vez, mantenía la cabeza alta, ignorando las miradas, pero Martín notó cómo sus hombros estaban tensos y su mano nunca se alejaba demasiado de la empu?adura de su lanza. La sensación de encierro y el ruido constante parecían afectarla visiblemente.
Mientras descendían por la Gran Rampa —una impresionante obra de ingeniería, una ancha calzada en espiral tallada en la roca que conectaba los diferentes niveles de la ciudad—, pasaron junto a talleres abiertos donde el calor de las forjas era casi sofocante y el sonido de los martillos ensordecedor. Vieron a herreros trabajando el metal con una habilidad asombrosa, a joyeros engastando gemas brillantes en intrincados dise?os, a ingenieros ajustando mecanismos complejos de engranajes y vapor mágico.
Martín se detuvo un instante frente a una tienda que exhibía extra?os artefactos: esferas de cristal que giraban solas, peque?as figuras metálicas que se movían con precisión mecánica, herramientas con runas brillantes grabadas. Era Magitek, pero de un nivel de sofisticación que nunca había visto. Sacó discretamente el disco, y este vibró suavemente, mostrando complejas redes de código azul y dorado emanando de los objetos.
Un mercader enano, corpulento y con una barba rojiza trenzada que le llegaba casi a la cintura, lo observó con ojos astutos.
—"?Interesado en las maravillas de la ingeniería gnómica, forastero?"—, preguntó en Varyan, con el mismo acento cerrado pero con un tono ligeramente más comercial. —"Lo mejor de dos mundos. Precisión gnoma, durabilidad enana"—.
—"Es... fascinante"—, respondió Martín, se?alando una esfera que proyectaba un peque?o mapa estelar tridimensional. —?"Cómo... funciona?"—.
El mercader soltó una carcajada. —"?Ah! ?Secreto del Gremio, muchacho! Si te lo dijera, tendría que cobrarte el doble"—. Le gui?ó un ojo. —"Pero si tienes buen oro, o quizás alguna gema rara de la superficie, podemos hablar"—.
Martín sintió la barrera de nuevo. No era solo desconfianza, sino también un secretismo inherente, una protección celosa de su conocimiento y su trabajo. Comprendió que obtener información aquí, especialmente sobre temas sensibles como la magia antigua o artefactos como su disco, requeriría mucho más que simple curiosidad. Necesitaría paciencia, diplomacia y, probablemente, algo valioso que ofrecer a cambio. La cultura enana, eficiente y trabajadora, también parecía pragmática y, en cierto modo, mercantil.
Continuaron su camino, dejando atrás la tienda de maravillas tecnológicas. La interacción, aunque breve, le había ense?ado a Martín otra lección: en Karak Dhur, el conocimiento tenía un precio, y la confianza era una moneda aún más difícil de conseguir que el oro. La adaptación a este mundo subterráneo no sería solo física o sensorial, sino profundamente cultural.
Siguieron las indicaciones del guardia y las se?ales ocasionales del Gremio de Comerciantes, descendiendo por la Gran Rampa hasta el nivel cuatro. El aire aquí era aún más cálido y denso, cargado con el humo metálico y el calor que emanaba de las numerosas forjas que salpicaban este distrito. El ruido era una cacofonía constante: el golpe rítmico de los martillos, el rugido de los hornos, el siseo del metal enfriándose en agua, y el coro persistente de voces enanas regateando precios o dando órdenes. Era un distrito claramente industrial y comercial, vibrante de actividad pero carente de cualquier delicadeza superficial.
Althaea se sentía cada vez más incómoda. El calor, el ruido y la multitud compacta eran la antítesis de la tranquilidad espaciosa del bosque. Su respiración era un poco más superficial, y sus ojos ámbar se movían constantemente, buscando una salida o un espacio abierto que no existía. Martín notó su malestar y le puso una mano brevemente en el hombro, un gesto silencioso de apoyo que ella agradeció con un casi imperceptible asentimiento. él también sentía la opresión del lugar, pero la maravilla tecnológica y la pura escala de la ciudad aún mantenían a raya su propia claustrofobia.
Finalmente, tras preguntar a un par de enanos más (recibiendo respuestas igualmente bruscas pero eficientes), encontraron una se?al toscamente tallada en la roca sobre una puerta baja y robusta: un yunque con una jarra de cerveza grabada encima. Era "El Yunque Sediento". El nombre no prometía lujos, tal como había advertido el guardia.
Empujaron la pesada puerta de madera reforzada con hierro y entraron. El interior era oscuro, iluminado por lámparas de aceite que colgaban del techo bajo y por el resplandor anaranjado de una gran chimenea de piedra en un extremo. El aire olía a cerveza rancia, a sudor, a carne asada y a humo. Varias mesas robustas de madera estaban ocupadas por enanos mineros y herreros, vestidos con ropas de trabajo manchadas de hollín, que bebían jarras de espumosa cerveza oscura y hablaban en voz alta en Khazalid, sus risas graves retumbando en el espacio cerrado. El suelo era de piedra irregular, y las paredes estaban desnudas, salvo por algunas herramientas de minería colgadas como decoración y muchas, muchas muescas y marcas dejadas por a?os de uso rudo.
La conversación se interrumpió brevemente cuando Martín y Althaea entraron. Todas las miradas se volvieron hacia ellos. Hubo murmullos, algunas miradas abiertamente hostiles, otras simplemente curiosas ante la presencia de un humano y, sobre todo, de una Hombre Bestia en aquel establecimiento claramente enano. El posadero, un enano excepcionalmente corpulento con una barba negra como el carbón atada con múltiples anillos de hierro y un delantal de cuero manchado, los observó desde detrás de una barra maciza, secando una jarra con un pa?o dudoso.
Martín se acercó a la barra, intentando proyectar una confianza que no sentía del todo. Althaea se quedó un poco más atrás, cerca de la puerta, su postura alerta pero no agresiva.
—"Buscamos... alojamiento"—, dijo Martín, dirigiéndose al posadero, su Varyan claro sobre el murmullo general. —"Para esta noche. Quizás algunas más"—.
El posadero dejó la jarra con un golpe sordo sobre la barra y los estudió con sus ojos peque?os y penetrantes. Entrecerró los ojos al ver a Althaea.
—"?Una shatra?"—, gru?ó, usando la misma palabra despectiva que el guardia, aunque su tono era más de sorpresa ruda que de hostilidad directa. —"No suelen bajar tanto. ?Se perdió?"—.
—"Está conmigo"—, intervino Martín con firmeza, antes de que Althaea pudiera reaccionar. —"Somos compa?eros de viaje. Necesitamos dos habitaciones, si es posible. O una grande"—.
El posadero soltó una carcajada, un sonido áspero como grava. —"?Habitaciones? ?Esto es el Yunque Sediento, no el Palacio del Rey Bajo la Monta?a! Tenemos catres en la sala común de arriba. Y un par de nichos privados si pagas extra. Son peque?os. Apenas cabrá tu amiga la del bosque"—. Miró a Althaea de nuevo, esta vez con una chispa de curiosidad en lugar de desprecio. —?"Sabe usar un hacha? Podría necesitar ayuda en la cocina de la le?a"—.
Althaea le sostuvo la mirada, impasible. —"Sé usar una lanza mucho mejor que tú un cucharón, posadero"—, replicó ella, su Varyan firme y claro, sorprendiendo al enano y a varios clientes cercanos que entendieron.
El posadero parpadeó, luego soltó otra carcajada, más genuina esta vez. —"?Tiene carácter la shatra! Me gusta. Está bien, forasteros. Tengo un nicho libre. Es doble, apenas. Suficiente para dos que no ocupen mucho espacio"—. Su mirada recorrió a Althaea de nuevo, como calculando su tama?o. —"Pago por adelantado. Tres piezas de plata por noche. O el equivalente en gemas o metal trabajado. Y nada de problemas"—. A?adió, su tono volviéndose serio. —"Mis clientes son gente trabajadora. No les gustan los líos de la superficie"—.
Martín asintió. No tenía plata, pero recordó la daga que el guardia había aceptado. Sacó el cuchillo de caza que le dio Gorak, el de acero enano. —"?Esto cubriría... digamos, dos noches?"—.
El posadero tomó el cuchillo, sus ojos brillando con interés al reconocer la calidad del acero y la marca del clan de Gorak. Lo sopesó, admiró el filo. —"Acero de Oakhaven... o al menos, estilo Bestia"—, murmuró. —"Robusto. Bien equilibrado. Sí, esto cubre dos noches. Y una jarra de cerveza para cada uno por las molestias"—. Le devolvió el cuchillo a Martín. —"El nicho tres, al fondo del pasillo de arriba. Y que no oiga quejas"—.
Con la llave de metal pesado en la mano (una simple barra con muescas), Martín y Althaea subieron por una escalera de piedra empinada y estrecha. El "nicho" era, tal como había advertido el posadero, peque?o. Apenas una alcoba excavada en la roca, con dos catres bajos cubiertos de mantas ásperas, una peque?a mesa y una lámpara de aceite humeante. No había ventana, por supuesto, y el aire era denso y olía a piedra fría y a la cerveza de abajo. Pero era privado, y era un lugar donde podían dejar sus cosas y descansar.
Martín dejó caer su mochila en el suelo con un suspiro de alivio. Althaea entró detrás de él, mirando alrededor con una expresión que mezclaba el cansancio y una leve claustrofobia.
—"Bueno"—, dijo Martín, intentando sonar optimista. —"No es el palacio del rey, pero es un techo... o una bóveda de roca"—.
Althaea asintió, sentándose en uno de los catres, que crujió bajo su peso. —"Servirá"—, dijo. —"Necesitamos descansar. Ma?ana... ma?ana empezaremos a buscar esas respuestas que vinimos a encontrar"—.
Cerraron la pesada puerta de madera del nicho, amortiguando un poco el ruido constante de la posada y la ciudad más allá. Por fin, tras el largo viaje y la abrumadora llegada, tenían un peque?o espacio propio en el corazón de la monta?a, un precario punto de apoyo desde el cual comenzar a explorar los secretos de Karak Dhur. El descanso era necesario, pero ambos sabían que adaptarse a esta ciudad subterránea y encontrar la información que buscaban sería un desafío de una magnitud completamente nueva.
Pero algo más late en la piedra. Las runas murmuran. Y el disco empieza a brillar como si supiera algo que ellos no.
Se vienen secretos, y no todos están grabados en bronce.

