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Capítulo 40 - El Camino a las Montañas de Thrag

  El suave murmullo del río que había sido la banda sonora constante de sus últimos días en la aldea de Talia se fue apagando gradualmente a sus espaldas. Con cada jornada de marcha hacia el oeste, siguiendo las indicaciones del mapa de cuero y la brújula instintiva de Althaea, el paisaje sufría una metamorfosis lenta pero inexorable. Las colinas verdes y ondulantes, cubiertas de hierba alta y flores silvestres, comenzaron a ganar altura, sus laderas volviéndose más empinadas y sus cimas más afiladas. Los fértiles valles fluviales se estrecharon, dando paso a quebradas profundas por donde corrían arroyos más rápidos y fríos, cuyas aguas cantaban sobre lechos de piedra en lugar de arena.

  La tierra misma parecía cambiar de carácter. El suelo oscuro y rico de los valles fue reemplazado por una tierra más pálida y pedregosa. Afloramientos de roca gris y veteada interrumpían la cobertura vegetal, como los huesos de la monta?a asomando a través de la piel de la tierra. Los árboles también cambiaron. Los robles robustos y los sauces llorones dejaron paso a pinos tenaces de agujas oscuras, abetos que apuntaban al cielo como lanzas y arbustos espinososos de hojas peque?as y coriáceas, adaptados a un clima más severo y a un suelo menos generoso. El aire perdió la humedad dulce del valle, volviéndose más seco, más cortante, especialmente cuando el sol comenzaba a descender y las sombras de las monta?as se alargaban sobre el terreno.

  Para Martín, este cambio era palpable no solo en la vista, sino en todos sus sentidos. El aroma a heno y tierra labrada fue sustituido por el olor limpio y penetrante de la resina de pino y la piedra húmeda. El aire fresco llevaba ahora un filo que le recordaba que estaban ganando altitud, un preludio del frío más intenso que seguramente encontrarían más adelante. Las noches, en particular, se volvieron notablemente más frías. La calidez de la hoguera era más que un consuelo; era una necesidad vital contra el frío que descendía de las alturas rocosas tan pronto como el sol desaparecía.

  La rutina del viaje tuvo que adaptarse a este nuevo entorno. Ya no podían depender de encontrar fácilmente claros herbosos para acampar. Ahora, la búsqueda de refugio nocturno se centraba en encontrar cuevas poco profundas, salientes rocosos que ofrecieran protección contra el viento o, en su defecto, grupos densos de árboles cuyas ramas más bajas pudieran servir de improvisado techo. Martín aprendió de Althaea a examinar cuidadosamente estas posibles guaridas, buscando signos de ocupación reciente por animales salvajes —desde el olor almizclado de un oso de monta?a hasta los excrementos secos de murciélagos—.

  Encontrar agua fresca también requería más esfuerzo. Ya no bastaba con seguir el curso evidente de un río principal. Tenían que aguzar el oído para detectar el murmullo distante de un arroyo escondido en una grieta, buscar manchas de vegetación más verde que indicaran humedad subterránea, o seguir rastros de animales que invariablemente los llevarían a alguna fuente de agua. Martín descubrió que el disco de metal era particularmente útil en esta tarea; a veces, vibraba suavemente o emitía un levísimo zumbido cuando estaban cerca de agua oculta, una se?al que Althaea aprendió a interpretar y confiar.

  La caza también cambió. Los conejos y las aves de los valles eran menos comunes aquí. Althaea ahora rastreaba presas más esquivas y adaptadas a la monta?a: ágiles íbices que saltaban de roca en roca con una seguridad pasmosa, marmotas robustas que se escondían en madrigueras entre las piedras, o perdices de monta?a cuyo plumaje las camuflaba perfectamente con el entorno. Requería más paciencia, más sigilo, y a menudo regresaba al campamento con las manos vacías, obligándolos a depender de las provisiones secas que llevaban. Martín intentaba complementar la dieta con raíces y bayas de monta?a que Althaea le ense?aba a identificar, aunque eran más escasas y a menudo más amargas que las del valle.

  A pesar de las nuevas dificultades, Martín se encontraba adaptándose. Su cuerpo, fortalecido por el entrenamiento en Oakhaven y las semanas de viaje constante, respondía mejor al terreno exigente. Sus músculos ya no protestaban tanto al final del día, y su respiración se ajustaba más rápidamente al aire más fino. La torpeza inicial al moverse por el bosque había sido reemplazada por una mayor conciencia de su entorno, una capacidad aprendida para elegir dónde pisar, cómo equilibrarse en una pendiente, cómo leer las se?ales sutiles del viento y la roca. El paisaje rocoso y austero, aunque menos acogedor que el valle, tenía su propia belleza majestuosa y salvaje, una belleza que comenzaba a apreciar. El adiós a los valles fértiles era definitivo; habían entrado en el umbral del dominio de la piedra y la altitud, el preludio a las legendarias Monta?as de Thrag.

  El terreno ascendente y rocoso imponía una nueva dinámica a su viaje. La facilidad relativa de los senderos del valle había desaparecido, reemplazada por la necesidad constante de atención y esfuerzo físico. Aquí, en las estribaciones de las monta?as, la experiencia y el instinto de Althaea brillaban con una luz particular, mientras que la perspectiva analítica de Martín encontraba nuevos desafíos y aplicaciones.

  Althaea se movía por las pendientes rocosas con una seguridad que rozaba lo sobrenatural. Sus pies encontraban agarres invisibles, su equilibrio era perfecto incluso sobre cornisas estrechas azotadas por el viento. Para ella, la monta?a no era un obstáculo, sino un lenguaje que sabía leer. Con gestos concisos o palabras cortas en Varyan, le ense?aba a Martín los fundamentos de la supervivencia en altitud.

  —"Mira la roca"—, le indicaba, se?alando una pared que necesitaban escalar. —"El color. Si es más oscuro, más húmedo... puede resbalar. Busca la piedra seca, la que tiene textura"—. Le mostró cómo probar un agarre antes de confiarle todo su peso, cómo usar las peque?as grietas y salientes para pies y manos, cómo mover el cuerpo manteniendo tres puntos de apoyo siempre que fuera posible.

  Martín, aunque lejos de la agilidad innata de Althaea, aprendía rápido. Su mente analítica descomponía los movimientos, buscando la física detrás del equilibrio, la distribución óptima del peso. Donde Althaea se movía por instinto, él lo hacía por cálculo, más lento, más deliberado, pero cada vez con mayor seguridad. El miedo inicial a las alturas fue cediendo paso a una concentración intensa y a la satisfacción de superar cada tramo difícil.

  También aprendió a leer las se?ales de peligro que Althaea le se?alaba: la acumulación inestable de rocas sueltas en una ladera que indicaba riesgo de desprendimiento, las marcas de garras en un tronco que delataban el paso reciente de un depredador de monta?a, o los cambios sutiles en el viento que podían presagiar una tormenta repentina en las cumbres.

  Por su parte, Martín encontró nuevas formas de aplicar su habilidad única. Mientras que la densa energía vital del bosque a veces lo abrumaba, la estructura más austera de la monta?a le permitía enfocar su visión del código con mayor precisión. Usaba el disco de metal para sondear las paredes de roca en busca de cuevas ocultas que pudieran servir de refugio seguro, siguiendo los tenues hilos de energía que indicaban una cavidad o un flujo de aire diferente.

  En una ocasión, mientras buscaban agua, Althaea estaba a punto de desistir tras seguir un cauce seco. Martín sacó el disco y escaneó la zona. —"Espera"—, dijo. —"Aquí... debajo. Siento... o veo... un flujo. Débil, pero constante"—. Se?aló un punto cubierto de rocas y tierra seca. Tras cavar un poco siguiendo su indicación, encontraron un peque?o manantial subterráneo, suficiente para llenar sus odres. Althaea lo miró con renovado respeto. —"Tu 'visión de código'... útil también en la piedra"—, admitió.

  Las noches alrededor de la hoguera se volvieron el espacio natural para conversaciones más profundas. La barrera del idioma se había erosionado significativamente. Podían hablar de temas más complejos, compartir pensamientos y temores con mayor facilidad.

  —"?Cómo son... los Enanos?"—, preguntó Martín una noche, mientras observaba las estrellas brillantes en el cielo limpio de monta?a. —"En mi mundo, tenemos historias sobre ellos. Peque?os, barbudos, malhumorados... amantes del oro y la cerveza"—.

  Althaea soltó una risa suave. —"Algunas cosas son ciertas. Son... robustos, sí. Y aman sus barbas"—. Su expresión se volvió más seria. —"Pero no son peque?os de espíritu. Son increíblemente resistentes, trabajadores incansables. Maestros de la forja y la piedra. Construyeron Karak Dhur en el corazón de la monta?a, una ciudad que ha resistido milenios"—. Hizo una pausa. —"Son orgullosos, mucho. Y desconfían de los forasteros, especialmente de aquellos que vienen de la superficie. Creen que el mundo exterior es débil, cambiante. Solo confían en la solidez de la roca y en la fuerza de sus propias tradiciones"—.

  —"?Crees que nos dejarán entrar? ?Un humano y una Hombre Bestia?"—, inquirió Martín, sintiendo una punzada de duda.

  —"No será fácil"—, admitió Althaea. —"Tendremos que demostrar que no somos una amenaza, que no buscamos robar sus secretos ni sus tesoros. Deberemos mostrar respeto por sus costumbres y, quizás... ofrecer algo a cambio. Tu habilidad con ese disco... podría ser la llave. O podría ser vista como una magia extra?a y peligrosa. Dependerá de a quién encontremos primero"—.

  Hablaban también de sus propios mundos. Martín intentaba describir la inmensidad de sus ciudades, la complejidad de su tecnología, la sensación de estar conectado a millones de personas a través de redes invisibles. Althaea escuchaba con fascinación, aunque muchos conceptos seguían siendo abstractos para ella. A cambio, ella le hablaba de los espíritus del bosque, de la sabiduría de los chamanes, de la danza de la caza, de la profunda conexión que sentía con cada árbol y cada criatura de su hogar.

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  Descubrieron que, a pesar de sus orígenes radicalmente diferentes, compartían valores fundamentales: la lealtad, la importancia de la comunidad (aunque la definieran de maneras distintas), el respeto por el conocimiento y la habilidad, y una profunda aversión por la destrucción innecesaria. El viaje por las monta?as, con sus desafíos compartidos y sus tranquilas conversaciones nocturnas, estaba forjando su vínculo de una manera nueva, más profunda. Ya no eran solo el humano perdido y la guía reacia; eran dos individuos aprendiendo a navegar no solo un mundo extra?o, sino también las complejidades de sus propias diferencias y similitudes, construyendo un puente de confianza y entendimiento mutuo sobre el abismo que separaba sus realidades.

  Llevaban varios días ascendiendo por un sendero escarpado que serpenteaba entre picos rocosos y desfiladeros profundos. El aire era notablemente más frío, y el viento soplaba con una fuerza constante, silbando entre las grietas de las rocas y levantando peque?os remolinos de polvo y nieve vieja acumulada en las sombras. El paisaje era imponente, majestuoso en su desolación, pero también opresivo. Las paredes de roca gris se alzaban a ambos lados, limitando la visión y creando una sensación de encierro a pesar de la vastedad del cielo sobre ellos.

  Estaban atravesando un paso estrecho, conocido en el mapa de los ancianos simplemente como "El Nido del Viento", un lugar notorio por sus corrientes de aire impredecibles y por ser territorio de caza de los grandes depredadores alados de las monta?as. Althaea avanzaba con cautela redoblada, sus ojos ámbar escrutando constantemente las cornisas y los cielos, su oído atento al menor cambio en el silbido del viento. Martín la seguía de cerca, sintiendo la tensión en el aire, sus propios sentidos aguzados por la advertencia implícita en la concentración de su compa?era.

  De repente, un sonido agudo y penetrante rompió el silbido del viento. Un chillido que helaba la sangre, eco de un ave de presa, pero magnificado, más profundo, más amenazante.

  —"?Grifo!"—, exclamó Althaea, deteniéndose en seco y empujando a Martín contra la pared de roca más cercana, buscando el cobijo de un saliente. —"?Rápido, abajo!"—.

  Martín levantó la vista instintivamente. Recortado contra el cielo azul pálido, una figura majestuosa y aterradora describía círculos lentos sobre ellos. Era un Grifo de las Monta?as, enorme, sus poderosas alas de plumas pardas y grises batiendo el aire con fuerza, su cuerpo leonino tenso y musculoso, y su cabeza de águila girando de un lado a otro, sus ojos penetrantes barriendo el desfiladero en busca de presas. Su pico curvado brillaba a la luz del sol, y sus garras traseras parecían capaces de aferrarse a la roca más lisa.

  —"?Nos ha visto?"—, susurró Martín, el corazón latiéndole con fuerza contra las costillas.

  —"No lo sé"—, respondió Althaea en voz baja, sin apartar la vista del depredador aéreo. —"Pero estamos en su territorio de caza. No le gustará nuestra presencia. No te muevas. Quizás solo esté patrullando"—.

  Permanecieron inmóviles, pegados a la roca, mientras el Grifo continuaba sus círculos, descendiendo ligeramente con cada vuelta, su aguda vista sin duda registrando sus figuras inmóviles abajo. El viento levantado por el batir de sus alas les azotaba la cara. Martín podía sentir la vibración del aire, la sensación de poder puro que emanaba de la criatura.

  El Grifo emitió otro chillido, más cercano esta vez, un sonido que resonó entre las paredes del desfiladero. No parecía un ataque inminente, sino más bien una advertencia territorial, un "largo de aquí".

  —"Quiere que nos vayamos"—, interpretó Althaea. —"Debemos retroceder. Lenta y calmadamente. Sin movimientos bruscos. No le muestres miedo, pero tampoco desafío"—.

  Comenzaron a moverse hacia atrás, paso a paso, sin dar la espalda por completo a la criatura, manteniendo siempre un ojo en el cielo. El Grifo los siguió con la mirada, manteniendo su altitud, observando cada uno de sus movimientos. La tensión era casi insoportable. Un movimiento en falso, una se?al de debilidad o de agresión, y sabían que el depredador se lanzaría sobre ellos.

  Mientras retrocedían, Martín activó discretamente su visión del código, enfocándose en el Grifo. Vio una red compleja de energía alrededor de la criatura, principalmente verde (vitalidad) y azul pálido (afinidad con el aire), pero con destellos dorados que indicaban una inteligencia y una nobleza inesperadas. No vio el código caótico de una bestia puramente instintiva, sino algo más estructurado, más... consciente. No es solo un animal, pensó con asombro. Es... algo más.

  Llegaron a un punto donde el desfiladero se ensanchaba ligeramente, ofreciendo una ruta alternativa, una peque?a grieta lateral que parecía descender hacia una zona más protegida.

  —"Por aquí"—, susurró Althaea, se?alando la grieta. —"Rápido, pero sin correr"—.

  Se deslizaron por la estrecha abertura justo cuando el Grifo, quizás satisfecho con haberlos alejado de su zona de caza principal, lanzó un último chillido resonante y comenzó a ascender de nuevo, perdiéndose entre las nubes que comenzaban a reunirse alrededor de los picos más altos.

  Una vez a salvo en la relativa seguridad de la grieta, ambos se apoyaron contra las rocas frías, recuperando el aliento. El encuentro había sido breve, sin combate directo, pero la tensión los había dejado exhaustos.

  —"Eso estuvo... cerca"—, jadeó Martín.

  Althaea asintió, su rostro aún serio. —"Los Grifos de las Monta?as son guardianes orgullosos. Protegen sus nidos y sus territorios con fiereza. Tuvimos suerte de que solo quisiera advertirnos"—. Miró hacia el cielo, ahora vacío. —"Debemos ser más cuidadosos al elegir nuestra ruta. Este encuentro nos recuerda que no somos bienvenidos en todas partes"—.

  El incidente sirvió como un recordatorio contundente de los peligros inherentes a su viaje y de la necesidad de una vigilancia constante. También reforzó su dependencia mutua; la experiencia de Althaea y la percepción única de Martín se habían combinado para sortear una amenaza potencialmente mortal. El camino hacia Karak Dhur no sería un simple paseo por la monta?a.

  El encuentro con el Grifo, aunque breve y sin derramamiento de sangre, dejó una marca en el ánimo de ambos viajeros. La majestuosidad y el peligro latente de la criatura eran un recordatorio palpable de que se adentraban en tierras verdaderamente salvajes, donde fuerzas antiguas y poderosas aún reinaban. Decidieron seguir la ruta alternativa que la grieta les había ofrecido, descendiendo por un sendero más protegido y menos expuesto, aunque probablemente más largo. El incidente los obligó a ser aún más cautelosos, a agudizar sus sentidos y a moverse con un sigilo renovado.

  Pasaron dos días más atravesando un laberinto de valles rocosos más peque?os y pasos de monta?a menos elevados, siguiendo las indicaciones generales del mapa y la intuición de Althaea. El terreno seguía siendo exigente, pero la amenaza aérea inmediata había disminuido. Fue durante la tarde del segundo día tras el encuentro con el Grifo cuando comenzaron a notar los cambios, se?ales sutiles pero inconfundibles de que se acercaban a una zona de influencia diferente.

  Primero, fue el propio sendero. Lo que antes eran apenas rastros de animales o caminos erosionados por el tiempo, ahora se convertía en un camino más definido, con piedras sueltas apartadas a los lados y algunos tramos donde la roca madre había sido claramente nivelada o tallada para facilitar el paso. No era una calzada humana, ni un sendero natural del bosque; tenía la marca de una ingeniería práctica y duradera.

  Luego, Martín divisó algo en la distancia, en la ladera de una monta?a cercana. Al principio pensó que era una formación rocosa natural, pero al entrecerrar los ojos y concentrarse, distinguió líneas rectas, ángulos precisos. —"Althaea, mira"—, dijo en voz baja, se?alando.

  Althaea siguió su dedo. Sus ojos ámbar, mucho más agudos, confirmaron la sospecha de Martín. —"Una atalaya"—, murmuró. —"Antigua. Abandonada, parece. Construcción enana, sin duda"—. La estructura de piedra gris se mimetizaba con la monta?a, pero su forma cuadrada y sus estrechas aspilleras eran inconfundibles. Era un vestigio de una época en que los Enanos vigilaban estas estribaciones con mayor celo. Verla allí, silenciosa y erosionada por el viento, era como encontrar una reliquia de una historia profunda y oculta.

  A medida que avanzaban, encontraron más se?ales. Un mojón de piedra toscamente tallado con una runa casi borrada por el tiempo, que Althaea reconoció como una antigua marca de clan enano. Más adelante, los restos oxidados de herramientas de minería abandonadas junto a la entrada de una peque?a cueva, testimonio de una prospección olvidada. El aire también comenzó a cambiar sutilmente. A veces, cuando el viento soplaba desde la dirección correcta, Martín creía percibir un olor muy débil, casi imperceptible, a carbón y metal caliente, un eco lejano de las forjas subterráneas. Y en una ocasión, ambos escucharon, o creyeron escuchar, un retumbar profundo y distante, como el de un martillo gigantesco golpeando un yunque en las entra?as de la tierra.

  La anticipación comenzó a crecer en ellos, una mezcla de emoción y aprensión. Estaban cerca. El territorio de los Enanos, el umbral de Karak Dhur, ya no era solo un nombre en un mapa o una leyenda susurrada; era una presencia tangible que comenzaba a manifestarse en el paisaje.

  Finalmente, al coronar un último paso rocoso al atardecer, la vista que se abrió ante ellos los dejó sin aliento. Frente a ellos, dominando el horizonte occidental, se alzaba la imponente cadena principal de las Monta?as de Thrag. Eran colosales, mucho más altas y masivas que las estribaciones que habían estado atravesando. Sus picos nevados perforaban las nubes, brillando con los últimos rayos del sol poniente en tonos anaranjados y rosados. Las laderas, de un gris azulado y profundo, caían abruptamente hacia valles sombríos y ca?ones insondables. La escala era abrumadora, empeque?eciendo todo a su alrededor.

  No se veía ninguna ciudad, ninguna puerta evidente. Karak Dhur, sabían, estaba oculta en algún lugar dentro de esa masa ciclópea de piedra y hielo. Pero la visión de las monta?as era suficiente. Era la meta de esta etapa del viaje, el faro que habían estado buscando.

  —"Las Monta?as de Thrag"—, susurró Althaea, con un respeto reverencial en su voz. Incluso para ella, acostumbrada a la majestuosidad del bosque, la visión era sobrecogedora.

  Martín asintió, sin palabras. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda, no de frío, sino de pura emoción. Allí, en algún lugar de esas profundidades impenetrables, se encontraba la ciudad enana, el repositorio de conocimiento antiguo, y quizás, solo quizás, algunas de las respuestas que tan desesperadamente buscaba. El encuentro con el Grifo, los desafíos del camino, todo parecía palidecer ante la magnitud de lo que tenían delante. Habían llegado al umbral de un mundo nuevo, un mundo subterráneo y secreto, y la verdadera prueba apenas comenzaba. La anticipación se mezclaba con un temor renovado. ?Cómo serían recibidos? ?Qué encontrarían en las entra?as de la monta?a? El sol se ocultó definitivamente tras los picos lejanos, sumiendo el paisaje en la profunda sombra de las monta?as, y dejando a Martín y Althaea solos con sus pensamientos y la inminente promesa de Karak Dhur.

  Este capítulo marca la entrada a un mundo que no pide permiso, y que no perdona a los que llegan sin respeto.

  ?Karak Dhur? Ya se siente en el aire.

  Falta poco. Muy poco.

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