Aquí veo una función básica llamada 'distribuir_energia', pensó Martín, que toma la energía y la distribuye al árbol y a un radio peque?o a su alrededor. Si modifico un poco el radio, podría redirigir parte de esa energía.
Cerró los ojos por un instante, enfocando su mente en el flujo de energía. Con cuidado, extendió su mano hacia el árbol y, utilizando su conocimiento del código, comenzó a modificarlo. Era como si estuviera reescribiendo líneas de código en un programa, cambiando parámetros y a?adiendo nuevas instrucciones.
// Código original del árbol
función: distribuir_energia(
fuente: manantial,
destino: {
tipo: arbol,
radio: 5
}
)
// Modificación de Martín
función: distribuir_energia(
fuente: manantial,
destino: {
tipo: arbol,
radio: 4 // Reducido para concentrar energía
},
adicional: {
tipo: tierra,
radio: 1,
intensidad: 0.2 // Nueva distribución a la tierra circundante
}
)
Mientras manipulaba el código, una sensación de calidez se extendió por el claro. El aire se llenó con un aroma a tierra húmeda y hierba fresca. De pronto, un peque?o brote verde emergió del suelo junto al árbol. Luego otro, y otro más. En cuestión de minutos, el claro se llenó de peque?as plantas que crecían a un ritmo acelerado.
En ese momento, Martín, exhausto, sintió como su cabeza daba vueltas, producto del cansancio. Una visión fugaz asaltó su mente. Se vio a sí mismo de pie en un claro, rodeado de cadáveres. No podía distinguir sus rostros, pero la sensación de pérdida y desolación era abrumadora. La escena era una amalgama de cuerpos inertes, sin vida, y él estaba en el centro, como si fuera el causante de tal horror. ?Qué significa esto?, se preguntó, con un escalofrío. ?Es un recuerdo? ?Una premonición? La imagen era borrosa, pero podía distinguir una figura encapuchada entre los cuerpos, con una mirada fría y una sonrisa cruel. ?Quién es esa figura?, se preguntó Martín. ?Y por qué me siento responsable de esta masacre?
Los aldeanos observaron el espectáculo con asombro. Los más jóvenes, como Renn, Kael y Lyra, miraban a Martín con fascinación y un atisbo de respeto. Algunos adultos, como Arven y Maedra, intercambiaban miradas de sorpresa, reconociendo que el forastero tenía un poder que no comprendían, pero que había sido utilizado para el bien. Sin embargo, otros, como Kaern y Lhawra, observaban con recelo, con una mezcla de miedo a lo desconocido y la persistente desconfianza hacia un extra?o.
Martín, sintiendo las miradas sobre él, se dejó caer al suelo. Había logrado canalizar la energía del árbol y redirigirla hacia la tierra, creando un peque?o oasis de vida en el claro. Podía sentir la conexión entre el árbol y la tierra, como si fueran parte de un mismo sistema, un sistema que él había aprendido a manipular.
Althaea se acercó a él y le sonrió. "Lo has hecho", dijo en Varyan, con admiración en su voz. "Has demostrado tu valía, humano."
A lo lejos, Torvin observaba la escena con el ce?o fruncido. Había visto a Martín manipular la energía del árbol y, aunque el resultado era innegablemente positivo, la desconfianza en su corazón crecía. Demasiado poder en manos de un forastero, pensó. No es natural. Recordó el rostro de su madre, su último aliento, y un escalofrío recorrió su espalda.
En ese momento, Torvin se abrió paso entre la multitud, con el rostro ensombrecido por la ira. Se detuvo frente a Martín, mirándolo con desprecio.
"?Qué has hecho, humano?", espetó Torvin, con voz cargada de furia. "?Crees que puedes venir aquí y manipular la energía de nuestro árbol sagrado? ?Has profanado este lugar!"
Martín se levantó, enfrentando la mirada acusadora de Torvin. "Solo quería ayudar", dijo con firmeza. "Vi una forma de redirigir la energía para el bien de la aldea."
"?Tu ayuda no es necesaria!", rugió Torvin. "Los humano siempre buscando controlar, manipular. ?No eres diferente a los que atacaron nuestra aldea hace a?os, los que mataron a mi familia!"
Un recuerdo, vívido y doloroso, inundó la mente de Torvin. Vio el humo, sintió el calor de las llamas, escuchó los gritos. Vio a su madre, una guerrera fuerte, caer bajo las flechas enemigas mientras intentaba protegerlo. La imagen de sus ojos cerrándose, su último aliento… el odio se encendió en su interior como una llama inextinguible. Nunca más, se prometió. No permitiré que otro humano da?e a mi gente.
Un silencio tenso se apoderó del claro. Los aldeanos observaban la escena, divididos entre la gratitud por la acción de Martín y el miedo a las palabras de Torvin.
Arven y Maedra, que habían visto la utilidad de la magia de Martín, intercambiaron una mirada preocupada. Los jóvenes, como Renn, Kael y Lyra, se acercaron instintivamente a Althaea, buscando su protección. Kaern y Lhawra, por otro lado, asintieron con la cabeza, aprobando las palabras de Torvin.
Althaea intervino, colocándose entre ambos. "Torvin, basta. Martín actuó con buenas intenciones. Ha salvado nuestro claro."
"?Y a qué precio?", replicó Torvin. "Ha alterado el equilibrio natural. ?Quién sabe qué consecuencias traerá esto?"
"Las consecuencias las afrontaremos juntos", dijo Althaea, con determinación. "Pero no permitiré que acuses a Martín sin razón. él ha demostrado ser un aliado, no un enemigo."
Torvin miró a Althaea, luego a Martín, y finalmente a los aldeanos que los rodeaban. Podía sentir la tensión en el aire, la división entre aquellos que confiaban en Martín y aquellos que, como él, aún albergaban dudas.
?Aliado?, pensó Torvin con amargura. No puedo confiar en él. No puedo confiar en ninguno de ellos. Solo traerá más dolor… como… como ellos…. Su mente volvía a la imagen de su madre caída, y el odio se retorcía en su interior.
Con un gru?ido, Torvin se dio la vuelta y se alejó, perdiéndose entre la multitud. La tensión se disipó un poco, pero la semilla de la discordia había sido sembrada.
Esa noche, los susurros corrieron por la aldea. "?Escuchaste a Torvin?", decía uno. "Tiene razón, los humanos siempre traen problemas". Otro respondía: "Pero Martín nos ayudó… El claro está floreciendo". Un tercero a?adía, con voz temerosa: "Sí, pero… ?a qué costo?".
Esa noche, mientras cenaba con Althaea y su familia, la conversación no pudo evitar girar en torno a lo sucedido.
"Entiendo el dolor de Torvin", dijo el padre de Althaea. "Perdió a su familia en el ataque de los humanos. Su madre intentó protegerlo, pero fue alcanzada por una flecha y murió en sus brazos. La herida aún está fresca para él."
"Pero no todos los humano son iguales", replicó Althaea, con vehemencia. "Martín ha demostrado ser diferente."
El padre de Althaea asintió, con una expresión más ambivalente. "Lo sé, hija. Veo el bien en Martín. Pero también veo el peligro. La magia es poderosa, y alterar el equilibrio natural... puede tener consecuencias imprevistas. Torvin no es el único que teme eso". Sus palabras reflejaban la cautela de muchos en la aldea, una preocupación que iba más allá del odio personal de Torvin.
Martín, que había permanecido en silencio durante la discusión, sintió una profunda tristeza al escuchar las palabras del padre de Althaea. Comprendió entonces la magnitud del desafío que tenía por delante. No solo debía ganarse la confianza de la aldea, sino también superar el prejuicio y el dolor causados por las acciones de otros humanos en el pasado.
"Haré lo que sea necesario para ganarme su confianza", dijo Martín, con determinación. "Demostraré que no soy una amenaza."
La madre de Althaea le dirigió una mirada comprensiva. "No será fácil, Martín", dijo. "Pero valoramos tu ayuda. Y tu disposición a aprender."
Althaea le sonrió a Martín, transmitiéndole apoyo y confianza. "Juntos, lo superaremos", dijo.
Los días siguientes, Martín continuó entrenando con Gorak, aprendiendo las técnicas de combate de los Hombres Bestia. Aunque el entrenamiento era duro, Martín se esforzaba al máximo, impulsado por el deseo de ser útil a la aldea y ganarse el respeto de sus habitantes.
Mientras Martín entrenaba, sentía la mirada gélida de Torvin sobre él. Una ma?ana, mientras afilaba su cuchillo, escuchó la voz de Torvin a sus espaldas. "?Crees que con eso podrás defenderte?", se burló. "Los humanos son débiles. Solo traen destrucción". Martín ignoró el comentario, pero la tensión era palpable. Otros aldeanos comenzaban a notar la actitud de Torvin. Algunos, como Arven, lo miraban con reprobación, mientras que otros evitaban su mirada, incómodos por la situación.
Una noche, mientras Martín repasaba sus notas en la caba?a de Althaea, escuchó un ruido afuera. Se levantó con cautela y se asomó por la entrada. En la penumbra, vio a Torvin acercándose a la caba?a, con una expresión de furia en su rostro.
Martín sintió un escalofrío recorrer su espalda. Sabía que Torvin aún desconfiaba de él y que lo consideraba una amenaza. Sin embargo, no esperaba que lo atacara directamente.
Torvin, al ver a Martín, gru?ó y se abalanzó sobre él. Martín apenas tuvo tiempo de reaccionar. Intentó esquivar el golpe, pero Torvin era más rápido y fuerte. Lo derribó al suelo y comenzó a golpearlo con furia.
Martín se defendió como pudo, pero la fuerza de Torvin era superior. Un golpe certero lo alcanzó en el rostro, haciéndole ver estrellas. Martín cayó al suelo, aturdido y con la visión borrosa.
"?Te lo advertí, humano!", rugió Torvin. "?Tu magia es peligrosa! ?No eres bienvenido aquí! Mi madre murió por culpa de los tuyos, y no permitiré que vuelvas a traer la desgracia a mi gente."
Martín intentó levantarse, pero Torvin lo pateó en el estómago, dejándolo sin aliento. El dolor era intenso, y Martín sintió que la conciencia se le escapaba.
De repente, un gru?ido furioso resonó en la noche. Althaea apareció corriendo, con los ojos llameantes de ira. Se interpuso entre Martín y Torvin, protegiendo al humano con su propio cuerpo.
"?Basta, Torvin!", gritó Althaea. "?Qué crees que estás haciendo?"
"?Protegiendo a la aldea!", respondió Torvin, con la voz cargada de odio. "?Este humano es una amenaza! Lo vi con mis propios ojos, manipulando la energía del árbol sagrado. ?Traerá la desgracia sobre nosotros, como lo hicieron los humano que mataron a mi familia!"
"él nos ha ayudado", replicó Althaea. "Ha demostrado su valía. No permitiré que lo ataques."
Torvin, sin embargo, no estaba dispuesto a escuchar. Su mirada se ensombreció, y una expresión de locura se apoderó de su rostro. "Si no lo haces tú, lo haré yo", gru?ó, y se abalanzó sobre Althaea. "?No permitiré que otro humano destruya lo que amo! ?Debo proteger a mi gente, incluso de ti!"
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Althaea no lo entiende, pensó Torvin, con la mente nublada por la ira. Ella es fuerte, pero ingenua. Confía demasiado en este forastero. No ve el peligro que representa. Debo hacerlo yo. Debo proteger a mi gente, cueste lo que cueste.
La lucha entre Althaea y Torvin fue más prolongada que el anterior forcejeo. Althaea esquivó el primer golpe de Torvin y contraatacó con una serie de golpes rápidos y precisos. Torvin, aunque sorprendido por la velocidad de Althaea, logró bloquear algunos de sus ataques y la golpeó con un pu?etazo en el rostro. La guerrera cayó al suelo, aturdida, y Torvin aprovechó la oportunidad para arrebatarle la lanza.
Martín, viendo a Althaea en peligro, sintió una oleada de adrenalina. Se levantó como pudo, ignorando el dolor, y se interpuso entre Torvin y Althaea.
"?No!", gritó Martín, con todas sus fuerzas. "?Déjala en paz!"
Torvin, con una sonrisa cruel, levantó la lanza y se preparó para atacar a Althaea, quien estaba en el suelo, intentando recuperarse.
"?Althaea!", rugió Torvin con desprecio.
Mientras Torvin alzaba la lanza, su mente era un torbellino de emociones. El odio hacia Martín, el miedo a la magia desconocida, el dolor por la pérdida de su familia… todo se mezclaba en una furia ciega. Pero, en el fondo, también había una profunda tristeza y desesperación. Se sentía solo, incomprendido, el único que veía el peligro que se cernía sobre su aldea. Tengo que hacerlo, pensó, con una convicción te?ida de amargura. Aunque Althaea no lo entienda, aunque todos me odien, debo protegerlos.
Martín, en un acto desesperado, se abalanzó sobre Torvin, intentando desviar el golpe. La lanza, sin embargo, era rápida y precisa. Martín sintió un dolor agudo en el estomago, y su visión se nubló al instante. La lanza de Torvin lo había herido profundamente. La sangre comenzó a brotar de la herida.
Martín se tambaleó, pero en lugar de caer, se aferró a Torvin con todas sus fuerzas. "No... la toques", susurró, con la voz quebrada por el dolor. Sus ojos, antes llenos de miedo, ahora brillaban con una determinación feroz. Una energía extra?a comenzó a emanar de él, una mezcla de furia y desesperación.
Mientras pronunciaba estas palabras, Martín se aferró con fuerza a la lanza, intentando impedir que Torvin la retirara. A pesar de su debilidad y el dolor insoportable, una mirada de determinación brillaba en sus ojos.
Torvin, al sentir la energía de Martín, retrocedió instintivamente, con una expresión de sorpresa y miedo en su rostro. La lanza cayó de sus manos con un ruido sordo.
Althaea, al ver a Martín caer, lanzó un grito desgarrador. Se levantó como pudo, ignorando el dolor de su propio golpe, y corrió hacia Martín.
"?No!", gritó, con una mezcla de furia y dolor. "?Qué has hecho?"
Torvin, con una expresión de locura en sus ojos, retrocedió, observando la escena con una mezcla de satisfacción y horror.
En ese momento, alertados por el alboroto, varios aldeanos llegaron al lugar, encontrándose con la impactante escena.
Althaea, con lágrimas en los ojos, se arrodilló junto a Martín, quien yacía en el suelo, herido. La herida en su estomago era profunda, y la sangre no dejaba de brotar.
"?Rápido, lin (ayuda)!", ordenó Althaea, con voz urgente, usando una de las pocas palabras que sabía en Sylvian. "?Necesita atención médica de inmediato!"
Entre varios aldeanos, levantaron a Martín y lo llevaron a la caba?a de Althaea. Las curanderas, con manos expertas, comenzaron a tratar la herida, utilizando hierbas medicinales para detener la hemorragia y aliviar el dolor.
Althaea no se apartó del lado de Martín en ningún momento. Observaba con angustia cómo las curanderas trabajaban, rezando a los espíritus del bosque por la vida del humano.
"No te preocupes, Martín", susurró Althaea, con lágrimas en los ojos. "Te ayudaremos. Resiste."
Las horas siguientes fueron una agonía para Althaea. Las curanderas trabajaban sin descanso, pero la herida de Martín era grave. La fiebre lo consumía, y su respiración se volvía cada vez más débil.
Mientras tanto, en la aldea, se generó un gran revuelo. Los aldeanos, que habían presenciado el ataque de Torvin, comenzaron a cuestionar su cordura y su liderazgo. La lealtad que antes le profesaban se transformó en duda y desconfianza.
"?Cómo pudo Torvin atacar a Martín, después de todo lo que ha hecho por nosotros?", se preguntaba Arven, el anciano al que Martín había ayudado con la le?a.
"Es cierto", respondió Maedra, la anciana tejedora. "Martín ha demostrado ser un aliado valioso. No merecía esto."
"Torvin siempre ha sido impulsivo, pero esto es demasiado", comentó Renn, uno de los jóvenes. Kael y Lyra asintieron, preocupados.
Las palabras de los aldeanos se extendieron como un reguero de pólvora. La imagen de Torvin atacando a Martín, un forastero que había demostrado su valía y su bondad, generó un profundo rechazo en la comunidad. La semilla de la duda había sido sembrada, y la confianza en Torvin se resquebrajaba con cada minuto que pasaba.
Althaea, desesperada, tomó una decisión. Salió de la caba?a y se dirigió al centro de la aldea, donde se encontraba el árbol ancestral. Allí, bajo la luz de la luna, comenzó a realizar un antiguo ritual, un canto a los espíritus del bosque, pidiendo su ayuda para salvar a Martín. Mientras cantaba, sintió una oleada de energía recorrer su cuerpo, una energía que provenía del bosque mismo.
De pronto, una voz resonó en su mente, una voz antigua y poderosa. ?Qué ofreces a cambio de la vida del humano?, preguntó la voz.
Althaea no lo dudó. "Mi don", respondió con firmeza. "Ya no podré comunicarme con los animales del bosque, pero haré lo que sea necesario para salvarlo. Guiaré sus pasos, le ense?aré los secretos del bosque, lo protegeré con mi propia vida."
La voz guardó silencio por un momento, y luego respondió: Tu devoción es admirable, guerrera. Fuerte es el lazo que te une a los animales, un don valioso. Pero no es necesario tal sacrificio. El humano tiene un destino que cumplir, un camino que recorrer. Te concederé la ayuda que pides. Conservarás tu don, pero a cambio, deberás guiarlo y protegerlo. Su destino está ahora entrelazado con el tuyo.
Althaea asintió, sin dudarlo. "Lo haré", prometió. "Lo guiaré y lo protegeré."
Una luz verde envolvió a Althaea, y sintió cómo una energía cálida y reconfortante la llenaba. La luz se extendió hacia la caba?a donde yacía Martín, envolviéndolo en un halo protector.
Althaea regresó a la caba?a, con el corazón lleno de esperanza. Al entrar, vio que Martín había recuperado la conciencia. Sus ojos, aunque débiles, brillaban con una nueva luz.
"Ua..." (Agua), susurró Martín, con una voz apenas audible.
"Estoy aquí, Martín", respondió Althaea, con una sonrisa. "Y estaré a tu lado, siempre."
Martín sonrió débilmente, y cerró los ojos, sumiéndose en un sue?o profundo y reparador. Althaea se quedó a su lado, velando su sue?o, con la certeza de que había tomado la decisión correcta. Había salvado a Martín, y a cambio, había encontrado un nuevo propósito en su vida.
Mientras Martín se recuperaba, se decidió el destino de Torvin. Los ancianos, tras una larga deliberación, decidieron que sería confinado a una cueva apartada, bajo la vigilancia de los guerreros más fuertes del clan. No sería expulsado, pero tampoco sería bienvenido en la aldea hasta que demostrara un verdadero arrepentimiento por sus actos. Kaern y Lhawra, aunque preocupados por la influencia de Martín, respetaron la decisión del consejo.
Los días siguientes fueron de lenta recuperación para Martín. Las curanderas, con la ayuda de las hierbas medicinales, lograron curar su herida, aunque dejaron una cicatriz como recordatorio del ataque de Torvin. Althaea se mantuvo a su lado, cuidándolo y ense?ándole sobre las costumbres de los Hombres Bestia.
Poco a poco, Martín fue recuperando las fuerzas. La herida en su estomago había sanado por completo, dejando solo una cicatriz como recuerdo del ataque de Torvin.
Una ma?ana, mientras Martín y Althaea caminaban por el bosque, se encontraron con un grupo de ni?os jugando cerca de un arroyo. Los ni?os, al ver a Martín, se acercaron corriendo, llenos de curiosidad. Entre ellos, Fenhar, el joven que había mostrado interés en Martín desde su llegada, se adelantó con una sonrisa tímida.
"?Cómo te sientes, humano?", preguntó Fenhar, con una mezcla de timidez y emoción.
"Mejor, danko (gracias)", respondió Martín, con una sonrisa. "Gracias a Althaea y a las curanderas, estoy vivo."
Los ni?os rodearon a Martín, haciéndole preguntas sobre su mundo y sobre cómo había llegado a Tarnak (aldea). Martín les contó historias sobre su vida en la ciudad, sobre los edificios altos, los vehículos que se movían sin caballos y las luces que brillaban en la noche. Los ni?os escuchaban con fascinación, sus ojos muy abiertos por la sorpresa.
Althaea observaba la escena con una sonrisa. Ver a Martín interactuar con los ni?os, ver cómo su miedo inicial se transformaba en curiosidad y luego en aceptación, le llenó el corazón de alegría.
"Parece que ya eres uno de los nuestros", dijo Althaea, acercándose a Martín.
Martín asintió, con una mirada de gratitud. "Gracias a ti, Althaea", dijo. "Me has salvado la vida, y me has dado un nuevo hogar."
Althaea le puso una mano en el hombro, con un gesto de afecto. "Tarnak (aldea) es tu hogar ahora, Martín", dijo. "Y siempre serás bienvenido entre nosotros."
Mientras caminaban de regreso a la aldea, Martín se dio cuenta de que algo había cambiado en él. Ya no se sentía como un extra?o, como un intruso en un mundo desconocido. Se sentía parte de algo más grande, parte de una comunidad que lo había aceptado a pesar de sus diferencias.
Quizás este es mi nuevo hogar, pensó Martín, con una mezcla de esperanza y nostalgia. Quizás aquí pueda encontrar un nuevo propósito, una nueva razón para vivir.
El sol se ponía en el horizonte, ti?endo el cielo de tonos anaranjados y rojizos. Martín y Althaea se sentaron junto al árbol ancestral, observando el atardecer en silencio. El viento susurraba entre las hojas, y el aroma a tierra húmeda y a flores silvestres llenaba el aire.
"Danko (Gracias), Althaea", dijo Martín, rompiendo el silencio. "Por todo."
Althaea lo miró a los ojos, y una sonrisa cálida iluminó su rostro. "No hay de qué, Martín", respondió. "Ahora eres parte de Tarnak (aldea). Eres uno de nosotros."
Y mientras el sol se ocultaba tras las monta?as, Martín supo que había encontrado un nuevo hogar, un nuevo propósito, y una nueva familia en el corazón del bosque.
Mientras tanto, Martín continuaba su proceso de adaptación y aprendizaje en Tarnak (aldea), cada día más integrado en la vida de la aldea y más cercano a sus habitantes. Se reunía con los ancianos para aprender sobre la historia y las tradiciones de los Hombres Bestia, y pasaba tiempo con los ni?os, ense?ándoles juegos de su mundo y aprendiendo de ellos sobre la vida en el bosque.
Gorak, a pesar de su reticencia inicial, había comenzado a entrenar a Martín en el arte de la caza y el rastreo. Le ense?ó a moverse en silencio por el bosque, a identificar las huellas de los animales y a utilizar el arco y la flecha con precisión. Martín, aunque al principio torpe, demostró ser un aprendiz rápido y dedicado, y pronto se ganó el respeto del hura?o cazador.
Un día, recuperado de sus heridas. Martín decidió que era hora de hablar con Torvin. Se dirigió a la cueva donde lo habían confinado, encontrándolo sentado en una roca, con la mirada perdida en la distancia.
"Torvin," dijo Martín, anunciando su presencia.
El Hombre Bestia se giró lentamente, sus ojos felinos fijos en Martín. No había odio en su mirada, pero tampoco había calidez. Solo una profunda tristeza y resignación.
"?Qué quieres, humano?", preguntó Torvin, con voz ronca.
"Quería hablar contigo", respondió Martín. "Sé que me ves como un enemigo, y entiendo por qué. Pero yo no te veo así."
Torvin soltó una risa amarga. "?No me ves como un enemigo? ?Después de lo que hice! ?Después de lo que tu gente le hizo a la mía!"
"Entiendo tu dolor, Torvin," dijo Martín, con calma. "Sé que has sufrido mucho. Pero no puedes culparme a mí por los errores de otros. Yo no tuve nada que ver con la muerte de tu familia."
"Pero eres humano," insistió Torvin. "Y los humano solo traen destrucción."
"No todos," replicó Martín. "Hay humano buenos y humano malos, igual que hay Hombres Bestia buenos y malos. No puedes juzgar a todos por las acciones de unos pocos."
Torvin guardó silencio por un momento, pensativo. Luego, habló con voz queda. "Quizás tengas razón. Pero es difícil olvidar el pasado. Es difícil confiar en alguien que se parece a aquellos que te arrebataron todo."
"Lo sé," dijo Martín. "Y no te pido que olvides. Ni siquiera te pido que te guste. Solo te pido que seas inteligente. Atacarme a mí, o a Althaea, no te devolverá a tu familia. Solo traerá más problemas a esta aldea. Y yo no voy a desaparecer. Así que, ?qué vas a hacer? ?Seguir odiando y peleando, o intentar encontrar una forma de coexistir?"
Torvin lo miró con escepticismo.
"?Coexistir, dices? Despues de lo que paso"
"Odiarnos no soluciona nada. Podemos mantener una distancia prudente" Dijo Martin.
Torvin guardó silencio, esta vez sin la inmediata hostilidad de antes, más bien con una mirada cansada, como si sopesara las palabras de Martín. No era aceptación, pero sí una fisura en su muro de rencor.
"Los ancianos están considerando tu liberación," continuó Martín, sin suavizar el tono, pero tampoco atacando. "No creo que debas seguir encerrado aquí, pero quiero dejar algo claro. Si vuelves a atacar a Althaea, o a cualquier otro miembro de la aldea, no dudaré en defenderme. Y en defenderlos a ellos. Entiendo tu odio. Pero no permitiré que lastimes a gente inocente. Ni a ellos, ni a ua (agua)."
Torvin asintió lentamente, una chispa de algo parecido al respeto, o al menos al reconocimiento, brilló en sus ojos. "Entendido, humano," dijo. "No habrá más ataques. Pero no esperes mi amistad. Nunca."
"No la espero," dijo Martín. "Con que haya paz, y cada uno se mantenga en su lugar es suficiente. Por ahora."
Con esas palabras, Martín se dio la vuelta y se alejó, dejando a Torvin solo con sus pensamientos. Sabía que no había logrado una reconciliación, ni mucho menos, pero sí había establecido un límite. Y, quizás, había abierto una minúscula grieta en la coraza de odio de Torvin. El camino sería largo, si es que había alguno, pero al menos no sería una guerra abierta constante."
Este fue el capítulo donde la confianza se hizo carne, y la carne, cicatriz.
Donde la valentía no bastó, pero el intento cambió el curso.
Y en ese espejo, Martín también empieza a verse.

