home

search

17 LO MAS IMPORTANTE DE LA VIDA

  La última vez que sentí tanto frío fue cuando hizo cuatro grados y no recordé prender la calefacción ni usar calcetines calientes. Podía escuchar los gritos de mis amigos como ecos distantes, amortiguados, casi irreales. El peso de Ayaho sobre mi pecho era aplastante. Cada intento de respirar era una agonía que terminaba en más dolor. Mis dedos se habían quedado inmóviles, todo mi cuerpo de hecho.

  Esto es todo, pensé. Así es como termina. Moriré como un héroe, eso espero. No quiero terminar... no, no quiero que mis hermanos terminen mal.

  Lo que sí oí claramente fue una explosión detrás de él, de su espalda. Vi un fulgor rojo, naranja, y un olor a quemado de nuevo, un olor que se volvió esperanzador porque el peso desapareció de golpe. El aire regresó a mis pulmones en una bocanada dolorosa que me hizo toser sangre. A través de mi visión borrosa, vi una figura alada detrás del monstruo de Ayaho.

  Era Kochi.

  La zeca estaba respirando con dificultad, sus garras cubiertas de sangre. Incluso se veían partes rotas en ella, plumas arrancadas, un ala torcida en un ángulo que no debería ser posible.

  —No... tocarás... a estos ni?os —dijo Kochi, su voz aguda pero firme.

  Ayaho se echó a reír, un sonido húmedo y horrible que salía de su pico ensangrentado.

  —?Tú? ?Arriesgas tus garras y alas por unos simples humanos? —Sus ojos brillaron con diversión cruel—. Sabes que el ataque que te hice lastimó tu ala profundamente. Si peleas ahorita ya no podrás volar. Muévete, o te haré a un lado.

  —No —respondió Kochi, y había algo en su tono que me erizó la piel. Era la voz del heroísmo puro, sin adornos—. He visto demasiados ni?os morir. Demasiados. No permitiré que suceda otra vez. Yo crecí en la época que tú mandabas, en el sufrimiento. Hoy haré justicia.

  Félix, óscar y Aijet se habían recuperado lo suficiente para ponerse de pie. Daphne ayudaba a Ezequiel, que apenas estaba consciente. Todos miraban la escena confundidos y preocupados.

  —Kochi, gracias —intenté decir, pero mi voz salió como un susurro roto.

  —No me lo agradezcas todavía —me interrumpió sin apartar la mirada de Ayaho—. Y lo haré. Los protegeré a todos. Mataré a este infeliz.

  El demonio atacó.

  Sus garras se movieron tan rápido que apenas fueron un borrón. Pero Kochi era más rápida, o al menos igual de rápida. Era como ver un shonen en la vida real. Se lanzó hacia arriba, sus alas —lastimadas, no estaban listas para un vuelo sostenido— batiendo furiosamente. Esquivó el primer zarpazo por centímetros, pero el segundo la alcanzó.

  Las garras de Ayaho la golpearon en el costado, enviándola volando contra un pilar. El sonido del impacto fue terrible, como huesos rompiéndose. Kochi cayó al suelo, tosiendo, con sangre oscura manchando sus plumas.

  —?Kochi! —gritó Daphne.

  La zeca se levantó temblando, usando el pilar como apoyo. Una de sus alas colgaba en un ángulo extra?o, claramente rota. Pero volvió a posicionarse entre Ayaho y nosotros. Como si nada pudiera moverla de ahí.

  —?Por qué sigues levantándote? —preguntó Ayaho, y por primera vez, había algo más que crueldad en su voz. Había... curiosidad genuina—. No tienes oportunidad. Morirás por ellos. ?Por qué?

  Kochi tosió sangre antes de responder.

  —Porque alguien tiene que hacerlo. Porque cuando era joven, nadie se interpuso por mí por tu culpa. Nadie me protegió cuando las cosas se pusieron difíciles. —Se enderezó un poco más, ignorando el dolor evidente—. Pero estos ni?os... estos polluelos me saludaban cada ma?ana y me hacían recordar la infancia que no viví por tu culpa. Zev me preguntaba cómo había dormido. Félix compartía su almuerzo conmigo, aunque pensaba que no me daba cuenta. óscar me ayudó a entender cosas humanas y todo eso a pesar que sabían que estaba vigilándolos. Ellos preguntaban sinceramente.

  Mi garganta se cerró. No sabía que esas cosas tan peque?as significaban tanto para ella. Un simple saludo. Esos buenos días podían cambiar tu día.

  —Son solo gestos —dijo Ayaho con desdén—. Insignificancias. Mi reinado era para protegerlos de Imperium Rex y ustedes lo veían como una tiranía. Lo de el sí era una tiranía, yo solo tenía mano dura.

  —No —la voz de Kochi se quebró, pero no por debilidad—. Son vínculos. Son los hilos invisibles que nos conectan unos con otros. Cada peque?o acto de bondad, cada momento de atención, cada vez que alguien te ve como algo más que una herramienta o un obstáculo... Eso construye algo. Algo que vale la pena proteger. Y por eso Kessari te venció.

  Ayaho dio un paso adelante, sus garras arrastrándose por el suelo.

  —Bonito discurso. Pero no cambia nada aquí. Tal vez fallé en Transgea, pero no lo haré de nuevo.

  —No tiene que cambiar todo —respondió Kochi—. Solo tiene que cambiar esto. Este momento. Estos ni?os. —Miró hacia atrás, sus ojos amarillos encontrándose con los míos—. Y ya lo hizo.

  Me había dado tiempo. Suficiente tiempo para que el aire regresara a mis pulmones, para que mi cabeza se aclarara, para que pudiera pensar. Miré a mi alrededor desesperadamente. Noté una piedra puntiaguda cerca de mi mano. Sé que el buitre está débil, pensé. Seguramente esto podría cortarlo.

  Mis dedos se cerraron alrededor de la piedra.

  Ayaho atacó de nuevo.

  Esta vez fue peor. Las garras atravesaron el hombro de Kochi, levantándola del suelo como si fuera un mu?eco. Ella gritó, un sonido agudo que me desgarró el corazón. Pero incluso mientras colgaba de las garras del demonio, incluso mientras la vida se escapaba de ella, seguía mirándome.

  Ahora, dijeron sus ojos. Hazlo ahora.

  No sé si se refería a escapar, no sé si se refería a atacar, pero yo tomé la segunda opción. Les hice una se?al a mis compa?eros para que me siguieran.

  Nos dirigimos contra el buitre como una manada. Golpeando en cada lugar que veíamos. Yo clavé la piedra puntiaguda contra la cabeza de Ayaho como un grotesco clavo. El zeca mayor chilló, soltando a Kochi, llevándose las garras a la cara.

  —?Denle más duro! —gritó Daphne.

  Por algún motivo que no entiendo, Daphne se sentía emocionada de golpear tanto. Nadie la iba a parar en estos momentos. Que siguiera, que le diera duro a esta cosa.

  Ayaho se sacudió violentamente, tratando de quitarse a todos encima, pero los da?os estaban hechos. Sus movimientos se volvieron erráticos, descoordinados. Félix no perdió la oportunidad. Cargó con toda su fuerza contra la pierna de Ayaho, óscar lo apoyó desde el otro lado, y escuchamos un crack horrible.

  Aijet y Daphne atacaron desde los flancos, golpeando con lo que tenían a la mano. Ezequiel, apenas capaz de mantenerse en pie, arrojó su cuerpo contra Ayaho, a?adiendo peso extra que hizo que la criatura se tambaleara.

  No podía dejar de ver a Kochi. Ni dejar de pensar en Rygandal y los demás. Ojalá no hayan tenido problemas.

  En un esfuerzo mágico, Ayaho se llenó de un color azul eléctrico. Abrió su pico y lanzó un rayo de electricidad que golpeó directo a Kochi. La descarga se expandió hacia nosotros, electrocutándonos y dejándonos tirados a un lado.

  El dolor era indescriptible. Como si mil agujas me atravesaran al mismo tiempo.

  Kochi había caído cerca de la pared, su respiración superficial y rápida. Me arrastré hacia ella, cada movimiento una agonía. Cuando llegué a su lado, sus ojos ya estaban perdiendo el brillo.

  —Kochi, aguanta —supliqué, sin saber qué más decir—. Por favor, aguanta.

  —Lo... logré —susurró, una sonrisa débil curvando su pico—. Los mantuve... a salvo.

  —No hables así. Vamos a conseguir ayuda. Rygandal puede curarte, o—

  —Zev —me interrumpió suavemente—. Está bien. Tú vive tu vida, no dejes de so?ar. Yo estoy contenta en que sigan su viaje.

  If you find this story on Amazon, be aware that it has been stolen. Please report the infringement.

  No me di cuenta cuándo, pero lágrimas calientes, como si intentaran que sintiera mi cuerpo de nuevo, se escabullían sobre mis mejillas.

  —No te conocíamos realmente. No sabíamos que eras tan igual, tan humana.

  —Por eso... son tan especiales —dijo ella, su voz cada vez más débil—. No me vieron como algo que debían conocer. Solo... me vieron. Me trataron con amabilidad sin esperar nada a cambio. Eso es... eso es un vínculo verdadero que nunca tuve en Transgea.

  Detrás de nosotros, Ayaho seguía luchando, pero estaba perdiendo. Tosía cada vez más seguido y sus alas se caían. Su pico cada vez era más deforme. Sus ojos saltaban con odio puro.

  —Los vínculos no son solo entre amigos cercanos —continuó Kochi, cada palabra un esfuerzo—. Son entre todos los que eligen ver la lo zeca... en el otro. Cada sonrisa, cada gesto amable, cada momento de reconocimiento... Construyen algo más grande que nosotros mismos. Una hermandad.

  —Kochi...

  —Cuiden... esos vínculos —susurró—. Son más poderosos... que cualquier cosa que puedan vivir.

  Sus ojos se cerraron. Su pecho dejó de moverse.

  —No —sollocé, presionando mi frente contra su plumaje—. No, por favor...

  Un rugido de agonía me hizo girar la cabeza. Ayaho estaba de rodillas, sangrando por docenas de heridas. Mis amigos lo rodeaban, exhaustos pero decididos.

  —Se acabó, Ayaho —dijo Félix, su voz ronca.

  El zeca rió débilmente.

  —Nada... se acaba. Siempre hay otro plan, otra forma...

  —Nunca es demasiado tarde —respondió Rygandal, dando un paso adelante y casi cayendo. Marsigs lo sostuvo—. Ayaho, tu reino de terror termina aquí.

  No sé en qué momento fue ni cuando llego, ni me di cuenta cuándo había cedido el muro de la prueba, pero debí suponerlo porque estaba lloviendo. Como si el cielo quisiera cubrir nuestras heridas, pero hoy las gotas se sentían como golpes de martillo ante el dolor.

  El zeca se enderezó, ignorando sus heridas. Sus movimientos eran inusuales, como si cualquier golpe o da?o hubiera sido nulo, pero no. Evidentemente estaba lastimado.

  —?Termina? Maestro elfo, apenas puedes mantenerte en pie y estos ni?os... —miró a mis amigos con desprecio. Estoy seguro que a mí no, lo impresioné—. Ya han dado todo lo que tienen.

  —Entonces daremos más —dijo Maya, sacando de su mochila lo que parecía ser una botella con el explosivo—. Zev, necesito que confíes en mí.

  Caminé hacia ella, cada movimiento una agonía, maldita sea en verdad duele.

  —Siempre, aunque me vayas a volar con esa cosa —logré decir.

  —Dejé uno escondido en el laboratorio por si necesitábamos más fuego —explicó rápidamente, pero bajó la voz—. Este es diferente, tiene esencia élfica pura. Si la lanzamos sobre Ayaho, será como darle una explosión mágica directamente, aunque no sabríamos los efectos en el área.

  —Eso es suicida —gru?ó Félix—. Me encanta el plan.

  —Es nuestra única oportunidad —respondió Rygandal, respirando con dificultad—. Estoy demasiado débil para conjurar algo lo suficientemente poderoso para detenerlo pero sé que han hecho un buen trabajo debilitándolo. No sobrevivirá.

  Ayaho rió, el sonido rebotando en las paredes destrozadas.

  —Adelante. Inténtalo. Veamos qué tan lejos llegan antes de que los desgarre. Así es, lo escuché todo.

  Maya me miró, luego miró a los demás.

  —Necesitamos distraerlo. Todos. Una última vez.

  óscar se enderezó, apretando los dientes.

  —Por Kochi.

  —Por Kochi —repetimos todos.

  Se lanzaron hacia adelante como una ola. Félix por la izquierda, óscar por la derecha. Aijet y Ezequiel —este último apenas capaz de caminar— atacaron desde el frente. Daphne comenzó a lanzar todo lo que quedaba en su mochila: libretas, lápices, creo que unas toallas femeninas (no estoy seguro), una llave inglesa, una enciclopedia. Llevaba muchas cosas. Creo que venía preparada.

  Ayaho rugió, girando para enfrentarlos. Sus garras encontraron a óscar, enviándolo volando. Su cola azotó a Aijet, derribándola. No nos rendíamos. Estábamos levantándonos, una y otra vez, manteniéndolo ocupado.

  —Ahora —susurró Maya.

  Corrimos. O más bien, nos arrastramos-corrimos, nuestros cuerpos rotos protestando con cada paso. Rodeamos a Ayaho, manteniéndonos en sus puntos ciegos. Maya sostenía la botella con ambas manos, preparada.

  Entonces Ayaho nos vio.

  Su ala buena se extendió, barriendo en un arco mortal. Iba a golpearnos. No había forma de esquivarlo. Iba a darnos.

  O eso creí hasta que escuché un rugido de motor que llenó el aire.

  . Un carro —el viejo sedán del director— entró derrapando, sus luces cegando momentáneamente a Ayaho. Y al volante, con expresión de furia absoluta, estaba el director.

  El impacto fue brutal. Metal contra carne. Escuchamos el choque, el director aplastó a la bestia. Escuchamos ruidos de cosas rompiéndose y otros crujidos irreconocibles para mí. El carro siguió de largo, arrastrando a Ayaho varios metros antes de detenerse.

  Maya corrió hacia mí, sus ojos escaneando mis heridas.

  —Zev, estás... —se detuvo cuando vio a Kochi—. Oh, no.

  Los demás se reunieron alrededor. Nadie hablaba. No había palabras suficientes.

  Rygandal se acercó despacio, apoyándose en Marsigs. Se arrodilló junto a Kochi, sus ojos antiguos llenos de dolor.

  —Hiciste lo que muchos hubieran querido, compa?era —murmuró, tocando suavemente las plumas de la zeca—. Ella sabía lo que arriesgaba. Sabía que no podía ganar. Ningún zeca podía ganarle solo a este monstruo.

  —?Por qué? —preguntó óscar, su voz rota y limpiándose las lágrimas—. Apenas la conocíamos.

  —Precisamente por eso —respondió Rygandal—. Porque ustedes la trataron con dignidad sin necesitar conocerla completamente. Porque construyeron vínculos sin siquiera darse cuenta. —Nos miró a todos, uno por uno—. Los vínculos no requieren tiempo. Requieren elección. Elección de ver al otro. Elección de cuidar. Elección de actuar cuando importa. Una simple sonrisa puede curar el pasado de alguien.

  Daphne se arrodilló junto a mí, tomando mi mano.

  —Ella nos salvó.

  —Nos dio una oportunidad —a?adió Aijet.

  —Y nosotros la tomamos —terminó Ezequiel, apoyándose pesadamente en Félix—. No la desperdiciaremos.

  ?Desde cuándo somos tan valientes y estúpidos? Bueno, estúpidos siempre fuimos, supongo. Las pruebas nos dieron la valentía suficiente para proceder.

  Nos quedamos allí, rodeando a Kochi. Era un grupo extra?o —adolescentes heridos, un elfo debilitado, una zeca muerta— pero en ese momento, sentí algo inquebrantable entre nosotros.

  Vínculos.

  No los que se forman en a?os de amistad cercana, sino los que se tejen en momentos de verdad. Los que se crean cuando alguien elige ponerse entre el peligro y los demás. Los que se forjan cuando eliges ver a alguien más que un rostro familiar, cuando eliges que te importe por razones que no puedes explicar completamente. Y se forjan en las pruebas que nos ponen no para superarlas como un dolor, como una molestia, no para medirnos como un número, sino para superarlas y ser mejores personas.

  Maya apretó mi mano y en sus ojos habitó una furia única que jamás le había visto.

  —Vamos a honrarla —dijo, y no era una pregunta.

  —Sí —respondí, mirando el cuerpo de Kochi—. Vamos a cumplir su sue?o de que nadie sufra de nuevo por Ayaho, aquí ni en ninguna dimensión.

  —Que los vínculos no son solo entre amigos —dijo Shaki suavemente.

  —Son entre todos los que eligen cuidar —a?adió Marsigs.

  —Y que incluso el gesto más peque?o importa —concluyó Félix.

  Rygandal y todos los demás voltearon a ver hacia donde había caído Ayaho.

  La criatura se levantaba de manera horrible, su cuerpo generando una electricidad que crepitaba a su alrededor. No entendía cómo funcionaba, pero los rayos crujían como si la furia de este monstruo se manifestara a través de ellos.

  íbamos a terminar con todo esto. La esperanza parecía regresar.

  Hasta que Ayaho empezó a reírse como loco, con lo que aparentemente era una sonrisa de felicidad retorcida.

  Seguido de esa risa malévola, estaba el rugido de una bestia conocida.

  Era Yeto.

  Pensé que algún día seríamos amigos, pero venía con furia. Se puso a lado de Ayaho y golpeó el suelo con ambos pu?os, haciendo temblar todo el salón.

  —Mátalos, mátalos a todos —rugió Ayaho mientras se levantaba completamente.

  Lo más cercano que puedo definir los movimientos de esta criatura era como un gorila el doble de feroz atacándonos. Ok, sí, nunca he visto un gorila atacándome directamente, pero creo que es acertado, aunque les recuerdo que si vi a un simio zombi.

  Todos nos asustamos. Rygandal hizo un movimiento de mano, poniéndola frente a la criatura. Un haz de luz se dibujó en su cuerpo, pero luego el mismo cedió. No tenía energía.

  Maya, en un momento de desesperación y protección hacia Rygandal, aventó el frasco que tenía en la mano.

  La explosión fue estruendosa. Pero no fue un humo de color rojo el que se expandió, fue un dorado extra?o que empujó hacia atrás a Yeto, arrastrándolo por el suelo como si no pesara nada.

  El cuerpo del yeti brillaba de una manera dorada. Había motas del mismo color saliendo de su ser, como chispas flotantes. Caminé hacia la criatura para asegurarme de que estuviera bien cocida.

  Grave error.

  Porque tan pronto me acerqué, Ayaho vino encima de mí con sus garras enormes. Ya sentía mi cara siendo rasgada, pero no cedí al miedo. Intenté levantar mi pu?o para defenderme, pero solo vi cómo algo golpeó al monstruoso zeca.

  El Director se había abalanzado sobre la bestia. Lo sometió con su peso y le dio unas cuantas patadas. Viejo insensato.

  —Siempre fuiste un estúpido —Ayaho lo rasgó con ambas garras en dos ataques filosos.

  El Director cayó a un lado, sangrando.

  Cansado, me recargué sobre uno de los cuernos de Yeto. Solo escuché un crack y vi que el cuerno seguía brillando, con una luz intermitente, como si quisiera salir de aquella estructura. Le hice una se?a a óscar y a Ezequiel para que trajeran hacia mí a la criatura.

  Sus caras me mostraron algo que nunca les había visto antes: miedo puro con una combinación de determinación.

  Me vieron directamente. Maya asintió también y los tres tomaron una posición de ataque.

  Maya se agachó. Detrás de ella saltó Daphne, que estaba dispuesta a darle un rodillazo a Ayaho. Obviamente la criatura estaba dispuesta a esquivar. Sus garras se iban a clavar en ella, pero Ezequiel la tomó rápidamente para llevarla hacia atrás.

  —Pudiste ser más delicado —se quejó ella.

  óscar venía corriendo a toda velocidad hacia mí, perseguido por el ave demacrada que parecía que ya solo hacía esto por venganza pura, por querer tener la razón. Me levanté poco a poco, abriendo mis brazos en forma de escudo. Estaba ahí ante mí, aquella horrible criatura.

  —Se acabó para ti —dijo Ayaho, acercándose—. Ni tu maestro, ni tus amigos, ni nadie podrá protegerte. Y aunque pudiera llegar alguien a hacerlo, te voy a matar antes, para que tu familia vea tu cuerpo demacrado y lloren por la eternidad.

  Tiré mis brazos cansados. Lo miré fijamente. Cerré los ojos. Mi cara cayó hacia el suelo. Solo veía el piso negruzco húmedo.

  Hasta que escuché un graznido horroroso que me hizo levantar la cara.

  Fue un esfuerzo sobrehumano. Cualquier superhéroe que use un traje para transformarse estaría orgulloso de mí. Saqué el cuerno rápidamente y en un golpe de suerte o buena observación se lo clavé con fuerza, con un último aliento que no sabía que tenía.

  Solo escuché el sonido de una explosión saliendo, como una olla de presión cuyo contenido quería escapar. Luego vi unas luces doradas, como si el sol hubiera explotado frente a mí. Debí sentir un calor intenso, debí sentir un dolor inmenso, pero no. Me había cubierto la magia de Rygandal en un último momento.

  Lo que vi antes de desmayarme fue un cuerpo de un ave sin piel, quemado, destrozado, roto, con partes faltantes acompa?adas de sangre.

  Había terminado la batalla o tal vez la batalla había terminado conmigo…

Recommended Popular Novels