Pasaron apenas un par de segundos y, sin que Kael lograra procesar del todo la situación, la puerta del carruaje se abrió frente a él. Antes de que pudiera reaccionar, una mujer lo tomó con fuerza y lo envolvió en un abrazo apretado, cálido y repentino.
—?AYYY, pero qué lindo OSITO! —exclamó con una voz llena de emoción.
Era una joven radiante, cuya presencia parecía envolver el ambiente en una calidez luminosa. Su cabello dorado caía libremente en mechones suaves y brillantes, reflejando la luz como si hubiese sido bendecido por el sol mismo. Llevaba un velo blanco que enmarcaba su rostro, adornado con peque?as flores y gemas azules que contrastaban con la pureza del tejido, dándole un aire casi sagrado.
Sus ojos azules, intensos y cristalinos, estaban cargados de vida y de una chispa de alegría imposible de ignorar. Al sostener a Kael, lo hacía con una naturalidad afectuosa, como si aquel gesto fuera lo más normal del mundo.
No puede ser... me atrapó —pensó Kael, con una mezcla de sorpresa y resignación.
Desde el interior del carruaje comenzó a salir un hombre. Al posar la mirada en Kael, esbozó una sonrisa tranquila, medida.
El hombre descendió del carruaje con una elegancia natural, como si cada uno de sus movimientos hubiese sido ensayado para transmitir autoridad. Su cabello rubio, ligeramente alborotado por el viento del trayecto, brillaba con reflejos dorados bajo la luz del día. Sus ojos, de un tono ámbar profundo, observaban a su alrededor con calma y cálculo, como alguien acostumbrado a que el mundo se adaptara a su ritmo.
Vestía un uniforme de gala impecable, negro con detalles dorados que recorrían cada costura. Cadenas ornamentales caían con un peso sutil sobre su pecho, y las hombreras decoradas con plumas estilizadas anunciaban su rango incluso antes de que alguien lo nombrara. Sobre sus hombros descansaba una capa roja, larga y pesada, que se movió con aire dramático cuando dio el primer paso fuera del carruaje.
Su porte era recto y seguro, la espalda firme, la barbilla ligeramente levantada. No se apresuraba; avanzaba con esa serenidad que solo los nobles verdaderos, o los guerreros demasiado curtidos, eran capaces de sostener bajo la atención de todos. La luz cálida del exterior lo envolvía, destacando los detalles dorados de su atuendo y el contraste profundo de los colores.
A pesar de su juventud aparente, su presencia imponía respeto. Cada gesto —desde la forma en que apoyó la mano en el marco del carruaje hasta cómo acomodó la capa al caer al suelo— transmitía control y seguridad.
—Sin duda, por la rapidez con la que llegó, debe ser el peque?o Kael —dijo con voz calmada.
De pronto, con una velocidad descomunal, dos mujeres furiosas aparecieron en escena, corriendo en busca del escurridizo oso traicionero.
—?KAEL! —gritó Caria—. ?Ven aquí, te voy a castigar!
—Prepárate para entrenar hasta la noche como castigo —a?adió Freya, sin frenar su carrera.
Al llegar al carruaje, ambas tuvieron que detenerse para recuperar el aliento. Recién entonces se dieron cuenta de la presencia de los visitantes.
Freya se quedó mirando a la mujer que sostenía a Kael entre sus brazos, abriendo los ojos con sorpresa.
—??Liora!? —exclamó—. ??Qué haces aquí!?
Caria, por su parte, se giró hacia el hombre y, sin pensar, golpeó a Freya en la nuca antes de reaccionar por completo.
—?SU MAJESTAD ROWAN! ??QUé HACE AQUí!? —dijo, sobresaltada—. ?Perdón! ?Qué increíble visita!
Ambas hicieron rápidamente una reverencia, improvisada pero respetuosa, para dar la bienvenida al rey de Taratios.
—?Por qué hay tanto ajetreo en la mansión? —preguntó Liora, observando la escena—. ?Qué pasó?
—?Nada! —respondieron Caria y Freya al unísono.
Rowan soltó una carcajada abierta.
—Jajajajaja... lo que decía Laret en sus cartas era verdad. Desde que llegó Kael, este lugar se transformó en una verdadera guerra —dijo, todavía riendo.
Mientras se acomodaba a la inesperada bienvenida y seguía hablando, Rowan se giró para ofrecerle la mano a su esposa, ayudándola a bajar del carruaje.
Con la mano aún apoyada en la del joven noble que la asistía, la mujer descendió con un movimiento suave y casi silencioso, como si no quisiera perturbar el aire a su alrededor. Su cabello azul pálido caía como un río helado por sus hombros, reflejando la luz con destellos plateados. Cada mechón se balanceó con delicadeza cuando sus sandalias tocaron el suelo.
Sus ojos color carmesí se alzaron para observar el entorno con una mezcla de timidez y atención, analizando cada detalle sin perder la compostura. No había pretensión en su mirada, solo una calma profunda que invitaba a confiar en ella.
Vestía un kimono claro, sencillo pero impecablemente ordenado, ce?ido por un obi naranja que a?adía un toque cálido a su apariencia. El haori azul marino sobre sus hombros se movió apenas con la brisa, completando un conjunto que hablaba de modestia, disciplina y una belleza discreta que no necesitaba adornos.
Mientras daba un paso al frente, colocó las manos frente a su cintura con una gracia muy natural, manteniendo una postura aprendida desde ni?a. No dijo una palabra, pero su presencia transmitía calma y respeto, una tranquilidad que contrastaba sutilmente con la magnificencia del noble que la acompa?aba.
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A simple vista parecía una joven tranquila...
Pero en su silencio había firmeza, y en su mirada, un mundo entero todavía por revelar.
Caria, impresionada, se?aló discretamente a Freya a la siguiente visitante.
—Su majestad, la reina Isadora —murmuró—. Es un honor verla y, sobre todo, tenerla de visita.
Acaba de ver un kimono... —pensó Kael—. No mamen... ?sí es un kimono! ??Qué acaso un japonés ya vino a este mundo!?
// -- oye grandisimo animal tan siquiera escuchaste lo que dijeron tu madre y tu maestra, son reyes! Son los patrones!!!!! Ponte verga mi buen -- //
A la berga... tienes razón. ?Qué carajos está pasando aquí? —pensó Kael, alarmado.
Sin pensarlo ni un segundo más, Caria miró hacia la puerta principal de la mansión y gritó con todas sus fuerzas.
—?MANSIóN SUNGLEY! ???CóDIGO ROJO!!!
Tan solo escuchar aquella última frase fue suficiente para que un gran alboroto comenzara a rugir dentro de la casa. Desde los costados de la mansión, un amplio escuadrón de soldados apareció casi de inmediato, avanzando con pasos firmes y coordinados. Desde el interior, varias sirvientas salieron apresuradas, y junto a ellas los guardianes de la mansión, todos reaccionando al instante ante la activación del código rojo.
Desde otro costado apareció una sirvienta cargando a Lysandra, quien había sido cruelmente abandonada por su madre, cegada por la venganza. La ni?a observaba todo con ojos grandes y atentos, aferrándose con fuerza a quien la llevaba, sin comprender del todo el caos que se desataba a su alrededor.
Las sirvientas más experimentadas y los guardianes, al ver con sus propios ojos el nivel de las visitas que habían llegado tras el llamado del código rojo, no escatimaron esfuerzos. Cada uno aplicó toda su fuerza y disciplina para preparar la bienvenida menos esperada que jamás había tenido lugar en la mansión Sungley.
Los tres guardianes se posicionaron al unísono frente al carruaje, formando una fila recta. Luego inclinaron sus cabezas con respeto solemne.
—Sean bienvenidos los héroes y nuestra gran realeza —dijeron al unísono.
Desde el interior del carruaje se escuchó una voz femenina adicional.
La mujer que descendió a continuación, ayudando a dos ni?os a bajar, se plantó frente a todos con una postura firme e impecable, como si cada movimiento estuviera cargado de disciplina y carácter. Su cabello rubio corto caía en mechones perfectamente ordenados alrededor de su rostro, dándole un aire práctico y severo sin restarle belleza. Sus ojos verdes, intensos y expresivos, transmitían autoridad inmediata; no necesitaba elevar la voz para hacerse escuchar.
Vestía un uniforme impecable de tonos morados yblancos, ajustado con precisión militar y decorado con ribetes dorados queenfatizaban su porte profesional. La chaqueta corta, perfectamente entallada,contrastaba con la rigidez de sus hombros, y los guantes blancos completaban suapariencia de mujer estricta, refinada y acostumbrada a tener el control. Erala guardia personal de la reina.
—?Qué es esta presentación tan desarreglada y sucia, Holley...? —dijo con severidad—. ?Dónde están tus modales?
—Ayyy, no vengas con esas, Elara —respondió Holley—. ?Si tú eras experta en llenarte de barro en la casa!
—Por Dios, Holley... solo estoy intentando darte un consejo —replicó Elara, con evidente molestia.
—Jajaja, mira, Enta, las hermanas se van a poner a pelear de nuevo —comentó Ken, divertido.
—Se?oritas, por favor —intervino Enta—. Entiendo sus preocupaciones la una por la otra, pero estamos frente a la realeza...
A ver, a ver, mi ciela... —pensó Kael—. ?Acaban de llegar dos héroes más? ?La heroína bailarina y el paladín del reino? ?Y ahora resulta que uno es rey? ?Qué wea pasa aquí?
Con delicadeza, Liora bajó a Kael al suelo y lo acercó a los otros dos ni?os que habían descendido del carruaje.
—Peque?o y hermoso Kael —dijo con dulzura—, te presento a estos dos hermosos ni?os que serán tus amigos. Mi querido hijo Ronan y la princesa Althea. Espero que se lleven muy bien.
?Más ni?os pasados a meados? —pensó Kael—. ?La concha de la lora!
Sin darse cuenta, Kael fue tomado del brazo. Era Lysandra, que observaba a los otros dos ni?os con una mezcla de curiosidad y recelo, apretando suavemente su agarre.
La reina Isadora se acercó a ellos con una sonrisa suave.
—Oh, así que tú debes ser la peque?a Lysandra —dijo con calidez—. Qué linda ni?a. Espero que te lleves bien con mi hija.
El peque?o Ronan realizó un saludo algo tosco, pero respetuoso. La peque?a Althea, en cambio, hizo una reverencia muy educada para saludar, moviéndose con una gracia que denotaba buena crianza.
—Un gusto, enanos —dijo Kael—. Sean bienvenidos a la mansión Sungley. Ahora, si me disculpan...
Kael se acercó al rey Rowan y levantó la mirada para hablarle.
—Buenas tardes, su majestad Rowan —dijo con seriedad—. Disculpe, ?le puedo hacer una pregunta?
Rowan arqueó una ceja, intrigado.
—Tan peque?o y ya puedes hablar tan fluidamente... Claro, dime.
—?Me dejaría quedarme en su palacio por los próximos cuarenta a?os? —preguntó Kael—. Es que si me sigo quedando aquí los próximos minutos, seré cruelmente torturado. Le pido que tenga piedad de mí...
Rowan lo miró con expresión confundida, sin terminar de entender la situación, justo cuando dos figuras se abalanzaron sin piedad sobre el pobre Kael.
—Vas a pagar, enano... —dijo Freya, con una sonrisa peligrosa.
—?Tu castigo será legendario! —a?adió Caria, con entusiasmo maligno.
—?Pero qué hizo el pobre Kael para que estén tan furiosas...? —preguntó Rowan, desconcertado.
—?Nada! —respondieron Caria y Freya al mismo tiempo.
Mientras Freya y Caria se preparaban, con expresiones claramente malévolas, para dictar el castigo de Kael, un látigo de agua se formó de la nada y envolvió los cuerpos de ambas mujeres en un instante. El líquido se tensó como una cuerda viva, inmovilizándolas por completo. Apenas pudieron reaccionar antes de quedar suspendidas, incapaces de moverse.
Desde atrás apareció Laret, con el rostro pálido y una expresión agotada, casi como si hubiera visto a la muerte de frente. Con rapidez, tomó a Kael y lo apartó de las dos mujeres.
—Las únicas que tendrán castigo serán ustedes dos, por despiadadas —dijo Laret con voz firme.
Rowan soltó una risa incrédula al verlo.
—Pfff... jajajaja. ?Qué te pasó, Laret? Tienes cara de que hubiese venido el mismísimo Fentossias a darte un golpe.
Laret suspiró con pesadez antes de responder.
—Pues no está tan alejado de esa realidad... —dijo—. Ahora bien, pensaba que llegarían en tres días más. ?Qué pasó?
—Tuvimos que salir antes del reino —explicó Rowan—. Teníamos que juntarnos en la ciudad para hablar con Galen, quien nuevamente se dirigía al Reino Sacro.
Caria, aún atrapada por el látigo de agua, giró la cabeza con dificultad.
—?Oye! ??Por qué no me dijiste que vendrían todos!? —reclamó con frustración.
Laret la miró de reojo, visiblemente cansado.
—Recibí la noticia de mi padre en una carta apenas ayer en la noche —respondió—. Y si no estuvieras tan centrada en perseguir osos enanos y golpear a tu marido, te habría dicho...
Ante aquellas palabras, Caria bajó la mirada, claramente derrotada. Murmuró una disculpa y no dijo nada más.
Laret se aclaró la garganta y continuó.
—Pues bien, ya que llegaron hace poco, les prepararemos las habitaciones y les daremos la correspondiente bienvenida. Siéntanse como en casa —dijo, con tono hospitalario—. Los temas puntuales los veremos cuando llegue mi padre, que se retrasó.
Con esas palabras, el ambiente comenzó a relajarse poco a poco. Las sirvientas retomaron sus tareas con mayor calma, los soldados se replegaron a sus posiciones habituales y los guardianes bajaron la guardia, aunque sin perder la compostura.
Y así, la casa volvió a llenarse de invitados. Invitados de gran importancia, que no habían llegado solo por cortesía, sino para tratar asuntos serios que pronto saldrían a la luz.
Qué onda gente, habla el Perkinaso.
Quería dejar un peque?o mensajito para conectar con ustedes.
Si llegaste hasta este capítulo… mi ciela, te invitaría unas cervecitas bien frías por el apoyo que le estás dando a esta novela. ??
Esta es mi primera historia y le tengo muchísimo cari?o. Si hubo algún capítulo que les gustó, les incomodó o simplemente les dejó pensando, sería genial que me lo hicieran saber. Cualquier comentario —crítica o validación— me ayuda muchísimo a mejorar y seguir puliendo la obra.
capítulo 65, así que hay novela para rato. Y créanme: sigo más entusiasmado que el primer día.
Tengo mucho que contar y compartir con ustedes.
Que tengan una linda Navidad y un próspero A?o Nuevo. ???
—Perkinaso

