Era un trabajador normal, funcional, respetuoso de la ley y la paz. A mis treinta y cuatro a?os, con una carrera en informática, simplemente terminaba mis jornadas laborales para llegar a mi solitario departamento y pegarme sus buenas plays en algún juego de turno o verme alguna serie.
La verdad es que no... mentí. No estaba bien.
Me alejé de mis amigos y de mi familia. Vivía en Valdivia, una ciudad en el sur de Chile, y me vine a la capital por un mejor trabajo... y también para pelear con una maldición que me llevó a mi situación actual.
?Qué pasó?
Pues bien, a mis treinta y dos a?os me detectaron un tumor cerebral.
?Dónde?
Encima de la silla turca.
?Qué carajos es eso?
Pues bueno, resulta que la silla turca se localiza en el hueso esfenoides, que pertenece a la composición de la cavidad craneal. Según la anatomía del esfenoides, esta estructura se sitúa en la cara endocraneal y se encuentra cercana al canal óptico, por el cual pasa el nervio óptico.
Les soy sincero: cuando me intentaron explicar no entendí ni madres.
Lo único que entendí fue que me tenían que romper la nariz y que me meterían herramientas por ella para sacármelo.
Una operación millonaria.
Peligrosa.
Y que requería mucho reposo.
Dos a?os completos trabajando como esclavo para reunir el pie del dinero, pedir el préstamo y proceder con la operación... y pues, ?qué creen?
No se equivocaron en lo de peligrosa.
Lo último que recuerdo es que me estaban inyectando anestesia intravenosa. Sentí ese frío recorriéndome el brazo... y luego, todo se apagó.
Estaba todo oscuro.
No veía nada.
No sentía mi cuerpo.
Solo me sentía consciente.
En ese estado extra?o, suspendido en la nada, comencé a escuchar quejidos... y luego, un llanto. El llanto de un ni?o. Al principio era distante, casi como un eco, pero mientras más tiempo pasaba, más claro se volvía. Era agudo, desesperado.
Parecía una ni?a.
Poco a poco empezó a aparecer una luz. No era intensa, sino tenue, difusa, como si alguien hubiese encendido una vela muy lejos. Esa luz me dio una mínima perspectiva, y entonces me di cuenta de que podía ver... apenas un poco.
Ahí estaba.
A lo lejos, una peque?a ni?a.
Tenía toda su ropa rota, desgarrada, como si hubiese pasado por algo terrible. Lloraba sangre. Sus mejillas estaban manchadas, sus ojos rojos e hinchados, y su expresión era tan dolorosa que me heló el alma.
No mamen...
?Qué verga está pasando?
Lo único que pude intentar fue hablar. Quise gritar, preguntar, decir algo... pero no sentía ninguna parte de mi cuerpo. No tenía voz. No tenía control. Solo podía mirar.
En eso, la ni?a se quedó completamente quieta.
Levantó la cabeza lentamente y fijó sus ojos directamente en mí.
Su mirada me atravesó.
Y con una voz apenas audible, cargada de culpa y tristeza, dijo:
—Lo siento...
En ese instante todo comenzó a nublarse.
Sentí que algo regresaba a mí, poco a poco, como si mi conciencia estuviera siendo empujada a la fuerza dentro de un cuerpo que no respondía. El proceso de respiración se volvió apretado, sofocante. No podía respirar. Era como si algo me estuviera comprimiendo el pecho desde dentro.
Comencé a sentir espasmos repetidos, violentos, y una sensación indescriptible de desesperación. Quería aire. Lo necesitaba. El pánico me inundó.
Sin darme cuenta, empecé a llorar.
Mientras más lloraba, más sentía que algo se despejaba en mi garganta, casi como si tuviera flemas atoradas que finalmente comenzaban a soltarse. Poco a poco, el sentido de la audición empezó a regresar.
Escuchaba gritos.
Voces de personas.
Movimiento constante, caótico, como si muchos cuerpos se desplazaran de un lado a otro con urgencia.
Junto con eso, comenzó a regresar el tacto.
Sentía presión alrededor de mi cuerpo, como si me estuvieran sujetando con sogas gigantes. Firmes. Envolventes. ?Qué estaba pasando?
No... no eran sogas.
Unauthorized usage: this narrative is on Amazon without the author's consent. Report any sightings.
Eran soportes cálidos y cómodos que se acoplaban perfectamente a mi cuerpo.
Casi como brazos...
?Seré pelotudo?
?Cómo carajos unos brazos me van a estar sujetando de esta manera?
?Acaso me agarró un gigante?
Ahí todo cobró sentido.
Esos "brazos" me pasaron a otros brazos. El movimiento fue suave, cuidadoso, y poco a poco comencé a recuperar la vista. Ya no estaba en una desesperación total como para seguir intentando gritar... o, en este caso, llorar.
En ese momento, entre el caos y la confusión, la primera persona apareció claramente frente a mí.
Cabello color cobre, brillante, como si cada hebra estuviera ba?ada por la luz del amanecer. Dos ojos grandes, de un rosado intenso, me observaban con una mezcla de cansancio profundo y una ternura que nunca había sentido antes.
Su rostro estaba pálido, sudoroso, pero aun así había una calidez indescriptible en su expresión.
Y con palabras suaves, cargadas de cari?o, dijo:
—Bienvenido... mi peque?o.
A su lado, otra persona, desbordando alegría y entusiasmo, habló casi sin poder contenerse:
—?Mi gran se?ora Caria! ?Es un varón! ?Un enérgico y sano varón! ?Y además bellísimo, con los ojos y el cabello de su padre!
Ahí todo cobró sentido.
No podía mover mi cabeza; era demasiado pesada. Mi cuerpo no respondía como debía. Con solo ver lo grande que era aquella mujer que me sostenía, lo entendí todo de golpe.
Había renacido.
Ya más calmado, intentando adaptarme a ese nuevo entorno, solo podía escuchar a las personas a mi alrededor hablar. No podía girar la cabeza, apenas moverme, así que mis sentidos se enfocaban en las voces.
Escuché entonces a la que ahora sabía que era mi madre, hablando con la mujer que en un principio me había tenido en brazos.
—Me duele todo el cuerpo —dijo Caria con voz agotada—, pero ver que ya está calmado y adaptándose a este nuevo mundo me llena de felicidad... Mi peque?o y amado bebé. Ya quiero ver la cara que pondrá tu padre cuando te vea, y lo feliz que estará cuando sepa que eres un fuerte y poderoso ni?o.
Hizo una breve pausa antes de continuar, respirando con dificultad.
—Tana, por favor, ?podrías limpiar al bebé y ponerlo en su cesta? Cuando esté todo listo, por favor manda a avisar a lord Laret que su primogénito lo está esperando.
—Enseguida, mi se?ora —respondió Tana con evidente entusiasmo—. Con gusto llevaré a este peque?o bombón de caramelo a su primer ba?o y después me lo comeré a besos.
—?Oye! —protestó Caria, aunque se notaba la sonrisa en su voz—. ?Yo seré la primera en comérmelo a besos, después tú!
—?KYAAA! ?Qué egoísta es mi se?ora! —respondió Tana entre risas.
Luego de esa discusión, nuevamente me tomaron en brazos y me llevaron a otro sitio.
Khe berga, hermano... tengo treinta y cuatro a?os, no soy un escuincle para que me coman a besos.
Sus brazos eran firmes, pero suaves. Me alzaron con un cuidado que contrastaba con toda la confusión que aún reinaba en mi cabeza, y por primera vez vi algo distinto al rostro de mi madre.
Frente a mí estaba una joven de cabello oscuro, recogido bajo un gorro blanco. Su sonrisa era tranquila, serena, como si no existiera prisa ni caos alguno en el mundo. Había en ella una calma que se sentía real, casi contagiosa.
Vestía de negro y blanco, un contraste marcado que resaltaba aún más la claridad de sus ojos azul cielo. No había en su mirada la ternura abrumadora de una madre, sino algo distinto... la serenidad de alguien acostumbrada a cuidar, a sostener vidas ajenas sin quebrarse.
Luego de que me limpiaran y me secaran con sumo cuidado, me colocaron en una cesta cubierta por suaves telas acolchadas de color blanco. Todo se sentía tibio, cómodo, casi reconfortante. Los bordes de la cesta eran bastante altos, así que, por más que intentara mover los ojos hacia los lados, solo podía ver esas paredes suaves que me rodeaban, limitando mi mundo a ese peque?o espacio.
Pasaron unos minutos.
No sé cuántos. El tiempo se sentía extra?o, dilatado.
Entonces entró otra mujer en la habitación y dijo con voz respetuosa:
—El se?or Laret ya fue avisado y viene en camino...
—Muchas gracias por avisarle —respondió Caria, con un tono cansado pero agradecido.
—Y ya lo creo que le avisaron... —agregó Tana con una risa apenas contenida—. Lo veo por la ventana, viene como lobo corriendo a toda velocidad, directo hacia aquí.
La puerta se abrió con un golpe seco.
—?Caria! ?Estás bien? —la voz resonó con fuerza, cargada de una mezcla evidente de miedo y alivio.
La mujer recostada en la cama le dedicó una sonrisa cansada y respondió en un susurro controlado:
—Pues me duele un poco el cuerpo y me siento bastante cansada... así que me sería de gran ayuda si no hablas tan fuerte y te calmas. Además, también debes hablar bajo, o harás llorar a tu hijo...
El hombre se detuvo en seco.
Su respiración agitada delataba que había corrido, probablemente desde el otro extremo de la casa, sin detenerse ni un segundo.
Dio un paso más adelante, y cuando sus ojos se posaron sobre la peque?a cesta junto a la cama, su expresión cambió por completo. El guerrero, el noble, el hombre de rostro firme... desapareció sin dejar rastro.
Ahí pude ver por primera vez la imagen de quien sería mi padre.
El cabello plateado que caía sobre su frente brilló bajo la luz tenue de las velas. Sus ojos, de un azul claro casi transparente, temblaron apenas cuando se inclinó hacia mí, como si temiera que incluso su presencia pudiera ser demasiado.
—Así que... este es mi hijo —susurró, más para sí mismo que para los demás.
Alargó la mano con extremo cuidado, casi con miedo de romper algo, y rozó con la yema de los dedos mi mejilla.
Sonrió.
No fue la sonrisa de un hombre endurecido por la vida, ni la de un guerrero acostumbrado a la batalla.
Fue la sonrisa de un padre que acaba de encontrar su razón para seguir luchando.

