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20. Operación: Infiltración Universidad S - La identidad de la anomalía

  Shūen entró en la universidad con paso rápido y la mirada inquieta. Avanzaba por el pasillo con la sensación de que alguien lo observaba. Justo cuando cruzó frente a la puerta abierta de un aula, algo surgió de la oscuridad y se enroscó a su alrededor, estrangulándolo con fuerza: una cuerda roja. Lo jaló con violencia y lo lanzó a través del umbral, haciéndolo aterrizar dentro del aula vacía. Mochi cerró la puerta de un empujón para impedir que escapara.

  Shūen, tendido en el suelo, levantó la vista para ver quién lo había atacado. Frente a él, plantado con calma, estaba Zeke.

  —?Quién demonios eres? —gru?ó Shūen, furioso—. ?Suéltame de inmediato!

  —?Cállate! —respondió Mochi al pasar junto a él y colocarse junto a Zeke—. Pagarás por lo que hiciste. Me encargaré de eso personalmente.

  En cuanto Shūen la reconoció, su furia se avivó aún más. —A ti te recuerdo… también estás metida en esto. ?Qué quieren? ?No saben con quién se están metiendo? Se arrepentirán, ?se los juro!

  Molesto por los gritos, Zeke tiró con fuerza de la cuerda que salía de su antebrazo y rodeaba a Shūen. Al instante, la soga se apretó como un torniquete.

  —?Argh! —Shūen soltó un alarido, como si los huesos le crujieran bajo la presión.

  Sus amenazas se estrellaron contra la frialdad de las miradas frente a él. Al comprobar que su autoridad como profesor no surtía efecto, la expresión de arrogancia se derrumbó hasta convertirse en miedo. Había usado su cargo para someter a quienes le incomodaban… pero ahora no tenía con qué.

  —De—deténganse… —balbuceó, la voz temblando—. Hablaré. Les diré todo lo que quieran saber.

  El cambio sorprendió a ambos, pero no bajaron la guardia; tampoco descartaron que fuera una estratagema de la anomalía para tenderles una trampa.

  —Deja de fingir que eres humano —gru?ó Zeke, clavándole la mirada—. Sabemos que eres la anomalía detrás de los suicidios.

  Shūen alzó la vista con una mirada de confusión. —N-no entiendo de qué me hablan… yo… no hice nada…

  Zeke tiró de la soga otra vez, con un tirón seco. La cuerda se apretó hasta que Shūen soltó otro quejido ahogado.

  —No mientas —dijo Zeke en voz baja, cargada de ira—. Te hemos estado siguiendo. Tenemos pruebas.

  Mochi, de pie a su lado, lo miraba con frialdad.

  —Me mentiste —dijo—. Cuando fui a tu oficina y te dije que te había visto entrar a la universidad de noche, me dijiste que estaba equivocada… que nunca habías estado aquí fuera de horario.

  Shūen parpadeó rápido, respirando con dificultad.

  —E-eso… debió ser un malentendido…

  Zeke lo interrumpió, cortante.

  —Otro de tus cuentos. Dijiste que los estudiantes que se suicidaron nunca te buscaron para pedir ayuda. Pero el que sobrevivió… —sus ojos se clavaron en él— nos contó la verdad: que sí acudieron a ti. Que buscaban apoyo… y tú te burlaste de ellos. Los humillaste. Los empujaste más lejos.

  —Eso… eso no… —balbuceó Shūen, intentando mover las manos, pero la soga lo mantenía inmóvil.

  —También sabemos que la noche que entraste de forma ilegal borraste las grabaciones de las cámaras —a?adió Zeke, sin apartar la mirada.

  El profesor tragó saliva.

  —S-se equivocan…

  —?Basta! —la voz de Mochi se quebró; sus pu?os temblaban—. Sabemos que fuiste tú quien atrapó a Sam y sus amigos cuando intentaron entrar. ?Dos días después, Sam estaba muerto! ?Deja de fingir! ?Eres tú quien está provocando los suicidios!

  Shūen abrió la boca en un nuevo intento de negar, pero algo en su expresión cambió: pareció descubrir —o inventar— una coartada al instante.

  —No… no… ?no fui yo! ?Fue una trampa! —exclamó con voz más aguda, desesperada—. ?Fue esa zorra de Ami! Ella… ella me enga?ó.

  Zeke tiró de la cuerda otra vez; Shūen dejó escapar un alarido.

  —Deja de inventar.

  —?No miento! —se retorció—. Ami y yo… somos amantes desde hace un a?o. Esa noche me colé porque ella me invitó… quería “jugar” conmigo en mi oficina. Después… bueno, nos divertimos, y yo no encontré mi tarjeta de acceso… seguro ella la tomó y borró las cámaras.

  Mochi frunció el ce?o, en su mente ella estaba atando cabos.

  —Zeke… esa noche yo estaba segura de haber escuchado pasos… de mujer.

  —?Ves? ?No miento! —se aferró Shūen a esa mínima coincidencia—. Ella me dijo que ignorara a esos estudiantes deprimidos, que no valía la pena perder el tiempo. Me contó que Sam y sus amigos planeaban colarse… me pidió que los atrapara para darles una lección. También fue ella quien me dijo que renunciara porque me culparían de los suicidios por ser el profesor; me convenció de venir hoy a cobrar mi salario.

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  Su mirada se volvió casi febril.

  —?Fue ella! —aseguró—. Además, sé que se acostaba con varios del grupo de teatro… y ellos fueron los que luego se suicidaron.

  Un silencio pesado inundó el aula.

  Zeke y Mochi intercambiaron una mirada; de repente, ambos sintieron un mal presentimiento.

  —Llama a Miyu —ordenó Zeke, sin apartar la vista de Shūen.

  Mochi sacó el teléfono y marcó con manos temblorosas.

  —Vamos, contesta… —susurró.

  El tono sonó una vez. Dos. Tres.

  Nada.

  Volvió a intentarlo. Otra vez… silencio.

  Un nudo se formó en su estómago.

  —No contesta…

  Zeke apretó los dientes.

  —Nos enga?ó… y caímos directo en su trampa —dijo con urgencia.

  * * *

  Unos minutos antes, Miyu estaba en el departamento de Ami. El lugar permanecía a oscuras, con las cortinas apenas abiertas. El aire se sentía pesado, viciado, como si nadie hubiera ventilado en un tiempo.

  Sentada en la mesa del comedor, Miyu escuchaba el débil borboteo del agua en la cocina.

  Recordaba bien cómo la había recibido Ami: no quedaba nada de la joven impecable y siempre radiante que conocía. Su cabello estaba enredado, sin brillo, y vestía la misma ropa de la última vez que la vio. Sus ojos, antes llenos de vida, parecían apagados.

  De camino, Miyu había sentido la confianza de poder reconfortarla. Pero ahora, frente a ella, esa seguridad se desvanecía. ?Cómo podía ayudar a alguien que había perdido a su amigo de la infancia y pareja? ?Qué palabras podían ser suficientes?

  Ami regresó de la cocina con una bandeja. Depositó una taza humeante frente a Miyu y se sentó frente a ella con la suya. El silencio se prolongó, incómodo.

  Miyu tomó un sorbo largo. El té estaba caliente, pero dejaba un regusto metálico. Frunció el ce?o un instante, pensando que tal vez era de una marca barata. Lo terminó de un trago, respiró hondo y se dispuso a romper el hielo para animarla.

  Pero Ami habló primero.

  —Perdona por hacerte venir… y por interrumpirte cuando estabas con tus dos amigos. —Hizo una pausa antes de continuar—. Es bueno que los tres se hayan transferido a esta universidad. A pesar de todo lo que pasó, sigue siendo un muy buen lugar. Tengo muchos recuerdos felices allí.

  Las palabras congelaron a Miyu.

  ?Cómo sabía Ami que ella estaba con Mochi y Zeke antes de venir? En la llamada, Mochi nunca lo mencionó.

  ?Y cómo sabía que los tres se habían transferido a esta universidad?

  Miyu la miró con cautela. La sonrisa de Ami era distinta. Forzada. Y en sus ojos había algo… como si vieran a través de ella.

  De pronto, el celular de Miyu sonó sobre la mesa. El tono era el que tenía asignado a Mochi.

  Se levantó para tomarlo, pero de inmediato el mundo giró con violencia. Un mareo súbito la hizo tambalear; sus rodillas se doblaron y cayó al suelo. La debilidad le recorrió los músculos como si su cuerpo ya no le perteneciera.

  En un destello de lucidez, lo entendió.

  —?Qué… pusiste… en el té? —susurró Miyu con esfuerzo.

  Ami se incorporó lentamente y comenzó a caminar alrededor de la mesa. Su risa estalló en el aire, primero aguda… y luego, otra voz se superpuso a ella: masculina, grave, resonante.

  —Tan ingenua… —dijeron ambas voces al unísono, la dulce de Ami y la otra, oscura y profunda.

  De rodillas, con la respiración agitada, Miyu alzó la vista hacia la puerta. Allí, apoyada contra la pared, estaba su sombrilla. La había dejado al entrar.

  Tengo que alcanzarla, pensó con desesperación.

  —No te resistas… así te dolerá menos —dijo Ami con inquietante calma.

  Miyu reunió la poca fuerza que le quedaba y se lanzó hacia adelante. Apenas dio unos pasos cuando algo tiró de su pie, haciéndola perder el equilibrio. Se desplomó de golpe contra el suelo.

  Miró hacia abajo y entendió: una de las correas de sus sandalias se había roto, la suela colgaba floja.

  —Keh heh heh… —la risa de Ami resonó detrás de ella, burlona y cruel.

  Miyu apretó los dientes y trató otra vez de impulsarse hacia la sombrilla.

  En ese instante, sintió un tirón agudo en el cuero cabelludo.

  —?Aaah! —gritó, cuando Ami le agarró un mechón de cabello para arrastrarla hacia sí.

  El rostro sonriente de Ami quedó a pocos centímetros del suyo. Luego, sin previo aviso, estampó su cabeza contra la pared.

  —?Ugh! —un gemido de dolor escapó de sus labios. El sabor metálico de la sangre llenó su boca y un hilo tibio descendió por su nariz. Antes de que pudiera reaccionar, otro golpe la azotó contra la pared… y luego otro.

  Finalmente, Ami la soltó. El cuerpo de Miyu se deslizó lentamente hacia el suelo, dejando tras de sí un rastro oscuro sobre la pared.

  Levántate… no te quedes aquí…, se ordenó a sí misma.

  Temblando, luchando contra el efecto de la droga, apoyó una mano en un armario cercano y comenzó a levantarse, sus piernas temblaban. Apenas se incorporó, alcanzó a ver a Ami lanzar una patada directa. Miyu intentó esquivarla, pero la manga ancha de su abrigo se enganchó en la esquina del mueble.

  No pudo liberarse.

  El golpe la alcanzó de lleno en el estómago.

  —?Ahh! —el aire escapó de sus pulmones. Cayó al suelo con la espalda contra la pared.

  Ami levantó la pierna y descargó otra patada sobre el mismo punto. Miyu se dobló en posición fetal, abrazándose el abdomen mientras sus jadeos se mezclaban con arcadas.

  Ami la observaba con los ojos desorbitados, una sonrisa de placer deformándole el rostro.

  —Te advertí… —otra patada— que si no te resistías… —otra— no dolería.

  Cada palabra era acompa?ada por un nuevo impacto. Miyu sintió su vientre arder, revolverse… hasta que terminó vomitando.

  —Qué asco… —escupió Ami con desprecio.

  De un empujón con el pie, la giró boca arriba. Luego se colocó a horcajadas sobre ella, sentándose sobre su abdomen adolorido.

  Con ambas manos, tomó el collar de Miyu y lo jaló con fuerza, oprimiéndole el cuello.

  La sonrisa de Ami se estiraba, desbordada de satisfacción mientras contemplaba a su víctima ahogarse.

  Miyu forcejeaba, sus dedos ara?aban en vano las manos que la estrangulaban. La visión se nublaba; los bordes de su mundo se te?ían de negro. Levantó una mano temblorosa hacia la nada, como si intentara alcanzar a alguien.

  —Se…mpai… ayúdame… —susurró con voz débil, antes de que la oscuridad la envolviera por completo.

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