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19. Operación: Infiltración Universidad S (Parte 7)

  El cuarto día de clases de Mochi comenzó como cualquier otro. Asistió a las materias de la ma?ana, y al llegar el almuerzo se reunió con Ami y Miyu. Sam seguía suspendido.

  Ese mismo día, antes de entrar en la universidad, Miyu había puesto al tanto a Mochi sobre lo que habían descubierto en la visita al paciente. Aquella charla había dado frutos, y ya no tenían dudas: el profesor Shūen era la anomalía detrás de todo. Su misión en la universidad estaba a punto de concluir.

  Mientras regresaban a su aula, las tres notaron una gran multitud reunida en el patio interior. La agitación de los estudiantes llamaba demasiado la atención, así que se acercaron para averiguar qué ocurría.

  —No alcanzo a ver nada… —se quejó Miyu, poniéndose de puntas y saltando para intentar mirar por encima de las cabezas.

  Snf, snf…

  —Hmm… —Mochi olfateó el aire con desconfianza, sus orejas se movieron inquietas—. Huele a… ?gasolina! ?Miyu!

  —?Sí, vamos, sempai!

  Ambas reaccionaron de inmediato, dejando atrás a una Ami confundida, y comenzaron a abrirse paso entre la multitud. Con cada paso el olor se hacía más intenso, y un mal presentimiento les apretaba el pecho.

  Cuando por fin lograron atravesar la pared de estudiantes, quedaron heladas por la imagen frente a ellas. Allí estaba Sam, empapado por completo en gasolina. Su mirada estaba vacía; aunque sus ojos parecían clavarse en ellas, era evidente que miraba a través suyo hacia la nada.

  Mochi intentó correr hacia él, pero se detuvo en seco al ver cómo Sam extendía el brazo. En su mano temblaba un mechero. Era una advertencia: que nadie se atreviera a acercarse.

  El instinto le gritaba a Mochi que saltara y se lo arrebatara, pero la distancia era demasiada. No estaba segura de poder alcanzarlo antes de que él presionara la rueda del encendedor. Peor aún: si fallaba, ella misma caería en el charco de gasolina que se extendía a sus pies, envolviéndola en el mismo destino.

  —?SAAAMM! —gritó Ami, desesperada, tratando de lanzarse hacia él.

  Miyu la sujetó por los hombros con fuerza, deteniéndola a tiempo.

  En ese instante, Sam encendió el mechero. Mochi apenas alcanzó a ver el destello antes de que una cegadora luz la obligara a cerrar los ojos. Una ola abrasadora de calor la golpeó de lleno.

  Los recuerdos de ese momento quedaron fragmentados en su mente: los gritos histéricos de la multitud, el llanto desgarrador de Ami, y, por encima de todo, el hedor insoportable de la carne quemada.

  * * *

  Pasaron dos días desde aquel horrible incidente. Era sábado por la tarde y el grupo de tres volvía a reunirse. Zeke los había convocado a través de un mensaje de texto, aunque no explicó el motivo detrás de la cita.

  Tras el suicidio de Sam, la universidad había cerrado sus puertas de manera definitiva. Desde ese mismo día, el profesor Shūen también había desaparecido sin dejar rastro. Según contó Zeke, estuvo vigilando su casa, pero el hombre no regresó nunca. Además, visitó la morgue y confirmó lo peor: había rastros de éter en el cuerpo de Sam, lo que eliminaba cualquier duda sobre la presencia de una anomalía.

  Como de costumbre, Miyu y Mochi llegaron primero. A pesar de ser él quien las había citado, Zeke aún no aparecía.

  —Te ves muy bien, Miyu —comentó Mochi, sonriendo.

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  Ella había llegado con un atuendo que parecía sacado de una revista de moda: un abrigo blanco de punto fino con mangas anchas, una falda negra ajustada tipo tubo y unas sandalias atadas con cintas delicadas. El conjunto le daba un aire elegante y llamativo. Además, lucía un maquillaje que resaltaba sus facciones, pesta?as postizas y varios accesorios: pulseras y collares que brillaban a la luz del atardecer.

  —Gracias —respondió Miyu, con una risita nerviosa—. Justo cuando recibí el mensaje de Zeke estaba con unas amigas de la escuela y no tuve tiempo de volver a casa a cambiarme.

  Veinte minutos después de la hora acordada, apareció finalmente Zeke, como si nada.

  —Perdonen la tardanza —dijo con su calma habitual—. Dentro de todo lo malo que sucedió, al menos tengo algo bueno que informar: ya encontramos el paradero del profesor Shūen.

  —?Entonces, ?qué estamos esperando?! ?Hay que ir por él! —exclamó Mochi, alzando la voz con impaciencia.

  —Calma, no tiene sentido apresurarse —respondió él, levantando una mano para tranquilizarla—. Lo que quiero decir es que sé dónde estará dentro de una hora y media. El mismo Shūen llamó a la universidad, pidió que le adelantaran su salario y dijo que pasaría a buscarlo en un rato. Pero puede tratarse de una trampa. Si la anomalía sospecha que estamos tras ella, quizás intente tendernos una emboscada. Tenemos que estar preparados.

  En ese momento, el teléfono de Mochi sonó, interrumpiendo la conversación. Miró la pantalla y su expresión cambió al ver el nombre.

  —Un segundo… —murmuró, apartándose unos pasos—. ?Ami?

  La voz que escuchó al otro lado era débil, temblorosa.

  —Mochi… yo… no puedo más. Todo es tan… vacío. Sam ya no está, y yo… no sé si quiero seguir.

  El corazón de Mochi dio un vuelco.

  —Oye, oye… espera. ?Dónde estás? —preguntó con urgencia.

  —En casa… pero no sé… tal vez… tal vez quiera terminar con todo.

  Las manos de Mochi comenzaron a temblar. A lo lejos, Zeke notaba que algo no iba bien, y Miyu también se adelantó un paso, preocupada.

  —Ami, escucha, yo voy a ir… —dijo Mochi, pero las palabras se quedaron atrapadas en su garganta. Tenían que ir tras Shūen, no podían dejarlo escapar.

  Mochi apretó los dientes, luchando contra la decisión imposible.

  —Maldición…

  Miyu, con una determinación inesperada, se adelantó.

  —Mochi-sempai, yo iré con ella.

  —?Qué? —Mochi la miró sorprendida.

  —Escucha —dijo Miyu con firmeza—, ir con Ami no es peligroso. Puedo quedarme con ella y asegurarme de que no haga nada… irreversible. —Forzó una leve sonrisa, aunque sus ojos seguían serios—. Tú y Zeke deben encargarse de la misión.

  Zeke asintió, cruzándose de brazos.

  —Tiene razón. Si Miyu se queda con tu amiga, estará a salvo.

  Mochi dudó, apretando el teléfono contra su oreja mientras escuchaba la respiración entrecortada de Ami al otro lado.

  —?Y si… y si pasa algo?

  —No pasará. —Miyu dio un paso adelante y le tocó el hombro con suavidad—. Confía en mí, sempai.

  Mochi cerró los ojos, respiró hondo y finalmente asintió.

  —Está bien… —volvió al teléfono—. Ami, escucha… Miyu va a ir a verte ahora mismo. Quédate en casa, ?sí? No hagas nada hasta que ella llegue.

  Del otro lado, solo se escuchó un leve murmullo, pero bastó para tranquilizar un poco a Mochi. Colgó el teléfono con un suspiro tembloroso.

  La decisión estaba tomada y el grupo se dividió. Miyu se dirigió a los apartamentos donde vivía Ami, mientras que Mochi y Zeke pusieron rumbo a la universidad.

  * * *

  Cuando llegaron, el lugar estaba vacío, pero la puerta principal permanecía abierta.

  —Hice que el personal que quedaba se retirara —explicó Zeke mientras avanzaban—, pero dejamos la entrada abierta para que la anomalía no sospeche.

  El eco de sus pasos resonaba en el interior silencioso del edificio principal. Se situaron en el segundo piso, junto a una ventana, desde donde podrían observar sin ser vistos.

  Pocos minutos después, un auto se detuvo frente a la universidad. De él descendió el profesor Shūen, caminando con calma hacia la entrada, como si nada extra?o ocurriera.

  Zeke sonrió con serenidad inquietante.

  —Peque?a Noa, es el momento. Lo emboscaremos en cuanto cruce la puerta principal.

  Mientras hablaba, se desabrochó el botón del pu?o de su camisa y subió la manga derecha. Mochi observó lo que ocultaba: una fina cuerda roja enrollada firmemente alrededor de su antebrazo.

  Se quedó mirando aquel objeto extra?o, preguntándose si esa sería el arma de éter de Zeke…

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