home

search

La Tutora Élfica y el Ritual de Ascenso de su [Apprentice].

  Día 24

  La gracia del Gran Soberano, en su infinita misericordia, ba?a el mundo cada amanecer. Aquellos que la reciben con fe crecen y se iluminan, dando pasos firmes hacia la plenitud —recitar pasajes del Libro de la Adoración para el Rey Solar era un gusto de Namys

  Su mirada recorrió el salón de clases al aire libre, instalado bajo la sombra fresca de un antiguo árbol de ramas frondosas. Sentada sobre un grueso cojín de seda verde, Togaz examinaba con curiosidad una caja de lacada que contenía sus nuevos útiles

  —Está bien, está bien. El Sol es el jefe —declaró Togaz, con un tono que distaba mucho de la reverencia que Namys esperaba. Pero la mirada curiosa y ani?ada de la peque?a, seguida por la atención silenciosa pero palpable del espíritu del tótem —cuya forma oscura se materializaba justo detrás de su hombro, vibrando de emoción contenida—, la hizo suspirar con resignación afectuosa. Comenzar con algo claro y simple será lo mejor hoy serían los dioses.

  Se colocó su máscara ceremonial de ciervo espectral y, con un fluido movimiento de sus manos, hizo surgir del suelo varios pilares de madera viva que se entrelazaron formando un peque?o anfiteatro. El espectáculo mágico capturó al instante la atención de Togaz.

  —?Oooooo! —exclamó la ni?a, con los ojos abiertos como platos.

  Namys sabía que Loreleia creía ocultarse con destreza tras su máscara de camaleón, pero ella podía sentir cada presencia, cada respiración, en aquel rincón consagrado del templo. Con movimientos envolventes transformó uno de los pilares en una esfera solar radiante que absorbía el calor ambiental y liberaba una brisa fresca y reconfortante.

  —Este es el Rey Solar. Su gracia es divina; es el Rey Celestial —explicó Namys, su voz un mantra calmado.

  Con cada palabra, la figura esculpida en el pilar cambiaba: a veces un hombre de facciones severas, a veces una mujer de pelo llameante, adoptando las formas de distintas especies y razas.

  —Es el dios del orden, el mundo y la ley —continuó.

  Con otro gesto elegante, creó un gran círculo en el suelo cubierto de musgo y colocó el símbolo del sol en el centro del círculo.

  —Es el jefe… —murmuró Togaz, fascinada, mientras la Sombra a su espalda se inclinaba hacia adelante, sus contornos oscuros palpando el aire cerca del símbolo como si intentara descifrar su calor.

  De acuerdo, debo ser más clara y directa, pensó Namys, ocultando una sonrisa. —Sí, Togaz. Es el gran jefe. Si el Rey Celestial te dice que hagas algo, le haces caso.

  Anotó mentalmente que pronto debería ense?arle también a no hacer caso a los extra?os.

  Transformó otro pilar en una gigantesca llama danzante, rodeada por un aro metálico que se quebraba y ensamblaba una y otra vez en un movimiento dinámico y perpetuo.

  —Y este es el Fuego Eterno, se?or de la llama y del cambio radical.

  Al chasquido de sus dedos, runas neutras dispuestas alrededor del área de estudio se encendieron, formando un círculo de fuego multicolor e inofensivo. Togaz se acercó cautelosa al principio, extendiendo un dedo tembloroso, pero al ver que las llamas solo acariciaban su piel con un cosquilleo cálido, se lanzó a jugar entre ellas, riendo.

  —Sus llamas están en todas partes —prosiguió Namys, observando con diversión cómo la Sombra imitaba los movimientos de Togaz, ondulando como una bandera negra al viento—. Cuando sientes un viento caliente, es el aliento del Fuego Eterno. Cuando tocas tu pecho y sientes el calor de la vida, es su esencia. Cuando sientes el impulso de romper lo viejo para crear algo nuevo, ese es su llamado.

  Con cada palabra, lianas surgieron suavemente del suelo y envolvieron con cuidado a Togaz, elevándola por el aire en un suave balanceo. Namys esculpió luego figuras de dragones y varanos de madera viva y con energía que cobraron vida alrededor de la ni?a, rugiendo suavemente.

  —Los hijos directos de las llamas son los dragones: seres majestuosos hechos de puro poder ígneo, que moldean el mundo a su imagen y semejanza.

  Las esculturas de dragones exhalaron suaves llamaradas que ti?eron el aire de tonalidades doradas y carmesí. Peque?os dragones volaron en círculos alrededor de Togaz, quien, entre risas jubilosas, se lanzó sobre el lomo de uno de ellos, disfrutando de un vuelo suave y controlado a baja altura.

  —Y debajo de ellos, sirviéndoles con ferocidad y honor, están los varanos —continuó Namys, modelando ahora figuras más peque?as y detalladas de hombres y mujeres lagarto de escamas gruesas, colas poderosas y garras afiladas. Algunas de las estatuillas empu?aban lanzacohetes y lanzagranadas diminutos que, al disparar, creaban espectaculares Fuegos artificiales. Una de estas figuras, armada con un lanzallamas en miniatura, se lanzó contra Togaz en una embestida juguetona. La ni?a lo esquivó con una risa, contraatacando con una pirueta.

  —Los varanos son criaturas muy grupales. Ataca a uno y— no pudo terminar la frase, porque todas las mu?ecas de varanos se abalanzaron en tromba sobre Togaz, formando una monta?a juguetona de escamas y risas.

  —?Ayuda, las mu?ecas me vencen, fufufufu! —gritó Togaz entre carcajadas, dejándose caer sobre la pila de miniaturas, que la recibieron con suaves roces de madera.

  Arriba, las estatuas de dragón se encaramaron a las ramas del árbol con arrogancia teatral, rodeando a una réplica más grande y exquisitamente detallada. Namys sabía que no debería crear una imitación del actual Rey Dragón, pero la tentación fue mayor. Para su deleite y leve preocupación, sintió la leve y distante atención del auténtico Rey Dragón posarse sobre la réplica, tomando brevemente control de ella para observar la escena. Namys sabe los elfos agradecen que el rey dragón en alguien sabio y diplomático. La propia Sombra pareció encogerse levemente, conteniendo su energía ante una presencia tan augusta, antes de volver a mirar las mu?ecas de varanos.

  Pero, con un movimiento Namys hizo que las estatuas de los dragones perdieran su forma sólida y volaran de vuelta a su mano como finas volutas de serrín mágico. Sin embargo, la réplica del Rey Dragón resistió la disolución. Por el contrario, su material se transfiguró, pasando de la madera a un fuego sólido y denso, como ámbar incandescente. Su mera presencia emanaba un calor suave y calmante. Los varanos en miniatura, se arrastraron hacia su rey en adoración silenciosa. Namys sabía perfectamente lo que ocurría: era el mismísimo Rey Dragón tomando el control remoto de la réplica para jugar, un capricho de un ser de gran poder.

  Sin prestar más atención al distraído monarca Namys continuó con la lección. Colocó el símbolo del Fuego Eterno en la posición de las nueve en el círculo del suelo.

  Con otro pilar, esculpió una forma nueva y compleja: una gran boca cuyos dientes eran múltiples picos de aves entrelazados. Los labios de esta boca estaban formados por árboles retorcidos de cuyas cortezas brotaban hongos luminiscentes y flores de pétalos carnosos.

  —Esta es la Madre Silvana. La Naturaleza encarnada, una de las guardianas del Ciclo de Vida y Muerte —declaró Namys.

  Al instante, gigantescas flores de loto brotaron del suelo, sus pétalos firmes y flexibles. Togaz, con un grito de alegría, saltó sobre una de ellas, usándola como trampolín. La Sombra, detrás de ella, la siguió en un juego de espejos, su forma oscura rebotando y deformándose contra los pétalos con pura dicha.

  —?La abuela! —exclamó Togaz de pronto, deteniéndose—. ?Y por qué no es la única?

  Namys sintió que las largas horas de preparación valían la pena por este momento.

  —Porque cada dios vigila una parte del ciclo, peque?a. Nadie es el único se?or de la vida y la muerte —respondió, aunque sabía que esto era técnicamente cierto solo en un sentido muy amplio. Según sus investigaciones, era más una cuestión de terminología y dominio; cada gran deidad podía crear vida con conciencia y libre albedrío, pero traer de vuelta a los muertos... eso era un territorio completamente diferente. Le dejaré la explicación sobre los siervos divinos y los no-muertos para otro día, pensó.

  Tomando una respiración amplia, continuó.

  —Las hijas de la Gran Madre son las dríadas: el alma de un árbol que crece hasta convertirse en el alma de un bosque entero.

  Peque?as figuras de dríadas emergieron alrededor. Algunas tenían apariencia humanoide combinada con elementos vegetales de todo tipo: una con piel de corteza blanca y un enorme hongo por sombrero, otra con cabellera de enredaderas en flor, otras con rasgos más afilados de árboles antiguos. Namys mostró luego cómo estas dríadas podían tomar formas menos humanoides, fundirse con la flora circundante o transformarse por completo en criaturas de pura vida vegetal.

  Unauthorized tale usage: if you spot this story on Amazon, report the violation.

  Las dríadas se escondieron juguetonas bajo las grandes flores, y Togaz, agachándose como un gigante benigno, comenzó a perseguirlas. Las dríadas se "defendían" creando mini-catapultas de enredadera y madera que lanzaban suaves bayas, mientras Togaz reía y esquivaba. Namys siguió hablando sobre su papel como guardianas, sonriendo ante la escena.

  —Y bajo la guía de las dríadas están sus siervos por excelencia, el ejemplo para todos los pueblos —en este punto, un dejo de orgullo entró en su voz, recordando acalorados debates con guerreros varanos de dos metros de altura y músculos más duros que el acero sobre qué raza era el siervo más leal. Oyó a Loreleia refunfu?ar en voz baja, negando algo desde su escondite. Los jóvenes de hoy no aprecian la historia, pensó Namys con un suspiro interno.

  creó un grupo de mini-elfos, esculpidos con detalles exquisitos, que empu?aban peque?os arcos, pistolas y rifles. Con un grito de batalla silencioso, se lanzaron valientemente contra la gigante Togaz que "amenazaba" a sus amas dríadas.

  —Aunque, para ser justos, las dríadas no tienen género —comentó Namys, casi para sí misma—. Eso dio para una charla muy interesante en mis a?os jóvenes —recordó, traída a la memoria por una misión de diplomacia con los tauren.

  Namys colocó el símbolo de la Gran Madre en la posición de las diez en el círculo sagrado. Mientras lo hacía, notó cómo la Sombra detrás de Togaz se inclinaba hacia adelante, sus contornos oscuros temblando de curiosidad, como si intentara absorber cada detalle de la lección.

  —?Qué sigue? ?Qué sigue? —preguntó Togaz con un entusiasmo que desbordaba, saltando sobre sus pies. Su alegría era contagiosa, y la Sombra parecía un eco de togaz

  Namys sonrió, maravillada por el ardor de la ni?a. Con un movimiento elegante de su mano, hizo que las flores trampolín que habían estado brotando del suelo se retiraran suavemente bajo tierra, como si nunca hubieran estado allí. Al mismo tiempo, una liana viva se extendió desde la caja de útiles, trayendo consigo un libro de texto grueso y un lápiz de grafito, que depositaron frente a Togaz.

  —Ahora aprenderemos a escribir, sumar, restar y leer —anunció Namys, su voz calmada pero firme.

  —?Siiiií! —gritó Togaz, agarrando el lápiz con determinación.

  Namys observó la escena con cari?o.

  Los siguientes tres días los dediqué a profundizar en el estudio del Reino Esmeralda y el Volcán Moxt, así como en la correcta identificación de un varano —algo no demasiado complejo, pero preferí asegurar una ense?anza uniforme para los elfos—, mientras le proporcionaba a Togaz un batido de proteínas sabor chocolate enriquecido con semillas psique. Hasta ahora, Togaz se había mostrado notablemente receptiva, pero hubo que llamar a un sacerdote de mayor rango para examinar su peculiar afección: unas extra?as manchas que habían proliferado por todo su brazo.

  Según el médico, se trataba de algo innato, y sugirió la realización de un ritual de elevación. Namys apreciaba profundamente a Togaz y a Gazazo, pero en momentos como este detestaba ser tan compasiva. Envió una carta al director de la rama encargada de esos asuntos; por suerte, le debía un favor de hacía cincuenta a?os, por lo que respondió con rapidez. En seis días, alguien vendría a ocuparse del caso. Gazazo se libró de su reprimenda por hallarse aún hospitalizado, sanando tanto sus heridas recientes como las antiguas.

  Día 27

  ?La gracia solar es un derecho del ser. él es el juez, el jurado y el verdugo único; es justo que todos los demás estén perdidos?. —Algo exagerado, pensó Namys. Había conocido verdugos bastante neutrales, algunos con sus problemas, pero nada más.

  Sacudiendo la cabeza, observó a Togaz, que dibujaba y escribía en su libro bajo la sombra de un árbol frondoso. Su caligrafía aún tenía margen de mejora, pero había aprendido el abecedario con notable rapidez. Namys se preguntó por qué las semillas psique, siendo generalmente beneficiosas, surtían en Togaz un efecto tan intenso.

  —Maestra, ?Togaz está terminando! —Togaz saltaba de emoción mientras le mostraba un dibujo: ella, Gazazo y la propia Namys, abrazados en el bosque, con Togaz en el centro. La escena le partió el corazón. ?Acaso Togaz creía que ella y Gazazo eran algo más? Aunque los trazos eran buenos, la inocencia de la pregunta emocional la conmovió profundamente.

  Elevó una plegaria silenciosa a la Gran Madre por el bienestar de la ni?a. Tomó el dibujo y guio a Togaz de vuelta al cojín. Colocándose su máscara ritual, invocó frente a ellas un pilar de energía que tomó la forma de una figura amorfa, en constante movimiento, tan rápido como lento, como si algo en su interior anhelara liberarse. Con visible esfuerzo, Namys logró que la estatua absorbiera aire y luego lo exhalara, simulando la liberación de lo que estuviera aprisionado.

  —Este es el Huracán Elevado. Es la libertad, el aire, los truenos, la lluvia. él es los cielos. Ante él, ningún secreto puede permanecer oculto.

  Con un gesto de intensa concentración, hizo que una enorme flor de múltiples pétalos emergiera del suelo y comenzara a girar, levantando los cojines con las corrientes que generaba. Togaz no esperó ni un instante: se lanzó al aire, riendo, disfrutando de una caída que nunca llegaba, meciéndose en los brazos invisibles del viento.

  El sudor perlaba la frente de Namys. Con un último esfuerzo, creó figuras etéreas de arpías y arpíos que, montados en zepelines y blandiendo ametralladoras, se lanzaron en picado contra la gigantesca flor.

  —Los hijos de los cielos, las arpías. Ellos son los ?pájaros feos? contra los que luchaste. El que portaba la máscara era un soldado de élite…

  El esfuerzo la traicionó por un instante, y un pensamiento intruso —y un poco de amargo resentimiento— nubló la lección: aquel soldado no era de élite. Gazazo le había contado cómo lo derrotó. Lo más probable es que hubiera tomado la máscara de un cadáver o se la hubieran concedido por emergencia.

  Suspirando se alivió y lentamente bajo a Togaz al suelo y puso el símbolo del huracán elevado en el 7.

  Pasaron una horas practicando el dibujo de Togaz para animarla por dejar de volar, después con la escritura sombra fue una ayuda decente.

  Con más energía se truena el cuello y la espalda y sigue con el siguiente pilar que absorbe la luz con tentáculos de pura oscuridad con bocas llenas de colmillos, caparazones de todo tipo y ojos por todo el pilar.

  Runas en el suelo junto a plantas expulsaron una baba azul marino que atraparon a Togaz y en la baba comiendo y saboreando moras.

  Esta es Abismo profundo la ama del mar y todo lo que vive allí ,es ella es la oscuridad ella es miedo - ominoso si pero es por seguridad las cecaelia son aliadas pero son muy peligrosas para una persona tan especial como Togaz.

  Sus hijas son las cecaelia - figurillas de mujeres y hombres con parte inferior de un pulpo nadan alrededor de Togaz usando sus tentáculos para atacar pero solo terminan dándole un masaje.

  Con un suspiro cansado se suma a Togaz en el agua/baba mientras que una lianas traen el almuerzo.

  Otros 4 días donde se profundizo sobre los distintos continentes el nuevo y el viejo,los reinos principales pero lo más importante fue la caligrafía, leer y clases sobre las máscaras y su poder, Namys se mordió los labios y agradeció a la gran madre por suerte el sacerdote mayor logro llegar aunque sea un día tarde por unos criminales, lo llevo al cuarto de oración, hablaron sobre Togaz y el sacerdote le dice que perderán muchos méritos por esto , Namys mando a preparar todo y se decidió que el ritual sería en 4 días.

  Fue un momento de celebración todos en el templo vinieron,Gazazo por fin logro salir del cuidado pero tiene la orejas rojas por el rega?o de Namys.

  En el podio estaba en el sacerdote elfo en su túnica están grabados árboles que con más observación se puede ver que son árboles y flores que fueron cambiando según el tiempo simbolizado la evolución.

  Togaz esta desnuda sobre un círculo ritualista con el símbolo de fuego eterno en su estómago,el símbolo de la madre Silvana en su frente, el símbolo del huracán elevado en la cintura,el símbolo del Abismo profundo en el pelo fue un dolor tener que cortar su pelo ,el símbolo del espectador estelar en sus ojos dos peque?as estrellas.

  Hoy nos comunicaremos con el Gran Ensamblador, el siervo más fiel del Rey Celestial, aquel que otorga —mientras el sacerdote oraba, Namys observó a Togaz forcejeando con todas sus fuerzas para permanecer en un mismo lugar. Ella tomó la mano de Gazazo… ?Ack! Su mano fue quebrada por Gazazo sin que él siquiera se percatara. Por ahora, se lo perdonaría; la próxima cita con el médico prometía ser graciosa.

  Justo cuando Togaz estaba al borde de perder el control, el sacerdote terminó sus rezos. Tomó una rama ritualística y atravesó con ella el corazón de Togaz. Tanto ella como Gazazo intentaron lanzarse hacia adelante, pero ni siquiera lograron ponerse de pie. Su piel comenzó a tomar el color de la madera. Namys solo podía mirar asombrada. En ningún momento se había dado cuenta, pero ahora que lo pensaba, todo había estado demasiado tranquilo. Togaz había permanecido en el mismo lugar durante más de una hora. Chasqueó la lengua; un maestro en toxinas calmantes, sin duda.

  A su lado, Gazazo luchaba con todas sus fuerzas, pero estaba atrapado. No podía mover ni una sola parte de su cuerpo. Era como si el sacerdote hubiera creado una armadura de madera a su alrededor. Namys conocía el final de esta técnica: el Ataúd de Espinas. Estaban en la fase previa al ataúd, pero nunca había visto una versión tan sutil. ?Desde cuándo la había creado? ?Por qué no lo había sentido? Claro que ella no llevaba puesta su máscara, pero al menos debería haber notado la madera creciendo sobre su piel.

  Las lágrimas de Gazazo brotaban a raudales. Mientras, Togaz, con una llama anaranjada, intentaba escapar de donde estaba clavada en el suelo, pero su pánico no ayudaba. Sus llamas inundaron la rama que la atravesaba, y de ella florecieron flores de magnolia te?idas de amapola. Un olor a sangre golpeó a todos los presentes. Namys estaba segura: si la armadura no hubiera bloqueado cada movimiento, Gazazo habría reabierto sus viejas heridas y ganado unas nuevas.

  —Nada mal. Pudiste hacerlo tú sola. Tal vez tengas una buena evolución —murmuró el sacerdote, aunque Namys no entendía a qué se refería.

  Su máscara se extendió, cubriendo todo su cráneo, y lanzó otras dos ramas hacia Togaz: una frente a la llama, otra hacia su estómago. Las llamas anaranjadas de Togaz se debilitaron, pero las nuevas ramas también florecieron.

  Namys se giró para ver a Gazazo, ahora completamente cubierto de madera, y se dio cuenta de que a ambos se les permitía mover apenas la cabeza. El sacerdote les había concedido ese peque?o movimiento.

  Todo lo que Namys pudo hacer fue presenciar cómo Togaz caía inconsciente. Las ramas, cubiertas de sus flores, formaron un capullo brillante de tonalidad naranja, lo último que quedaba de su fuego.

  —Tendrá una buena evolución. Normalmente esto falla por ser una raza no pura, no élfica, una raza inferior… pero esta cría tiene un gran fuego. ?Jajajaja!

  Namys solo pudo suspirar. Su mirada se dirigió hacia la Sombra.

  La entidad se retorcía, sufriendo un dolor intenso. No le sorprendería que Togaz le estuviera transfiriendo parte de su agonía y da?o. Aunque no era el momento, no pudo evitar sentir un destello de orgullo por ese talento instintivo.

  Fin.

Recommended Popular Novels