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Registro civil y el verdadero aventurero!

  El aire olía a carne quemada. El tonto ciervo azul había achicharrado a los pájaros feos con su luz cegadora. Togaz lo miró con los cachetes inflados de reproche, pero el animal sólo alzó la cabeza con altivez, como si no hubiera hecho nada malo. Afortunadamente, Caballo —que siempre era más sensato— lo empujó con el hocico para que volviera a su tarea: reunir la "comida" para la Sombra.

  —?Fufufu! —rió Togaz entre dientes, concentrándose de nuevo en el suelo—. Togaz dibuja. Togaz hace círculo. Sí, sí, Sombra, Togaz entiende.

  La Sombra en su mochila no dejaba de susurrarle cosas. Cosas raras sobre "fideos instantáneos", "manzanas de princesa" y "waifus". ?Qué tonterías! Togaz sabía que las manzanas eran para comer, no para mirar.

  Alzó la vista para buscar a Gazazo. él seguía sin responder, quieto bajo un árbol como una estatua de piedra . El gran pájaro feo de la máscara dorada yacía destrozado a sus pies, pero él aún sujetaba su brazo herido con la otra mano, una expresión extra?a y vacía en su rostro.

  Entonces, lo vio. Un tentáculo de sombra fría se escabulló de su mochila y se enroscó alrededor de su brazo, no para apretar, sino para guiarla. Le se?aló insistente el cadáver del líder arpía, el más grande de todos.

  —Sí... —murmuró Togaz, como si le hubieran recordado una tarea importante—. Primero Gazazo. Luego la comida.

  Con unos últimos trazos de carbón, terminó el círculo de símbolos en la tierra. Se levantó, se sacudió el polvo de las manos y se acercó a su guardián con pasos decididos. La Sombra se retiró a su espalda, satisfecha.

  Togaz miró a Gazazo. Una leve niebla gris lo rodeaba. Una brisa repentina azotó el claro, haciendo que los grandes árboles perdieran sus hojas en un susurro crujiente. Cuanto más se acercaba a Gazazo, más pesado se sentía su propio brazo, como si el aire mismo se hubiera vuelto espeso.

  Ya frente a él, Togaz lo tomó de la mano y le sonrió.

  —Vamos, Gazazo. Togaz debe cocinar para Sombra y curarte —dijo con una sonrisa amplia y confiada.

  Al observarlo fijamente, se dio cuenta de que Gazazo estaba herido. ?El tonto pájaro lastimó a Gazazo?, pensó. Cuando intentó moverlo, él se quedó quieto, con el ce?o fruncido en una mueca de dolor. Togaz vio que sangre le salía de las orejas. Y, al tocarse las propias, notó que a ella también. Sonrió. ?El duende alto enfermo le dijo que las orejas son lo más importante. Que cuando sangran, es que están heridas?.

  —?Fufufu! Gazazo no escucha a Togaz. Pero ven con Togaz.

  Con gran esfuerzo, y con la ayuda de Caballo que la empujó con su hocico, comenzó a arrastrar a Gazazo hacia el círculo.

  —?Rata, ayuda a Togaz a llevar pájaro feo! —ordenó.

  Togaz no entendía por qué la rata se escondía. Con un silbido agudo por parte del ciervo azul, un relámpago golpeó el escondite del roedor, que salió corriendo y chillando, cubierto por una niebla similar a la de Gazazo. Togaz se preguntó por qué todos tenían niebla. Sus amigos —el jabalí, el ciervo y los pájaros— no la tenían.

  Con el círculo listo, Togaz revisó los dibujos otra vez. La Sombra siempre pedía ser detallada. Ahora le pedía que escribiera "viento" de una forma rara.

  Para ella, el nuevo dibujo era un bicho divertido: ?Alas arriba, como un escarabajo. Un círculo abajo, como una olla sellada. Y un palo cruzado, como una lanza. ?Es el sonido del viento silbando al pasar!?. Junto a las manos, y en el centro del círculo, había otro símbolo: una espiguita torcida con un ganchito arriba y dos palitos cruzados abajo. ?No lo entiendo —pensó, con la lengua entre los dientes, concentrada—, pero es bonito?. Tomó el trozo de carbón y comenzó a copiar meticulosamente los símbolos que su espíritu le enviaba.

  Observó todos los dibujos, los viejos y los nuevos. ??Qué dibujos más raros!?, pensó. Pero se alegró al ver que la niebla alrededor de Gazazo era un poco más tenue, y que los jabalíes y el ciervo ya tenían a la rata asustada en el centro del círculo.

  Con una fuerte aspiración, Togaz empezó a darle la comida a la Sombra, entonando las palabras que ya eran tan familiares:

  ?Ware, Togazu, kōtei suru. Idainaru Totemu no Seirei yo, kono gisei o Sasagemasu. Kono essensu o ukeire, sono sonzai o kyōka shi, niku o koeta ketsugō o watashitachi ni motarasu koto o shinrei shimasu. Kono kenkyū de, waga shukusei to hōshi o saika ninshiki shimasu. Kono chikara o kūshū shi, waga tate to waga ya to nare! Mofumofu Kyūshū: Gēmu Kami Modo, Katsu! Paku Paku! Itadakimasu!?

  Mientras la energía comenzaba a fluir y el ritual se consumaba, una única pregunta inocente cruzó la mente de Togaz: ?Cuándo se hará Sombra una ni?a grande como yo para poder comer sola?

  Todos los cadáveres de los pájaros feos fueron rotos, sombra tomo uno por uno, Togaz tuvo que ver cómo sombra juega con su comida,si no fuese porque Togaz tendrá una gran comida Togaz pediría una parte.

  Uno por uno, todos los cadáveres de los pájaros feos se quebraron. La Sombra los tomó, y Togaz tuvo que ver cómo jugueteaba con su comida, partiéndolos en pedazos con sus múltiples manos de color negro/verde oscuro. Si no fuese porque Togaz pronto tendría un gran banquete, le habría pedido un poco a la Sombra; la baba le caía por la comisura de los labios sin poder evitarlo.

  Sus amigos animales chocaban entre sí, animados por el espectáculo. La rata, ya sometida, se había subido al lomo del jabalí y seguía chillando, aunque ahora con menos fuerza. Togaz apretó la mano de Gazazo, que ahora estaba cubierto por las llamas naranjas. Ella no sabía muy bien por qué, pero una sensación de culpa empezó a apretarle el estómago. Sentía que miles de ojos invisibles la miraban, juzgándola desde la nada.

  —Gazazo... Togaz se siente mal. ?Ayudas a Togaz?

  Por alguna razón, Gazazo comenzó a sonreír. No era su sonrisa usual, rara y tensa. Esta era enorme, desproporcionada, y se transformó en una risa que Togaz nunca le había escuchado.

  —?Jajajajajajajajaja! —La carcajada estalló de su garganta, tan fuerte y estridente que hizo que hasta los animales se callaran por un segundo. Gazazo se retorcía, como si la risa le sacudiera el cuerpo entero por dentro.

  —?Claro, Togaz! —logró decir entre espasmos de risa—. ?Gazazo siempre te ayudará!

  La niebla gris no se había ido; de hecho, ahora era más grande y densa. Pero ya no envolvía a Gazazo por completo. Ahora flotaba alrededor de él, como una nube furiosa que no podía tocarlo gracias a la cálida luz naranja que lo protegía.

  Togaz no entendía por qué Gazazo estaba mejor riéndose como un loco, pero si él estaba feliz, ella también. Un pensamiento cruzó su mente, buscando consuelo: se preguntó si la invitación del duende alto enfermo para ir a la casa de su mamá seguía en pie. él había dicho que las mamás ayudaban mucho cuando uno se sentía mal.

  TTogaz se alegró de que la Sombra terminara de comer. El sol ya empezaba a molestarle en los ojos. Observó cómo la Sombra extendió sus tentáculos oscuros, rodeando al ciervo azul y envolviéndolo por completo. Togaz se lamió los labios; más comida venía, de eso estaba segura. Los gritos del ciervo cesaron rápidamente, lo que a Togaz le pareció bien. Al abrir las manos, la Sombra sostenía una máscara brillante y se la entregó.

  Togaz la volteó. Era bastante bonita, con cuernos elegantes. La mordisqueó por curiosidad y sintió un pinchazo agudo. Sabía a carne asada. Gazazo la detuvo con un movimiento rápido.

  —Eso no es de comer —dijo Gazazo, con su rostro aún grave pero algo más aliviado. Ahora sostenía la máscara dorada del líder arpía en sus propias manos.

  Togaz infló los cachetes, frustrada. Gazazo nunca podía ser normal.

  Vio entonces cómo Gazazo se colocaba la máscara del pájaro. Al instante, plumas brotaron de su cabeza y sus dedos se afilaron en garras curvadas. Con un movimiento repentino y brutal, embistió y mató a uno de los jabalíes. El acto espantó al resto de los animales, que huyeron despavoridos.

  —?Chao, chao! ?Gracias por ayudar a Togaz! —les gritó, sintiéndose inexplicablemente triste. No entendía por qué se iban tan pronto, justo cuando iban a comer. Sacudiendo los hombros como para alejar la pena, se dedicó a reunir le?a para cocinar.

  Las horas pasaron. Gazazo regresó con su máscara dorada puesta. Togaz pataleó en el suelo; él no la dejaba usar la máscara del ciervo.

  —Gazazo, vamos a la casa de la mamá del duende enfermo —pidió.

  —...Sí, Togaz. Iremos —respondió él, con una voz que sonaba como un trueno contenido tras la máscara—. Pero debemos cobrar por el trabajo.

  Togaz no podía ver su cara, pero su tono era gru?ón. Ella no entendía de qué trabajo hablaba; ellos solo habían ido a buscar comida para la Sombra.

  La Sombra le susurró entonces, calmándola. Le dijo que no se preocupara, que Gazazo sabía lo que hacía y que ella podía aguantar. Togaz sintió que la Sombra sonaba débil, casi cansada. Con una mirada de determinación, decidió que buscaría más comida y, tal vez, aprendería a cocinar como a la Sombra le gustaría.

  Al entrar de nuevo en la tienda rara, Togaz chasqueó los dedos como le había ense?ado Velsvar. Al mirar alrededor, notó que estaba llena de flores. De reojo, vio a Gazazo agarrando por el cuello al duende enfermo —Gantar, el jardinero—. En ese momento, otros elfos entraron por la puerta, y Togaz reconoció al guardia de la entrada.

  —?Redrick! —gritó, y se lanzó hacia él.

  El elfo guardia, Redrick, se sorprendió pero la atrapó con facilidad. Los demás elfos miraron la escena con desconfianza y recelo. Gazazo se detuvo y clavó su mirada enmascarada en el guardia.

  —?Gazazo! Por la autoridad de la Emperatriz Deulara, te ordeno que sueltes a ese criminal —exclamó Redrick con voz firme.

  Togaz se molestó; Redrick estaba diciendo cosas raras otra vez. Vio cómo una vena saltaba en la frente de Gazazo, como un gusano grueso bajo la piel. Para su sorpresa, Gazazo obedeció y soltó al "criminal". Togaz siempre había creído que Gantar era solo un duende enfermo más. Resulta que era un criminal.

  Después de sacar a Togaz y a Gazazo de la tienda, los duendes enfermos le colocaron unos pesados brazaletes de metal al criminal. Togaz observaba el ambiente: unos ?duendes estirados? tocaban una música aguda y extra?a que a ella le sonó ?muy filosa?. Otra duende con una voz que a Togaz le pareció aburrida y monótona, hablaba con Gazazo.

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  —De acuerdo, se?or. Lo entiendo perfectamente. Este criminal ya había actuado otras veces. La guardia selvática se lo agradecerá por eliminar a esos bandidos —dijo la duende aburrida mientras, con un lápiz fino, dibujaba algo en un papel.

  A Togaz le brillaron los ojos. ?Quería ese papel! Gazazo nunca le conseguía papel para mejorar sus dibujos, y ella tenía un talento super, pero la Sombra siempre decía que debía practicar más.

  Mientras tanto, Togaz se preguntaba por qué todos hablaban de la mamá de Redrick y le decían que los cuidara. De pronto, una duende fina muy delgada y de movimientos bonitos se acercó a ella.

  —Entonces, tú eres la ni?a del grandullón, ?eee? —dijo la duende bonita con una sonrisa curiosa.

  Togaz se sintió rara. Un ?duende largo? le estaba hablando. Intentó alejarse, pero la duende larga la detuvo con suavidad.

  —Mira, lo entiendo perfectamente. Todo este asunto debe ser aterrador, pero te aseguro que tu papi y tú no están en problemas. Incluso tendrán una recompensa —la duende fina se arrodilló para quedar a su altura.

  Pero Togaz no entendía de qué hablaba. La Sombra ya había comido, ?qué más importaba?

  —Y por cierto, somos elfos, no duendes, peque?a. Toma —agregó la elfa, ofreciéndole una paleta de color amarillo brillante—. Es de plátano.

  Togaz la tomó y la mordió. Sabía bien, aunque era muy diferente a la comida salada y picante que siempre preparaba Gazazo. La elfa asintió satisfecha y se dirigió al interior de la tienda. En ese momento, Gazazo se acercó.

  —Vamos, Togaz. A la casa de la Madre Silvana. Ellos deben darte su bendición —dijo con una voz que sonaba a la vez cansada y resuelta.

  Para Togaz, el día se volvía cada vez más raro. ?Bendición? ?Eso también se comía?

  La elfa que le dio la paleta se giró y a?adió, como si leyera su confusión: —No es algo que se coma,peque?a. Es un honor. Te daremos un nombre élfico verdadero y anotaremos a tu papá Gazazo en nuestros registros. Es como... un bautizo y un papelito importante, todo junto. Para que sepan que sois de los nuestros.

  Togaz miró la paleta, luego a Gazazo, y luego otra vez la paleta. Un nombre. Papelitos. Cosas de elfos. Definitivamente, este era el día más raro de todos.

  ????????????????????????????

  El aire, espeso y cargado con el olor a tierra húmeda y podredumbre, llenaba la inmensa sala subterránea. El techo se perdía en una oscuridad que ni la inquietante luz verde-azulada de miles de hongos luminiscentes lograba disipar por completo. Pilares antiguos y carcomidos se alzaban como los huesos de un esqueleto gigante, soportando con terquedad el peso de la monta?a.

  Por todas partes, un susurro bajo y reptante delataba el movimiento constante de legiones de hormigas, gusanos y otras alima?as que pululaban por el suelo, las paredes y los propios pilares, entrando y saliendo de una infinidad de agujeros que perforaban la roca como si fuera queso podrido.

  En este escenario de pesadilla, un grupo de figuras se movía con la tensión de quien pisa un terreno hostil. Los humanos —un grupo duro de mirada cansada— vestían armaduras de cuero endurecido, marcadas por cicatrices de batallas pasadas. Portaban escudos prácticos, bastardas cortas y hachas listas para usar. Su aspecto tosco se acentuaba con collares y adornos de hueso y piedra caliza; uno de ellos, un tipo de nariz ancha y aplastada, lucía un piercing del mismo material.

  Les escoltaban dos artilleros, que cargaban con el pesado pero familiar peso de sus Ametralladoras Medias Grajan M500. Las granadas incendiarias en sus cinturones eran una promesa silenciosa de destrucción.

  Cerrando el grupo, sus guías inspiraban una cautela diferente. Un elfo, enmascarado con una cabeza disecada de venado que le confería un aire espectral y ancestral, empu?aba un bastón de madera oscura. A su lado, un humano con una máscara de tigre gastada y agresiva desafiaba cualquier expectativa al portar con familiaridad otra Grajan M500 y un Lanzallamas Voridragon V1.9, con un gran tanque oxidado en la espalda.

  El elfo escrutó la sala con creciente confusión. Según la información que habían obtenido, debería haber una bestia mágica de rango medio: una ara?a colosal lobo. Pero al revisar a sus compa?eros, vio que los fragmentos de máscara que otorgaban fuerza y resistencia estaban al límite de su poder. Los hombres y mujeres también estaban al borde del colapso. Por alguna razón, una estampida de bestias los había alcanzado incluso después de tomar caminos alternativos.

  El enmascarado de tigre tenía solo un cuarto de sus reservas de combustible, y aunque la munición seguía en niveles aceptables, la situación empeoraba cuanto más se adentraban. El elfo maldijo a los tauren en su interior. Malditos amantes de la tierra.

  Un temblor casi imperceptible en su bastón precedió a la aparición de una barrera de enredaderas que se alzó justo a tiempo para cubrir al grupo de un torrente de llamas naranjas que brotó de la nada.

  Con movimientos entrenados, los aventureros formaron un semicírculo defensivo, colocando a los artilleros en el centro. El enmascarado se plantó frente al elfo, su lanzallamas gru?endo como una bestia ansiosa.

  Con otro movimiento del bastón, el elfo hizo que el escudo de enredaderas explotara en una nube de gas inofensivo pero revelador, que iluminó decenas de peque?os pares de ojos brillantes que cubrían toda la cámara, colgando del techo y agazapados en los agujeros de las paredes.

  Un aire tenso y frío recorrió la espina dorsal del grupo. Entonces, las risas comenzaron a resonar, multiplicándose y rebotando en las paredes de la cámara desde todas las direcciones a la vez.

  —Al parecer, hay un fantasma. Y de los pesados —masculló el artillero de la nariz aplastada, con la ametralladora firmemente asida.

  Mientras los ojos lanzaban torrentes de llamas que, por ahora, eran fácilmente esquivables, una estrategia siniestra se hizo evidente: los ataques los estaban separando lentamente, dividiendo al grupo. Y, como si no fuera suficiente, una manada de topos parasitados por hongos brillantes irrumpió destrozando otra entrada, guiados por fuegos fatuos. Para rematar, desde la retaguardia, surgieron los gru?idos graves de unos perros toro, sus fauces babeantes y sus ojos inyectados en sangre. Estaban completamente rodeados.

  Ver a sus compa?eros luchar era un espectáculo de pura voluntad contra la carnicería. Sus guerreros más cercanos mantenían a raya a los perros toro, bestias de más de dos metros de altura y puro músculo enfurecido. El elfo observó, con una mezcla de horror y orgullo, cómo Kevin, uno de sus luchadores más leales, sacrificaba hasta el último resto de poder de sus fragmentos de máscara de fuerza.

  Con un grito que fue tanto de agonía como de determinación, Kevin se irguió. Sus músculos se tensaron bajo la piel, palpando de forma antinatural. Agarró al perro toro más cercano —una bestia que le doblaba en peso— y, con un esfuerzo sobrehumano, lo levantó por el cuello hasta que un crujido óseo seco cortó el aire. Sin soltar el cadáver, lo usó como una maza macabra, estrellándolo contra otro de los monstruos que se abalanzaban sobre él.

  —?No durará mucho! —gritó el elfo, advirtiendo el costo.

  Actuó con velocidad instintiva. Su bastón dibujó runas efímeras en el aire húmedo. Le lanzó a Kevin hechizos de regeneración, para que su cuerpo no se desgarrara; de potenciamiento físico, para contener la fuga de energía; y de refuerzo vegetal. Enredaderas gruesas y de un verde intenso brotaron del suelo y se enroscaron alrededor del guerrero, formando una armadura viva que se constre?ía y reforzaba su figura. Bajo este torrente mágico, la estatura de Kevin pasó de 1.80 a casi 2 metros, convertido en un titán de carne y flora, su vida sostenida por un hilo de magia y raíces.

  Mientras, el enmascarado de tigre demostraba por qué era su mano derecha. Con su fiel Voridragon rugiendo, lideraba a los artilleros para contener la marea de topos parasitados por hongos. Las llamas limpiadoras del lanzallamas cremaban las criaturas y cauterizaban los hongos que intentaban propagarse.

  —?Humo! ?Los esporas! —advirtió uno de los artilleros, tosiendo.

  Con las pocas fuerzas que le quedaban, el elfo realizó otro complejo conjunto de gestos. Lanzó al aire un pu?ado de semillas de hierba centella y pronunció un hechizo de crecimiento acelerado. Las plantas brotaron al instante en el aire, pero en vez de caer, flotaron, absorbiendo las esporas tóxicas del humo como filtros vivientes. Al mismo tiempo, varias plantas látigo emergieron del suelo, azotando las patas de los topos para ralentizar su avance. Sabía que no sería suficiente para detenerlos, pero cada segundo que ganaban era un segundo más de vida.

  Mientras el elfo luchaba por controlar las rosas látigo, dividiendo su concentración entre ambos frentes, su máscara de venado vibró con una energía propia. De repente, las enredaderas se rebelaron contra su voluntad, retorciéndose y entrelazándose para formar un escudo grueso y espinoso justo a tiempo de bloquear otra ráfaga de fuego naranja que surgió de la nada.

  —?Bueno, bueno! ?Un elfo con juguetitos! —una voz burlona, distorsionada por un eco metálico y sobrenatural, retumbó en la mente de todos. No venía de un lugar, sino de todos a la vez.

  La voz provenía de la boca de Kevin, que ahora se agarraba el cuello, ahogándose, sus ojos suplicando ayuda. El elfo, con el corazón helado, entendió que algo estaba poseyendo a su guerrero. Decidido, intentó extraer hasta la última gota de poder de su máscara para expulsar a la entidad que lo estrangulaba desde dentro.

  —?Y sus amigos! Lo siento, chicos, pero esta zona de farmeo es mía. ?Looteos! —la misma voz chillona y alegre cantó en sus cabezas.

  El enmascarado de tigre no reaccionó a tiempo. El suelo de la caverna se iluminó de repente con una intensidad cegadora, grabado con docenas de símbolos geométricos que ardían con un fuego violeta eléctrico. De ellos surgieron instantáneamente cúpulas de energía llameante que encapsularon a los aventureros, como jaulas de un circo demente.

  Con un instinto sobrehumano, el enmascarado agarró a los dos artilleros y, con un último esfuerzo, los lanzó lejos de la cúpula que se cerraba sobre ellos. él no tuvo tanta suerte. Los símbolos en forma de espiral en el suelo liberaron una descarga de energía pura que lo golpeó con un sonido ?CRAC! seco y brutal, chamuscando su equipo y arrojándolo contra una pared.

  El elfo, aterrorizado pero aún luchando, trató de descifrar los patrones de los símbolos, buscando una debilidad. Pero entonces, desde el techo abismal, una gigantesca columna de fuego azul cobalto —frío y silencioso— se disparó como un rayo láser, golpeando el centro de la sala. No hubo explosión sonora, sino un ZUMBIDO ensordecedor de energía pura que hizo vibrar los huesos. La onda de choque llameante que emitió no movió una piedra, pero atravesó a todos como un golpe fantasma, dejándolos aturdidos, paralizados y con la mente en blanco.

  Todos cayeron... excepto el enmascarado, que, quemado y sangrante, se arrastraba para intentar luchar contra una horda de ciempiés que ahora emergía de los agujeros; y Kevin, cuyo cuerpo estaba siendo devorado brutalmente por los perros toro, ya sin poder gritar.

  —?Un Verdadero Aventurero está presente! —anunció la voz, ahora amplificada por altavoces invisibles, con un efecto de eco y un coro de risas de fondo.

  Los muros de fuego violeta se alzaron más, dividiendo lo que quedaba del equipo en jaulas individuales de pesadilla. El elfo, con su máscara fundiéndose literalmente en su rostro, tomó una decisión desesperada. Con un grito de agonía y rendición, se dejó poseer por el espíritu ancestral de su máscara.

  ?CRUJIR! Dos cuernos de ciervo astillados y retorcidos brotaron de su cráneo. Su piel se agrietó y se transformó en corteza, y un pelaje de musgo y sombra recorrió su cuerpo. Cayó a cuatro patas, convertido en una criatura híbrida de elfo y bestia de madera, un último y desesperado guardián del bosque. A lo lejos, a través del zumbido y las risas, escuchó el rugido ahogado y furioso de su socio, el enmascarado. Y entonces, sintió como la vida se le escapaba de las manos, consumida por el mismo poder que lo sostenía.

  Rezó a la Madre Silvana, agradeciéndole por todo, y al Imperio por cuidar de sus hijos. Una mueca que no sabía si era de dolor o de alegría se dibujó en su rostro convertido en corteza. Poner a todos los miembros de mi grupo como mis hijos en los registros, pensó, fue una buena idea. Recordó con amargura dulce cómo, desde entonces, todos lo llamaban 'abuelo'.

  Con una determinación férrea, y junto a su compa?ero transformado en un tigre gigante de cinco metros, ignoraron las llamas que los cercaban y clavaron la mirada en la fuente de toda su desgracia. El elfo-ciervo debía admitir que el fantasma era inteligente; había causado una estampida para crear el caos perfecto y construir un ambiente a su favor.

  —?Bueno, bueno! ?Ya están en su tercera fase! ?Eeee! Ok, creo que es mi turno —la voz burlona y chillona retumbó de nuevo.

  Miles de fuegos fatuos se desprendieron de las paredes y el techo, convergiendo en el fantasma, que creció hasta un tama?o colosal, absorbiendo su energía. Su socio, el enmascarado convertido en tigre, no esperó. Rugió y se lanzó al ataque en un arranque de furia ciega, solo para atravesar un se?uelo ilusorio y caer de nuevo en una trampa de llamas, que empeoró sus terribles quemaduras.

  El elfo-ciervo meditó con urgencia, buscando una solución en su dolorosa claridad mental. Mientras, el tigre gigante bloqueaba una lluvia constante de ataques: látigos hechos de pura energía de color neón que silbaban cortando el aire. La velocidad de los ataques era alucinante, moviéndose a cientos de metros por segundo. Su socio, aunque feroz y capaz de asestar golpes con rugidos sónicos que parecían ralentizar al fantasma, estaba perdiendo la batalla contra el dolor y las heridas.

  Las quemaduras... la luz de los hongos... los hongos...

  ?Deulara!

  De repente, todo encajó. Los hongos no solo brillaban; eran de una especie inflamable. El fantasma no había crecido de tama?o solo para intimidar. Se había llenado de la energía inestable de los fuegos fatuos, convirtiendo su propio cuerpo en una bomba de energía pura inestable. Todo era una trampa para causar una explosión masiva que acabaría con ellos y probablemente con media mazmorra.

  Sin perder un segundo más, con las últimas fuerzas que le quedaban, el elfo-ciervo invocó todas las enredaderas que pudo. No para atacar, sino para embalar y lanzar con todas sus fuerzas al enmascarado transformado lejos de la sala, justo en el instante en que el fantasma estallaba en un espectáculo de luz y destrucción absoluta.

  Fin

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