La mirada del general Alerion se clavó con fiereza en Elizabeth, cargada de un odio palpable hacia los vampiros. Elizabeth, petrificada, apenas podía sostener la mirada, temblando bajo el peso de aquel desprecio.
Astrid reaccionó de inmediato. Sin dudarlo, se colocó entre su tío y su amiga, envolviendo a Elizabeth en un abrazo protector.
—Tío, estás asustando a mi amiga… —dijo Astrid con un tono firme.
El general frunció el ce?o, intentando justificar su reacción.
—Sobrina, ella…
—Estás asustando a mi amiga. —repitió Astrid, esta vez con una voz más cortante e imponente.
Los ojos de ambos se encontraron en un duelo silencioso, ninguno estaba dispuesto a ceder. Finalmente, Alerion dejó escapar un suspiro y, con evidente incomodidad, realizó una ligera reverencia hacia Elizabeth.
—Mis disculpas…
Dicho esto, el general se retiró al piso superior, sin agregar una palabra más. Astrid permaneció unos segundos junto a Elizabeth, quien aún temblaba ligeramente. La tomó por los hombros, intentando reconfortarla.
—Lo siento mucho. No quería que esto pasara…
—Está bien… —respondió Elizabeth con voz quebrada, evitando los ojos de Astrid —Solo… volveré a mi cuarto. Disfruta de tu visita.
Sin decir más, Elizabeth se despidió rápidamente, caminando con pasos apresurados hacia su habitación. Astrid la observó hasta que desapareció tras la puerta, apretando los pu?os con frustración.
Con el rostro endurecido, subió al piso superior, donde encontró a Alerion sentado a la mesa. Su expresión seguía siendo altiva, pero Astrid no iba a dejar pasar lo ocurrido.
—?Se puede saber por qué hiciste eso, tío? —preguntó con evidente furia en su voz.
Alerion levantó la mirada con arrogancia, sin molestarse en disimular su postura.
—?Por qué? Eso debería preguntártelo yo, sobrina. —Se inclinó hacia adelante, sus ojos estaban cargados de reproche —?Por qué eres amiga de un vampiro?
Astrid frunció el ce?o, su paciencia estaba desvaneciéndose rápidamente.
—Ellos son-
—Ustedes se odian entre sí. —lo interrumpió Astrid, alzando la voz —Si quieren ir a la guerra, eso está bien para mí. Pero no me metas en el mismo saco que ustedes.
Las palabras de Astrid hicieron que Alerion se levantara abruptamente, golpeando la mesa con furia.
—?Ellos mataron a tu madre!
Astrid no retrocedió ante la explosión de su tío. Por el contrario, alzó el pecho, enfrentándolo de igual a igual.
—?El Rey de Sangre mató a mi madre! —gritó, llena de una ira contenida —?Mi ira será dirigida hacia él y hacia nadie más!
Las palabras de Astrid resonaron en el aire, dejando a Alerion helado. Su sobrina continuó, con una firmeza que parecía inquebrantable.
—?Por qué? —susurró finalmente el general, como si buscara comprender.
—Porque siento rencor, tío… pero no voy a arremeter contra quienes son inocentes. —Astrid se cruzó de brazos, con su mirada perforando la de Alerion —Tienes razón, su padre asesinó a miles de humanos inocentes. Pero dime, ?Cuántos vampiros inocentes asesinó mi padre?
Alerion se quedó en silencio, incapaz de responder.
—Sobrina, eso no… —intentó decir, pero las palabras se le atascaban.
—?No es lo mismo? —espetó Astrid, sus ojos ardieron de desafío —Es lo que vas a decirme, ?Verdad? ?Vas a esconderte detrás de tus palabras como un cobarde? ?Vas a justificar que nosotros tenemos derecho a matar a cientos solo porque son diferentes?
El rostro de Alerion se tensó, su irritación era palpable mientras apretaba los pu?os sobre la mesa.
—?Por qué los defiendes tanto? ?Acaso…?
—Es suficiente. —Astrid lo interrumpió con firmeza, alzando una mano —Dime a qué has venido y retírate rápido. No estoy de humor para dar explicaciones.
Con esas palabras, Astrid se dejó caer en una silla al otro extremo de la mesa. Cruzó los brazos y fulminó a su tío con la mirada, dejando claro que no toleraría más ataques injustificados.
Alerion la observó en silencio, incapaz de entender cómo su sobrina había cambiado tanto.
??Por qué es tan diferente ahora??—se preguntó.
Cuando era ni?a, Astrid irradiaba una determinación implacable por vengar a su madre. Esa misma motivación la había llevado a aspirar al cuerpo de las Valkirias. Pero ahora, compartiendo techo con alguien que consideraba enemigo, parecía alguien completamente distinta.
Astrid desvió la mirada hacia el firmamento, dejando que el resplandor del atardecer iluminara su rostro. Los tonos anaranjados y dorados del cielo la transportaron a otro momento, meses atrás, cuando todo había comenzado a cambiar.
Recordó el día en que Elizabeth había sido atrapada en su primer intento de sabotaje. Cáliban había advertido a Elizabeth y, poco después, regresaba a su habitación.
—Sé que estás ahí… sal de una vez. —La voz de Cáliban cortó el silencio del pasillo, firme pero sin agresividad.
Antes de que pudiera abrir la puerta, Astrid emergió de las sombras.
—Oh… parece que tienes buenos sentidos, líder… —comentó, aunque su tono no ocultaba el desagrado.
—?Qué quieres? —preguntó Cáliban, directo, mientras su mirada permanecía fija en ella.
Astrid frunció el ce?o bajo su máscara.
—Ella intentó sabotear. Intentó sembrar caos en esta casa. Ella es un peligro, Cáliban. Así son ellos… ellos…
Cáliban no respondió de inmediato. En lugar de eso, sacó un peque?o frasco de su bolsillo, cuidadosamente sellado. Su contenido era una sustancia extra?a que reflejaba la tenue luz del pasillo.
Astrid retrocedió ligeramente al reconocerlo.
—Veneno de Rathen… —murmuró —Aunque no es peligroso, diluirlo con hierbas hará que te de un terrible dolor de estómago por días…
—?Cómo lo…?
—Eso no importa. —Cáliban sostuvo el frasco frente a ella, girándolo lentamente entre sus dedos —Dices que los vampiros son tramposos y bla, bla, bla… como yo lo veo, los humanos no son muy diferentes.
Se acercó con pasos firmes, cerrando la distancia entre ambos hasta que sus rostros quedaron a escasos centímetros.
—Tienes razón. Debería reportar a Elizabeth por intentar sabotear. Pero si lo hago, también debería reportarte a ti, ?No crees? —Su voz era baja, casi un susurro, pero cargada de una calma que resultaba aún más intimidante —Dime, Astrid, ?Qué debería hacer?
Astrid no pudo responder. Sus labios se entreabrieron, pero no salió palabra alguna. El peso de sus propias acciones la dejó en silencio, inmóvil. Entonces, sin previo aviso, Cáliban destapó el frasco y lo bebió de un solo trago.
Astrid lo miró, atónita, mientras él dejaba caer el recipiente vacío al suelo. Su rostro se torció en una mueca de dolor, y antes de que pudiera reaccionar, Cáliban cayó al suelo, sujetándose el abdomen con fuerza.
—?Líder! —gritó Astrid, su máscara de frialdad desapareciendo por completo —?Lo siento! ?Yo…! ?Iré rápido por ayuda!
Cuando Astrid intentó correr, una mano firme la detuvo. Cáliban la sostuvo del brazo y, con una calma desconcertante, se puso de pie como si nada hubiera pasado.
—Solo era una broma. Esto no me afecta… —dijo, esbozando una sonrisa tranquila bajo la luz de la luna.
Astrid lo miró incrédula, la furia se desbordó en su voz.
—?Tú! —exclamó, con los ojos llenos de rabia —?Pudiste haber…!
Cáliban la interrumpió, su sonrisa se tornó en un gesto serio pero desafiante.
—?Morir? Vamos, Astrid. —Dejó escapar una leve risa irónica —?Intentaste envenenarnos y ahora te sientes mal? Serías una pésima asesina.
Sus palabras la golpearon con fuerza. Astrid intentó responder, pero las palabras se atascaron en su garganta. Todo lo que podía hacer era apretar los pu?os, con su orgullo destrozado.
Al ver su reacción, Cáliban suspiró profundamente.
—Ve a dormir, Astrid. Ma?ana tienes clases. No olvides levantarte temprano.
—?Por qué? —preguntó ella de repente, su tono era firme pero con un atisbo de desesperación. Bloqueó el paso hacia su habitación, mirándolo directamente a los ojos.
Cáliban se detuvo, observándola en silencio por un momento antes de responder.
—Para muchos, ustedes son especiales… —comenzó, con su voz baja pero llena de intención —Gente de la realeza, talentos únicos, futuros héroes. Los líderes que, supuestamente, los llevaran a una época dorada.
Astrid lo miró sin comprender del todo a dónde quería llegar.
—?Sabes qué veo yo? —continuó Cáliban, sin apartar la mirada —Ni?os. Ni?os condenados a odiarse entre sí para repetir los mismos errores de sus antepasados.
Astrid apretó los labios, intentando encontrar una respuesta, pero Cáliban no le dio tiempo.
—?Cuántas guerras han sido ya? ?Cuántas veces han comenzado y terminado batallas solo por caprichos?
—Ellos… —intentó decir Astrid, con la voz quebrada.
—?Ellos comenzaron? —Cáliban la interrumpió de nuevo, con una sonrisa amarga —Déjame adivinar… invadieron algo, mataron a alguien importante, y luego, ?Oh sorpresa!, otra guerra comenzó. Pero claro, seguro estaba justificado, ?No?
El tono sarcástico de Cáliban era como un látigo. Dio un paso hacia atrás, alejándose lentamente hacia su habitación.
—No importa quién haya comenzado. Lo único que importa es que mucha sangre inocente se ha derramado por las estupideces de líderes que no conocen el término "dejar ir".
—?Entonces deberíamos perdonarlos? —preguntó Astrid, levantando la voz con un tinte de desesperación —?Dejar que se salgan con la suya solo para tener paz? No digas tonterías… escucha, su padre… su padre es un monstruo. él… me arrebató a alguien muy importante para mí.
Cáliban se detuvo en seco y, sin volverse, alzó un dedo y apuntó hacia ella.
—Exacto. Su padre. Fue él, el padre de Elizabeth, quien te quitó a alguien importante. No fue ella. No fueron los ciudadanos de Redvein. No fueron los vampiros como raza.
Se giró lentamente, enfrentándola con una mirada intensa que parecía atravesarla.
—Pero tu odio ciego te lleva a odiar a todos los que están a su alrededor. Dime, Astrid, ?Qué crees que pasará?
Astrid permaneció en silencio, su respiración se aceleró, incapaz de responder.
—Yo te lo diré. —continuó Cáliban, con frialdad —Le arrebatarás a alguien importante a otra persona, y esa persona vendrá a buscarte para vengarse, y te quitará algo importante a ti. Y así seguirá… una y otra vez.
Dejó escapar un suspiro pesado, dejando caer los hombros.
—Odiar está bien, Astrid. Es humano. Pero no generalices. Porque si lo haces, te convertirás en el mismo monstruo que tanto desprecias.
Sin esperar respuesta, Cáliban entró a su habitación, cerrando la puerta con suavidad. Una vez dentro, se detuvo frente a la ventana, dejando que la luz plateada de la luna iluminara su rostro.
Tiempo después. La tensión aún flotaba en el aire cuando Cáliban reunió al grupo para asignarles su primera misión conjunta. Astrid, aún reflexionando sobre las palabras de Cáliban, llegó a la sala con Juliana.
A pesar de su habitual postura confiada, algo en Astrid parecía diferente. Era como si, por primera vez, entendiera el peso real de lo que significaba formar parte de un conflicto que trascendía su propio dolor.
—Muy bien, este será su primer encargo. —anunció Cáliban, entregándoles el pergamino —Tendrán que completarlo junto a Elizabeth, Nhun y Cecilia. Les deseo buena suerte.
Astrid y Juliana asintieron antes de salir por la entrada principal. Mientras caminaban, comenzaron a leer la petición con atención.
—"Obtener 250 cristales de fuego"… —leyó Astrid, con expresión pensativa —En efecto, necesitaremos algo de mano de obra extra.
—Bueno, al menos tenemos las mochilas que nos dio el líder. —Juliana estiró los brazos con pereza —Vamos a buscar a las demás.
Cuando llegaron a la mansión, encontraron a sus tres compa?eras juntas en la sala, inmersas en una conversación aparentemente sería.
—Entonces, ?No encontraron club? —preguntó Elizabeth, con un libro abierto sobre su regazo.
—No… —respondió Cecilia, cruzando los brazos —Todos los clubes de primer a?o ya están llenos.
—Eso, o quieren esclavizarte por una miseria y con comisiones absurdas… —agregó Nhun, claramente molesta.
Cecilia miró a Elizabeth con curiosidad.
—?Tampoco has buscado tú?
Elizabeth cerró el libro con un movimiento seco y habló con indiferencia:
—Intenté hacerlo. —Su tono era crudo, casi frío —Fui al club de Cuidado de Criaturas Mágicas, ?Sabes qué dijeron? Que podría terminar comiéndomelas. Luego fui al de Jardinería, pero me dijeron que “mi presencia podría asustar a la flora y hacer que no crezca”. Por último, probé en un gremio durante una semana… y me expulsaron porque, al parecer, “mi presencia incomodaba a todos”.
Aunque mantenía un aire indiferente, sus ojos delataban una mezcla de tristeza y resignación. No era la primera vez que enfrentaba este tipo de rechazo; escuela tras escuela, siempre ocurría lo mismo. Elizabeth ya se había acostumbrado, o al menos eso quería aparentar.
Cecilia notó el brillo apagado en su mirada y no pudo evitar sentirse mal por ella.
—Lo siento, Elizabeth… —dijo suavemente.
Elizabeth alzó una mano, agitándola con desinterés.
—Está bien, Cecilia. No importa…
En ese momento, Juliana irrumpió con su habitual entusiasmo, rompiendo la tensión en el ambiente.
—?Chicas! ?Necesitamos su ayuda! —exclamó con energía.
Todas giraron la mirada hacia Juliana, intrigadas por su repentino escándalo. Astrid y Elizabeth cruzaron sus miradas por un breve instante antes de apartarlas rápidamente. Astrid suspiró y levantó la hoja de la misión para mostrársela al grupo.
—El líder nos ha pedido que realicemos esta misión. —explicó Astrid —Queremos que vengan con nosotras.
—?Por qué? —preguntó Nhun, su tono iba denotando una leve inquietud.
Astrid se encogió de hombros, pensativa.
—Creo que Cáliban sabe que no lo están pasando bien. Quizás quiere ayudarlas… claro, es solo una idea mía.
Elizabeth entrecerró los ojos, evaluando a Astrid con cautela. Su mente se llenó de dudas; podría tratarse de una trampa. Aunque ya no desconfiaba completamente de Juliana, no podía decir lo mismo de Astrid. Sin embargo, la energía contagiosa de Juliana terminó inclinando la balanza.
—Escuchen, ustedes no tienen dinero, ?Verdad? —comenzó Juliana, con un tono directo —Esta misión paga bien. Solo se trata de recolectar piedras de fuego. Vamos a la mazmorra, recogemos las piedras y repartimos el dinero. ?Fácil, no?
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Nhun quiso negarse, pero los ojos cristalinos de Cecilia la hicieron dudar con su súplica. Finalmente, suspiró y aceptó. Sin embargo, Elizabeth no se dejó convencer tan fácilmente. Alzó una ceja, desconfiada, y preguntó:
—?Por qué el líder haría eso? Algo no encaja…
Cecilia y Nhun miraron de inmediato a Juliana, buscando una respuesta. Esta comenzó a incomodarse bajo las miradas, debatiéndose internamente si responder o no. Fue Astrid quien tuvo que hablar por ella.
—Está bien, miren. —Astrid cruzó los brazos, con gesto resignado —Nosotras decidimos unirnos al gremio del líder. Tiene buenos beneficios, y nos prometió armas nuevas si las ayudábamos con esta misión. Solo queremos cumplir con nuestra parte del trato, ?Entienden? Ustedes no tienen que hacer nada más.
Nhun se sobresaltó al escuchar las palabras "armas nuevas".
—??Armas nuevas?! —exclamó, llevándose una mano a la barbilla mientras pensaba.
?Eso quiere decir que podría pedirle otro anillo…?
No necesitó más. Nhun estuvo de acuerdo al instante, y Cecilia, aunque más cautelosa, también aceptó con una leve sonrisa. Sin embargo, Elizabeth continuaba pensándolo, su mente estaba atrapada en dudas.
—Vamos, sabemos que necesitas el dinero. Además, no creo que Cáliban tenga malas intenciones… —insistió Cecilia, con voz suave pero sincera.
Elizabeth desvió la mirada, incómoda. Su experiencia le había ense?ado que la amabilidad, muchas veces, era una fachada para lastimarla después. Preferiría no involucrarse. Pero sabía que no tenía muchas opciones, después de todo, necesitaba el dinero. No tenía ropa nueva ni viales de sangre para reponerse. La sangre de bestia era su única alternativa, y aunque tenía un sabor horrible, al menos la mantenía viva, aunque tenía un precio elevado.
Finalmente, aceptó con un gesto de resignación.
—Está bien, pero solo porque no tengo opción…
Con la decisión tomada, el grupo se dirigió hacia la mazmorra en un carruaje. Sin embargo, la tensión en el aire era palpable. Astrid hacía todo lo posible por ignorar la presencia de Elizabeth, quien a su vez permanecía en silencio, con la mirada fija en el paisaje. Cecilia y Nhun notaron el comportamiento de ambas, pero prefirieron no comentar nada. Mientras tanto, Juliana estaba completamente absorta, pensando solo en cazar bestias fuertes.
Al llegar a la mazmorra, registraron sus marcas mágicas en la entrada, donde Astrid tomó la iniciativa para explicar el plan.
—Bueno, primero iremos por…
—Espera. —Elizabeth la interrumpió, cruzándose de brazos —Dije que las ayudaría porque necesito el dinero, pero nunca acordé seguir tus órdenes.
Juliana dejó escapar un suspiro, claramente desinteresada en el conflicto. Ella haría lo que quisiera. Sin embargo, Astrid giró hacia Elizabeth, fulminándola con la mirada.
—?Entonces qué harás? —preguntó Astrid, con su tono afilado —?Vas a desobedecer?
Las dos se enfrentaron, sosteniendo la mirada con una intensidad que hacía pensar que en cualquier momento podrían atacarse. La tensión creció rápidamente, mientras Cecilia y Juliana miraban con incomodidad, sin saber cómo intervenir.
Fue Nhun quien, pensando rápido, dio un paso al frente y levantó las manos para detenerlas.
—?Muy bien! ?Muy bien! ?Tiempo fuera! —exclamó, suspirando con amargura mientras agitaba la cabeza —Parece que tenemos problemas, y no podemos entrar a la mazmorra así.
Ambas se giraron hacia Nhun, todavía molestas, pero al menos dispuestas a escuchar.
—?Qué tal si hacemos una votación? —propuso Nhun, tratando de mantener la calma.
Las demás la miraron con sorpresa. Aunque no era lo más habitual, la sugerencia tenía sentido. Cecilia y Juliana intercambiaron miradas, mientras Astrid y Elizabeth seguían evaluando la propuesta.
—Cada quien debe votar por alguien, y el que tenga más votos será el líder del grupo. ?Qué les parece? —propuso Nhun con una sonrisa animada.
Todas estuvieron de acuerdo de inmediato. La votación fue rápida y, como era de esperar, bastante predecible al principio. Juliana y Astrid votaron por ellas mismas, mientras Nhun y Cecilia votaron la una por la otra, compartiendo una mirada cómplice.
La última en votar fue Elizabeth, quien mantenía una sonrisa enigmática mientras todas esperaban su decisión. Alzó la mirada con calma y dijo:
—Voto por Cecilia.
Cecilia abrió los ojos, claramente sorprendida.
—??Qué?! ??Yo?!
—?Felicidades, Ceci! ?Lidéranos! —exclamó Nhun, agitando las manos con entusiasmo, como si celebrara una victoria.
Cecilia permaneció congelada en su lugar, con los ojos de todas clavados en ella. A pesar de su sorpresa y nerviosismo, no tuvo más remedio que aceptar el resultado. Astrid, aunque no estaba del todo cómoda con la decisión, suspiró y asintió en silencio. Juliana, por su parte, solo estiró los brazos con aburrimiento.
—?Entonces…? —dijo Juliana, con tono calmado pero expectante.
Cecilia luchó por encontrar las palabras adecuadas, buscando dentro de sí el coraje necesario para liderar. Elizabeth y Nhun, notando su incomodidad, le ofrecieron miradas alentadoras. Finalmente, respiró hondo y comenzó a hablar con un tono tembloroso que se fue fortaleciendo poco a poco.
—Bueno… eh… la petición dice que necesitamos recolectar piedras de fuego. Según lo que leí, se encuentran en calabozos tipo cueva. Podríamos ir al calabozo del Rey Trasgo. La última vez que estuve ahí, vi muchas incrustadas en las paredes.
Nhun asintió con entusiasmo, mientras Elizabeth y Juliana aceptaban sin objeciones. Astrid, aunque más reticente, terminó por seguir el plan.
Desde lo alto de un edificio cercano, una figura los observaba con atención. Era Lord Xander. Su tarea era asegurarse de que el grupo completará la misión sin que el culto pusiera sus garras sobre ellas. Al escuchar el plan de Cecilia, una leve sonrisa cruzó su rostro.
—Vaya… parece que tienen problemas desde el principio. —murmuró para sí mismo, antes de a?adir con un susurro —Bien hecho, jovencita…
El grupo se puso en marcha hacia la mazmorra. Mientras avanzaban por los pasillos oscuros y serpenteantes, Cecilia le susurró a Nhun con nerviosismo:
—?Lo hice bien?
—Estuviste perfecta, líder… —respondió Nhun con una sonrisa burlona, aunque su tono era sincero.
El camino hacia la cueva era insípido y oscuro. Afortunadamente, gracias a las marcas mágicas de sus casas, la luz no era un problema. Sin embargo, el estrecho pasaje dificultaba el avance.
Juliana, con su aura combativa, lideraba el frente, derribando trasgos con facilidad. A su lado, Astrid utilizaba su espada para acabar rápidamente con los enemigos que se acercaban. Entre las dos, despejaban el camino con precisión y eficacia.
Mientras tanto, Elizabeth, Nhun y Cecilia caminaban detrás, buscando con atención las piedras de fuego que debían recolectar. Sus ojos escudri?aban las paredes de la caverna, iluminadas por el brillo de las marcas.
Finalmente, después de atravesar la décima puerta, el grupo llegó a una cámara más amplia en las profundidades del calabozo. Allí, las paredes estaban adornadas con cristales de fuego que brillaban con una intensidad fascinante, ti?endo la caverna con tonos cálidos de rojo y naranja.
—?Miren! ?Son estos! —exclamó Cecilia, se?alando con el dedo los cristales incrustados en las paredes.
Juliana intentó arrancar los cristales de las paredes, pero rápidamente se dio cuenta de que había olvidado traer herramientas. Sin dejar que eso la desanimara, canalizó su aura, creando un impacto que rompió la superficie donde se sostenían los cristales, haciéndolos caer al suelo.
—?Ahí está! —dijo, triunfante, mientras recogía un par de ellos.
Las demás siguieron su ejemplo, utilizando sus habilidades para liberar más cristales. Poco a poco, comenzaron a apilar una cantidad considerable de recursos.
—Bueno, esa era la última. —anunció Nhun, limpiándose el sudor de la frente con una mano.
Cecilia se agachó para empezar a guardar los cristales en una gran bolsa que sostenía Astrid. Cuando finalmente terminaron, de repente, un grito ensordecedor resonó a través de la caverna, haciendo que todas se congelaran.
—??Qué fue eso?! —exclamó Elizabeth, mirando nerviosa hacia el fondo de la cueva.
A la distancia, un gigante de piel verde con colmillos afilados emergió de las sombras, sosteniendo un garrote con pinchos del tama?o de una persona.
—?Es un ogro! ?Corran! —gritó Cecilia, el miedo era evidente en su voz.
Juliana, decidida a enfrentarlo, avanzó hacia la criatura, pero su valentía se desmoronó al ver lo que había detrás. Un ejército de trasgos y otros dos ogros surgían desde la penumbra, con sus gru?idos llenando el aire.
—?Mierda! —murmuró Juliana, sabiendo que no había posibilidad de ganar esa pelea. —?Retirada! —gritó, volviendo rápidamente hacia las demás.
El grupo corrió hacia la salida, pero estaba lejos, y el gigante verde arremetió con su garrote, apuntando directamente hacia Astrid. Antes de que el ataque la alcanzara, Elizabeth reaccionó con rapidez, lanzando su látigo mágico y envolviendo la pierna del ogro. Tiró con fuerza, haciéndolo perder el equilibrio.
El ogro cayó hacia un lado, y Astrid logró esquivar el ataque por los pelos. Sin embargo, el impacto del garrote da?ó la estructura de la cueva, provocando un derrumbe en masa.
—?Mierda! ?Este lugar se está cayendo! —gritó Juliana, esquivando las rocas que comenzaban a caer mientras sostenía la pesada bolsa con los cristales.
El caos se intensificó cuando uno de los ogros levantó su garrote, arremetiendo contra Cecilia. Nhun, actuando rápidamente, lanzó sus hilos mágicos hacia el brazo del ogro, intentando detenerlo. Aunque no logró cortarlo por completo, fue suficiente para que soltara su arma.
Pero ese segundo de distracción resultó fatal. Una lluvia de piedras cayó sobre la entrada de la cueva, bloqueándola por completo.
—?Estamos atrapadas! —exclamó Nhun, mirando con horror cómo el ejército de trasgos y ogros se acercaba lentamente, listos para acabar con ellas.
Juliana, viendo que no tenían más opciones, tomó el garrote del ogro caído y, canalizando toda su fuerza, lo lanzó contra una de las paredes laterales de la caverna. El impacto fue devastador, provocando un derrumbe sobre los enemigos que estaban al otro lado.
—?Corran! —gritó, pero las rocas seguían cayendo.
Sin más opción, Juliana alzó la bolsa de cristales por encima de su cabeza y se colocó como escudo sobre sus compa?eras.
—?Vengan aquí! ?Rápido!
Las demás se apresuraron a refugiarse bajo ella. El derrumbe las enterró bajo una monta?a de escombros. Afortunadamente, la bolsa de cristales amortiguó el impacto, salvándolas de heridas graves.
—?Mierda! ?Estamos atrapadas! —dijo Nhun, frustrada mientras intentaba moverse entre las rocas.
Cecilia, con la respiración acelerada, buscó desesperadamente un espacio por donde salir.
—Chicas… no veo nada… —dijo, temblando en la oscuridad.
—?Perfecto! Ahora estamos atrapadas. —replicó Nhun, con sarcasmo evidente en su tono para no caer en la locura.
Elizabeth, sentada contra una roca, intentó calmar su mente mientras evaluaba la situación.
—?Qué haremos ahora? —preguntó, con un tono más preocupado que de costumbre.
Juliana, todavía sosteniendo los cristales, dejó escapar un largo suspiro, intentando mantener la calma.
—Primero, respiren. No sirve de nada entrar en pánico. Busquemos una forma de salir.
Astrid, hasta ahora en silencio, habló al no ver ninguna apertura.
—Lo mejor será esperar ayuda… —sugirió Astrid, con un tono firme pero cauteloso —Si el profesor no sabe de nosotras en algún tiempo, estoy segura de que vendrán por nosotras.
Juliana, aún sosteniendo la pesada bolsa de cristales para evitar que las aplastara, apretó los dientes. Cada minuto que pasaba sentía cómo sus fuerzas disminuían. Cecilia, notando su agotamiento, se ofreció a turnarse con ella, sosteniendo la carga mientras las demás ayudaban como podían. Nhun se encargaba de secar el sudor de Juliana y darle peque?os sorbos de agua, asegurándose de que pudiera resistir.
Mientras tanto, Astrid y Elizabeth permanecían en silencio, intercambiando miradas de vez en cuando. Sin embargo, ninguna de las dos podía sostenerla por más de un par de segundos antes de desviar los ojos, incómodas.
Finalmente, Astrid rompió el silencio.
—?Por qué? —preguntó de repente, su voz rompió la quietud del reducido espacio.
Elizabeth la miró, arqueando una ceja.
—?Por qué… qué? —repitió con un tono seco.
—?Por qué me salvaste? —espetó Astrid, sin apartar la mirada —?Crees que con eso vas a ganarte mi confianza?
El silencio incómodo llenó el peque?o espacio nuevamente. Nhun y Cecilia se miraron entre sí, eligiendo no intervenir. Elizabeth, por su parte, dejó escapar un largo suspiro, su rostro reflejó cansancio y amargura.
—Solo… olvídalo… —respondió, con un tono apagado.
—No. —Astrid no estaba dispuesta a dejarlo así —Quiero entender. ?Por qué alguien como tú me ayudaría?
Elizabeth frunció el ce?o, girándose hacia ella con los ojos llenos de irritación.
—Realmente no lo entiendo. —dijo Elizabeth, con una voz cargada de frustración —?Por qué me odias tanto? ?Qué es lo que te he hecho?
Astrid explotó, incapaz de contenerse.
—??En serio te vas a hacer la inocente?! —gritó, su voz se llenó de rabia —?Tu padre asesinó a mi madre a sangre fría! ?Incluso se rió sobre su cadáver! ??Cómo osas siquiera preguntar eso?!
Cecilia intentó calmar a Astrid, colocándole una mano en el hombro, pero el ambiente estaba cargado de tensión. Los gritos e insultos llenaron el espacio reducido, hasta que finalmente cayó un incómodo silencio.
Elizabeth permanecía sentada, su rostro era inmutable, pero sus manos temblaban ligeramente.
—Supongo que no tienes nada que decir… —dijo Astrid con amargura, cruzando los brazos mientras esperaba una respuesta.
Entonces, Elizabeth explotó.
—??Y qué quieres que diga?! ?Mierda! —gritó, harta, mientras lágrimas rojas comenzaban a correr por su rostro.
Astrid abrió los ojos con sorpresa. Su primera reacción fue pensar que Elizabeth estaba exagerando, pero las lágrimas no cesaban.
—Estoy harta… —murmuró Elizabeth, una vez que logró calmarse un poco —A donde quiera que vaya, me culpan por todo. Por los actos de mi padre, por los actos de mi gente… ?Por todo! Estoy… harta.
Astrid la miró con frialdad, sin ceder a su dolor.
—Ese es el legado de los monstruos… —dijo con dureza, sus palabras estaban cargadas de resentimiento.
—Astrid… —intervino Cecilia, su voz era suave pero firme mientras intentaba calmarla.
Elizabeth, sin embargo, dejó escapar una risa amarga, una sonrisa triste cruzó su rostro.
—?Oh, en serio? —dijo con un tono sarcástico —No debería esperar nada menos de la hija de la Carnicera de Rosengard.
Astrid frunció el ce?o, sorprendida por el comentario.
—?La carn…? ?De qué estás hablando? —preguntó, confusa y molesta.
Elizabeth rió suavemente, aunque sus ojos seguían empa?ados por lágrimas.
—Supongo que no lo sabes… —murmuró Elizabeth, mientras se limpiaba una solitaria lágrima —No es una sorpresa, por lo visto.
Astrid apretó los pu?os, intentando contener su rabia.
—?Crees que caeré en tus mentiras?
Juliana, quien estaba al límite de sus fuerzas mientras sostenía la bolsa de cristales, intervino con una voz débil pero firme.
—Escuché algo al respecto… Rosengard… ?No fue ahí donde ocurrió una masacre?
El rostro de Astrid se enrojeció aún más, una mezcla de ira y negación se interpuso en su hablar.
—?Le vas a creer? ?En serio?
—Tranquila, princesa. —Juliana la miró con calma, aunque su tono era tajante —No se trata de creerle o no, pero dice la verdad. Mi guardiana, Randa, fue testigo de esa masacre. Una mujer del reino de Orión atacó la ciudad de Rosengard… incluso Randa, que lleva el título de “Crusher”, quedó sorprendida por lo brutal que fue.
Elizabeth aprovechó la pausa para a?adir, con una sonrisa amarga:
—Hablas de monstruos, pero compartes sangre con uno…
Astrid comenzó a temblar, su furia estaba desbordándose.
—?Cállate! —gritó, lanzando insultos y tratando de ahogar las palabras de Elizabeth con su propia voz.
Elizabeth se rió suavemente, observando cómo Astrid perdía el control.
—Me das pena, princesa… —susurró con frialdad.
Cecilia, preocupada por el estado de Astrid, se apresuró a calmarla, sujetándola suavemente por los hombros. Mientras tanto, Nhun ayudó a Juliana a sostener la carga, intentando aliviar la tensión física y emocional que las rodeaba.
Tras unos momentos de silencio, Astrid finalmente recuperó un poco de compostura. Bajó la mirada, evitando los ojos de las demás.
—?Qué fue lo que sucedió? —preguntó, apenas era un susurro.
Elizabeth alzó una ceja, estudiando la reacción de Astrid antes de responder.
—?De verdad no sabes la historia completa? —preguntó con incredulidad, cruzándose de brazos —No, claro que no lo sabes. Si la conocieras, no tendrías la cara para hablarme así.
—?Vas a hablar o solo a dar vueltas sobre el tema? —replicó Astrid, tratando de recuperar su firmeza.
Elizabeth dejó escapar un largo suspiro, su rostro reflejaba tanto dolor como resignación.
—Hace a?os, tu madre dirigió una expedición de exterminio contra nosotros. Fue en venganza… ?Sabes? Yo… aún recuerdo ese día.
La voz de Elizabeth se quebró levemente, pero continuó.
—Rosengard era una ciudad tranquila. Las nubes nos cubrían del sol, como siempre… hasta que llegó la tormenta. Desde el norte, aparecieron caballeros montados, con armaduras brillantes. Llegaron como un huracán, asaltando la ciudad, asesinando sin piedad a todos.
Astrid frunció el ce?o, intentando buscar alguna excusa.
—Pero… tal vez era un centro militar. Seguro que…
Elizabeth negó con la cabeza, cortándola con un gesto firme.
—Rosengard no era una ciudad militar. Era un lugar de agricultores y granjeros. Ahí se cultivaban los alimentos que no crecen en nuestro territorio, por eso estaba ligeramente fuera de él. Familias enteras vivían allí… familias que fueron masacradas.
Astrid tembló ligeramente, su voz era apenas un murmullo.
—?Cómo estás tan segura? Tal vez… tal vez trataron de inculparnos…
Elizabeth guardó silencio durante varios segundos. Sus manos se cerraron en pu?os mientras las imágenes de ese día regresaban a su mente, pesándole como una carga imposible de soportar.
—Yo estuve ahí… —murmuró finalmente, su voz se apagó, cargada de dolor.
Todas guardaron silencio, escuchando cada palabra que Elizabeth lograba pronunciar.
—Era una ni?a… mi madre logró esconderme en una carreta con estiércol… ella era buena, ?Sabes? Ayudaba a cualquiera que lo necesitara. Era querida por todos, respetada. La gente la admiraba.
Elizabeth hizo una pausa, sus ojos brillaron con lágrimas rojas que comenzaron a deslizarse por sus mejillas.
—Y aun así, tu madre la asesinó a sangre fría. Ni siquiera estaba peleando… solo rogaba para que la carnicería terminará.
Elizabeth bajó la cabeza, su voz tembló mientras continuaba:
—Tu madre la atravesó con su espada mientras le suplicaba. La escuché reír… reír mientras el cuerpo de mi madre caía al suelo.
El ambiente quedó impregnado de un silencio opresivo. Astrid no sabía qué responder. Su respiración era errática, su mente seguía luchando por procesar lo que acababa de escuchar.
Cecilia, siempre la más conciliadora, intentó suavizar la tensión.
—Elizabeth…
Pero Elizabeth no la dejó terminar.
—No busco tu lástima, Cecilia. —Sus ojos estaban fijos en Astrid —Y no espero que la "princesa" lo entienda. Solo quiero que sepa que las acciones de su madre no fueron olvidadas.
Astrid, incapaz de responder, apartó la mirada. Las palabras de Elizabeth resonaban en su mente, chocando con todo lo que creía saber sobre su familia.
Las lágrimas de Elizabeth continuaron fluyendo durante varios minutos, silenciosas pero implacables. Extra?aba a su madre todos los días. A veces encontraba alivio en no necesitar dormir, evitando así los sue?os que la obligaban a revivir aquel momento. Pero eso no evitaba que los recuerdos la acosaran, una y otra vez.
—Fui rescatada por mi padre días después… —dijo finalmente, con la voz quebrada. Su mirada estaba perdida, fija en algo invisible —Aún lo recuerdo llorar al ver el cuerpo de mi madre sin vida…
Elizabeth suspiró profundamente, y luego levantó la mirada hacia Astrid, quien la observaba con el rostro pálido, incapaz de procesar lo que estaba escuchando.
—Dices que mi padre se rió frente al cadáver de tu madre… —continuó Elizabeth, con su tono amargo pero calmado —Tienes razón. Lo hizo. Pero no de felicidad. Se reía con amargura.
Las palabras de Elizabeth parecieron congelar el ambiente.
—Lo vi ahogarse en la bebida después de eso. —Su voz se tornó más baja, casi un susurro —Solía murmurar cosas cuando estaba ebrio… decía que, aunque le había quitado la vida, eso no le devolvería al amor de su vida.
Astrid abrió la boca, como si quisiera responder, pero ningún sonido salió de sus labios. Sus pensamientos se arremolinaban, su pecho subía y bajaba rápidamente, como si luchara por respirar.
De repente, un ruido comenzó a resonar a lo lejos. El sonido de rocas desprendiéndose y cayendo se hizo cada vez más fuerte, rompiendo la quietud del espacio confinado.
—Parece que ya vinieron por nosotras… —dijo Nhun, con una mezcla de alivio y precaución.
Pero Cecilia, siempre observadora, palideció al notar un detalle crucial.
—Eh… chicas… —dijo, temblando ligeramente —Ese lado no es la entrada.
Las palabras de Cecilia hicieron que todas se tensaran. Sus miradas se dirigieron hacia la oscuridad, justo a tiempo para ver cómo una gran figura emergía entre las sombras. Luego otra, y otra.
El ejército de trasgos había regresado. Los gru?idos guturales y risas burlonas llenaron la caverna mientras los tres ogros que lideraban el grupo mostraban sonrisas arrogantes, deleitándose al encontrar a sus presas atrapadas e indefensas.
Juliana, agotada, intentó ajustar su postura para proteger a las demás con la bolsa de cristales, pero sabía que no podría hacer mucho más en su estado actual.
—Mierda… —murmuró, sus ojos recorriendo a los enemigos, calculando desesperadamente una salida.
Astrid, aún sacudida por la conversación, intentó enderezarse. Su mano alcanzó la empu?adura de su espada, pero su mente estaba nublada.
Los trasgos comenzaron a acercarse más mientras retiraban las rocas, formando un semicírculo que reducía cada vez más su espacio. Los ogros detrás de ellos golpeaban el suelo con sus garrotes, provocando peque?as vibraciones que parecían anunciar el inicio de un ataque inminente. El ambiente se llenó de tensión mientras el grupo se preparaba para lo inevitable.

