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Capítulo 77: Visita inesperada

  Cáliban observaba en silencio el enfrentamiento que estaba a punto de comenzar. De un lado, Cecilia alzaba su bastón con determinación, mientras que frente a ella Astrid sostenía su espada en alto, lista para atacar. La tensión era palpable, el aire parecía contener la respiración. Al cabo de unos segundos, Cáliban levantó la mano y gritó:

  —?Comiencen!

  Como si el grito fuera una chispa, ambas combatientes cargaron hacia el centro del campo. El choque de sus armas resonó con fuerza, haciendo vibrar los prados. Astrid atacaba con una ferocidad intimidante; cada golpe de su espada hacía retroceder a Cecilia, quien apenas lograba bloquear con su bastón. La diferencia de experiencia era evidente.

  —?Vamos, Ceci! ?Tú puedes! —gritó Nhun desde la línea, agitando los brazos en un intento desesperado por animar a su amiga.

  A pocos metros, Elizabeth permanecía sentada en el césped, sus ojos estaban fijos en el combate, estudiando cada movimiento como si analizara un rompecabezas. Cerca de Cáliban, Joseph hojeaba despreocupadamente el periódico del día, aunque sus cejas se alzaban y fruncían con cada noticia que leía.

  —?Qué te pasa? —preguntó Cáliban, intrigado por las expresiones de su compa?ero.

  —Otro arresto… Alec ha estado atrapando estudiantes y trabajadores acusados de pertenecer al culto. ?Cómo diablos consigue tantas pruebas? Esta semana ya lleva setenta detenidos… —Joseph dejó caer el periódico sobre sus rodillas, negando con la cabeza.

  Cáliban arqueó una ceja, sorprendido. Después de la conversación con la profesora, Alec había empezado a buscar pistas sobre el culto. Pero lo más desconcertante era lo rápido que había conseguido resultados. Había desmantelado células enteras, forzando incluso a madame Lothrim a retirarle el castigo por su intervención en la academia. Ahora, su reputación estaba en su punto más alto.

  —Es raro, ?No? —continuó Joseph, bajando la voz, como si temiera que alguien pudiera escucharle —Nosotros estuvimos meses buscándolos sin suerte, y él aparece de la nada con pruebas irrefutables.

  —?Es una queja o un cumplido? —replicó Cáliban con una sonrisa sarcástica, aunque sus ojos denotaban interés.

  —Solo digo que no encaja…

  —Sí, entiendo lo que dices. —admitió Cáliban, cruzándose de brazos mientras reflexionaba sobre las palabras de su amigo.

  Mientras tanto, el combate llegó a su fin. Astrid, jadeando pero triunfante, extendió una mano hacia Cecilia.

  —Vaya… me hiciste esforzarme de verdad. —dijo con una sonrisa mientras recuperaba el aliento.

  Cecilia, tumbada en el suelo, empapada en sudor y respirando con dificultad, aceptó la ayuda para ponerse de pie. Tras un momento de pausa, dejó escapar un largo suspiro.

  —Supongo que todavía no soy rival para ti…

  Astrid rió suavemente, pero en sus ojos se reflejaba un respeto genuino.

  —No te preocupes por ello, créeme. —dijo con una leve sonrisa —Me he enfrentado a muchas de mi edad, pero eres la única que creo que podría estar a mi altura en poco tiempo. La manera en que movías tu bastón… tuve que esforzarme para ganarte.

  Cecilia se sonrojó ligeramente, agradeciendo el cumplido con un tímido gesto. Mientras tanto, Reinhard llegó al campamento, visiblemente cansado, buscando a Cáliban.

  —Líder… —dijo, con la voz apagada.

  —?Qué sucede? —respondió Cáliban, levantando la vista de sus notas.

  Reinhard miró a Juliana a lo lejos, quien se dirigió al río cercano para lavarse la sangre. Ambos venían de cazar criaturas a petición de ella.

  —Por favor, habla con ella… —dijo finalmente —Es algo…

  —?No te hace caso?

  —?Exacto! Es más testaruda que una mula. No me escucha, ignora las reglas. Intenté hablar con ella, pero se niega… ya no sé qué hacer.

  Cáliban lo observó con atención. Reinhard estaba agotado, claramente harto de lidiar con su obstinada compa?era. Con un gesto firme, Cáliban le puso una mano en el hombro.

  —Hablaré con ella.

  Joseph, que había permanecido en silencio hasta ese momento, se levantó, sosteniendo un ramo de flores que había recogido en la mazmorra. Con movimientos discretos, lo guardó en su anillo mágico.

  —Bueno, yo… me retiro. —dijo, como si quisiera pasar desapercibido.

  Reinhard lo miró con curiosidad.

  —?A dónde vas?

  Joseph se aclaró la garganta, intentando que su tono sonara casual.

  —Ah… al hospital. Quiero revisar el estado de Dimerian.

  Cáliban frunció el ce?o.

  —?Vas al hospital…?

  —Sí, como dije, voy a ver a Dimerian.

  —?Con un ramo de flores? —intervino Reinhard, cruzándose de brazos, claramente escéptico.

  —?Claro! —exclamó Joseph, algo nervioso —Ya sabes lo que dicen, ?No? Un buen ramo de flores anima a cualquier enfermo…

  Reinhard arqueó una ceja, pero no dijo nada más. Joseph exhibió una sonrisa amplia, intentando convencer a sus compa?eros. Sin embargo, Cáliban y Reinhard intercambiaron miradas; sabían perfectamente que estaba mintiendo, aunque optaron por no entrometerse en su vida privada.

  —Bueno, si eso es lo que dices… adelante. —dijo Cáliban, encogiéndose de hombros.

  Reinhard, por su parte, esbozó una sonrisa irónica.

  —Claro, Joseph… ve tranquilo.

  Joseph intentó mantener la compostura, pero terminó rindiéndose con un gesto nervioso.

  —Bueno, yo… eh… la verdad es que… ya me voy.

  Sin más, se giró rápidamente y se marchó del campamento, dejando tras de sí un aire de incomodidad mal disimulada. Cáliban observó su partida con indiferencia antes de dirigirse hacia las orillas del río en busca de Juliana. Reinhard, por otro lado, se despidió para retomar su entrenamiento.

  Al llegar al río, Cáliban vio a Juliana lavándose la sangre de las manos los restos del último enfrentamiento. Ella, al escuchar pasos acercándose, asumió que se trataba de Reinhard y habló sin voltear:

  —Oye, ?Podemos ir más allá de la zona segura? Tranquilo, no le diré al líder. Así podremos-

  —Oh, ?En serio?

  Juliana sintió que el alma se le congelaba al reconocer la voz. Giró lentamente la cabeza, su mirada temblorosa buscó a Cáliban, quien estaba de pie con los brazos cruzados.

  —Oh… líder… —intentó sonreír con torpeza —?Qué haces aquí?

  Cáliban no perdió tiempo. Con un movimiento rápido, le propinó un leve golpe en la nuca como castigo por su descaro.

  —?Ah! ?Eso dolió! —protestó Juliana, frotándose la cabeza.

  Cáliban suspiró, manteniendo una expresión seria.

  —Quiero que me expliques algo, Juliana. ?Por qué se te hace tan difícil seguir las reglas? ?Acaso el último enfrentamiento no fue suficiente? Casi mueres…

  Juliana desvió la mirada. No quería hablar de lo ocurrido y optó por guardar silencio, esperando con resignación el castigo que vendría. Cáliban, al observar su reacción, sospechó que algo más estaba detrás de su actitud. Quizás tenía que ver con la maldición que, según su intuición y algunas pruebas, podría portar. Sin embargo, decidió no presionarla.

  Con un suspiro pesado, se sentó a su lado, dejando que el murmullo del río llenara el silencio incómodo.

  —No estoy aquí para obligarte a nada, Juliana. Mi único interés es que estés a salvo.

  —Puedo cuidarme sola… —replicó ella, con un tono desafiante.

  —Las marcas de pezu?as en tu abdomen dicen otra cosa.

  Juliana apretó los labios y bajó la mirada. El comentario de Cáliban golpeó directamente su orgullo. Durante unos instantes, permaneció en silencio, reflexionando en serio sobre lo que debía hacer.

  —No es mi culpa, ?Sabes? —Juliana rompió el silencio con un tono melancólico, mirando el río —Sé que lo que dices es cierto, esta mazmorra es peligrosa, pero… ?No sientes curiosidad? ?No quieres saberlo? El mundo que hay allá afuera…

  Cáliban rió con amargura, sin apartar la vista del agua que corría frente a ellos.

  —Créeme, Juliana. Sé perfectamente lo que hay ahí afuera…

  —Tal vez tú, pero yo no. —replicó ella, con su mirada cargada de anhelo —Quiero explorar, ver otros horizontes… ser libre.

  Cáliban ladeó la cabeza, observándola con cierta curiosidad.

  —?En tu hogar no te trataban bien?

  —No es eso… solo que…

  Juliana se detuvo, incapaz de expresar lo que sentía. No quería volver a casa, a ese lugar que tanto la asfixiaba. No quería regresar a ser quien era antes. Cáliban la observó en silencio, percibiendo la tristeza que se reflejaba en sus ojos. Suspiró.

  Entendía ese hambre de aventura que ella tenía, pero le frustraba que arriesgara su vida con tanta ligereza.

  —Está bien, Juliana… querer libertad está bien. Pero no tires tu vida tan fácilmente. Aunque no lo creas, hay personas que te extra?arían mucho si algo te pasara.

  Juliana guardó silencio, su incomodidad era evidente mientras Cáliban dirigía la mirada hacia las chicas que se acercaban al río para lavarse.

  —Lo sé… —murmuró finalmente.

  El silencio que siguió quedó envuelto por el murmullo constante de la cascada. Ambos observaron el flujo del agua, inmersos en sus pensamientos. Finalmente, fue Juliana quien rompió el silencio, con un repentino entusiasmo.

  —Entonces… ?Me dejarás entrar a las zonas más oscuras?

  Cáliban no tardó en responder, cortante.

  —No. Está prohibido.

  —??Por qué no?! ?Soy fuerte! ?Puedo con ello!

  Cáliban la miró fijamente, su expresión se endureció.

  —?Fuerte? Me exiges confianza cuando desobedeces órdenes, pones en peligro tu vida y, aun así, tienes el descaro de pedirme que confíe en ti. Hasta que no me des una sola razón para hacerlo, la respuesta seguirá siendo no.

  Juliana abrió la boca para refutar, pero las palabras murieron antes de salir. No podía responderle. Hablar de sus sentimientos o de su vida privada no era algo que se le diera bien. Ni con Cáliban, ni con sus amigas. El miedo al juicio siempre la hacía retroceder. Así que bajó la cabeza, resignada.

  —Bien, bien… ?Cuándo podré entonces?

  Cáliban relajó un poco la postura y más calmado, respondió:

  —Cuando me demuestres que puedes enfrentarte a un combate sin distracciones ni consecuencias que pongan en riesgo tu vida o la de los demás.

  Juliana asintió lentamente, mordiéndose el labio, su mente ya estaba planeando cómo probar su valía. Entonces, dejó escapar una risa seca, casi desafiante.

  —?Sabes que no necesito obedecerte, verdad?

  Cáliban la miró con serenidad, sin inmutarse.

  —No, no lo necesitas… pero yo tampoco necesito mantenerte aquí. Aun así, prefiero que estés aquí.

  Las palabras tomaron por sorpresa a Juliana, quien sintió un leve calor subiendo a sus mejillas. Para Cáliban, simplemente significaban que quería protegerla del culto y del peligro constante de la mazmorra. Pero para Juliana, escuchar eso la hizo sentir, por primera vez en mucho tiempo, que pertenecía a un lugar. Un lugar al que podía llamar hogar sin dudas.

  —Gracias por aceptarme, líder… —dijo en voz baja.

  Cáliban asintió, permitiéndose por un momento disfrutar del paisaje junto a ella. La calma del río, el murmullo del agua y la brisa suave hacían que el mundo pareciera más simple, aunque solo fuera por un instante.

  El momento se rompió abruptamente cuando Nhun irrumpió en la escena, con su energía inagotable.

  —?Hey! ??Qué hacen aquí tan solitos?! —exclamó la elfa con una sonrisa traviesa.

  Juliana desvió la mirada con fastidio fingido.

  —Nada que te importe, elfa pervertida…

  —??Ah?! ??Quieres pelea, grandulona malhumorada?!

  Sin esperar respuesta, Nhun se lanzó sobre Juliana, tacleándola directamente al río. Ambas cayeron con un chapoteo y comenzaron a jugar bruscamente. La situación rápidamente escaló cuando Elizabeth y Astrid, que pasaban cerca, fueron arrastradas a la "batalla". Entre salpicaduras y risas, las cuatro chicas terminaron en un caos juguetón que animó el ambiente.

  Cáliban observaba la escena con una leve sonrisa. Soltó una peque?a carcajada, algo raro en él. Pero no pudo evitarlo al recordar las peleas que solía tener con sus propios hermanos en el pasado. Aunque, claro, aquellas eran mucho más serias.

  A su lado, Cecilia se acercó con pasos ligeros y se quedó de pie junto a él, dejando que la brisa moviera su cabello.

  —Es tranquilo, ?Verdad? —comentó con una voz suave, mirando la escena frente a ellos.

  Cáliban asintió, apreciando la tranquilidad de ese momento. Con el tiempo, había aprendido a valorar los peque?os respiros que la vida ofrecía, como si fueran regalos de la creación misma.

  —”Todavía recuerdo cuando te conocí en aquel lago…” —murmuró Cecilia, de repente, su voz se ti?ó de nostalgia.

  Cáliban frunció ligeramente el ce?o, algo en sus palabras lo descolocó.

  —?Lago? —repitió en voz baja, girándose hacia ella —?Dijiste lago?

  Cecilia lo miró con curiosidad, inclinando ligeramente la cabeza.

  —No, no he dicho nada.

  Cáliban quedó inmóvil por un momento, perplejo. Había jurado escuchar la voz de Cecilia, pero sonaba diferente. Más madura, más profunda, casi seductora. Se pasó una mano por el rostro, intentando despejar la confusión.

  ??Me estaré volviendo loco?? —pensó, desconcertado.

  Antes de que pudiera profundizar en su inquietud, Cecilia interrumpió el hilo de sus pensamientos.

  —Por cierto… —dijo con naturalidad —?Ya has hablado con Madame Lothrim?

  Cáliban frunció el ce?o, su expresión reflejó un leve fastidio.

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  —No, aún no… se supone que tenemos una cena en casa de Xander. Desearía no ir, pero ya he dado mi palabra…

  Cecilia soltó una risa suave ante su comentario, aunque rápidamente desvió la mirada hacia el río. Sus amigas, aún jugando y luchando entre risas, comenzaron a hacerle se?as, animándola. Nhun, especialmente, la instaba con gestos exagerados a "atacarlo con todo".

  Cecilia sintió que el rubor subía a sus mejillas, pero decidió intentar algo impulsivo. Lentamente se agachó, extendió su mano hacia la de Cáliban, buscando tomarla. Sin embargo, él, de manera inconsciente, retiró la suya antes de que pudiera tocarlo.

  La reacción la descolocó. Nerviosa, buscó rápidamente un tema para romper la tensión.

  —Ah, yo… eh… ?Cómo… estás?

  Cáliban dejó escapar un suspiro al escuchar su poco inspirada pregunta.

  —No necesitas hacer esto, Cecilia. —Su tono era firme, pero no hostil —Solo céntrate en entrenar. No quiero ser grosero contigo, pero no es el momento para esto… espero que puedas comprenderme.

  Cecilia forzó una sonrisa amarga. Aunque las palabras dolieron, entendía que Cáliban no pretendía herirla. Aun así, la frustración crecía en su pecho. Sabía que, esta vez, no tendría opción más que enfrentarlo, tarde o temprano.

  —?Crees que ganaremos? —preguntó, intentando desviar el tema.

  —Sí.

  La respuesta fue tan rápida y contundente que Cecilia quedó momentáneamente sorprendida. ?Era arrogancia? ?Exceso de confianza? ?O tal vez una mentira piadosa? Pero no era ninguna de esas cosas. La certeza de Cáliban no se basaba en fantasías, sino en hechos.

  él sabía que ganarían.

  No porque subestimara a sus enemigos, sino porque confiaba en sí mismo. Lo mismo pensaba Alec, aunque por razones similares pero distintas a la vez. Ambos habían derrotado a sus subordinados sin mucho esfuerzo. Cáliban había reconocido de inmediato que no eran guerreros, sino sirvientes conglomerados, jóvenes de familias influyentes que servían a Madame Lothrim por honor, pero que nunca habían enfrentado una verdadera batalla, mucho menos una guerra.

  Sin embargo, Alec era diferente.

  Alec, un joven prometedor, destacaba por su habilidad y disciplina. Siempre estaba afilando sus sentidos, incluso ahora, preparándose para un enfrentamiento con alguien tres a?os menor pero igual de peligroso. Cáliban estaba al tanto de la amenaza que Alec representaba y sabía que debía prepararse lo antes posible.

  ?Necesito fortalecerme… rápido.? —pensó, con determinación.

  Mientras tanto, en el distrito Hilloy, Joseph caminaba hacia el hospital para visitar a su amigo Dimerian. Al entrar a la habitación, encontró al joven recostado en la cama, con un aire tranquilo pero cansado.

  —?Cómo te sientes? —preguntó Joseph.

  Dimerian soltó un suspiró, acomodándose mejor contra las almohadas.

  —Mejor. La doctora Mirne finalmente me dará de alta hoy… así que podré volver con ustedes.

  Joseph sonrió, aliviado por la noticia.

  —Eso es bueno. Todos te extra?an, ?Sabes? Bueno… algunos más que otros.

  Dimerian alzó una ceja, divertido.

  —?"Algunos"? ?O estás hablando de ti mismo?

  Joseph fingió indignación.

  —?Qué poco valoras mi preocupación!

  Ambos rieron, dejando de lado momentáneamente las tensiones que se avecinaban, disfrutando de un peque?o respiro antes de lo que seguramente sería una tormenta. Dimerian soltó una carcajada ahogada.

  —Ya me estaba acostumbrando a no tener que levantar esas pesas. —Hizo una pausa antes de cambiar de tema, con un tono más serio —Por cierto, ?Qué pasó con la criatura? Nadie ha querido decirme nada…

  Joseph vaciló por un momento, pero finalmente respondió:

  —Oh, el cuerpo fue vendido al maestro Bardrim . Está seguro de que puede fabricar algo interesante con él.

  Dimerian arqueó una ceja, intrigado.

  —?En serio? Cuéntame más… —pidió, aunque su tono era apagado.

  Joseph comenzó a relatar los detalles de aquel día. Describió la intensidad de la batalla, la apariencia de la criatura, y cómo Cáliban, en un despliegue impresionante de habilidad, había montado sobre ella hasta derribarla. A medida que Joseph hablaba, los ojos de Dimerian brillaban, tratando de imaginarse a la monstruosa criatura y el combate épico.

  Sin embargo, con cada palabra, su expresión se fue ensombreciendo también. En su mente, pensamientos oscuros comenzaron a abrirse paso. Sentía que todo había sido culpa suya, que sus amigos casi murieron por su irresponsabilidad. Incluso el maestro Bardrim había estado en peligro. La culpa y el remordimiento empezaron a consumirlo.

  Joseph, al notar el cambio en su semblante, le dio un leve golpe en la frente.

  —?Agh! ??Por qué hiciste eso?! —exclamó Dimerian, llevándose la mano a la frente con una mueca de dolor.

  —Sé exactamente en qué estabas pensando. No es tu culpa, y no pierdas el tiempo creyendo eso. Ninguno de nosotros te culpa por lo ocurrido. Así que, si no quieres ganarte la ira del grupo, te aconsejo que saques esas ideas de tu cabeza ahora mismo.

  Dimerian levantó la vista, observando a Joseph con detenimiento. Las ojeras bajo sus ojos eran profundas, y su rostro lucía demacrado, como si estuviera cargando un peso demasiado grande.

  —Lo entiendo… pero, ?Y tú? —preguntó, con preocupación genuina —La última vez que te vi no estabas bien, pero ahora… estás peor. ?Estás enfermo?

  Joseph dejó escapar una amarga sonrisa, bajando la mirada.

  —Es complicado… pero estoy bien, aunque no lo parezca. Soy fuerte, puedo manejarlo.

  Dimerian no quedó del todo convencido, pero no quiso presionarlo. Entendía lo difícil que podía ser hablar de ciertos temas cuando uno no tenía el valor. Así que simplemente asintió en silencio, aceptando la respuesta de su amigo.

  —Bueno… —Joseph se puso de pie, acomodando su abrigo —Tengo un asunto que atender, así que te dejaré descansar. Espero verte pronto en casa. Cuídate, Dimerian.

  —Cuídate tú también, Joseph. Y… gracias.

  Con una cálida sonrisa, Dimerian lo despidió mientras Joseph salía de la habitación y se dirigía al pasillo más alto del hospital. Allí, en una sala apartada, se encontraba la profesora Sill, quien estaba siendo examinada por la profesora Mirne.

  —Hmm… sí, estás mejorando. —dijo Mirne, con voz profesional mientras revisaba unos informes —Según los exámenes, tu cuerpo ya está en condiciones estables. Podrías recibir el alta hoy mismo si así lo deseas. Pero…

  Mirne hizo una pausa, mirando a Sill con detenimiento. Su rostro era inexpresivo y sus ojos hablaban de un abismo interior. Parecían vacíos, como si todo rastro de vida o esperanza se hubiera desvanecido de ellos. Mirne no estaba segura de dejarla marchar. Temía lo que podría ocurrir si Sill salía sin apoyo alguno.

  Sin embargo, la doctora sabía que no podía retenerla en contra de su voluntad. La ética y las normas eran claras al respecto, aunque el peso de la incertidumbre la inquietaba profundamente.

  —Adelina, yo…

  —Está bien, Mirella. Puedes terminar el papeleo, me daré de alta hoy mismo… —dijo Sill, con voz tranquila pero cargada de resignación.

  La doctora Mirne la observó con lástima. Quería insistir, pedirle que se quedara un poco más, pero sabía que sería inútil. Justo en ese momento, un suave toque resonó en la puerta.

  Cuando Mirne abrió, encontró al joven Joseph de pie, con un ramo de flores en la mano. Su expresión reflejaba preocupación genuina. La doctora, al verlo, alzó una peque?a sonrisa. Durante toda la semana, Joseph había ido a visitar a la profesora Sill sin faltar un solo día. Siempre preguntaba por su estado, visiblemente inquieto.

  —Vaya… —comentó Mirne con un tono travieso —Parece que tienes visitas, profesora. Los dejaré solos.

  Adelina miró hacia la puerta, y sus ojos se encontraron con los de Joseph mientras este entraba con pasos inseguros.

  —Profesora Sill, le traje flores… espero que le gusten.

  La profesora levantó la vista, mostrando una leve sonrisa mientras recibía el ramo con su mano temblorosa.

  —Gracias, joven Sephir. Son preciosas…

  —?Cómo se siente, profesora? —preguntó Joseph, con una mezcla de timidez y sinceridad.

  Adelina soltó una amarga sonrisa antes de responder:

  —Bien… Gracias por preocuparte por mí.

  El joven tomó asiento junto a su cama, y pronto ambos comenzaron a conversar. Joseph le contó todo lo que había sucedido durante su ausencia. Las batallas, los desafíos y los peque?os momentos que había vivido. Sus palabras eran valiosas para Adelina. En Joseph encontraba una franqueza que no le temía a la verdad, pero tampoco pretendía herirla. Era algo que agradecía profundamente.

  Entre los relatos, Joseph mencionó al profesor Cunim, quien había asumido algunas de sus responsabilidades, utilizando mariposas creadas con el maná de la profesora para suplir su presencia en las clases. Adelina no pudo evitar sonreír con ironía al escucharlo.

  —Por cierto… —dijo de repente, cambiando el tema —?Sabes quién está a cargo de mi Casa? Me preocupa pensar que los estudiantes podrían estar en completo caos.

  Joseph asintió rápidamente.

  —Sí, es la profesora Rain. Actualmente se encarga de sus funciones, también ha estado impartiendo clases de maná…

  Adelina dejó escapar un suspiro de alivio, su rostro se relajó por un momento.

  —Entiendo… si es ella, entonces está bien… —murmuró suavemente, casi como un susurro, más para sí misma que para Joseph.

  El joven la observó, notando la fragilidad en sus palabras y la tristeza que parecía envolverla. Quería decir algo, darle ánimos, pero entendía que su dolor era demasiado profundo como para ser aliviado con simples palabras. A veces, el silencio era la única compa?ía posible.

  El momento fue interrumpido por la entrada de la doctora Mirne, quien leía un informe mientras se dirigía hacia Adelina.

  —Bueno… parece que todo está en orden. Puedes ser dada de alta, Adelina. —anunció con una sonrisa profesional.

  Adelina asintió en silencio, mientras Joseph, aún sentado, seguía buscando las palabras correctas para despedirse, sabiendo que cualquier cosa que dijera sería insuficiente.

  —Gracias, Mirella… —murmuró Adelina con un suspiro, antes de dirigir su mirada a Joseph —Bueno, como habrás escuchado, tengo que irme de aquí, así que…

  Adelina intentó ponerse de pie, pero apenas logró levantar el peso de su propio cuerpo. Su pierna cedió, y terminó cayendo con un quejido de dolor.

  —No tan rápido. —dijo la doctora Mirne, con tono firme mientras se apresuraba a ayudarla —Estás en condiciones poco estables. Si bien puedo darte de alta, necesitarás a alguien que te vigile mientras te adaptas.

  Mirne levantó la vista hacia Joseph, quien ya se había inclinado para socorrer a Adelina.

  —No te atreverías… —protestó Adelina, mirando a la doctora con una mezcla de incredulidad y molestia.

  —Me temo que no tengo otra opción, Adelina. —Mirne cruzó los brazos, su expresión era inamovible —No tienes familiares aquí en la academia, y me sentiré mucho más tranquila sabiendo que hay alguien que evite que hagas una estupidez.

  Adelina sonrió con amargura. La doctora la conocía demasiado bien.

  —Pero Joseph es un estudiante… —dijo Adelina, mirando a Joseph como si buscara una salida —No creo que tenga tiempo para cuidar de mí. él tiene un futuro, debe estudiar, entrenar, hacerse fuerte… no es justo, ?No crees?

  Mirne ignoró sus palabras y se volvió hacia Joseph, mirándolo directamente a los ojos.

  —Jovencito, como puedes ver, esta mujer no está en condiciones estables. ?Qué dices? ?Podrías cuidar de ella hasta que un familiar venga a recogerla?

  Adelina fulminó a Joseph con la mirada, claramente molesta, pero este notó algo detrás de su ira. Un cansancio y una vulnerabilidad que lo hacían ver un reflejo de sí mismo, un reflejo que le era dolorosamente familiar.

  —?Mirella, por favor! —exclamó Adelina, en un intento desesperado —?Mira al chico! ?Está pálido y débil! ?No creo que pueda…!

  —Lo haré. —interrumpió Joseph con voz firme, dejando a ambas mujeres momentáneamente en silencio.

  La doctora Mirne alzó una ceja, esbozando una sonrisa traviesa.

  —Bien, ni?o… —dijo, con un tono casi burlón —No seas indulgente con ella. Si se pone mandona, dale un buen golpe para que se calme. Puede llegar a ser muy testaruda. Voy a buscar unas muletas, espera aquí.

  Cuando Mirne salió de la habitación, Adelina no tardó en dejar salir su frustración. Con un movimiento brusco, le dio un golpe en la nuca a Joseph.

  —??Por qué hiciste eso, mocoso?! —gritó, enojada y avergonzada —?Mi trabajo era cuidar de ni?os como tú! ?Yo no debería…!

  Pero sus palabras se detuvieron abruptamente cuando volvió a resbalar, solo para ser atrapada por los brazos de Joseph. El joven la levantó con sorprendente facilidad, sosteniéndola con firmeza.

  Adelina lo miró, desconcertada, mientras Joseph le devolvía la mirada, con su expresión cargaba de determinación.

  —Puede que sea un ni?o, profesora, pero no soy débil. —Su voz era calmada pero llena de convicción —Como dijo la doctora, tampoco voy a ser indulgente con usted.

  El aire en la habitación se tensó por un instante, pero algo en las palabras de Joseph pareció llegar a Adelina. Bajó la mirada, resignada, mientras él la acomodaba con cuidado en la cama.

  Adelina suspiró con resignación mientras abandonaba el hospital junto a Joseph. Sin intercambiar muchas palabras, ambos tomaron un carruaje con destino al distrito Kamus. El trayecto transcurrió en un incómodo silencio. Adelina miraba por la ventana, inmersa en pensamientos que no compartía, mientras Joseph, a su lado, repasaba mentalmente lo que acababa de aceptar.

  Al llegar al frente de la casa de Adelina, esta se detuvo frente a la puerta, su semblante mostró una mezcla de cansancio y algo más profundo, inquietud. Joseph no pudo evitar notarlo mientras ella abría la puerta.

  El interior de la casa era un caos absoluto. Montones de basura, cajas abiertas y trastos sucios cubrían casi todas las superficies. Incluso el aire parecía cargado, como si el desorden tuviera peso propio.

  —?Qué pasó aquí? —preguntó Joseph, sorprendido —?Acaso intentaron robar su casa?

  —No… —respondió Adelina con un tono sombrío, mientras sus ojos permanecían fijos en el desorden —Así estaba antes de ser capturada.

  Joseph observó con atención, intentando procesar lo que veía. Había algo que no encajaba. ?Por qué? ?Por qué alguien como ella, una profesora de magia, permitiría que su hogar llegara a este estado? Bastaría un hechizo menor para limpiar todo en minutos.

  Adelina notó su expresión y, sin mirarlo, se adelantó a su inevitable pregunta.

  —Sé lo que estás pensando… —murmuró —No estaba atravesando un buen momento. Eso es todo lo que necesitas saber.

  Joseph asintió, sin insistir. Ayudó a Adelina a subir al segundo piso, donde se encontraba su habitación. Pero al abrir la puerta, el desorden era aún mayor. Ropa y objetos personales estaban tirados por el suelo, como si la habitación hubiera sido abandonada en medio de una tormenta emocional.

  Adelina levantó la mano con intención de usar un hechizo para ordenar un poco, pero al recordar su condición, la dejó caer con amargura. Su rostro reflejaba frustración.

  —Déjelo así, profesora. —dijo Joseph, tratando de no mostrar lástima mientras la ayudaba a recostarse en la cama —Descanse un poco.

  Adelina se dejó caer en el colchón desarreglado, cerrando los ojos con fuerza, como si quisiera bloquear el mundo exterior.

  —Profesora, saldré a comprar unas cosas… —anunció Joseph, con una leve sonrisa —Por favor, espéreme un rato.

  Adelina se giró, dándole la espalda.

  —No deberías volver… —murmuró, con indiferencia —Ve mejor a estudiar. Tienes un futuro por delante… no lo desperdicies cuidando de alguien como yo.

  Joseph no respondió. Cerró la puerta suavemente y salió de la casa, decidido a hacer algo por ella. Mientras tanto, Adelina intentó dormir.

  ?Vaya día de mierda…? —pensó, mientras la somnolencia comenzaba a apoderarse de ella. En el fondo, esperaba que todo lo ocurrido fuera simplemente una pesadilla de la que despertaría pronto.

  En la Casa de los Especiales, los miembros del grupo regresaban tras una agotadora sesión de entrenamiento en la mazmorra. Sus rostros reflejaban cansancio, y sus ropas estaban cubiertas de polvo y suciedad. Las chicas, lideradas por Astrid, entraron directamente para tomar sus respectivas duchas.

  Cáliban y Reinhard, sin embargo, optaron por dirigirse al gremio, donde preferían relajarse en las amplias termas del lugar.

  Después de varios minutos, Astrid salió de su cuarto envuelta en una toalla que descansaba sobre su cabeza. Había terminado de ba?arse y, ya vestida, decidió pasar el resto de la tarde leyendo. Tomó un libro y se sentó junto a la ventana, dejando que la luz del día despejada iluminara las páginas.

  Fuera de la casa, un hombre de porte recto y semblante militar se presentó frente al gran portón. Vestía un uniforme impecable y su postura era la de alguien acostumbrado a la autoridad. Con movimientos medidos, levantó una mano para tocar con fuerza el pesado portón de madera.

  —?Estás seguro de que es aquí? —preguntó el general Alerion, observando la casa frente a él con una mezcla de curiosidad y escepticismo.

  —Sí, se?or. Sin duda alguna. —respondió su asistente, con seguridad.

  El general frunció ligeramente el ce?o mientras inspeccionaba el lugar.

  ?Pensé que estaría más… deteriorado…? —reflexionó al ver la casa en perfecto estado.

  No era una suposición descabellada; durante el trayecto en la carroza mecanizada, había visto muchas casas en mal estado, con estudiantes trabajando arduamente para reparar averías. Pero esta mansión parecía intacta, casi ajena al desorden exterior.

  Al llegar a la puerta principal, tocó varias veces, esperando que alguien viniera a atenderlo. Finalmente, la puerta se abrió, revelando a Nhun, quien acababa de salir de la ducha, con su cabello húmedo y una toalla sobre los hombros.

  —?Sí? —preguntó con una mezcla de curiosidad y desinterés.

  El general, manteniendo su porte cortés, respondió:

  —Buenas tardes, se?orita. ?Esta es la Casa de los Especiales?

  —Así es… —respondió Nhun, levantando una ceja.

  —Bien. Por casualidad, ?Se encuentra el profesor Yannes?

  Nhun negó con la cabeza, cruzándose de brazos.

  —Está dando clase. Vendrá más tarde, ya de noche. ?Qué necesita?

  El general echó un vistazo a su alrededor. Sabía que cada casa en la academia estaba protegida por un escudo mágico que impedía el ingreso de personas ajenas, a menos que alguno de los inquilinos diera permiso.

  —Espero no causar molestias, pero, ?Se encuentra aquí una se?orita llamada Astrid?

  Nhun lo miró con algo de curiosidad, notando su porte amable y su uniforme militar impecable. Decidió no dudar más y llamó a su amiga de la forma más directa que conocía.

  —?Astrid! ?Trae tu trasero aquí! ?Te están buscando!

  El general y su asistente abrieron los ojos, sorprendidos por el tono informal y la energía de la joven. Desde el interior de la casa, una voz respondió a lo lejos:

  —??Otra vez?! ?Ya me hiciste esa broma ayer, Nhun!

  Nhun tomó aire y contestó con más fuerza:

  —?No, imbécil! ?Esta vez es en serio! ?Te están buscando de verdad!

  —?Lo mismo dijiste ayer!

  —?Pero ahora sí es verdad, idiota!

  Mientras la discusión continuaba, Cecilia, intrigada por el ruido, apareció en la puerta.

  —?Qué está pasando, Nhun? —preguntó con calma, mirando al general y a Bram con curiosidad.

  —Este hombre busca a Astrid, pero la tonta no me quiere creer. —respondió Nhun con un suspiro de frustración.

  Cecilia se llevó una mano al rostro, claramente divertida.

  —Eso es porque le pusiste un balde de barro en la entrada ayer…

  Nhun no pudo evitar sonreír ligeramente al recordar su broma. Mientras tanto, el general y su asistente intercambiaron miradas de desconcierto. Nada de esto encajaba en lo que esperaban encontrar.

  Cecilia, con más paciencia, alzó la voz hacia el interior de la casa:

  —?Astrid! ?Esta vez es verdad! ?Hay un hombre alto con uniforme buscándote afuera!

  La voz de Cecilia logró lo que Nhun no pudo. Astrid dejó rápidamente su novela y bajó las escaleras al primer piso, deteniéndose en seco al ver al visitante.

  —?Tío Alerion! —exclamó, corriendo para abrazarlo con fuerza.

  —Es un gusto volver a verte, se?orita. —comentó Bram con una leve inclinación de cabeza.

  —?Secretario Bram! ?También estás aquí! ?Vamos, pasen!

  Astrid les permitió el acceso, guiándolos rápidamente al tercer piso de la mansión, donde les ofreció sentarse para disfrutar de una comida mientras el sol comenzaba a ocultarse.

  Sin embargo, la tarde no transcurrió tan pacíficamente como Astrid habría querido.

  Justo cuando todos se acomodaban, Elizabeth salió de su turno en el ba?o. Secaba su cabello con tranquilidad, completamente ajena a la visita inesperada. Pero al levantar la vista, se encontró con la fría y fulminante mirada del general Alerion.

  La sonrisa de Elizabeth se desvaneció al instante, y sus pasos se detuvieron en seco. La intensidad del general, cargada de autoridad y desdén, parecía atravesarla como una espada.

  Elizabeth sintió cómo un nudo se formaba en su garganta. Por un momento, el aire en el pasillo pareció congelarse.

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