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Capítulo 96: Volviendo al origen

  Una espada rasgó el vacío en la oscura habitación. Su filo danzaba en el aire con la velocidad y la imprevisibilidad del viento mismo. Paredes, espacio, aire… todo lo que se interponía en su camino era cortado con una precisión inigualable, digna de un solo maestro. Y como solo un maestro podía alcanzar tal técnica, está pertenecía exclusivamente al rey.

  Era su entrenamiento matutino, un ritual repetido incontables veces. La hoja surcaba el aire, destellando con cada movimiento. Sin embargo… algo faltaba. No importaba cuántas veces blandiera la espada, cuántas estocadas perforaran la penumbra o cuántos estilos practicara, perfeccionando cada forma aprendida a lo largo de su vida. No importaba cuántas veces lo hiciera… su espada seguía vacía.

  Ese vacío lo carcomía por dentro.

  Con un último tajo, poderoso y preciso, concluyó su sesión. Las gotas de sudor resbalaban por su joven rostro mientras su mirada se posaba en la afilada punta de su espada. Perfecta, pulida, letal… invencible. Y aun así, vacía.

  —Ah… —suspiró con un gru?ido, sintiendo el peso del fracaso sobre sus hombros —?Qué me está faltando? ?Por qué mi espada no brilla como la suya? ?Qué es lo que me impide alcanzar al fundador?

  Bajó lentamente el arma y la deslizó en su funda con un leve chasquido metálico.

  William, atrapado en un torbellino de problemas políticos, militares y administrativos, caminó hacia la banca de madera al fondo de la habitación, donde descansaban sus pertenencias. Cansado de luchar contra un enemigo invisible, tomó su capa real, listo para volver a su deber. Pero al intentar acomodarla, un peque?o libro cayó de su bolsillo, golpeando el suelo con un sonido sordo.

  El rey parpadeó, sorprendido. Había olvidado por completo que lo llevaba consigo.

  Se inclinó para recogerlo, observando la cubierta dura y sin título. Pasó los dedos por el lomo, tratando de recordar cómo había llegado a sus manos.

  —Es cierto… este es el libro que trajo Alerion…

  La curiosidad se deslizó dentro de él como una sombra. Con cuidado, lo abrió, buscando algún indicio de su autor o un título que le revelara su contenido. Sin embargo, sólo encontró una única frase en la página principal, escrita con trazos firmes y solemnes:

  "El vacío de un filo sin propósito."

  William sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

  Frunció el ce?o. Aquellas palabras lo golpearon de lleno, como si hubieran sido escritas exclusivamente para él.

  El vacío… ?Podía un filo carecer de propósito?

  Ahora más intrigado que nunca, comenzó a leer. Pero a pesar de su vasta educación y su refinada capacidad de comprensión, las palabras de aquel diario escapaban a su entendimiento. No era cuestión de lenguaje ni de sabiduría. Era algo más profundo. Algo que iba en contra de todo lo que había aprendido en su vida.

  Sus manos se tensaron sobre las páginas.

  —"?La energía no lo es todo?" —susurró, con incredulidad —"?El poder de un corazón decidido?" "?Espada del vacío?"

  Las palabras parecían desafiarlo, como un adversario en la penumbra. Y por primera vez en mucho tiempo, William sintió aún más curiosidad. Curiosidad que murió al poco tiempo.

  El rey frunció el ce?o y, con un gesto de desprecio, arrojó el libro hacia la oscuridad de la habitación. Para él, no tenía sentido aferrarse a ense?anzas que contradecían todo lo que había aprendido. ?Para qué cuestionarse lo que ya era absoluto?

  Pero entonces, algo lo detuvo. Una presencia.

  Su mirada se desvió instintivamente hacia la espada. Allí estaba, firme, inquebrantable, descansando junto a la banca de madera. Su hoja relucía bajo la escasa luz de la habitación, impecable a pesar de haber sido utilizada tantas veces. Sin embargo, en ese momento… parecía llamarlo.

  ?Por qué?

  ?Por qué sentía ese extra?o peso en su pecho al mirarla?

  En toda su vida como guerrero, como rey, como caballero, jamás había dudado de su espada. Era una extensión de su voluntad, la encarnación de su fuerza. No había motivo para cuestionarla.

  Pero ahora… esas palabras resonaban en su mente, penetrando con la sutileza de un veneno invisible:

  "Si nunca nos cuestionamos… si nunca nos preguntamos si el camino que escogemos es correcto, entonces solo estamos caminando con los ojos cerrados. A la deriva de los problemas y las inseguridades que atormentan nuestros corazones… como en la naturaleza misma. Por mucho que la fruta sea perfecta, nunca permanece para siempre atada al árbol…"

  El silencio de la habitación se tornó sofocante.

  —Todo debe cambiar… —susurró el rey, sin darse cuenta de que sus labios habían pronunciado aquellas palabras por sí solos.

  Cansado de la frustración, cansado de intentar lo imposible sin ver progreso, extendió su mano.

  El aire vibró.

  Con un destello etéreo, su aura se extendió y el libro, que yacía en la penumbra, regresó flotando hasta su palma. Esta vez, lo sujetó con más cuidado. Respiró hondo y lo abrió nuevamente, sin saltarse ni una sola página.

  Después de todo… ?Qué tenía que perder?

  Habían pasado a?os desde su último avance real. Se había entrenado hasta la extenuación, había buscado el consejo de los más grandes maestros del continente, había probado técnicas ancestrales y filosofías olvidadas. Nada había funcionado. ?Por qué esto sería diferente?

  Sus ojos se deslizaron por las líneas hasta que una frase capturó su atención.

  "?Cuándo fue la última vez que tomaste la espada?"

  William soltó una risa seca. Era ridículo. Pero cuando su mirada continuó descendiendo, sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

  "No hablo de la última vez que entrenaste. No hablo de la última vez que derrotaste a alguien… Habló de la última vez que la sostuviste en tus manos. La última vez que lograste sentir su peso. La última vez que la pureza del filo hizo contacto con tu corazón…".

  El rey quedó en silencio.

  Entendía el significado de esas palabras, pero… ?Acaso no era ya uno con su espada? Se había alzado como el guerrero más fuerte del continente, no había adversario que pudiera igualarlo. No había manera de que su espada no fuera perfecta…

  …?O sí?

  Inseguridad. Por primera vez en mucho tiempo, la duda se deslizó en su pecho como una sombra.

  Sus ojos recorrieron una última frase en la página:

  "Deshazte de toda energía… de toda fuente de orgullo y corrupción. Deja que el peso de la empu?adura decida tus movimientos, deja que el latido de tu corazón marque el ritmo y que el viento guíe tu dirección…"

  William exhaló lentamente.

  Se levantó del banco con movimientos calculados, sus dedos rozaron la empu?adura de su espada, recorriendo el frío metal. Por primera vez en a?os, no pensó en su filo como un arma.

  Sino como una pregunta. Con un susurro metálico, desenfundó. Tomó posición. Cerró los ojos. Y, por primera vez en su vida, intentó empu?ar la espada sin imponer su fuerza, sin forzar su voluntad sobre ella.

  Retiró su energía. Dejó que el silencio hablara. Y esperó.

  Por primera vez en mucho tiempo, su mano comenzó a pesar.

  El mango de la espada, antes tan liviano como una pluma en su palma, ahora parecía hundirlo en la realidad con una fuerza inesperada. Su brazo tembló levemente, sorprendido por la sensación.

  ?Cuándo fue la última vez que sintió realmente su peso?

  Sus dedos se aferraron a la empu?adura con más firmeza, como si intentarán desenterrar un recuerdo perdido.

  —Esto es… interesante… —susurró, con un poco de inquietud —?La espada era pesada antes…?

  Apenas pronunció la pregunta, su propia voz le sonó ajena. Como si fuera otro quien hablaba, alguien que por fin se atrevía a cuestionar lo que antes creía inmutable.

  Ahora era diferente. Ya no era vacía.

  Sí, era pesada… pero ya no era un simple fragmento de acero sin alma.

  Podía sentir su presencia.

  Como una oleada repentina, los recuerdos comenzaron a resurgir. Caminos que creía olvidados se desplegaron ante su mente como páginas de un libro antiguo. Recordó la primera vez que conoció a su esposa, el momento en que ascendió al trono, las palabras de los sabios cuando le hablaron de su destino como heredero de un linaje de héroes. Cada imagen, cada emoción, se entrelazaba con el simple acto de sostener su espada.

  Como una burbuja reventando en el vacío… como una gota de agua cayendo en un estanque sin causar ruido… una idea se materializó en su mente.

  Más que una idea, era un recuerdo. Uno que resonaba con aquella pregunta que había leído antes.

  "?Cuándo fue la última vez que tomaste la espada?"

  La había cargado consigo la mayor parte de su vida. Su primera mazmorra, su primer duelo, su primer torneo, la primera vez que enfrentó a un ejército. Incluso el día en que fue coronado.

  Ese día también había sentido un peso abrumador. No en sus manos, sino sobre sus hombros. Sostener la corona había sido un peso tan grande como empu?ar su espada.

  ?Era esa la respuesta?

  Una nueva inquietud, ardiente y voraz, se encendió en su pecho. Con una mirada cargada de hambre por descubrir más, volvió sus ojos al diario, pasando las páginas con renovado interés.

  "Muchas son las preguntas que nos hacemos en este camino… ?Por qué tomé la espada? ?Con qué valor puedo alzarla? ?Cuál es la voluntad detrás de ella? ?Es mía… o de alguien más? Todas ellas podrían ser correctas… sin embargo, poco se ha hablado de lo que realmente queremos.

  Cuando crecemos, nuestros ideales se moldean según las necesidades de otros.

  Un padre piensa en su hijo… un rey en su pueblo… un héroe en aquellos a quienes protege… un guerrero en la batalla que libra. Pero… ?Qué los guió hasta allí?

  Ahí es cuando debes preguntarte cuando tomaste el filo por primera vez… ?Por qué lo hiciste?"

  El rey sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

  ?Por qué?

  Al principio, su respuesta parecía obvia. Pero cuando intentó decirlo en voz alta, ninguna palabra salió de sus labios. Buscaba forjar su propia espada…

  Pero hacía mucho tiempo que había dejado de ser suya. Su espada se convirtió en la de un príncipe. Después, en la de un padre. Con los a?os, se transformó en la espada de un rey. Su vida había cambiado, y con ella, el propósito de su filo.

  No era un peso del que quisiera deshacerse. Pero… ?Era posible seguir avanzando sin comprender por completo lo que llevaba consigo?

  Con un nudo en la garganta, sus ojos descendieron hasta la siguiente frase del diario.

  "Deshazte de las cosas innecesarias…"

  William se levantó abruptamente. Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor de la empu?adura, mientras aquellas palabras resonaban en su mente.

  "Despeja tu mente de todo aquello que hace pesada tu espada… Técnicas, energías, familia, amigos… corta todas tus conexiones… conviértete en una espada."

  El rey inhaló profundamente.

  Por primera vez, se preguntó si estaba preparado para saber la verdad.

  William levantó la espada por encima de su cabeza y comenzó a repetir su tajo. De arriba abajo. Una y otra vez, su filo descendía y ascendía con la precisión de un péndulo.

  Pero esta vez, no era solo un movimiento. Con los ojos cerrados y la mente en calma, una pregunta resonaba en su interior con cada corte de su arma.

  "?Cuándo fue la última vez que tomaste tu espada?"

  La pregunta había cambiado. Ya no se refería a un arma de acero. No hablaba de una herramienta de guerra. Preguntaba por algo más profundo.

  Su espíritu. Su verdadera espada.

  Los recuerdos se entrelazaban con cada tajo, reviviendo imágenes del pasado con una nitidez inquietante. Lo vio claramente… el día en que sostuvo su primera espada.

  No era un arma de filo real, sino una simple espada de madera, un regalo de su padre. Era solo un ni?o entonces, un ni?o que so?aba con ser un héroe, con seguir los pasos del hombre que admiraba.

  Recordó con asombrosa claridad las tardes enteras que pasó blandiéndola con emoción, jugando con sus hermanos menores, imaginando que se enfrentaba a las criaturas más temibles del mundo. Dragones, demonios, bestias de sombras… en su mente, todas caían ante su espada.

  Y sin importar qué enemigos imaginara… sin importar los peligros de sus fantasías… su espada siempre se mantenía firme. Perfecta, pura… como la risa de un bebé.

  William sostuvo su espada en lo alto, como si aquel sentimiento infantil volviera a envolverlo.

  Recordó la alegría. La diversión de pasar los días junto a su espada de madera. Eran solo él y ella… sin preocupaciones, sin responsabilidades reales, sin el peso de un reino sobre sus hombros. Libres.

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  Entonces, un destello cruzó su mirada.

  Las palabras del libro regresaron con fuerza, golpeando su alma como un eco lejano.

  "Libérate de todo lo que te haga pesado… Aférrate a ese sentimiento… Mantén tu mente en las nubes… Vuélvete puro como el viento… Fluye a través de todo, como los ríos en las monta?as."

  El filo de su espada descendió junto a su mano. Pero esta vez, no era un tajo veloz como sus técnicas milenarias. No era un golpe imbuido de energía devastadora. No era el resultado de a?os de experiencia perfeccionada.

  Simplemente… No era vacío.

  "Y no habrá nada que no puedas cortar."

  La punta de su espada descendió al suelo con suavidad. Por primera vez en mucho, mucho tiempo, sintió una conexión. Algo indescriptible. Extasiado por aquella sensación, abrió los ojos lentamente.

  Lo había sentido. Por un instante, pero definitivamente lo sintió.

  Rápidamente, dirigió la vista a la pared de roca meteórica. Sus dedos recorrieron la superficie con avidez.

  Y entonces lo vio. Una peque?a marca. Una mella casi imperceptible en la dura pared que, durante toda su vida, había permanecido intacta. Sin importar cuántas veces entrenara. Sin importar cuántas técnicas perfeccionará. Sin importar cuánto poder inyectara en su espada. Nunca, jamás, había conseguido dejar una sola marca en aquella roca.

  Hasta ahora.

  Una carcajada escapó de sus labios mientras su cuerpo caía hacia atrás, tendido en el suelo de la sala de entrenamiento.

  Su respiración estaba agitada. Ese entrenamiento lo había agotado, pero no de la manera habitual.

  Había sido un desgaste mental, un enfrentamiento contra algo más grande que cualquier enemigo que hubiera conocido. Pero lo había logrado. Por primera vez en a?os… había avanzado.

  Una nueva puerta se había abierto ante él. Y aquel desconocido, el autor del libro, lo había guiado hasta allí. Con un simple gesto, alzó su mano y atrajo el diario hacia él con su energía.

  —Alerion… ?Dónde conseguiste este libro? —murmuró William, fascinado, mientras sus ojos volvían a sumergirse en aquellas páginas.

  Pero la emoción no duró mucho. Un pensamiento lo golpeó de lleno, sacándolo de su trance. La misión, su hermano, su hija.

  La preocupación regresó como una sombra implacable.

  Llevó una mano a su pecho y sacó un relicario oculto entre los pliegues de su camisa. Al abrirlo, sus ojos se posaron en las diminutas imágenes de las dos mujeres más importantes de su vida. Su esposa y su hija.

  El metal frío de la cadena contrastaba con el calor de sus sentimientos.

  —Hija mía… —susurró con tristeza, sus dedos acariciaron la imagen de la peque?a —Me pregunto cómo la estarás pasando en la academia…

  Un leve temblor recorrió su mano.

  Pero no podía permitirse debilidad. Respiró hondo y, con la mentalidad fría y estratégica de un general, despejó su mente de pensamientos inútiles. No era el momento de titubear. Cerró el relicario con decisión, lo guardó y alzó su espada una vez más. Esta vez, en sus ojos brillaba algo nuevo. No era simple determinación. Era hambre.

  —Muy bien… una vez más.

  Y su hoja danzó en el aire, con la ligereza del viento y la pureza de un propósito redescubierto.

  Mientras tanto, en las entra?as de una antigua celda…

  Astrid meditaba en silencio, tratando de analizar la situación. No podían entrar en pánico. Si querían salir de ahí, debían pensar con claridad. Sin embargo, las voces que resonaban en los pasillos interrumpieron sus pensamientos.

  El sonido de pasos pesados se acercó, seguido por el chirrido metálico de la puerta de la celda abriéndose de golpe.

  Como si fueran sacos de carne inservibles, los guardias arrojaron a Joseph y Reinhard al interior, sin el más mínimo cuidado. Los cuerpos de ambos se estrellaron contra el suelo con un golpe sordo.

  —??Qué hacen aquí?! —exclamó Astrid, corriendo hacia ellos y tendiendo una mano para ayudar a Joseph a incorporarse.

  él soltó un gru?ido de dolor y tomó su mano.

  —Nos emboscaron… —respondió Reinhard, incorporándose con una mueca mientras se sacudía el polvo de la ropa a palmadas —Intentamos seguir a Cáliban varias cuadras atrás, pero-

  —??Cáliban está aquí?! —exclamó Elizabeth, irguiéndose de golpe, con los ojos encendidos de sorpresa.

  Joseph asintió con gravedad. El ambiente en la celda se tornó aún más denso. Se tomó un momento para relatar lo ocurrido. Les habló del dormitorio, la caja, la carta provocadora y la escolta que lo había estado esperando.

  —Cuando intentamos seguirlo, una escuadra de sombras cayó sobre nosotros. —Su mandíbula se tensó —No pudimos hacer nada…

  Astrid escuchó con el ce?o fruncido. Luego, con voz firme, les explicó lo que había descubierto sobre la trampa que les habían tendido y el siniestro propósito detrás de todo:

  —Quieren a Cecilia.

  El silencio se apoderó de la celda.

  —Van a hacer que sea el centro de un ritual maldito.

  Las palabras cayeron como plomo.

  —No sabemos qué pasará exactamente, pero ma?ana, en el día del festival, activarán… algo.

  Joseph y Reinhard intercambiaron una mirada cargada de tensión. Ambos murmuraron al mismo tiempo:

  —El agujero de gusano…

  Astrid no pasó por alto sus reacciones. Frunció aún más el ce?o y cruzó los brazos sobre su pecho.

  —?Agujero de gusano? —repitió, exigiendo respuestas inmediatas —Explíquense.

  Cuando Joseph y Reinhard intentaron explicar lo que insinuaban, una risa ligera, apenas perceptible al principio, se deslizó en el aire como un susurro espectral. Todos giraron la cabeza en dirección al sonido.

  En una de las esquinas de la celda, Juliana se abrazaba a sí misma, temblando.

  —Jul… ?Qué te pasa? —preguntó Elizabeth, acercándose con cautela e incertidumbre en su voz.

  Pero antes de que pudiera dar un paso más…

  —?No se acerquen! —suplicó Juliana con desesperación.

  Su cuerpo convulsionaba levemente, como si estuviera en medio de una lucha invisible.

  Su risa, entrecortada y errática, irrumpía entre sus palabras, como si intentara contener algo que pujaba por salir.

  —Lo siento… ja… yo… necesito… está volviendo… no puedo…

  Sus balbuceos se hacían cada vez más frecuentes, más incontrolables. Astrid, con su aguda vista, notó algo extra?o.

  Peque?as hebras negras comenzaron a surgir entre su cabello casta?o, extendiéndose lentamente como raíces corruptas. Su expresión se endureció.

  —?Qué… qué le pasa? —preguntó Reinhard, sin apartar la vista de Juliana.

  Entonces, la risa contenida se rompió en un estallido de carcajadas frenéticas. Pero no eran risas de alegría. Eran risas de algo que se desmoronaba.

  —Necesito… necesito… necesito matar…

  Su voz fluctuó.

  Por momentos, sonaba como la de Juliana… pero de repente se volvía más grave, más gutural, entremezclada con murmullos ininteligibles, como si múltiples voces intentarán hablar a través de ella.

  Lentamente, comenzó a incorporarse.

  Sus movimientos eran erráticos, como si estuviera siendo controlada por hilos invisibles.

  Su cabello, ahora completamente negro, caía en desorden sobre su rostro. Sus ojos, anta?o llenos de vida, estaban oscurecidos por una sombra insondable.

  La criatura en la que se estaba convirtiendo alzó la mirada y todos retrocedieron instintivamente.

  —Juliana… —intentó decir Elizabeth, con la voz temblorosa —Por favor…

  Pero lo único que respondió fue un gru?ido profundo. Un sonido inhumano. Las palabras ya no podían alcanzarla.

  Los barrotes de la celda vibraron cuando dos guardias entraron apresurados por el pasillo, alertados por los gru?idos y los gritos.

  —?Hey! ?Dejen de hacer ruido! —exclamó uno de ellos con fastidio.

  Pero entonces, Juliana alzó su rostro. Sus ojos, ahora vacíos y oscuros, se clavaron en el guardia con una intensidad aterradora. Por un instante, él se quedó inmóvil, con un escalofrío recorriéndole la espalda.

  Luego, todo sucedió en un parpadeo. Juliana se lanzó contra las barras con una ferocidad monstruosa. El impacto fue tan brutal que el eco retumbó en toda la prisión.

  —Oye… —murmuró el guardia hacia su compa?ero, con un nudo en la garganta —?Crees que pueda salir?

  Su compa?ero soltó una risa burlona.

  —No lo creo. —Sacudió la cabeza, confiado —Esos barrotes están hechos para repeler maná, aura o ánima… no importa cuánto lo intente, ella no podrá…

  Su voz se apagó. Su expresión se congeló en puro terror. Juliana sujetaba los barrotes con ambas manos. Y, con una fuerza imposible… Comenzó a doblarlos.

  El sonido del metal crujiendo llenó la celda. Los barrotes se retorcieron como si estuvieran hechos de arcilla blanda, deformándose en sus manos como si fueran meros juguetes.

  —Imposible… —susurró el guardia, dando un paso atrás.

  —?Detenla! —gritó el otro, desenfundando su espada con urgencia.

  Pero Juliana fue más rápida. Mucho más rápida. Con un rugido desgarrador, atravesó los barrotes antes de que los guardias pudieran reaccionar.

  Se lanzó sobre el primero como una bestia hambrienta. él intentó levantar su arma, pero no tuvo tiempo.

  Con un solo movimiento, Juliana hundió su mano desnuda en su pecho. La carne se rasgó con la facilidad de un pergamino húmedo.

  Sus dedos se hundieron en el músculo, en el hueso… en su corazón. El guardia soltó un jadeo sofocado. Su espada cayó al suelo con un sonido metálico.

  La sangre se deslizó entre los dedos de Juliana mientras lo miraba fijamente. Sonrió y luego, con un simple gesto… lo arrancó.

  Mientras el corazón, aún palpitante, reposaba en su mano ensangrentada, Juliana esbozó una sonrisa feliz. Una risa suave e inocente brotó de sus labios. Como si todo aquello no significara nada. Con la despreocupación de quien tira una piedra al río, soltó el cuerpo, arrojándolo con brutalidad contra la pared de piedra.

  El sonido húmedo de la carne impactando contra la roca resonó por los pasillos como un eco macabro. El único guardia que quedaba en pie temblaba de pies a cabeza.

  Apenas sostenía su espada. Su respiración se aceleraba y el miedo lo tenía paralizado.

  —Ah… aléjate… —su voz tembló —?Aléjate de mí o voy a matarte!

  Juliana inclinó la cabeza levemente, con curiosidad infantil.

  Pero no se detuvo. Ignoró por completo sus súplicas y avanzó con una velocidad inhumana.

  Antes de que el guardia pudiera reaccionar, sus dedos afilados se cerraron en torno a su cuello con una fuerza aterradora.

  El joven forcejeó, sus pies apenas tocaban el suelo mientras sus manos trataban de apartarla, sin éxito.

  —P-por favor… —balbuceó con lágrimas en los ojos.

  Juliana ladeó la cabeza, como si estuviera tratando de entender sus palabras. Entonces, su rostro se iluminó con una sonrisa dulce. Una sonrisa humana. Por un momento, el guardia sintió un destello de esperanza. Tal vez, solo tal vez… ella volvía en sí. Tembloroso, trató de devolverle la sonrisa.

  Crack.

  El sonido de un hueso rompiéndose resonó en la celda. Juliana dejó caer el cuerpo sin vida como si fuera un mu?eco roto. Y entonces…

  Comenzó a despedazarlo con sus propias manos.

  El sonido de carne desgarrándose, huesos astillándose y órganos cayendo al suelo empapó el aire. La celda se convirtió en un carnicería grotesca. Los chicos observaron, inmóviles. Estaban paralizados. No podían procesar lo que estaban viendo.

  Elizabeth fue la primera en ceder ante la repulsión. Se giró hacia una esquina y vomitó violentamente, con el cuerpo convulsionando por el asco.

  Astrid desvió la mirada, apretando los dientes con fuerza.

  Reinhard se cubrió la nariz con la manga, tratando de no respirar el penetrante olor a sangre que lo envolvía todo.

  Finalmente, después de lo que parecieron siglos, Juliana dejó escapar un suspiro largo y profundo. Exhausta y extasiada.

  El placer de la masacre aún danzaba en su mirada. Se giró hacia sus amigos… Y les sonrió, como si nada hubiera pasado.

  —?Qué les sucede? —preguntó con dulzura —?Por qué esas caras? ?Qué les suce-?

  De pronto, su cabello comenzó a cambiar. Las hebras negras se desvanecieron, recuperando su color original. Y entonces… Juliana vio el escenario a su alrededor.

  Los cuerpos despedazados. Los charcos de sangre espesa. Los órganos esparcidos como basura. El hedor a muerte impregnando el aire. Su sonrisa desapareció. Sus labios se entreabrieron en un intento de hablar, pero el horror la dejó sin palabras. Sus manos, cubiertas de sangre, temblaban incontrolablemente.

  —No… no, no otra vez… —su voz se quebró en un susurro ahogado —Lo siento… lo siento…

  Se abrazó a sí misma, encogiéndose en el suelo, como si pudiera ocultarse de la realidad. No quería mirar. No quería ver sus ojos. No quería ver las miradas de miedo, asco, indignación… no quería que la vieran como un monstruo.

  Un nudo se formó en su garganta. Las palabras no salían. Y entonces, el silencio se volvió insoportable. ?Por qué…? ?Por qué nadie decía nada?

  Era obvio. Ellos la temían. Pero cuando su mente estaba a punto de ahogarse en la desesperación, sintió algo. Un toque cálido sobre su mano fría y ensangrentada.

  Se estremeció. Levantó la vista con miedo y vio a Elizabeth, arrodillada a su lado, abrazándola con ternura.

  —Tranquila… —susurró en su oído con voz suave —Estamos aquí. Todo está bien.

  Juliana se quedó inmóvil. Sus ojos se llenaron de lágrimas. En medio de aquel infierno… no se sintió sola.

  La suave voz de Elizabeth reconfortó a su amiga, como una brisa cálida en medio de la tormenta. Astrid, quien había permanecido en silencio hasta ahora, observaba la escena con una expresión inescrutable.

  Pero en su interior, algo se removía. Se cuestionaba su propia lealtad.

  A pesar de haberse conocido hace relativamente poco, todas compartían historias de vida marcadas por el dolor, la pérdida y la lucha por sobrevivir. Eso las unía. Mientras crecía, Astrid creyó firmemente que nadie en el mundo podía comprender la vida que había llevado.

  Nadie podía entender su dolor. Incluso llegó a considerarse a sí misma un monstruo. Un ser que no merecía la redención. Un ser que solo recibiría a lo que estaba destinado… sufrimiento.

  Pero entonces, las conoció a ellas.

  Gracias a la bondad inquebrantable de Cecilia, la profunda empatía de Elizabeth y la férrea voluntad de Juliana, por primera vez en mucho tiempo, Astrid sentía que tenía un lugar al cual pertenecer.

  Respiro hondo. Dio un paso adelante. Y, sin decir más, abrazó a Juliana. Fue un gesto torpe, algo brusco quizás, pero sincero.

  —Esto es algo que no puedes controlar. —su voz sonó más suave de lo habitual —No deberías martirizarte por ello.

  Juliana, aún temblorosa, desvió la mirada hacia Reinhard y Joseph, esperando su reacción. Esperando el rechazo o el juicio. Pero para su sorpresa, Joseph alzó el pulgar con una sonrisa despreocupada.

  —Tranquila, no es la primera vez que veo cómo le arrancan los órganos a alguien.

  Juliana parpadeó, sorprendida. Reinhard asintió con comprensión, con los brazos cruzados.

  —Sí, además, no es como si hubieras querido hacerlo. —Su tono era tranquilo, firme —Después de todo, tu maldición te obliga a ello.

  Juliana sintió su pecho aflojarse. La calidez de sus palabras la envolvió como una manta. Por un instante… solo por un instante… Sintió que aún podía ser parte de ellos. Que no estaba completamente perdida.

  Pero no había tiempo para más sentimentalismos.

  Un sonido ensordecedor estalló en la prisión. Las alarmas comenzaron a sonar. La luz roja parpadeante de los cristales iluminó la celda, proyectando sombras largas y distorsionadas en las paredes.

  Los habían descubierto.

  —?Mierda! ?Debemos correr! —exclamó Joseph, con la adrenalina disparada.

  Sin perder un segundo, los chicos salieron de la celda y se lanzaron a la carrera, perdiéndose entre los laberínticos pasillos de las ruinas. Pero la oscuridad y la falta de orientación jugaron en su contra.

  Corrieron sin rumbo. Y antes de que pudieran encontrar una salida… se toparon con un callejón sin salida. El grupo frenó en seco. Las respiraciones agitadas rompían el silencio.

  —??Qué hacemos?! ?No hay a dónde huir! —gritó Reinhard, con el pánico en la voz.

  Juliana, aún cubierta de sangre, trató de buscar desesperadamente alguna grieta, algún túnel oculto…

  Pero era demasiado tarde. Los pasos se acercaban. Muchos de ellos. El eco reverberante de botas golpeando el suelo llenó el pasillo como un tambor de guerra.

  Los cultistas los habían encontrado.

  Las sombras se alargaban en la penumbra, distorsionando las siluetas de los encapuchados. Espadas desenvainadas, movimientos metódicos y silenciosos. En cuestión de segundos, los rodearon.

  Astrid apretó los dientes, con los músculos tensos, lista para luchar hasta el final.

  —Reinhard, dime que tienes un plan… —susurró, sin apartar la vista de los enemigos.

  Reinhard tragó saliva.

  —Eso trato… eso trato… —respondió en un murmullo.

  El tiempo parecía ralentizarse. Las figuras encapuchadas avanzaban con cautela. Las espadas destellaban con cada movimiento. Los estaban cercando.

  La respiración de Reinhard se aceleró. Elizabeth sintió cómo sus piernas se tensaban, como si su cuerpo supiera que no saldrían de ahí con vida. Entonces… Juliana lo escuchó.

  Entre los pasos sincronizados de los cultistas… escuchó un sonido diferente. Un eco extra?o, leve… desde abajo. No era un sonido plano. No era un simple golpeteo de pies sobre piedra. Era hueco. Inhóspito. Juliana entendió al instante lo que tenía que hacer.

  —?Cúbranse!

  Sin esperar una respuesta, Juliana rugió con toda su fuerza y concentró su aura en su pu?o. Golpeó el suelo con una fuerza descomunal.

  BOOM.

  El impacto retumbó como un trueno. El suelo se resquebrajó bajo sus pies. Las grietas se extendieron en todas direcciones. Y en un segundo… todo colapsó. El grupo fue arrastrado por la caída mientras el pasillo se desmoronaba sobre sí mismo. La oscuridad los envolvió por completo, sumiéndose en un abismo de sombras.

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