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Capítulo 95: Tierra prometida

  Alec avanzaba con paso seguro hacia la entrada del edificio. A sus espaldas, su segundo al mando, Lendar, lo seguía en silencio. Desde una corta distancia, pudo notar algo inusual. El humor de su amigo había cambiado. La actitud despreocupada y casi jubilosa de Alec le resultaba, cuanto menos, inquietante.

  —Debes estar muy contento… —comentó Lendar con cautela.

  Alec sonrió de forma casi infantil antes de responder con entusiasmo:

  —Y por mucho. —su tono exudaba una euforia contenida —?Hoy ese demonio conocerá su final y el plan de la Gran Madre por fin verá la luz del día! ?El mundo, al fin, conocerá la paz que tanto necesita!

  Lendar frunció el ce?o. Algo en esas palabras le erizó la piel.

  ?Cada vez habla más como un fanático religioso… no me gusta esto.?

  —Entiendo tu preocupación, pero estoy bien… —Alec giró ligeramente el rostro y lo miró de reojo.

  Lendar sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Había algo en su voz… algo que lo hacía sonar como si estuviera en un nivel de conciencia diferente, como si su mente ya no le perteneciera del todo.

  —?También puedes leer la mente ahora? —preguntó con una media sonrisa, intentando aligerar el ambiente.

  Alec rió suavemente.

  —No, pero vi tu cara… —Sus ojos destellaron con diversión antes de volver a mirar al frente —Sé lo que te preocupa. Pero créeme, si tú también escucharas la voz de la Madre como yo… estarías igual.

  Las palabras quedaron suspendidas en el aire como una amenaza velada.

  Frente a la entrada principal, mayordomos y sirvientes se alineaban con precisión milimétrica, esperando para recibir a Alec. En el balcón superior del edificio, el Soberano y Berenice compartían una taza de té, observando con interés la llegada del chico.

  Madame Montgard jamás mostró consideración por Cáliban, pero el Soberano sí. Aún podía recordar con claridad la voz de su diosa cuando recibió la revelación en sus sue?os. A pesar de la fuerza y elegancia de sus palabras, él había sentido su miedo. Su dolor. Su frustración.

  ?Si alguien puede hacer que una diosa tiemble…? —pensó con gravedad ?Entonces, esa entidad no es alguien a quien debamos subestimar.?

  El traqueteo de ruedas anunció la llegada del carruaje. La calle desierta amplificaba el sonido, haciendo que cada golpe de los cascos de los caballos resonara con un eco siniestro.

  En el asiento del conductor, la líder del equipo de escolta dirigió una mirada seria hacia el Soberano. Este, sin apartar la vista de la entrada, asintió con solemnidad.

  Alec observó el carruaje con evidente regocijo mientras se detenía. Su excitación era palpable. Cuando la líder de la escolta bajó del vehículo, se inclinó ante él con respeto.

  —Mi se?or, he traído al intruso, tal como solicitó. —informó con una reverencia.

  Alec apenas pudo contener su emoción.

  —Excelente trabajo… —musitó con deleite.

  Se colocó frente a la puerta del carruaje, esperando con ansias el momento que tanto había esperado.

  —?Puedes salir! —anunció con voz serena, aunque la oscuridad en su mirada lo traicionaba —Nadie te hará da?o… aún.

  Una sonrisa ladeada se dibujó en sus labios, una sonrisa que destilaba pura malicia. No se molestó en ocultarlo. Después de todo, la verdadera diversión apenas estaba por comenzar.

  El Soberano, que hasta el momento había permanecido tranquilo, se levantó lentamente de su asiento, acercándose al borde del balcón. Sus ojos, oscuros y calculadores, se clavaron en el carruaje con una intensidad férrea. Algo en su interior le decía que debía ver con sus propios ojos al enemigo al que estaban por enfrentarse.

  A su lado, la sacerdotisa sintió la inquietud de su se?or. Para ella, Cáliban no era más que un ni?o, un obstáculo menor que podrían eliminar fácilmente de no ser por la protección de Lord Xander. No comprendía por qué su Soberano parecía tan tenso. Llenándose de curiosidad, se puso de pie, dispuesta a observar más de cerca.

  La puerta del carruaje se abrió con un crujido siniestro. Desde su interior, emergió una densa penumbra que parecía devorar la luz a su alrededor, impidiendo ver con claridad lo que había dentro.

  Alec sonrió con suficiencia. No tenía prisa. Para él, el destino de su enemigo ya estaba sellado. Había ganado. Un par de minutos más no cambiarían nada.

  Pero entonces, de la oscuridad surgió una figura encapuchada. Era el subordinado encargado de escoltar a Cáliban. Alec frunció el ce?o. Algo no estaba bien.

  —?Dónde está él? —preguntó con dureza.

  No hubo respuesta. Solo un golpe seco cuando la figura encapuchada cayó pesadamente al suelo como un costal de carne inerte. Un charco de sangre se extendió bajo su cuerpo, expandiéndose lentamente sobre el suelo de piedra.

  El aire se tensó.

  Y entonces, una espada emergió del interior del carruaje y se clavó con brutalidad en el suelo. Los murmullos entre los miembros del culto se esparcieron como pólvora. En un instante, rodearon el carruaje con cautela, listos para cualquier eventualidad.

  Y de la penumbra, emergió Cáliban.

  Su rostro era una máscara de seriedad, pero sus ojos… sus ojos ardían con una furia contenida, una tempestad esperando desatarse.

  —Si querías matarme… —su voz resonó con un filo cortante —deberías haber venido tú mismo en lugar de mandar a tus lacayos, Alec… ?O acaso, además de ser un mal perdedor, también eres un cobarde?

  Lendar, que aún permanecía detrás de Alec, observó con atención la espalda de su compa?ero. Aunque mantenía las manos entrelazadas, su postura rígida y el temblor casi imperceptible en sus pu?os delataban la furia que estaba conteniendo.

  Alec sonrió, aunque su mandíbula se tensó.

  —Está bien, está bien… —dijo con una falsa tranquilidad —Esa actitud arrogante como mecanismo de defensa es interesante. Pero-

  —Deja de jugar. —Cáliban lo interrumpió sin titubeos, con un tono gélido —Enga?a a cuantos quieras, pero no a mí… criatura.

  Un murmullo recorrió a los presentes.

  Berenice, la sacerdotisa, entrecerró los ojos con curiosidad ante aquellas palabras, pero algo más llamó su atención.

  Desde la distancia, Cáliban y el Soberano intercambiaban miradas. Era una batalla silenciosa, intensa. Un duelo sin espadas, pero igual de letal.

  —Ese ni?o… —susurró la sacerdotisa, esbozando media sonrisa —Al menos tiene agallas.

  Pero su confianza se resquebrajó en cuanto notó algo que la dejó helada.

  Las manos del Soberano. Sus dedos, tan firmes y controlados como siempre, estaban temblando.

  Berenice abrió los ojos con sorpresa.

  él, que poseía un poder inconmensurable, estaba sintiendo algo que pocos podrían percibir. La esencia del alma de Cáliban. Y ese solo hecho le estaba costando un esfuerzo colosal para no mostrar signos de debilidad frente a sus subordinados.

  El Soberano, sin apartar la mirada de Cáliban, pronunció con voz firme:

  —Llévenlo adentro.

  El Soberano pronunció aquellas palabras con un tono sombrío antes de regresar a la habitación, envuelto en un silencio denso. La sacerdotisa le siguió, pero antes de desaparecer tras las puertas, dirigió una última mirada inquisitiva hacia Cáliban.

  Alec sonrió con satisfacción.

  —?Ya oyeron al Soberano! ?Muévanse! —ordenó con autoridad.

  Sin mostrar resistencia, Cáliban avanzó con pasos firmes, siguiendo a Alec hacia el interior del Gorrión Dorado. La procesión se movía con solemnidad, los murmullos de los sirvientes y soldados se disolvían en la penumbra del pasillo.

  Al llegar a un punto determinado, Alec levantó una mano, deteniendo a sus subordinados.

  —Desde aquí, yo me encargo.

  Los guardias asintieron y dieron un paso atrás sin cuestionar la orden.

  Cáliban sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Algo estaba mal. Un aura invisible lo rodeaba, una barrera cuidadosamente dise?ada para sellar sus poderes y anular su anillo de almacenamiento.

  ?No esperaba que fueran tan cautelosos…? —pensó, flexionando los dedos con disimulo ?Supongo que no podré hacer nada por ahora…?

  El silencio del pasillo se hizo opresivo, sólo interrumpido por el sonido de sus pasos resonando sobre el mármol. Alec, caminando a su lado, lo observaba de reojo, buscando algún rastro de temor en su expresión.

  —Dime… —rompió el silencio con tono casual —?Le dijiste a tu abuela que estabas aquí?

  Cáliban ni siquiera volteó a mirarlo.

  —No me interesa tener ningún tipo de relación con ella… ni contigo.

  Su respuesta seca y sin emoción hizo que Alec chasqueara la lengua con diversión.

  Antes de que pudiera responder, Lendar se interpuso en el camino de Cáliban. Sus ojos, que ardiendo con una furia contenida, lo taladraron con intensidad. La presión de su poder se filtró en el ambiente, haciendo que el viento se arremolinaba a su alrededor. Cuadros y adornos en las paredes temblaron, algunos incluso cayeron al suelo con un estrépito seco.

  —No estás aquí como un invitado… —su voz era un gru?ido amenazante —Así que guarda respeto, mocoso… de lo contrario…

  Su mano descendió lentamente hacia la empu?adura de su espada. Cáliban lo observó en silencio. No con miedo o ira, solo con lástima.

  ?Un joven con poder y voluntad prometedores… y aun así, enjaulado en las mentiras de una entidad que juega con los dos.?

  Lendar esperaba una reacción, una provocación, un insulto. Pero lo que recibió fue un ataque relámpago.

  Cáliban se movió con una velocidad inaudita, su mano izquierda avanzando como un relámpago hacia los ojos de Lendar. Instintivamente, el elfo saltó hacia atrás, alejándose varios metros y adoptando una postura defensiva.

  El pasillo quedó en un tenso silencio.

  Cáliban sonrió con una mezcla de burla y desprecio.

  —?Por qué tanto miedo, elfo? —su voz era un susurro afilado —?Por qué temerle a un prisionero con las manos atadas?

  Las venas de Lendar se marcaron en su frente. Había sido humillado. Era lo único que sentía. Se preparó para atacar, listo para restaurar su orgullo de guerrero, pero entonces…

  —Lendar.

  El sonido de su nombre retumbó en el pasillo. Alec lo había dicho con calma, pero con una fuerza que se sintió como una orden inquebrantable.

  —No dejes que el demonio te provoque… será mejor que te retires por esta noche.

  —Pero-

  —Ahora.

  El tono no admitía discusión.

  Apretando los dientes, Lendar bajó lentamente la mano de su espada. Se inclinó levemente ante Alec, acatando la orden a rega?adientes, antes de girarse y alejarse con pasos pesados.

  Antes de desaparecer, no pudo resistirse a lanzar una última mirada asesina hacia Cáliban. Pero este ni se inmutó. Para él, Lendar no era más que otro peón. Otra víctima de las falsas promesas de los cultos. Y él no tenía tiempo para peones.

  —Bueno, ahora podemos hablar tranquilos… —dijo Alec, cerrando la puerta tras ellos con un leve chasquido.

  —?No vas a matarme? —Cáliban alzó una ceja con burla —En tu carta parecías impaciente por tenerme en tus manos y acabar conmigo.

  Alec rió, despreocupado.

  —?Ja! En efecto… —se inclinó levemente hacia él con una sonrisa serpentina —Pero, ?Por qué apresurarnos? Aún tenemos cosas por hacer.

  Avanzaron por el pasillo hasta llegar a la habitación del Soberano. Dentro, el líder los esperaba con paciencia, cómodamente instalado en su sillón, girando lentamente una copa de vino entre los dedos. A su lado, su fiel sirviente permanecía en silencio, como una sombra.

  —?Vaya, vaya! —exclamó Berenice, con su tono melodioso y burlón —Nuestro distinguido invitado por fin ha llegado.

  Cáliban no le dedicó una mirada. Su voz, en cambio, fue tan afilada como una daga.

  —?Dónde está Lidia?

  El ambiente se tensó de inmediato. Berenice ladeó la cabeza, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

  —?Por qué? ?Tanto te preocupa mi hermanita?

  Cáliban entrecerró los ojos.

  —Ella es un alma pura… una que no se dejó corromper por los demonios que la rodeaban. A diferencia de cierta mujer que cayó, de la manera más estúpida, en las garras de gente sin escrúpulos.

  Las palabras impactaron como un golpe seco. La sonrisa de Berenice se congeló por un instante, aunque su expresión recuperó rápidamente su característico aire de diversión enfermiza.

  —Parece que tienes la lengua afilada, ni?o… —el Soberano rompió la tensión con un tono relajado, se?alando con un gesto un asiento frente a él —Toma asiento.

  Berenice se levantó de su asiento de un salto, con un entusiasmo casi teatral.

  —Bueno, caballeros, disfruten su charla… yo tengo asuntos más interesantes que atender.

  Se giró hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo un instante y susurró con voz cantarina:

  —Voy a entretenerme con un nuevo juguete…

  Rio con una dulzura perturbadora antes de abandonar la sala, perdiéndose en la penumbra del pasillo. Cáliban sintió una punzada de desagrado recorrerle la columna. No necesitaba preguntar a qué se refería con “juguete”. Prefirió no imaginarlo.

  El silencio se instaló pesadamente en la habitación.

  Alec tomó asiento junto a ellos, sirviéndose una taza de té sin prisa. El Soberano, por su parte, permaneció en calma, observando a Cáliban como un depredador estudiando a su presa.

  Finalmente, rompió el mutismo.

  —Supongo… —dijo, colocando la taza sobre la mesa con un movimiento pausado —Supongo que te preguntas por qué sigues vivo.

  Cáliban apoyó un codo en el brazo del sillón, fingiendo desinterés.

  —Digamos que tengo curiosidad.

  El Soberano sonrió, como si hubiera esperado exactamente esa respuesta.

  Comenzó a hablarle del reino divino que aguardaba en el horizonte, de la promesa de una era gloriosa, donde su causa uniría el mundo bajo un único propósito. Sobre su misión de restaurar el orden sagrado. Un paraíso donde la raza humana se alzaría sobre todo lo existente, reclamando el lugar que le correspondía por derecho.

  Mientras hablaba, su voz se tornó casi hipnótica, como la de un predicador en plena revelación. Para él, Cáliban era una pieza clave en su tablero. Si lograba hacer que alguien como él se uniera a su causa, la conquista del continente no sería un sue?o lejano, sino una realidad tangible.

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  Pero si decidía ponerse en su contra… en ese caso, lo eliminaría sin vacilar. Sea como fuese, no tenía nada que perder.

  El Soberano entrecerró los ojos, sondeando la reacción de Cáliban antes de a?adir con calma:

  —Sabemos de tu relación con la joven Thorm… nosotros-

  —Quieren que la convenza para que les entregue la llave… —Cáliban interrumpió sin titubeos, sus palabras golpearon la habitación como un trueno —Porque no pueden tomarla a menos que ella la ceda por voluntad propia. —El Soberano entrecerró los ojos —Eso no pasará.

  El silencio se hizo denso. Por primera vez en mucho tiempo, el Soberano sintió una punzada de genuina decepción. Exhaló despacio, bajando la mano que había mantenido elevada.

  —Ya veo… —su voz se tornó casi melancólica —Es una lástima. Pero me temo que estás equivocado. El Soberano sonrió con una serenidad perturbadora —Ese… ya no es un problema.

  Con un chasquido de dedos, dos figuras se materializaron en la habitación. Cáliban giró la cabeza de inmediato, y su expresión se endureció.

  —?Cáliban! —la voz de Cecilia temblaba de angustia —??Qué haces aquí?! ?No debiste haber venido!

  Cáliban enfoco su mirada en Cecilia y Nhun, asegurándose de que estuvieran bien.

  —Supongo que esto tiene que ver con ella…

  De repente, Cáliban dirigió su atención en Alec. Su postura seguía relajada, despreocupada, pero había algo… extra?o. Un aire sutilmente femenino que antes no estaba ahí. Cuando Cáliban lo mencionó en voz alta, Alec rio.

  No era una risa común. Era una carcajada que resonó en la habitación, vibrante, como si estuviera disfrutando de un chiste privado.

  —Por supuesto que lo notaste… —murmuró con evidente deleite.

  Cecilia y Nhun intercambiaron miradas confusas. No entendían nada. Lo más inquietante era que no eran las únicas en la oscuridad.

  El Soberano, aquel que siempre afirmaba saberlo todo, observaba la escena con un brillo de incertidumbre en los ojos.

  Durante días, Alec había insistido en que Cáliban debía ser ejecutado lo antes posible. Su odio hacia él había sido evidente, una obsesión enfermiza por verlo muerto. Pero, de repente, cambió de postura, ordenando que nadie lo tocara hasta nueva instrucción.

  Eso ya le había parecido extra?o. Pero lo que estaba a punto de ocurrir haría que incluso él cuestionara la realidad misma.

  Alec se puso de pie y dio un paso atrás. Luego… ocurrió.

  Al principio, solo fue un cosquilleo en su cuello. Luego, un leve crujido de huesos. Y después… su cuerpo entero comenzó a retorcerse.

  Los músculos se tensaron y se expandieron de manera antinatural, las articulaciones se reacomodaron con chasquidos secos, como si alguien estuviera desmontando y reconstruyendo su esqueleto desde dentro. Sus órganos hicieron un sonido húmedo y viscoso mientras se reconfiguraban, su piel se estremecía como si algo reptara bajo ella.

  El sonido… era algo indescriptiblemente incorrecto.

  Los huesos crujían como ramas secas al romperse, las venas se deslizaban por su piel como serpientes vivas, los órganos se comprimían y distendían con un nauseabundo gorgoteo.

  Y cuando la transformación terminó… Donde antes había estado Alec, ahora se alzaba ella.

  Una figura femenina, de porte arrogante y belleza antinatural. Su presencia era avasallante, su sola existencia era un golpe a la razón. Era una forma tan perfecta y etérea que resultaba aterradora, como si la naturaleza misma se hubiera inclinado ante su voluntad.

  —Vaya… —murmuró con una voz suave, melódica y cruel —Esto siempre duele un poco.

  Se estiró con pereza, como si acabara de despertar de un largo sue?o. El Soberano sintió que su respiración se aceleraba. La observó, la sintió, y en un instante, lo comprendió. El poder que emanaba de ella no tenía igual. No era un simple hechizo de polimorfismo, ni una ilusión, ni una poción. Era real, era natural, era su verdadera forma.

  La sangre abandonó su rostro. Sus piernas temblaron por un instante antes de reaccionar por puro instinto. Con un movimiento brusco, cayó de rodillas ante ella.

  —?Larga vida a la Reina de Reinas! —su voz, antes imponente, se tornó reverente, temblorosa —?Larga vida a la Madre que Llora! ?Larga vida a la Nueva Era!

  Su cabeza se inclinó hasta tocar el suelo, lágrimas cayendo por su rostro. La mujer sonrió, inclinándose ligeramente hacia él con una expresión de satisfacción absoluta.

  Cecilia y Nhun permanecieron paralizadas. Sus mentes se resistían a procesar lo que veían sus ojos. El hombre al que conocían como Alec… ahora era una mujer. Y ahora, en toda su aterradora gloria, su verdadera naturaleza había sido revelada.

  —Tranquilo, hijo mío… —su voz era suave, envolvente, casi maternal —Regresa abajo y termina el portal.

  El Soberano, aún con el rostro empapado de lágrimas, asintió de inmediato.

  —Pronto… —continuó ella, con una dulzura que resultaba casi cruel —sumiremos el mundo en la oscuridad… y lo reconstruiremos como debe ser.

  El anciano se incorporó rápidamente, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.

  —Sí, Madre… lo que usted ordene…

  Cáliban observó con el ce?o fruncido cómo aquel hombre, quien hasta hace poco era la viva imagen de la frialdad y el cálculo, ahora se movía como un ni?o ansioso por complacer a su madre. En un gesto reverente, besó la mano de la diosa y, sin decir una palabra más, abandonó la sala, dejando tras de sí un pesado silencio.

  La mujer lo observó irse con una expresión de satisfacción antes de volver su mirada hacia Cáliban.

  —Bueno… —su sonrisa se ensanchó con un destello juguetón en los ojos —?En qué estábamos, querido?

  Cáliban cruzó los brazos, mostrando su mirada afilada como un filo recién forjado.

  —?Cómo se supone que debo llamarte ahora? Porque ni muerto te llamaré "mamá".

  La diosa soltó una carcajada cristalina, llena de auténtica diversión.

  —Está bien, supongo… —dijo, con un gesto teatral de resignación —Puedes llamarme Alexa. Pero eso no es lo importante…

  Con un ligero movimiento de su mano, las copas sobre la mesa se llenaron con un vino tinto de aroma exquisito, con su color oscuro reflejando la tenue luz de la habitación.

  —Lo que realmente importa… —continuó, sirviéndose a sí misma con elegancia —es que tú y yo podemos hablar con tranquilidad.

  Nhun, que hasta ahora había permanecido en silencio, murmuró con incredulidad:

  —Ella… ?Es la diosa de esos enfermos?

  Alexa giró la cabeza lentamente hacia ella, con una sonrisa enigmática.

  —Ja… Tal vez sean unos degenerados, pero… ?Qué puedo decir? —se encogió de hombros, bebiendo un sorbo de su copa —Soy una diosa benevolente, los amo tal y como son…

  Cáliban dejó escapar un resoplido, su mirada gélida se clavó en la suya con desdén.

  —Querrás decir que no te importan, siempre y cuando cumplan con lo que necesitas.

  La sonrisa de Alexa se mantuvo intacta, pero hubo un destello en su mirada.

  —Bueno… —dejó su copa en la mesa con un delicado "clink" —Puedes pensar lo que quieras, eso no me molesta. —Levantó una ceja con aire provocador antes de a?adir: —Lo que sí importa… es lo que podemos hacer tú y yo para ayudarnos mutuamente.

  Giró su copa entre los dedos con gesto juguetón, como si tratara de captar su atención, pero Cáliban ni siquiera parpadeó.

  —Supongo… —ladeó la cabeza, examinándolo con fingida curiosidad —Que no eres de los que disfrutan la diversión, ?Eh?

  Entonces, sin previo aviso, giró la mirada hacia Cecilia, su sonrisa se volvió afilada como una daga.

  —Dime, querida… ?Qué le viste a esta roca andante?

  Cecilia, aún consternada por todo lo ocurrido, apartó la mirada, incapaz de responder. Alexa chasqueó la lengua con burla.

  —Como sea… —Alexa se recostó en su asiento con un suspiro —Como bien sabrás, usé todo mi poder para escapar de la dimensión en la que me encontraba. —Sus dedos tamborilearon sobre la mesa, pensativa —Si el Padre Sin Forma o cualquiera de esos bastardos me encuentra en este estado… bueno, no necesitarían mucho para matarme. —Hizo una pausa, entrecerrando los ojos con aire calculador —Especialmente estando atrapada en este cuerpo mortal… —De repente, su expresión se iluminó con una falsa dulzura —Así que… ?Qué te parece esto…?

  Con un chasquido de dedos, un pergamino dorado apareció sobre la mesa. Las letras, brillantes y cambiantes, flotaban sobre su superficie, mostrando con radiante claridad los términos del contrato. Alexa sonrió.

  —Formemos un trato.

  Y en ese momento, la temperatura en la habitación pareció descender. Cáliban miró el contrato sin pesta?ear, su expresión era inmutable. Pero algo en el aire… algo en su instinto más primitivo, le decía que lo que estaba escrito en ese pergamino tenía un precio que no podría pagar tan fácilmente.

  —Liberaré a tus amigos… a tu noviecita… y a los otros dos que conseguí en un callejón.

  Cáliban alzó la mirada de inmediato. Alexa sonrió. Por primera vez en toda la velada, el rostro del joven mostró algo más que indiferencia… enojo.

  —Oh, sí… —continuó con fingida inocencia —Tengo en mi poder a la lagartija azul y a tu amigo, el desnutrido. —El ambiente pareció enfriarse —No fue difícil atraparlos, intentaron seguirte a una distancia segura… demasiado grande, diría yo. Supongo que no querían que te enteraras.

  Cáliban cerró los ojos por un instante, tomando aire con lentitud. Alexa lo estudió con curiosidad antes de retomar su propuesta:

  —En fin, volvamos al punto importante. —Chasqueó los dedos y el contrato dorado flotó levemente en la mesa, reflejando la luz con un resplandor tentador —Yo liberaré a tus amigos, a tus amigas, a la se?ora a la que le cogiste cari?o… y a tu amante.

  El tono burlón en la última palabra era evidente. Cáliban desvió la mirada del pergamino, clavando sus ojos en los de la diosa. Alexa sonrió al ver que comenzaba a ser entendida.

  —A cambio, solo tienes que jurarme tu servicio. Oh, no te preocupes… —continuó con fingida dulzura —No será eterno. Solo necesito que me ayudes a acabar con los otros dioses que van tras de mí. Como bien sabes, solo la energía divina puede matar a un dios… —Se inclinó un poco hacia él, sus ojos brillando con una luz depredadora —Y los únicos aquí que poseen tal energía… somos tú… y yo.

  El contrato brilló con más intensidad.

  —Así que dime, ?Por qué no ser aliados? Yo me libero de mis ataduras y tú haces lo que más te gusta… —Alexa chasqueó la lengua con una sonrisa torcida —matar dioses. Todos salimos ganando.

  El silencio continuó. Hasta que, de pronto… Cáliban sonrió. No era una sonrisa sarcástica o una sonrisa amarga, era una sonrisa… genuina. Y eso hizo que Alexa se sintiera incómoda por primera vez en la noche.

  —?Sabes…? —Cáliban tamborileó la mesa con su dedo índice, pensativo —Estuve haciendo memoria…

  Alexa entrecerró los ojos.

  —Y… tu alma me resultaba conocida. —El aire se volvió denso —Intenté recordarlo en cuanto te vi en la entrada… —continuó, con su voz tomando un matiz más oscuro —Pero mis disculpas… he purgado tanta basura de este mundo que olvidé un peque?o trozo como tú.

  Alexa bajó lentamente su sonrisa.

  —Pero luego… traté de recordar. —Cáliban inclinó la cabeza ligeramente, con esa sonrisa aún dibujada en sus labios —Una madre… una cárcel en el espacio-tiempo…

  Cecilia y Nhun se tensaron, sin comprender del todo lo que estaba ocurriendo.

  —La última vez que nos vimos, estabas atrapada en el cuerpo de una ni?a. Pero, aun así, me reconociste. —Alexa permaneció en silencio —Eso solo puede significar una cosa… —Cáliban soltó una breve carcajada, antes de mirarla fijamente —Debes ser alguien que yo conozco.

  Y entonces, empezó a reír. Una risa burlona. Era una carcajada real, fuerte, vibrante. No solo Alexa se inquietó, sino también Cecilia y Nhun.

  —Y entonces… —continuó, con lágrimas de diversión en los ojos —escuché a tu sacerdote hablar sobre la tierra prometida… el edén encarnado… —Hizo una pausa, exhalando con satisfacción —Y lo recordé… te recorde… Anahit…

  Las cejas de Alexa se fruncieron en una expresión de ira contenida.

  —Ya no uso ese nombre… nunca más…

  Cecilia y Nhun intercambiaron miradas nerviosas. El aire alrededor de Cáliban se había vuelto diferente.

  —?Es así…? bueno, también recordé a una reina bastante similar a ti… pero su historia… —Sus ojos se clavaron en los de Alexa como dagas —La recuerdo algo diferente…

  Alexa se quedó inmóvil. Cáliban apoyó los codos en la mesa, entrelazando los dedos con tranquilidad.

  —Déjame ver si la recuerdo bien… érase una vez… un peque?o reino en la infinidad del cosmos. —Las llamas de las velas en la habitación parpadearon con su relato —Era gobernado por una línea real de alta alcurnia, descendiente de un linaje divino que llevó su reino a los planos superiores.

  Los dedos de Alexa se crispaban levemente contra su copa de vino.

  —El reino floreció. Su esplendor superó al de muchas civilizaciones. Sus habitantes eran seres de un poder inmenso. Eran considerados dioses para otros mundos. Aquel reino habitaba con una opulencia magistral que muy pocas civilizaciones habían alcanzado. Pero entonces… ocurrió la peor calamidad que podría asolar al reino… —Cáliban ladeó la cabeza, como si disfrutara del momento —El rey, anciano y decrepito, eligió a su hija mayor como reina.

  El ambiente se volvió más tenso. El vidrio de la copa se quebró bajo el agarre de Alexa.

  —Bajo su luz, el reino prosperó. Erigió una era de gozo y bienestar absoluto. Todo era perfecto. Pero entonces… a pesar de vencer muchas leyes naturales para ganarse su libertad del plano mortal…

  Los labios de Cáliban se curvaron en una sonrisa gélida.

  —La inmortalidad… fue algo que nunca pudieron alcanzar. —El ce?o de Alexa se frunció aún más —Y entonces, la reina… comenzó a temer. —El timbre de la voz de Cáliban cambió, haciéndose más denso, más peligroso —Invadida por el miedo a la muerte, deseó que su reinado perdurara para siempre. Y así, encontró la clave.

  Alexa ya no sonreía.

  —Un elixir. —Las llamas de las velas parpadearon de nuevo —Un elixir que podía extender la vida… cientos… de miles de a?os.

  Un silencio espectral se apoderó de la habitación. Hasta que Cáliban exclamó con furia contenida:

  —?Pero el ingrediente secreto eran vidas mortales! —Golpeó la mesa con un pu?o, haciendo retumbar la madera. —?Cientos de miles!

  Alexa no apartó la mirada, pero sus manos se tensaron sobre el apoyabrazos del sillón.

  —Esa reina… esclavizó, alteró, exterminó… y sacrificó a incontables razas para alimentar su sed de eternidad. —Las venas en el cuello de Cáliban se marcaron —Y poco a poco… —Su voz descendió a un susurro gélido. —El edén perfecto… el paraíso encarnado… —Levantó la vista hacia Alexa, observándola con una expresión despiadada —Se convirtió en el pozo más profundo de la corrupción.

  Las llamas titilaron una vez más, proyectando sombras danzantes en la habitación.

  —Y la luz de su reina… se transformó en una sombra que jamás dejó de expandirse.

  Alexa apretó los labios. Cecilia y Nhun contuvieron la respiración. El aire estaba cargado de tensión, como si algo… algo monstruoso estuviera a punto de revelarse. Y en el fondo de la habitación, el contrato dorado seguía flotando, esperando una respuesta.

  Alexa, creyendo que esa era la conclusión del cuento, alzó su sonrisa una vez más, envolviéndose en una falsa sensación de superioridad.

  —Bueno… alguien ha estado leyendo demasiadas novelas. Esa historia es-

  —Es cierta.

  Cáliban la interrumpió con un tono glacial. El aire pareció detenerse por un momento.

  —Aún recuerdo cuando mi maestro me encargó deshacerme de tu reino… —continuó, cargado de un peso imposible de ignorar —Junto a mi hermana, purgamos a cada uno de los habitantes de tu edén caído. —El silencio se volvió sepulcral —Lamentablemente… ya no quedaba nada que salvar.

  Su mirada se oscureció mientras alzaba el contrato dorado. Y con una lentitud deliberada, lo rompió en dos. El sonido del pergamino desgarrándose resonó como un eco maldito en la habitación.

  Alexa bajó la sonrisa. Sus ojos descendieron hacia los fragmentos dorados que ahora flotaban en el aire, disipándose como cenizas.

  —Un verdadero contrato… no debería poder romperse. —Cáliban dejó caer los restos con indiferencia —Tal como lo imaginé… nunca tuviste intención de cumplir tu palabra.

  El silencio se prolongó unos segundos. Luego, Alexa suspiró con fingida tristeza, inclinando la cabeza.

  —?Sabes…? —Su voz se volvió más suave, más íntima —Toda mi vida imaginé una sola cosa… —Levantó la vista, encontrándose con los ojos de Cáliban —No era mi libertad. —Su expresión cambió —No era restaurar mi reino. —Su sonrisa reapareció, esta vez… más retorcida —Solo quería una cosa…. quería a tu hermana.

  Cáliban frunció el ce?o. El aire se volvió insoportablemente pesado.

  —Aún recuerdo cuando me encerró… —Alexa inclinó el rostro hacia el frente, su voz adquirió un tono venenoso —"Por los pecados que cometiste, te destierro a un eterno sufrimiento." —Su sonrisa se ensanchó, pero sus ojos destellaban con un odio visceral. —Eso fue lo que dijo cuando me selló en esa fría dimensión.

  El calor de la habitación pareció disiparse por completo.

  —La quería. —Su voz descendió a un susurro tembloroso de emoción contenida —So?aba con hacerla pasar por los peores tormentos inimaginables. —La atmósfera vibró con una energía oscura —Quería que sufriera mil veces más de lo que me hizo sufrir a mí.

  El rostro de Alexa se iluminó con un placer enfermo.

  —No tienes idea de la alegría que sentí cuando me enteré de que su brillo se apagó… —Un brillo febril relampagueó en sus ojos —En manos de Nyar…

  El cuerpo de Cáliban se tensó al instante.

  —Cómo te atreves…

  Antes de que pudiera moverse, un estallido de energía recorrió la habitación. De la nada, cadenas antiguas se materializaron a su alrededor, envolviéndolo con una presión abrumadora.

  La magia que contenían no era común. Era antigua. Más fuerte que cualquiera que Alec hubiera sido capaz de conjurar antes.

  —No te preocupes… —Alexa se levantó con gracia, alejándose de él con pasos elegantes.

  Caminó hacia Cecilia, quien estaba paralizada, atrapada por la misma magia. Apenas podía moverse, su respiración se entrecortaba por el miedo.

  —?No la toques! —Cáliban rugió, luchando contra las cadenas, pero estas no cedieron ni un milímetro.

  Alexa se inclinó sobre Cecilia, observándola con diversión.

  —Oh, tranquilo… —murmuró, acariciando su propio mentón con aire pensativo —No la da?aré. —Ladeó la cabeza, sonriendo con dulzura —Solo la necesitaré.

  Los ojos de Cáliban se oscurecieron aún más. Alexa suspiró con fingida resignación.

  —Para cuando termine con Alec. —Su tono era casual, como si estuviera hablando del clima —?Sabes lo difícil que es encontrar un cuerpo compatible en estos tiempos? —La piel de Cáliban se erizó —En mis tiempos, solíamos alterar genéticamente a los ni?os esclavos. —El tono nostálgico en su voz era repugnante —Así, nunca nos quedábamos sin ganado. Ni sin mulas de carga. —Sonrió con una dulzura siniestra —Ah… qué tiempos aquellos… —Se enderezó con un suspiro satisfecho —Me divertiré reinstaurando las viejas tradiciones.

  Chasqueó los dedos y en un parpadeo desapareció a Cecilia y Nhun, dejando atrás a Cáliban. Atado, indefenso y a su merced.

  El aire quedó impregnado con su risa maliciosa mientras volvía a transformarse. El cuerpo de Alexa vibró, retorciéndose grotescamente una vez más. Los crujidos de huesos y el sonido húmedo de músculos reconfigurándose llenaron la habitación. Y cuando la transformación terminó… Alec estaba de vuelta.

  Pero esta vez, su mirada estaba cargada de pura furia. Caminó lentamente hasta un armario de madera fina, su sombra se alargó con la luz de las velas.

  Sin decir una palabra, abrió las puertas. De su interior, sacó un látigo largo, de cuero trenzado. Giró el mango entre los dedos con una calma inquietante. Luego, se volvió hacia Cáliban. Sus ojos ardían con rabia contenida.

  —Ahora somos tú y yo, demonio…

  El sonido del látigo deslizándose por el suelo fue lo único que rompió el silencio. Y la verdadera tortura… apenas estaba por comenzar.

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