El valle cambió sin avisar.
Un instante estábamos rodeados de tierra seca,
y al siguiente, el aire se volvió pesado,
casi pegajoso,
como si algo invisible intentara adherirse a la piel.
Ashryel se detuvo primero.
Su luz —que hasta ahora había sido un hilo constante—
titubeó apenas un segundo.
No por debilidad.
Sino por advertencia.
—Syra… —su voz bajó casi a un susurro—
hay algo aquí que no debería existir.
Miré alrededor.
No había monstruos.
No había sombras moviéndose.
No había se?ales de vida.
Pero el silencio…
Ese silencio no era natural.
Era el tipo de silencio que aparece
cuando un lugar pierde el derecho a ser recordado.
Un silencio amputado.
Di un paso más
y la tierra crujió
como si hubiera pisado hueso.
Me estremecí.
—?Qué es este lugar? —murmuré.
Ashryel avanzó lentamente,
como quien toca una herida que no sabe si está abierta.
—No tengo un nombre para esto —dijo—.
Pero los antiguos portadores lo llamaban…
Se interrumpió.
Un segundo.
Un parpadeo.
Y su luz se desvaneció por completo.
Solo un segundo.
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Pero suficiente para que el mundo cambie.
—?Ashryel! —extendí la mano.
Ella reapareció al instante,
como si hubiera sido arrancada del aire y devuelta a la fuerza.
Su cuerpo tembló,
y la luz alrededor de sus brazos se quebró
como cristal tenso.
—Estoy bien —susurró—.
No… no te asustes.
Pero su voz no coincidía con su mirada.
Nunca la había visto así.
Nunca la había visto asustada por ella misma
—?Qué fue eso? —pregunté, sin moverme.
Ashryel respiró hondo,
aunque no necesitara aire.
—Syra…
este valle…
consume presencia.
—?Eso significa que puede hacerte desaparecer?
Ella cerró los ojos.
—No si estoy contigo.
Pero si te alejas demasiado,
o si empiezas a perderte…
No terminó la frase.
No hacía falta.
Me acerqué un paso,
como si la distancia pudiera herirla.
Ella levantó la mano, apenas un gesto,
pero suficiente para que la luz se estabilizara un poco.
—Escúchame —dijo—.
Este no es un lugar para pelear.
Es un lugar para perder.
Algo en mi pecho se tensó.
—?Perder qué?
Ashryel bajó la mirada.
Y por primera vez desde que la conocí,
pareció demasiado peque?a para lo que cargaba.
—Nombres, recuerdos…
y a veces…
lo que te mantiene en pie.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—?Por qué estamos aquí entonces?
Su voz fue casi un ruego.
—Porque este valle fue la última prueba de Aelian.
Y si tú no la atraviesas…
si no resistes lo que él no pudo…
Las sombras entre las rocas vibraron.
Apenas un temblor,
pero suficiente para entender que no estaban dormidas.
Estaban esperando.
—…este lugar te reclamará —terminó.
El suelo bajo mis pies latió.
Una vez.
Luego otra.
El mismo ritmo que había sentido antes.
Pero ahora era más fuerte,
casi impaciente.
Como si algo —o alguien— quisiera que diera un paso más.
—Syra —Ashryel dijo mi nombre con firmeza—.
Escúchame bien.
Su luz se acercó a mi pecho,
rodeando las marcas negras
como si quisiera protegerlas con su propio cuerpo.
—Mientras estemos aquí…
no escuches ninguna voz que no sea la mía.
El aire vibró.
Como si el valle se ofendiera por su advertencia.
Y entonces lo escuché.
No una voz externa.
No un susurro lejano.
Una palabra.
Pegada a mi oído.
Dicha con un tono que conocía demasiado bien.
Mi respiración se detuvo.
Ashryel levantó la cabeza bruscamente.
—?Qué escuchaste?
No respondí.
Porque la voz repitió la palabra.
Esta vez desde dentro.
Desde donde no debería haber espacio para nadie más.
Ashryel tomó mi mano
con una fuerza que no había usado antes.
—Syra…
no lo escuches.
Pero el valle ya había despertado.
Y el pulso dentro de mí
ya no era memoria.
Era una llamada.

