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✦ Capítulo 15 — El Peso de lo No Dicho

  El valle no cambió de forma.

  Pero cambió de intención.

  Había espacios donde el aire parecía más denso,

  como si allí hubiera ocurrido algo,

  y lo que quedó suspendido no fuera memoria…

  sino una especie de residuo emocional.

  No eran ecos.

  No eran presencias.

  Era…

  algo parecido a cuando uno entra a una habitación

  donde alguien lloró hace minutos.

  No ves el llanto,

  pero el aire lo sostiene igual.

  Ashryel se mantenía a mi lado,

  aunque su luz empezaba a mostrar peque?os parpadeos.

  No eran errores.

  Eran se?ales:

  su forma estaba empezando a costarle.

  Sin embargo, no se alejaba.

  Yo tampoco lo mencionaba.

  Había cosas que no hacía falta decir

  porque decirlas las volvía más frágiles.

  Caminamos hasta llegar a una zona del valle

  donde la tierra estaba marcada por líneas irregulares.

  Surcos.

  Cicatrices.

  Me agaché.

  Toqué uno.

  Tierra partida.

  Seca.

  Como si algo hubiera caído allí

  con un peso imposible.

  —?Qué es esto? —pregunté.

  Ashryel se inclinó suavemente.

  —Impactos de poder —respondió, apenas audible—.

  Pero no de ahora.

  De hace mucho.

  —?De cuántos portadores?

  Ella se quedó en silencio.

  No porque no supiera.

  Sino porque la respuesta implicaba algo

  que aún no quería poner en palabras.

  —Más de uno —dijo al final.

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  Me enderecé.

  El pulso en mi pecho latió dos veces seguidas,

  como si intentara comunicarse en fragmentos,

  sin forma clara.

  No dolía.

  Pero tampoco se sentía neutro.

  Era… nostalgia.

  O algo muy parecido.

  Como si ese latido recordara este lugar mejor que yo.

  —Siento como si… —tomé aire—

  como si este valle me conociera.

  Ashryel se tensó de inmediato.

  —No.

  —su voz firme por primera vez en mucho rato—.

  No te conoce a ti, Syra.

  Conoce a lo que llevas dentro

  La forma en que lo dijo

  fue más fría que el viento del bosque.

  Volví la vista al valle.

  Había un sendero casi imperceptible

  que avanzaba entre las rocas,

  marcado por peque?as hendiduras

  como si un pie hubiera pisado allí muchas veces

  y la tierra hubiera cedido sin llegar a borrarse del todo.

  Un camino erosionado por alguien que ya no existía.

  Di un paso.

  La tierra crujió bajo mi peso

  como si reconociera el movimiento.

  El pulso en mi pecho latió más fuerte.

  Tres veces.

  Profundo.

  Ashryel extendió una mano hacia mí,

  pero no me tocó.

  —Syra… —susurró—.

  Escúchame.

  Me detuve.

  Ella respiró luz al hablar.

  —No quiero que este valle te haga creer que el pasado te pertenece.

  Tú no eres él.

  Y él…

  —su voz tembló un instante, apenas—

  él no puede volver.

  Tragué saliva.

  No había dicho su nombre.

  No necesitaba hacerlo.

  Aelian.

  El valle parecía murmurar ese nombre sin voz.

  No como lamento,

  sino como una huella que todavía no se había borrado.

  —No estoy confundiendo nada —dije, más para mí que para ella—.

  Solo… quiero entender por qué siento esto.

  Ashryel bajó la mano.

  —Lo sentirías igual aunque intentaras ignorarlo.

  Este lugar es donde muchas cosas se rompieron.

  Y también donde algunas se sostuvieron el tiempo suficiente…

  para que tú estuvieras aquí.

  No supe qué hacer con eso.

  Era una verdad demasiado grande

  para ponerla en un solo pensamiento.

  Seguimos avanzando.

  El valle se estrechó de nuevo.

  El silencio aumentó.

  Y el pulso dentro de mí

  se convirtió en algo casi humano.

  No palabras.

  No órdenes.

  Solo un reconocimiento.

  Como una memoria que intenta abrir los ojos.

  Ashryel se acercó un poco más,

  su luz envolviendo mi sombra por un momento.

  —Syra…

  —dijo, casi en un susurro—

  si en algún punto este valle intenta confundirte…

  mírame.

  —?Por qué?

  —Porque soy la única cosa aquí

  que nunca va a confundirte con otro.

  El viento se detuvo un instante,

  como si incluso eso necesitara escucharla.

  Yo asentí.

  Y seguidos caminando hacia el centro del valle,

  donde la tierra dejaba de estar solo marca…

  y empezaba a estar habitualmente herida

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