home

search

Capítulo 40 — Las Sombras que Iban a Ser Él

  El ni?o seguía allí, respirando con un ritmo imperfecto, sostenido más por instinto que por decisión.

  Pero respiraba.

  Y el Camino, sensible a lo imposible, dejó de presionar.

  Algo cambió en el aire.

  No era alivio.

  Era… apertura.

  Una especie de permiso silencioso que decía:

  No “ver” al ni?o.

  No “ver” a la silueta mayor.

  Ver lo que habría sido

  Las luces a su alrededor se apagaron una por una, como si quisieran obligarlo a observar solo lo que se levantaba frente a él.

  Syra sintió el tirón en el pecho antes de que apareciera la forma.

  Un segundo latido.

  No un eco del ni?o.

  No un residuo del fragmento.

  Era distinto.

  Frío.

  Estable.

  Preciso.

  Cuando la figura terminó de reconstruirse, Syra supo de inmediato qué era.

  No necesitaba rostro para comprenderlo.

  Era él.

  O más exactamente—

  El Syra que el Camino habría creado si Ashryel nunca lo hubiera encontrado.

  La figura se sostenía de pie ante él, sin la fragilidad del ni?o, sin la fractura de la silueta grande.

  Este era un Syra sin compa?ía, sin testigo, sin refugio…

  pero también sin grietas visibles.

  Era quieto.

  Demasiado quieto.

  Una quietud que no nacía de paz.

  Nacía de resignación absoluta.

  Syra sintió su garganta cerrarse con la simple presencia de esa posibilidad.

  Ese “Syra alterno” tenía un aura que el Camino nunca mostraba sin motivo:

  la quietud que acompa?a a quienes dejaron de pedir ayuda hace mucho,

  no porque no la quisieran…

  sino porque habían convencido a su alma de que no la merecían

  Unauthorized use: this story is on Amazon without permission from the author. Report any sightings.

  El ni?o dio un peque?o paso hacia atrás, como si temiera esa figura.

  La silueta mayor inclinó la cabeza, casi como un perro maltratado reconociendo a su versión entrenada para no sentir.

  Syra tuvo que respirar.

  Lento.

  Con conciencia.

  Porque esa figura no era un enemigo.

  Era un recordatorio.

  Una advertencia.

  Un espejo sin grietas visibles… pero lleno de un vacío que Syra reconoció demasiado bien.

  La figura habló.

  Su voz era la suya…

  pero sin tono.

  Sin temblor.

  Sin vida.

  —No necesitabas a nadie.

  Syra no respondió.

  No porque dudara.

  Sino porque sabía que ese fragmento no estaba diciendo una acusación.

  Estaba diciendo una creencia.

  La figura dio un paso.

  El eco de sus movimientos no sonó como el de Syra.

  Sonó… hueco.

  Como si pesara menos de lo que aparentaba.

  —Yo habría continuado. —dijo—

  sin marcas,

  sin voces,

  sin temblores,

  sin miedo.

  La silueta mayor retrocedió un paso más.

  El ni?o se aferró a su propia mu?eca, temblando.

  Syra bajó la mirada un instante.

  No por vergüenza.

  Por reconocimiento.

  Porque sabía perfectamente de dónde venía ese “yo alterno”.

  Lo había creado él mismo cuando era peque?o, cuando el mundo alrededor exigía silencio, eficiencia, invisibilidad.

  A ese Syra no le habrían dolido las marcas.

  No habría sufrido por las pérdidas.

  No habría temblado cuando Aelian gritaba desde adentro.

  No habría necesitado a Ashryel.

  Pero ese Syra tampoco habría respirado de verdad.

  Era una existencia sin vida.

  Un cuerpo que continúa por inercia.

  Un camino sin destino.

  Syra levantó la mirada, despacio.

  La figura lo observó.

  No con juicio.

  No con superioridad.

  Lo observaba como quien mira un error que no entiende.

  Syra habló con un tono bajo, firme, pero sin dureza:

  —No quiero ser esa quietud.

  La figura inclinó la cabeza, apenas.

  Como si no comprendiera esas palabras.

  Syra a?adió:

  —No quiero existir por inercia.

  Un destello —apenas perceptible— recorrió la figura.

  Una vibración sutil, como una fisura invisible abriéndose del pecho hacia los hombros.

  El ni?o, sorprendido, levantó más la cabeza.

  La silueta mayor pareció enderezarse un poco, como si ese solo reconocimiento hubiera alterado algo en su estructura.

  Syra dio un paso hacia el reflejo alterno.

  No con desafío.

  Con decisión.

  —Yo temblé.

  —Yo dudé.

  —Yo fallé.

  —Y sigo vivo.

  La figura no retrocedió.

  Pero su postura cambió.

  Los hombros descendieron un milímetro.

  El cuello dejó de estar tensado hacia atrás.

  La respiración —si es que se podía llamar así— se volvió menos rígida.

  Syra concluyó, suave:

  —Y no quiero existir sin latidos.

  Una grieta luminosa atravesó el pecho del Syra alterno.

  No lo rompió.

  No lo destruyó.

  Solo… reveló.

  Reveló que esa forma no estaba hecha de fuerza.

  Sino de miedo congelado.

  Del miedo que Syra cargó durante a?os:

  el miedo a necesitar a alguien.

  El ni?o exhaló, aliviado.

  La silueta grande dejó caer los brazos a los lados.

  El Syra alterno permaneció allí, quieto, respirando por primera vez algo que no era resignación.

  Syra no extendió la mano.

  Tampoco lo abrazó.

  No era un fragmento a integrar todavía.

  Era un fragmento que había que reconocer

  Solo entonces Syra dijo, con un respeto que no tenía nada de compasión condescendiente:

  —No eres mi final.

  La figura lo miró.

  Y por primera vez, algo parecido a una emoción se dibujó en la forma sin rostro.

  Un leve asentimiento.

  No aceptación.

  No rendición.

  Solo un reconocimiento silencioso…

  de que ese camino ya no le pertenecía.

Recommended Popular Novels