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Capítulo 35 — Donde la Soledad Escucha

  La figura del ni?o no avanzó más.

  Tampoco retrocedió.

  Solo quedó allí, de pie, como si su existencia dependiera del silencio entre ambos.

  Syra sostuvo la respiración unos segundos.

  No para calmarse, sino para asegurarse de que lo que sentía era real:

  esa presencia no era una ilusión del Camino.

  Era una parte de él que nunca había tenido voz.

  El suelo bajo sus pies vibró apenas cuando dio un paso hacia la sombra.

  El aire alrededor cambió de temperatura —ni frío ni cálido, solo distinto, como si la sala adaptara su pulso al suyo.

  El ni?o inclinó ligeramente la cabeza, sin mostrar rostro completo, solo una forma borrosa que intentaba reconocerlo.

  No había juicio allí.

  Había expectativa… y un miedo contenido.

  Syra se detuvo a menos de un metro.

  Y por primera vez notó un detalle:

  las manos del ni?o estaban cerradas con fuerza, tan tensas que los dedos parecían fusionarse con la sombra.

  Una postura de defensa.

  Pero también de costumbre.

  —No vine a dejarte atrás —susurró Syra.

  No sabía si era la frase correcta.

  No sabía si servía de algo.

  Solo sabía que necesitaba decirla.

  El ni?o lo miró sin levantar la cara.

  Una línea tenue trazó la ilusión de un párpado temblando.

  Ese gesto era casi imperceptible… pero tenía un significado claro:

  no te creo todavía

  El silencio se extendió como una manta pesada.

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  Syra no lo llenó con palabras.

  Solo se quedó ahí, respirando lo suficiente para no desbordarse.

  El ni?o, después de un tiempo indefinido, se sentó en el suelo.

  Con las piernas cruzadas.

  Con la espalda encorvada.

  Con el mismo gesto exacto que Syra recordaba haber tenido cuando se acostumbró a esperar sin saber qué esperaba.

  Syra sintió un tirón en la garganta.

  No era dolor.

  Era memoria.

  El ni?o apoyó las manos en el suelo y trazó un círculo peque?o con el dedo índice.

  Una repetición automática.

  Una rutina.

  Un mecanismo de calma que Syra conocía demasiado bien.

  Syra se arrodilló frente a él.

  Los ecos no reaccionaron.

  La sala tampoco.

  Solo los dos.

  —No voy a dejarte solo otra vez —dijo, esta vez con más firmeza.

  El ni?o no respondió.

  Pero dejó de dibujar el círculo.

  Era la primera se?al.

  Syra extendió una mano.

  No para tocarlo.

  Solo para mostrar que no tenía intención de moverse sin permiso.

  La sombra tembló un momento…

  y luego inclinó la cabeza hacia esa mano, como si intentara entenderla.

  No buscaba calor.

  No buscaba protección.

  Solo estaba intentando confirmar si Syra era real.

  La sala permanecía en silencio absoluto.

  Un silencio que no ahogaba: escuchaba.

  Syra respiró despacio.

  El ni?o hizo lo mismo, casi al mismo ritmo.

  Y esa coincidencia mínima…

  fue suficiente para que la sala, que hasta ahora había sido un espacio cerrado, se dilatara unos centímetros más, como si hubiese inhalado.

  Syra lo notó sin sorpresa.

  Algo había cambiado.

  No él.

  No el ni?o.

  El espacio.

  Las paredes parecían más lejanas.

  La luz más tenue.

  El suelo, más profundo.

  Como si el Camino estuviera esperando que Syra diera el siguiente paso…

  pero sin decir cuál.

  Syra mantuvo la mano extendida.

  El ni?o la miró por un largo rato, indeciso.

  Las sombras de sus dedos parpadearon.

  Al final, no la tomó.

  Pero sí acercó la suya…

  hasta dejarla suspendida en el aire, a unos centímetros.

  No era aceptación.

  Era la promesa tímida de un futuro posible.

  Y para Syra, eso bastaba.

  Permaneció allí con él, sin tocarlo, sin empujarlo, sin exigirle que avanzara.

  Solo acompa?ándolo en el tiempo que necesitara.

  La sala no se movió más.

  Pero la soledad dejó de sentirse vacía.

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