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Capítulo 34 — El Peso que No Venía del Camino

  El pasillo se estrechó sin cambiar de forma.

  No era pared deslizándose ni sombra cerrándose: era un efecto más íntimo, como si el aire hubiese decidido volverse más denso alrededor de Syra.

  El Camino no bloqueaba su paso…

  pero tampoco lo dejaba avanzar con la misma ligereza que antes.

  Syra lo notó primero en la respiración.

  Un tirón leve, apenas perceptible, justo debajo del esternón.

  El tipo de tensión que aparece cuando el cuerpo recuerda algo antes que la mente.

  Avanzó igual.

  La piedra seguía tibia bajo los pies, como si el calor viniera de muy profundo.

  Cada paso dejaba una leve vibración, una huella efímera que desaparecía antes de que él pudiera mirar atrás.

  Pero la presión…

  la presión seguía creciendo.

  No era física.

  No era el Camino.

  Era una verdad que quería subir

  El pasillo se abrió, y Syra entró en una sala circular.

  No había detalles, no había columnas, no había símbolos: solo una superficie lisa y gris, con un centro ligeramente hundido.

  No parecía un espacio de prueba.

  No parecía un santuario.

  Parecía una habitación donde se esperaba que alguien dijera algo que nunca dijo

  Syra avanzó hacia el centro.

  La presión subió.

  Un segundo tirón, más fuerte.

  Un temblor involuntario en los dedos.

  Las marcas de sus brazos no brillaban.

  No dolían.

  No pedían nada.

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  Entonces entendió:

  lo que pesaba no era poder.

  Era memoria

  La sala respiró.

  Apenas un parpadeo en la luz, como si el aire se hubiera contraído por un instante.

  Y ahí, en el centro exacto del círculo…

  Una imagen emergió.

  No era una figura.

  No era un eco.

  No era un enemigo.

  Era un recuerdo deformado por a?os de silencio:

  la sombra borrosa de un ni?o sentado, con las manos en las rodillas, la cabeza baja, los hombros tensos.

  Un ni?o que esperaba.

  Syra sintió el tirón en el pecho convertirse en una punzada.

  No porque la imagen lo hiriera.

  Sino porque la reconoció antes de aceptarlo.

  Ese ni?o no lloraba.

  No emitía sonido.

  Solo esperaba.

  Un silencio que pesaba más que cualquier grito.

  Syra dio un paso.

  La sombra levantó apenas la cabeza, lo suficiente para mostrar la curva de un rostro incompleto.

  Y entonces, sin voz, sin labios, sin forma definida, la sombra proyectó una emoción tan nítida que no necesitó sonido:

  “?Por qué te fuiste?”

  El aire se quebró alrededor de Syra.

  No porque la pregunta fuera una acusación.

  Era peor.

  Era una pregunta honesta.

  Una que solo podía nacer de alguien que no sabía que había sido dejado atrás…

  porque nunca entendió por qué.

  Syra tragó aire con esfuerzo.

  La presión en el pecho no era poder ni dolor del Camino.

  Era un recuerdo enterrado tan profundo que había evitado tocarlo incluso cuando las marcas lo tenían al borde de la ruptura.

  La sombra se levantó lentamente, tambaleándose, como si sus piernas no recordaran cómo sostener un cuerpo.

  Era él.

  No era él.

  Era la parte que se quedó quieta cuando Syra empezó a sobrevivir en vez de vivir.

  La voz no llegó al oído.

  Llegó al estómago.

  “No sabía volver solo.”

  Syra cerró los ojos un segundo.

  No para huir.

  Sino porque esa frase…

  esa frase había sido cierta durante demasiado tiempo.

  Abrió los ojos.

  La sombra dio un paso hacia él.

  Inseguro.

  Torpe.

  Tembloroso.

  No buscaba abrazarlo.

  No buscaba atacarlo.

  Solo quería ocupar un lugar que alguna vez fue suyo.

  Syra no retrocedió.

  Pero tampoco avanzó.

  Su respiración marcó el ritmo.

  Una.

  Dos.

  Tres veces.

  Y entonces dijo, con un hilo de voz que apenas existía:

  —Estoy aquí.

  La sombra se detuvo.

  No desapareció.

  No se calmó.

  Pero algo en su postura aflojó, como si por primera vez entendiera que no estaba hablando con un fantasma.

  Una luz suave recorrió el borde de la sala, como si el Camino reconociera el gesto.

  Syra dio un solo paso más.

  El ni?o completó su forma.

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