La sombra cedió…
pero no cayó.
Su forma se mantuvo frente a mí,
temblando como un hilo de luz negra
que aún no sabe si romperse
o volver a tensarse.
El valle se quedó inmóvil.
No había viento.
No había eco.
No había respiración que no fuera la nuestra.
Por un instante, pensé que eso era todo.
Que las palabras habían sido suficientes.
Que aceptar mi propia voz
haría desaparecer al fragmento que había nacido del odio hacia mí mismo.
Pero no.
Ese Syra incompleto dio un paso atrás
y sus bordes se definieron.
No se deshacía.
Se estaba… reformando
Como si mis decisiones fueran instrucciones
y él estuviera obedeciendo.
Ashryel lo sintió antes que yo.
Su luz se tensó,
como si fuera una cuerda a punto de romperse.
—Syra… cuidado —susurró, apenas audible.
La sombra levantó la cabeza.
Y por primera vez desde que había aparecido,
vi sus ojos.
No eran vacíos.
No eran hostiles.
No eran los de Aelian,
ni los de una criatura del valle.
Eran los míos.
O mejor dicho:
los de ese “yo” que vivió creyendo que existir era un crimen.
Y entendí.
No había venido a robarme nada.
No había venido a ocupar mi lugar.
Había venido a ver si yo era capaz de ocuparlo.
—Entonces… —dijo ese Syra—
… quieres vivir en serio.
No era una pregunta.
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Era un reconocimiento.
Una aceptación mínima.
Como si una parte de mí hubiera estado esperando
durante a?os
que yo pronunciara esas palabras.
La sombra abrió la mano.
Solo eso.
Un gesto peque?o.
Frágil.
Incluso torpe.
Pero entendí qué significaba.
No ofrecía su mano.
No pedía ayuda.
No pedía consuelo.
La mostraba vacía.
Neutral.
No invasiva.
No reclamante.
Una mano que decía:
Y por un segundo,
tuve miedo de elegir mal.
No miedo de él.
Miedo de mí.
De aceptar esa parte
y perderme.
De rechazarla
y romperme.
Mi respiración se quebró.
Sentí las marcas en mis brazos arder con intensidad,
como si respondieran directamente al conflicto.
Ashryel dio un paso adelante,
su luz envolviendo mi espalda.
—Syra…
su voz era baja,
como si incluso hablar pudiera lastimarme—
… no tienes que—
—Sí tengo —interrumpí.
No era rudeza.
Era necesidad.
Algo dentro de mí sabía que, si no terminaba este paso,
el valle no me dejaría avanzar.
Miré mi propia sombra de frente.
Y esta vez, no como amenaza.
No como enemigo.
No como un fantasma de Aelian.
No como un recordatorio de mis fallos.
Lo miré como alguien que fue yo
cuando yo mismo no pude serlo.
Y levanté mi mano.
Solo un poco.
Lo suficiente para que él viera el gesto.
Una respuesta peque?a,
tan peque?a como la suya.
Mi mano temblaba.
Pero estaba levantada.
La sombra no sonrió.
No cambió.
No se iluminó.
Solo cerró los ojos.
Y al hacerlo, su forma se deshizo en fragmentos de luz oscura,
como ceniza cayendo en reversa.
No se evaporó:
se replegó hacia mí.
Hacia el centro de mi pecho,
donde había nacido.
Y lo sentí entrar.
Una presión suave.
Un calor extra?o.
Una tristeza antigua.
Una aceptación silenciosa.
No dolió.
No quemó.
No me rompió.
Solo… encajó.
Como una pieza que siempre estuvo fuera de lugar.
Mis marcas dejaron de arder.
Mi cuerpo dejó de temblar.
Mi respiración volvió en un solo golpe,
profunda y tan real
que casi me doblé.
Ashryel tocó mi brazo con su luz,
temblorosa.
—?Syra…?
Levanté la mirada hacia ella.
Sus ojos eran un nudo de alivio y miedo.
—Sigo aquí —dije.
Una frase peque?a.
Pero al pronunciarla,
sentí algo que no había sentido desde el día que desperté en este mundo.
Algo que no era tranquilidad,
ni confianza,
ni alegría.
Era… presencia
El valle pareció inspirar.
Un soplo de aire recorrió el suelo,
frío al principio,
Luego cálido,
Como si reconociera el cambio.
Ashryel me sostuvo con una mano hecha de luz.
Firme.
Viva.
Real.
Y entonces, por primera vez en todo el descenso,
sentí que podía sostenerme sin romperme.
El valle avanzó un paso más.
Nosotros también.

