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Capítulo 28 — Cuando la Luz No Puede Ocultar la Sombra

  El valle se estrechó.

  No físicamente.

  Era otra cosa, más íntima:

  como si el espacio entendiera que había dejado de ser paisaje

  y se hubiera convertido en una sala de juicio.

  La sombra estaba frente a mí.

  Mi reflejo incompleto.

  Mi renuncia hecha forma.

  Entre nosotros, había apenas un suspiro de distancia.

  El tipo de distancia donde uno puede ver

  si el otro está respirando por miedo

  o para intentar mantenerse vivo.

  —Demostrarlo… —repetí en voz baja.

  La sombra no respondió.

  No necesitaba hacerlo.

  Sentía su espera en el aire,

  en la forma en que el valle mismo contuvo cualquier sonido.

  Ashryel se acercó apenas un paso,

  su luz estremecida contra la piedra.

  No habló,

  pero pude sentir el grito contenido detrás del silencio:

  La sombra levantó la mano

  y mi cuerpo reaccionó antes de que pudiera pensarlo.

  Un pulso oscuro atravesó mis marcas,

  las venas ardiendo como si hubieran sido llenadas con fuego líquido.

  No era ataque.

  Era un recordatorio.

  —Yo nací del instante en que decidiste no defenderte —susurró—.

  Del momento exacto en que bajaste la cabeza y aceptaste la culpa que no era tuya.

  Ese Syra… todavía existe.

  Todavía respira aquí.

  Posó un dedo sobre el centro de su propio pecho.

  El punto donde mis latidos se desordenaban.

  —Y no quiero morir solo porque tú cambiaste de opinión.

  No supe qué contestar.

  No porque no hubiera palabras,

  sino porque entendí que ninguna sería suficiente.

  No se trataba de convencerlo.

  Se trataba de aceptar

  que mi sombra tenía miedo de desaparecer

  porque durante a?os había sido la única versión que sabía cómo sobrevivir.

  La sombra dio un paso hacia mí.

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  Lento.

  Tan lento que pude escuchar el roce de su forma contra el aire.

  Mi cuerpo reaccionó con un temblor.

  Ashryel avanzó en un destello de luz.

  Pero la sombra la ignoró.

  La luz pasaba a través de él como si no existiera en el mismo plano.

  —Si quieres vivir como pretendes —dijo—

  entonces dime algo que nunca tuviste el valor de admitir.

  Guardó silencio.

  Y en ese silencio,

  supe lo que iba a pedirme.

  —Dime…

  —inclinó el rostro apenas, para que la pregunta se clavara en mis ojos—

  … ?por qué quieres seguir vivo?

  El valle exhaló.

  Una corriente de aire fría subió desde el suelo.

  Las peque?as grietas en la piedra se expandieron,

  abriéndose como heridas antiguas que habían esperado demasiado tiempo.

  Ashryel tembló.

  Un temblor que no pertenecía a su forma física,

  sino a la angustia que había retenido durante todo el descenso.

  —Syra… —susurró.

  Apenas mi nombre.

  Apenas una súplica.

  La sombra no la escuchó.

  O tal vez sí,

  pero no le importó.

  —Dilo —insistió—.

  No para mí.

  Para ti.

  Un silencio denso cayó sobre mi lengua,

  como si las palabras hubieran sido enterradas hace a?os

  y ahora exigieran ser desenterradas con las manos desnudas.

  Mi respiración se volvió irregular.

  Un recuerdo—

  no, una sensación—

  atravesó mi pecho:

  la certeza de que mi existencia siempre había sido una deuda,

  un exceso,

  un obstáculo.

  Durante un instante,

  mi voz casi se rompe.

  —Quiero vivir… —logré decir—

  … porque ya no quiero desaparecer para que otros estén cómodos.

  El valle resonó como si alguien hubiera golpeado su núcleo.

  La sombra me observó.

  Sin juicio.

  Sin burla.

  Sin amenaza.

  Solo… observó.

  —Otra —ordenó.

  Mi garganta se cerró.

  No por presión externa.

  Por miedo.

  Por miedo real.

  —Quiero vivir…

  —mi voz tembló, pero no se rompió—

  … porque no soy un error.

  La piedra bajo mis pies vibró.

  Las marcas de mi piel ardieron.

  Ashryel apretó los dientes,

  con los ojos llenos de una luz que no sabía contener.

  La sombra dio el último paso.

  Quedó tan cerca que podía ver el borde de su rostro,

  la forma en que imitaba mis gestos,

  mis cicatrices,

  mis temblores.

  —La última —susurró—.

  La que nunca dijiste en voz alta.

  No a mí.

  No a Ashryel.

  Ni siquiera a ti mismo.

  Mi pecho dolió.

  Un dolor que no venía de las marcas,

  ni del valle,

  ni de la sombra.

  Era un dolor de raíz.

  De origen.

  De nacimiento.

  Tragué aire.

  Sentí mis pulso en mis mu?ecas, en mi garganta, en mis costillas.

  Sentí a Ashryel temblar a unos pasos detrás.

  Y sentí la mirada silenciosa del Syra que fui,

  esperando.

  Abrí la boca.

  Las palabras salieron con dificultad,

  como si cada una tuviera un filo.

  —Quiero vivir…

  … porque esta vez…

  … quiero ser yo quien decida quién soy.

  El valle se quebró en luz.

  La sombra se estremeció.

  Su forma tembló,

  como si esas palabras hubieran tocado el punto exacto donde él había nacido.

  Y algo dentro de él —dentro de mí—

  se aflojó.

  No desapareció.

  No explotó.

  No gritó.

  Solo… cedió.

  Como un nudo que, tras a?os de tensión,

  por fin recibe la presión suficiente para empezar a desatarse.

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