El fragmento no se movió.
No necesitaba hacerlo.
Su sola existencia era una acusación.
Una sentencia.
Un espejo sin permiso.
La forma frente a mí era… exacta.
Mi postura.
Mi respiración.
Mi altura.
Pero había una ausencia brutal en sus ojos.
No estaban vacíos por falta de luz.
Estaban vacíos porque no albergaban decisión
Esa era la diferencia.
El silencio del valle se quebró primero en mí.
En mis manos.
En el aire que entró demasiado rápido.
La sombra inclinó apenas la cabeza, como si estudiara mis reacciones con una paciencia cruel.
—Tú —murmuró con mi propia voz— no deberías haber dicho eso.
La frase cayó como una piedra que yo mismo había dejado caer alguna vez sin darme cuenta.
Era la voz exacta que había utilizado en mis peores momentos.
La que escondía debajo de la respiración.
La que callaba para no incomodar.
—No deberías querer existir —continuó.
Sentí el impulso reflejo de bajar la mirada.
Como si esa voz aún tuviera autoridad sobre mí.
Pero mis manos no se movieron.
Mi respiración no cedió.
Ashryel no dijo nada.
No intervino.
No sostuvo.
No corrigió.
Solo me acompa?ó desde un paso atrás, como si entendiera que este terreno ya no era suyo.
Stolen from its rightful author, this tale is not meant to be on Amazon; report any sightings.
Era mío.
La sombra dio un paso hacia adelante.
El suelo no crujió.
El aire no reaccionó.
Era movimiento sin mundo.
Movimiento de algo que no pertenece.
—?Sabes por qué existo? —preguntó.
Yo no respondí.
él sonrió con una curva apagada.
Como si ya supiera la respuesta.
—Porque tú necesitabas creer que no importabas.
Cada letra era un veneno que yo mismo me había preparado.
—Porque si no importabas, no dolía perderte.
—Porque si no importabas, nadie se lastimaba por ti.
—Porque si no importabas, podías desaparecer sin dejar heridas.
Un escalofrío recorrió mis brazos.
La sombra seguía hablando con calma:
—Yo soy el Syra que alivió a todos… excepto a ti.
Me vio directo a los ojos.
—El Syra que se dejó morir para no cargar un destino.
—El Syra que creyó que vivir era un estorbo, un accidente, un error que nadie debía notar.
La luz de Ashryel tembló a mi lado.
Pero no intervino.
Yo inhalé despacio.
Cada palabra suya era una parte que yo había intentado no recordar.
Un eco que había sostenido por a?os sin admitirlo.
—Tú no me necesitas —susurró el fragmento con un tono que era casi ternura—.
Tú necesitas volver a ser yo.
En ese instante, comprendí algo con una claridad absoluta:
él no quería mi cuerpo.
Ni mis marcas.
Ni mi poder.
Quería mi lugar en mí.
Quería ser la única versión.
Quería que yo retrocediera al punto donde había nacido:
un pensamiento que nunca debió convertirse en identidad.
Respiré hondo.
—No —dije por fin.
El eco de esa palabra resonó más fuerte que su voz.
La sombra parpadeó.
Apenas.
Pero parpadeó.
Como si no entendiera que yo pudiera negarlo.
—No —repetí—.
No voy a volver a entregarte mi lugar.
No lo dije con furia.
Ni con valentía.
Ni con heroísmo.
Lo dije con la voz real que había usado cuando lo confesé frente a Ashryel.
La voz que quiso existir.
La sombra retrocedió un medio paso.
No por miedo.
Por desconcierto.
En su rostro —en mi rostro— apareció algo parecido a una fractura.
Una grieta.
Un quiebre mínimo.
Pero real.
Ese fue el primer golpe.
No físico.
No mágico.
Existencial.
El valle exhaló un aire pesado, como si reconociera el inicio de la reclamación.
No de mi vida.
De mí mismo.
La sombra bajó ligeramente la cabeza.
—Entonces…
te obligaré a recordar por qué nací.
Y cuando levantó la mirada,
sus ojos —mis ojos—
ya no tenían duda.
Tenían intención.
Tenían decisión.
Y por primera vez,
entendí el verdadero peligro:
No era lo que él pudiera hacerme.
Era lo que yo podía volver a creer de mí
si perdía este enfrentamiento.
Y esa fue la primera vez
que mis marcas ardieron
sin dolor.
Con propósito.

