home

search

DESPERTAR SANGRIENTO

  Los tres habían caminado durante catorce horas agotadoras desde que dejaron atrás las murallas de Altevia. El sol se había hundido hacía rato, dejando un crepúsculo púrpura que te?ía el bosque como una herida fresca

  . Estaban en los límites entre Zionin —la ciudad de Dios, con sus torres blancas que se divisaban lejanas como dedos acusadores— e Itondia, la ciudad del hierro, donde el aire ya empezaba a oler vagamente a humo de forjas y metal caliente. El bosque que los separaba era un laberinto de pinos altos y raíces traicioneras, con un suelo mullido por hojas muertas que amortiguaba sus pasos pero los hacía sentir como si pisaran sobre tumbas olvidadas.

  Asmodel, con su espada roja balanceándose en la cadera y una sonrisa que no llegaba a los ojos, rompió el silencio primero. Su voz era un ronroneo cínico, pero con un filo de cansancio real.

  —Basta ya, princesita y sabihonda. Llevamos todo el día pisando raíces como idiotas. Faltan al menos dos días para el próximo pueblo, y si salimos del bosque ahora, nos esperan los lobos campestres. Esos bastardos no muerden; te destripan mientras duermes. Armemos un campamento aquí, donde los árboles nos cubran el culo.—

  Ada frunció el ce?o, ajustando la manilla en su mu?eca, pero no discutió. Zaharut, callado como siempre, solo asintió. Su cuerpo dolía en lugares que no sabía que existían: los hombros por el peso de la espada de Igor, los pies por las ampollas, el pecho por esa quemazón constante que no era cansancio físico. Armaron un fuego peque?o con ramas secas, comieron algo de pan duro y carne salada, y se tendieron en el suelo.      Asmodel sobre una manta raída, Ada envuelta en su capa con un libro abierto que apenas miró. Zaharut se acurrucó contra un tronco, los ojos fijos en las llamas danzantes hasta que el agotamiento lo arrastró al sue?o.

  El sue?o no fue un refugio. Fue una invasión.

  Al principio, solo sensaciones vagas: un miedo sordo que le apretaba el estómago como una garra fría, confusión que nublaba sus pensamientos como niebla espesa, y una curiosidad traicionera que lo impulsaba a mirar más profundo, a pesar del terror.

  Luego, las visiones se aclararon. Zaharut flotaba en un vacío rojo sangre, como si estuviera dentro de una vena gigante que latía con vida propia. Ante él, figuras emergían de la oscuridad. Se decían demonios.

  —lo gritaban en voces que resonaban como truenos lejanos—, pero no parecían los monstruos de las historias que Beleth le contaba. Vestían con elegancia siniestra: túnicas de seda negra bordadas con hilos de oro que brillaban como venas de fuego, capas con capuchas que ocultaban rostros angulosos y cuernos pulidos como joyas. Algunos se arrodillaban ante él, las manos extendidas en reverencia, sus ojos amarillos brillando con devoción fanática.

  —Príncipe —susurraban unos, la palabra como una caricia venenosa—. Nuestro príncipe ha regresado.—

  —Amado Sheel —decían otros, el nombre completo que solo Beleth usaba, pero aquí pronunciado con una intimidad que le ponía la piel de gallina, como si supieran secretos que él mismo ignoraba.

  Y luego, los más intensos: —La salvación del Infierno —proclamaban, alzando los brazos como en una oración profana, sus voces un coro que vibraba en sus huesos—. Tú nos liberarás del olvido, hijo del Caído.

  Pero no todos eran leales. En los bordes del vacío, sombras más oscuras se agitaban, ojos rojos que lo miraban con odio puro. Murmuraban maldiciones, prometiendo muerte: —Hijo del traidor… tu herencia nos destruirá a todos.

  De repente, fragmentos de un ser mayor irrumpieron en la visión. No era una figura completa; eran pedazos: una mano con garras que se extendía hacia él, un ojo violeta que lo perforaba, una risa que resonaba en su cráneo.               —Soy tú—, decía el ser, la voz idéntica a la que lo atormentaba despierto, pero más profunda, más posesiva.                           —Soy la parte que siempre has negado. únete a mí—.

  Zaharut sintió cómo su cuerpo                         —en el sue?o, pero tan real como si estuviera despierto— empezaba a retorcerse. Los huesos crujían como ramas secas partiéndose, un dolor agudo que le subía por la espina dorsal como fuego líquido. La piel ardía, como si miles de agujas al rojo vivo la perforaran desde dentro, quemando, expandiéndose. Sus músculos se tensaban y rasgaban, un calor infernal que lo hacía gritar en silencio, el cuerpo contorsionándose en formas que no eran humanas: alas que intentaban brotar, cuernos que pinchaban bajo el cráneo. Era un nacimiento violento, una metamorfosis que dolía tanto como liberaba, y en medio del caos, esa curiosidad maldita lo hacía preguntarse: ?y si esto es lo que soy de verdad?

  Zaharut despertó con un jadeo ahogado, el corazón latiéndole como un tambor de guerra. El bosque estaba oscuro, el fuego reducido a brasas rojas.               Pero no estaba solo en el silencio. Asmodel estaba de pie a unos metros, sujetándose el brazo izquierdo con una mueca de dolor; sangre oscura goteaba entre sus dedos, manchando la nieve del suelo.

  Ada, ya erguida, extendía las manos con un gesto rápido, murmurando palabras antiguas que sonaban como cristales rompiéndose.                  —?Cristales de Esmeralda!—, gritó ella, y de la nada brotaron proyectiles verdes, afilados como cuchillas de jade, que volaron hacia las sombras entre los árboles.

  Los cristales impactaron con un chasquido húmedo, cortando carne y tela.      Dos figuras emergieron de la oscuridad, tambaleándose pero no cayendo. Eran humanoides altos, con piel gris ceniza que brillaba bajo la luna, cuernos curvados como guada?as pulidas, y ropa elegante: trajes ajustados de terciopelo negro con bordados plateados que contrastaban con su ferocidad.

  Las heridas de los cristales —cortes profundos en torsos y brazos— sangraban un icor negro, pero ya se cerraban, la carne tejiéndose sola con un brillo rojizo, regenerándose ante sus ojos

  El bosque dormía, pero no en paz.

  Asmodel abrió los ojos sin saber por qué. No hubo ruido. No hubo crujido de ramas. Solo esa sensación… esa presión en la nuca. Como si alguien respirara demasiado cerca.

  Giró lentamente.

  Dos figuras inclinadas sobre Zaharut.

  Una de ellas, alta y delgada, con piel oscura como humo solidificado, extendía una lengua afilada sobre el cuello del muchacho dormido.

  —Su esencia me es familiar…—

  No terminó la frase.

  Asmodel ya estaba en movimiento.

  Se levantó con la espada desenvainada y giró el torso en una estocada descendente, la hoja viajando desde detrás de su nuca hacia el cuello del demonio en un corte limpio, preciso, entrenado.

  El filo silbó. Pero el impacto nunca llegó. El segundo demonio apareció frente a él con una velocidad antinatural. Una sola cachetada.                    Seca.

  El golpe lo lanzó contra un árbol.

  Durante un segundo, mientras la sangre le sabía a hierro en la boca, pensó absurdamente en Ada. En aquella bofetada de horas atrás.

  Esta dolía más. Se incorporó sin quejarse. Escupió rojo. Ajustó el agarre.

  El demonio que lo enfrentaba no sonreía. Solo lo observaba… Y entonces comenzaron.

  El demonio avanzó con zarpazos rectos, sin técnica humana, pero con fuerza brutal. Asmodel retrocedió un paso, dos, girando sobre el talón, desviando el primer golpe con el plano de la espada. El impacto vibró hasta sus hombros.

  Un segundo zarpazo descendió. Asmodel se agachó y rodó bajo el brazo extendido, cortando al pasar.

  La hoja abrió carne, oscura, profunda.                     El demonio siseó, no de dolor, sino de sorpresa.

  Asmodel giró, buscó el cuello otra vez, pero la criatura ya había aprendido su ritmo. Se inclinó hacia atrás en un ángulo imposible y lanzó una patada que obligó al humano a cubrirse.

  Chispa contra metal.                           Retrocedieron ambos. Se midieron por unos segundos.

  El demonio atacó con una ráfaga de golpes rápidos, casi elegantes ahora, adaptándose. Asmodel bloqueó tres, desvió dos, dejó que uno rozara su chaqueta para no perder equilibrio. El suelo bajo sus pies se llenaba de hojas trituradas.

  Era una pelea sin sangre decisiva, pero cada choque se sentía definitivo.

  Asmodel respiraba con control forzado. No podía permitir un error.

  Entonces vio la apertura. Un giro amplio. Demasiado amplio.            Avanzó con todo el peso del cuerpo y descargó un tajo horizontal que atravesó el brazo del demonio desde el bíceps hasta el antebrazo.                   La herida fue profunda.El miembro colgó apenas sostenido por carne oscura.

  Asmodel no celebró… Observó.

  El demonio bajó la vista hacia su propio brazo… y sonrió.

  Una energía oscura brotó desde su pecho, envolvió la herida, la absorbió. La carne se cerró como agua tragando una piedra.

  Intacto.

  —Eres bueno luchando, humano—.

  Asmodel no respondió.

  En su mente ya no había orgullo.

  Solo cálculo.

  Un estallido húmedo cortó la tensión.

  Un chorro violento de agua comprimida impactó contra el demonio que aún se inclinaba sobre Zaharut, lanzándolo varios metros atrás. El suelo se empapó de inmediato.

  Ada estaba de pie.                          Descalza. Ojos despiertos de golpe. Vio la escena completa en un segundo.

  Asmodel frente a uno. El otro reincorporándose.                 Zaharut inconsciente entre ambos.

  Se acercó al ladrón.

  —?Son demonios?—

  él asintió sin apartar la vista del enemigo.

  —Tenemos que huir—.

  Ella negó.

  —No—.

  La incredulidad se mezcló con rabia.

  —Acabo de cortarle el brazo a uno de esos desgraciados y se regeneró como si nada. Yo no voy a luchar así—.

  —Pues vete solo. Yo no dejaré a Zaharut aquí—. El aire entre ellos se tensó más que la pelea.

  —?Estás loca, maldita mujer? Apenas lo conoces y ya estás enamorada de él—.

  La respuesta fue inmediata, afilada.

  —No estoy enamorada. Lo necesito para cumplir mi objetivo. ?Sabes lo que se siente el rechazo acaso, idiota?—

  Asmodel iba a contestar.

  No pudo.

  Un impacto lateral lo sacudió. El demonio había reaparecido. Una garra le atravesó el antebrazo, abriendo piel. Y brotó sangre. Sangre real.               El dolor fue claro. Directo. Asmodel apretó los dientes mientras retrocedía.

  Ada dio un paso al frente.

  El aire a su alrededor comenzó a vibrar con humedad condensándose.

  Los demonios ya no sonreían, ahora ambos observaban a los humanos como algo más que presas.

  El bosque dejó de ser escenario.                         Se convirtió en campo de guerra

  El sue?o se rompió como un cristal golpeado. Zaharut abrió los ojos y lo primero que registró no fue la luz, sino el sonido del acero chocando contra garras. Se levantó de un salto, con el corazón martilleando sus costillas, para ver a Ada y Asmodel acorralados. Los dos demonios, seres de piel cenicienta y ojos como brasas, se lanzaron en un ataque final, buscando silenciar a los humanos de una vez por todas.

  Zaharut no pensó. Sus dedos se cerraron sobre la empu?adura de la espada de Igor y, en un parpadeo, se interpuso entre el tajo de una garra y el pecho de Asmodel. El impacto hizo vibrar sus huesos, pero logró desviar el ataque. Sin embargo, en el otro extremo, el caos reinaba: Ada intentó lanzar un contrahechizo, pero el segundo demonio fue más rápido. Un rasgu?o profundo marcó su pierna y, antes de que pudiera retroceder, una mano garras le rodeó el cuello, levantándola como a una mu?eca de trapo.

  —?Ada! —el grito de Zaharut murió en su garganta al ver el rostro de la chica palidecer.

  Asmodel, que hasta ese segundo solo buscaba una ruta de escape, se quedó inmóvil. Miró la espalda de Zaharut, el chico que acababa de salvarle la vida sin dudarlo. Algo en el cinismo del ladrón se quebró. Ya no era una cuestión de dinero o supervivencia; era deuda. Sus ojos recorrieron el lugar, buscando una apertura, un hilo del cual tirar para liberar a la maga.

  —Tú, chico... me eres familiar —gru?ó el demonio que sujetaba a Ada, ladeando la cabeza con una curiosidad enferma—. ?Quién eres?

  This story is posted elsewhere by the author. Help them out by reading the authentic version.

  —Si les soy conocido... —Zaharut apretó la espada, el miedo subiendo por su piel como hormigas de fuego—, ?quiere decir que en el Infierno saben quién soy?

  —Tienes rasgos muy similares a los del traidor... Lucifer.

  El nombre cayó como una maza de plomo. El silencio que siguió fue sepulcral.

  —?Traidor? —logró gemir Ada entre dientes, luchando por aire.

  —Lucifer traicionó al Infierno —escupió el otro demonio con un odio que hacía hervir el aire—. Se unió al Cielo y nos dejó a nuestra suerte. Nos abandonó en el abismo.

  Zaharut sintió que el mundo se tambaleaba. ?Hijo de un traidor? ?Su padre no era el Rey de las Sombras, sino un desertor?

  —Yo soy su hijo... ?Por qué él haría algo así? —preguntó, más para sí mismo que para los monstruos.

  —?Maldito pedazo de mierda! —rugió el demonio frente a él, perdiendo la paciencia—. ?Hijo de un traidor! ?Porquería!

  El ataque fue una lluvia de zarpazos. Zaharut apenas podía cubrirse con el acero de Igor, sintiendo cómo el metal cedía y los cortes empezaban a abrirse en sus brazos. Pero entonces, una sombra roja cruzó el campo de visión. Asmodel, en un movimiento directo y preciso, lanzó un tajo limpio que cercenó el brazo del demonio. La extremidad cayó al suelo, pero esta vez, la herida no se cerró.

  —Así que solo pueden regenerar heridas leves, ?eh? —Ada, aprovechando la distracción, gritó con la voz rota—. ?Asmodel, lanza un tajo hacia aquí!

  Ada abrió sus brazos y un aura blanca la rodeó como un capullo. Asmodel no preguntó; por instinto puro, lanzó un tajo cargado con el encantamiento de fuego que Ada acababa de imbuir en su espada. Una ola de llamas devoró el espacio entre ellos. El demonio que sujetaba a Ada recibió el impacto de lleno, rugiendo mientras su carne se carbonizaba.

  —Encantamiento y protección —exclamó Ada, aunque su escudo se desvaneció y el demonio, enfurecido y humeante, la lanzó contra un árbol con una fuerza brutal.

  Ambos, Ada y Asmodel, terminaron en el suelo, heridos y sin aliento. Los dos demonios, ahora con los cuerpos marcados por el fuego y el acero, se giraron simultáneamente hacia ellos para dar el golpe final.

  Zaharut sintió que el "Desequilibrio" ara?aba su mente, ofreciéndole una salida.

  —No los mates... no los mates... —susurraba Zaharut, lanzándose al 2 contra 1 con una desesperación ciega. Intentaba golpear con el plano de la espada, frenando la sed de sangre que le dictaba su herencia.

  Fue su error.

  Uno de los demonios, aprovechando su duda, le arrebató la espada de un golpe seco. El otro, con una sonrisa cruel, lanzó un zarpazo que le cruzó el pecho, desgarrando tela y piel. El dolor fue tan agudo que la mente de Zaharut se quedó en blanco. Se quedó de pie, mirando al horizonte con los ojos vacíos, mientras los golpes de los demonios llovían sobre él una y otra vez, rompiéndolo, hasta que el silencio interno fue lo único que quedó.

  El bosque se convirtió en un matadero unilateral.

  Ada y Asmodel, heridos y cubiertos de polvo, observaban con una impotencia que les quemaba la garganta.                            Zaharut ya no parecía un guerrero; era un saco de boxeo de carne y hueso. Los demonios, deleitándose en su superioridad, lo lanzaban contra los árboles con una fuerza que hacía crujir la madera y los huesos por igual. Tras un último impacto brutal que lo hundió en la maleza espesa, el silencio se apoderó de la zona.

  Zaharut no emergió.

  —Lo siento, Asmodel… —susurró Ada, con la voz quebrada y la vista nublada—. Debí hacerte caso. Esto está fuera de nuestras manos.

  Asmodel, apretando los dientes hasta que las encías le sangraron, sintió un fuego distinto encenderse en su pecho. La derrota no le sentaba bien.

  —Oye, bruja —gru?ó, apoyándose en su espada roja para ponerse en pie—. Necesito que los distraigas y vuelvas a encantar mi acero. Acabaremos con esos cerdos o moriremos intentándolo.

  Ada lo miró de reojo, forzando una sonrisa pálida entre el dolor. —Está bien… pero solo tienes una oportunidad. Estoy vacía.

  Mientras afuera el aire se cargaba de magia desesperada, dentro de la mente de Zaharut, el caos era absoluto. El espacio mental estaba te?ido de un violeta corrosivo.

  —?Maldito mocoso! —rugió la voz del Desequilibrio, cuya silueta vibraba con una furia incontrolable—. ?Nos están matando! ?Crees que yo no siento el dolor, acaso, imbécil? Debemos salvar a tus amigos de mierda… y a ti de paso.

  Zaharut, arrodillado en ese vacío, mantuvo la cabeza baja. La sangre de su cuerpo físico parecía filtrarse en su psique. —No son mis amigos… —murmuró con voz hueca.

  —Sí, ajá. Y yo soy un ángel enviado por Dios —escupió la entidad con un cinismo venenoso—. ?Déjate de estupideces!

  Zaharut apretó los pu?os. Sabía que mentía.                    Sabía que ver a Igor morir le había quitado todo, y no podía permitir que estos dos —su única opción, su único vínculo con la cordura— terminaran igual. —Son mi camino a Abyssia —dijo finalmente, con una frialdad nueva—. Sálvalos. Mata a esos demonios. Sin piedad.

  Un pacto de sangre se selló en el silencio de su mente.

  Afuera, la realidad se desmoronaba. Ada lanzó un último hechizo elemental, una espiral de fuego que rugió hacia los demonios. Las bestias saltaron, esquivando las llamas con risas guturales, y se abalanzaron sobre ella. Era la trampa de Asmodel. El ladrón surgió desde un flanco, su espada roja envuelta en un fulgor mágico, apuntando directamente a las yugulares de ambos monstruos.

  Pero la velocidad de los demonios era inhumana. Uno de ellos giró en el aire, conectando un golpe seco en el estómago de Asmodel que detuvo su impulso y lo lanzó contra una roca. El joven quedó inmóvil, con la espada cayendo de sus manos inertes.

  El segundo demonio atrapó a Ada por el cuello, levantándola de nuevo. Esta vez no buscaba matarla rápido. Empezó a lamer la sangre que corría por el cuello de la maga con una lengua bífida, golpeando su rostro con la mano libre y apretando la tráquea con una crueldad lenta, disfrutando de los espasmos de terror en los ojos de la chica

  —Mira qué frágil es la carne mortal —se burló, su voz suave como seda rasgada—. ?Esto es lo que protege al príncipe? Patético.

  Asmodel, apoyado contra una roca cercana, intentaba levantarse. La herida en su brazo sangraba sin parar, pero el verdadero dolor era el terror que le recorría la espina dorsal. No podía moverse. Solo podía mirar.

  Entonces, un estruendo sacudió el bosque.

  No fue un trueno. Fue un latido. Un sonido seco, profundo, como si el suelo mismo hubiera inhalado y luego escupido violencia. Del polvo y las sombras entre los árboles emergió un aura violeta que se expandió como una onda de choque, aturdiendo los oídos de Ada y Asmodel. El demonio que sujetaba a Ada giró la cabeza, confundido.

  Y entonces apareció Zaharut.

  No era majestuoso. No era imponente ni glorioso.

  Era grotesco.

  Su chaqueta estaba hecha jirones, colgando en pedazos como piel muerta. Solo quedaba la camisa azul debajo, rasgada en el pecho y los brazos, revelando músculos que se movían de forma antinatural, hinchados y tensos como si la carne luchara por contener algo más grande. Sus ojos eran pozos violetas sin pupila, brillando con una luz que dolía mirar. De su espalda brotaban protuberancias membranosas que no llegaban a ser alas completas, solo jirones de carne oscura que se retorcían como gusanos vivos. Sus manos terminaban en garras curvas, negras como obsidiana, goteando icor.

  Corrió en cuatro patas.

  No como un hombre. Como un depredador.

  El demonio que sujetaba a Ada apenas tuvo tiempo de soltarla antes de que Zaharut saltara. Con un rugido que no era humano —un sonido que mezclaba grito y risa—, agarró ambos brazos del demonio y tiró. No hubo esfuerzo visible. Solo fuerza bruta. Los brazos se arrancaron con un chasquido húmedo y un chorro de icor negro que salpicó la nieve. El demonio gritó tan fuerte que sonó como una campana de iglesia rota, el eco rebotando entre los árboles.

  El segundo demonio reaccionó por instinto. Se lanzó hacia Zaharut con una daga de hueso curvado. Pero Zaharut ya estaba girando. Su pu?o derecho atravesó el pecho del atacante como si fuera mantequilla, los nudillos saliendo por la espalda con el corazón latiendo aún entre sus dedos. Lo miró un segundo —los ojos violetas fijos en los del demonio—, y luego apretó. El corazón reventó en una explosión de icor y carne. Con la misma mano ensangrentada, le dio un golpe ascendente en la cara. El cráneo se hundió. Un ojo saltó de la órbita, colgando de un nervio como una perla grotesca.

  Ada, de rodillas a pocos metros, se sujetaba el cuello magullado. Tosía, respiraba con dificultad, pero no podía apartar la vista. Asombro y terror se mezclaban en su rostro. Veía la sonrisa en la cara de Zaharut —una sonrisa torcida, desquiciada, que no pertenecía al chico que conocía—. Era la sonrisa de alguien que acababa de descubrir que matar se sentía bien.

  Asmodel, aún contra la roca, temblaba. Sus dientes casta?eteaban. Gritó con voz quebrada:

  —?Aléjate de ahí, bruja!

  Ada reaccionó por instinto. Se arrastró hacia atrás, sin dejar de mirar.

  Zaharut se acercó al primer demonio —el que ya no tenía brazos, arrodillado en un charco de su propia sangre negra—. Se inclinó lentamente, hasta que sus rostros casi se tocaron.

  —Salúdame a mi padre de mi parte —dijo con una voz que era dos: la de Zaharut, ronca y joven, y otra más profunda, más antigua, que vibraba debajo como un eco del Infierno.

  Agarró la cabeza con ambas manos. Tiró.

  El cuello se partió con un sonido seco, como si rompiera una hoja de papel grueso. Los huesos de la garganta quedaron colgando de la cabeza cercenada como raíces rotas. Zaharut soltó una risa desquiciada —alta, entrecortada, maníaca— que hizo que los árboles parecieran inclinarse.

  Dentro de su cabeza, el verdadero Zaharut no reía.

  Escuchaba gritos. Gritos de dolor que no eran suyos, pero que resonaban en su cráneo como si lo fueran. Cada grito era un clavo que se clavaba más profundo. Y lo peor —lo que lo aterrorizaba más que nada— era que una parte de él empezaba a disfrutarlos. El calor en su pecho ya no quemaba de dolor; quemaba de placer. Una euforia oscura, adictiva, que lo hacía querer más.

  Intentó rechazarla. Gritó en silencio dentro de su mente: No. No soy esto. No quiero esto.

  Pero el cuerpo no obedecía.

  De repente, todo cesó.

  El aura violeta se replegó como si alguien hubiera cerrado una puerta. Las garras se retrajeron. Las protuberancias de la espalda se marchitaron. Zaharut cayó de rodillas, luego de bruces sobre la nieve manchada de icor y sangre. Inconsciente. Inmóvil.

  El bosque quedó en silencio absoluto.

  Ada y Asmodel no se movieron. No se acercaron.

  Asmodel seguía temblando, la mano en la herida del brazo, los ojos fijos en el cuerpo tendido.

  Ada, aún de rodillas, se tocó el cuello magullado y miró a Zaharut como si viera algo que no podía comprender del todo.

  Ninguno de los dos dijo una palabra.

  Solo el viento silbaba entre los árboles, llevando consigo el olor metálico de la muerte.

  El bosque olía a hierro.

  No a sangre solamente.

  A hierro caliente.

  A algo que había sido abierto y no debía abrirse.

  Zaharut parpadeó.

  Sus manos estaban manchadas. Oscuras. Espesas. Frente a él, uno de los demonios yacía con los brazos mutilados, el torso desgarrado como si una bestia lo hubiese atravesado desde dentro. El otro no tenía rostro reconocible.

  El silencio era peor que el combate.

  Le tomó varios segundos recordar dónde estaba.

  Luego vio sus miradas.

  Ada y Asmodel no gritaban. No corrían. No lloraban.

  Solo lo miraban.

  Y en sus ojos había algo que no había visto antes.

  Miedo real.

  Zaharut se incorporó lentamente. Sus botas hundiéndose en el charco rojo.

  No intentó limpiarse.

  —Perdón.

  Su voz no tembló.

  —No por matarlos… —bajó la vista hacia los cuerpos— sino porque… llegué a sentir placer al hacerlo.

  Tragó saliva.

  —Entiendo si prefieren irse. Sería lo mejor para ustedes.

  El viento movió las hojas. Nadie respondió de inmediato.

  Ada y Asmodel se miraron.

  No fue una mirada breve. Fue una conversación muda.

  Asmodel bajó la espada, pero no la guardó.

  Ada dio un paso adelante… y se detuvo a medio camino.

  Lo observó con una mezcla de análisis y algo más difícil de nombrar.

  —No me iré.

  Zaharut levantó la vista.

  —Sí me dio miedo. —su voz fue clara, sin adornos— Sí eres peligroso. Lo que hiciste… no fue humano.

  Silencio.

  —Pero eres mi camino hacia mi destino. Y necesitas controlar ese poder. Podemos ayudarte.

  Asmodel soltó una risa corta, sin humor.

  —Ayudarte… —murmuró, como probando la palabra.

  Clavó la espada en la tierra y se acercó un poco, aunque no demasiado.

  —Mira, príncipe. Puede que seas sádico. Puede que ma?ana despiertes y decidas arrancarnos la cabeza. —Se encogió de hombros con falsa ligereza— Pero no me salvaste una vez, sino dos. Y eso… eso no lo ignoro.

  Se cruzó de brazos, aunque el antebrazo herido lo hizo tensarse apenas.

  —Créeme que no me iré hasta salvarte a ti o ayudarte a llegar a Abyssia.

  El nombre flotó pesado entre ellos.

  Zaharut los miró como si no entendiera lo que estaba escuchando.

  Las lágrimas comenzaron a caer sin que él hiciera ruido.

  No eran dramáticas.

  Eran inevitables.

  —Voy a evitar estas cosas —susurró—. Voy a usar mi poder solo para protegerlos. Porque han sido los únicos seres que no me ven como un bicho raro.

  Ada no respondió.

  Pero su mirada se perdió por unos segundos. No lo veía a él.

  Veía otra cosa. Otro recuerdo. Otro rechazo.

  Asmodel rompió la tensión.

  —Bueno… sin más, deberíamos descansar.

  Intentó sonar normal.

  No lo logró del todo.

  Ada reaccionó como si volviera de muy lejos.

  —Si me dejan descansar un poco… puedo curar sus heridas. No por completo, pero al menos cerrarlas.

  Asmodel se sentó sin discutir.

  Zaharut asintió.

  —Gracias.

  No solo a ellos.

  También a esa otra presencia dentro suyo que ahora estaba extra?amente silenciosa.

  Mientras Ada preparaba un peque?o círculo húmedo sobre la tierra, concentrando agua en sus manos, Asmodel habló sin mirarlo directamente.

  —Cuando te transformaste… tus ojos no eran violetas.

  Zaharut no respondió.

  —Eran negros. Como si no hubiera nada detrás.

  Ada agregó en voz baja:

  —Y tu sombra no se movía contigo.

  El silencio volvió.

  Zaharut apretó los pu?os.

  —No recuerdo todo.

  —Nos dimos cuenta —dijo Asmodel.

  No había burla en su tono.

  Solo verdad.

  Ada terminó de envolver el brazo herido del ladrón con agua compactada que cerró la piel lentamente.

  Luego miró a Zaharut.

  —Si vuelves a perder el control… —su voz fue firme— ?podrías distinguirnos?

  Esa pregunta dolió más que cualquier acusación.

  Zaharut tardó en contestar.

  —No lo sé.

  Asmodel soltó el aire por la nariz.

  —Eso es lo que me preocupa.

  Se levantó, caminó unos pasos, luego volvió a mirarlo.

  —No es que queramos irnos. Es que… —buscó las palabras— no sabemos si sobreviviríamos a tu próximo error.

  Ada no lo contradijo.

  Eso fue peor.

  Zaharut bajó la cabeza.

  —Si alguna vez sienten que pierdo el control… huyan.

  —No —dijo Ada.

  —Sí.

  —No —repitió, más bajo—. Si huimos, mueres solo.

  Esa frase quedó suspendida.

  Asmodel se pasó la mano por el cabello.

  —No confío en ti todavía.

  Directo.

  —Confío en lo que vi antes de que cambiaras. En el chico que dudaba. En el que temblaba.

  Miró los cadáveres.

  —Pero eso… eso no es un chico.

  Zaharut sintió el peso de esas palabras, No discutió. No podía.

  Prepararon un peque?o campamento no muy lejos, pero tampoco cerca.

  Ada y Asmodel se acomodaron juntos, espalda con espalda, como si sin decirlo hubieran decidido vigilar turnándose.

  Zaharut se quedó a varios metros… Solo.                    Escuchaba susurros bajos entre ellos. No distinguía palabras, pero entendía el tono, era un miedo contenido, cálculo, precaución.

  En algún momento, Ada miró hacia él.

  Sus ojos no eran hostiles, eran cautelosos.                                       Asmodel mantuvo la espada apoyada a su lado incluso mientras cerraba los ojos. Ese gesto dijo más que cualquier frase.

  Zaharut abrazó sus rodillas. La noche siguió avanzando, había prometido protegerlos, Pero por primera vez entendió algo peor, ellos no temían a los demonios. Lo temían a él. Y aun así… se habían quedado.

Recommended Popular Novels