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EL PRIMER ENCUENTRO

  El camino hacia la ciudad principal de Altevia se sentía como una herida abierta. Zaharut había evitado los senderos principales, arrastrando las botas por la maleza y el barro, lejos de las miradas que podrían reconocer en su rostro el rastro del parricida.

  Pero el aislamiento era una trampa. Sin el ruido del mundo, el silencio de la naturaleza se llenaba con el eco de la madera crujiendo y el grito ahogado de Igor. El olor a pino del bosque se transformaba, en su mente, en el aroma espeso y ferroso de la sangre estancada. Cada vez que parpadeaba, volvía a ver el hueco en el pecho de su padre, bordes negros y carne expuesta, una obra de arte macabra esculpida por sus propias manos.

  Se detuvo frente a un charco, con la intención de lavarse la cara, pero retrocedió al ver sus manos. Estaban limpias de piel, pero para él seguían goteando un carmesí invisible que no se iba con agua.

  —Zaharut... —susurró una voz.

  No venía del viento, ni de los árboles. Vibraba directamente en la base de su cráneo, fría como un clavo de hielo. Zaharut se tensó, apretando los dientes hasta que le dolió la mandíbula.

  —?Qué mierda quieres? —masculló entre dientes, mirando a la nada con los ojos inyectados en odio—. ?Y qué se supone que eres?

  Una risa seca, carente de cualquier rastro de humanidad, resonó en su mente.

  —Solo quiero ayudarte a ser tú mismo, peque?o príncipe —respondió la voz con una suavidad que ponía los pelos de punta—. Míranos como una unidad. Yo soy tu desequilibrio. Esa parte de ti que no necesita pedir permiso para existir. Seré el mejor amigo que jamás tendrás.

  Zaharut sintió un escalofrío. El tono era cínico, casi burlón, como si un depredador intentara consolar a su presa antes de devorarla. Podía sentir el hambre de esa entidad, una sed de caos que buscaba desbordarse por sus poros y reducir el mundo a cenizas.

  —No eres mi amigo. Eres un parásito —sentenció Zaharut, reanudando la marcha con pasos violentos—. No te dejaré tomar el control. No vas a salir. No dejaré que nadie más me vea como el monstruo en el que me convertiste.

  —El control es una ilusión, Zaharut —replicó la voz, desvaneciéndose en un susurro divertido—. Tarde o temprano, el hambre siempre gana.

  Zaharut no respondió. Se cubrió las manos con los jirones de su capa y aceleró el paso. A lo lejos, las luces de la ciudad de Altevia empezaban a parpadear como estrellas caídas. Buscaba un rincón donde el ruido de la gente fuera más fuerte que la voz en su cabeza, sin saber que se dirigía directamente al lugar donde su aura atraería a su primera perseguidora.

  El amanecer apenas comenzaba a deste?ir la noche cuando Zaharut caminaba por el sendero que llevaba al bosque. La neblina flotaba baja, cubriendo las raíces y las piedras como si quisiera ocultar algo bajo la tierra.

  él no miraba el paisaje. Caminaba con la cabeza inclinada, los labios moviéndose apenas, como si repasara pensamientos en silencio.

  Pero no estaba en silencio.

  La voz fluía dentro de él con una naturalidad inquietante, como si siempre hubiera estado allí, esperando conversación. No era un susurro lejano; era presencia. Opinaba. Cuestionaba. Insinuaba.

  Y Zaharut respondía. No gritaba. No discutía con violencia. Pero hablaba. En voz baja. Con frases entrecortadas. Como alguien que intenta justificarse ante un interlocutor invisible.

  Sus pasos se volvieron más lentos cuando la voz se?aló sus dudas, sus miedos, su huida constante de cualquier contacto humano. Zaharut negó con la cabeza, murmuró algo, defendiendo su prudencia, su distancia.

  No notó las figuras que avanzaban por el camino contrario hasta que ya estaban demasiado cerca.

  Eran le?adores. Hombres robustos, con hachas al hombro y manos curtidas por a?os de trabajo. Rieron entre ellos al principio, pero la risa se apagó cuando escucharon las palabras sueltas escapando de la boca del muchacho.

  Se miraron. Uno de ellos dio un paso al frente, con gesto preocupado.

  Zaharut levantó la vista. Y al verlos… el mundo pareció contraerse. Sus ojos se abrieron con un asombro que no era solo sorpresa. Era terror. El recuerdo no fue visual. Fue físico. El peso del cuerpo cayendo.

  La sangre caliente.

  El instante en que perdió el control. Un escalofrío le recorrió la espalda con tal fuerza que sus dedos se tensaron de inmediato. Sintió el calor latente bajo la piel, esa chispa que solo necesitaba provocación para encenderse.

  No. El miedo no era a ellos. Era a sí mismo.

  ?Qué pasaría si uno de esos hombres levantaba la voz?

  ?Si lo tocaban?

  ?Si lo sujetaban por el hombro?

  Su respiración se aceleró. El corazón golpeó contra su pecho como si quisiera romper las costillas.

  Los le?adores hablaron entre sí, confundidos por la expresión del joven. Uno extendió la mano con cautela.

  Zaharut retrocedió un paso.

  Luego otro.

  Y entonces giró sobre sus talones y echó a correr sin decir una sola palabra. El sonido de sus botas contra la tierra fue lo único que dejó atrás.

  Los hombres permanecieron inmóviles, intercambiando miradas desconcertadas, incapaces de comprender qué había ocurrido.

  Cuando la distancia fue suficiente, Zaharut se detuvo. Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en las rodillas, intentando recuperar el aliento.

  —Cobarde.— La voz no sonó molesta. Sonó analítica.

  —Huir no es la solución.—

  Zaharut cerró los ojos con fuerza.

  El silencio posterior fue breve.

  —Cuando llegues a la ciudad, tendrás que hablar. Preguntar. Tratar con personas. Con seres vivos.—

  Las palabras no eran amenaza. Eran realidad.

  —?Qué harás entonces?—

  El muchacho apretó los pu?os.

  —Dejaré el miedo de lado —murmuró, esta vez consciente de que hablaba en voz alta—. Allí no me conocen. Puedo hablar sin temor.

  Lo dijo como si intentara convencerse.

  Retomó el camino.

  El bosque comenzó a dispersarse, y pronto el sendero se abrió hacia un horizonte distinto. La ciudad principal de Altevia se alzaba ante él, enorme y vistosa bajo la luz creciente del sol.

  No era la aldea silenciosa que había dejado atrás.

  Grandes casas de piedra con balcones amplios dominaban las calles. Las avenidas eran anchas, dise?adas para carruajes y multitudes. Puestos de mercado se alineaban ordenadamente, exhibiendo frutas brillantes, telas coloridas, herramientas, especias, todo imaginable.

  El aire estaba lleno de voces.

  Risas.

  Saludos cordiales entre comerciantes y vecinos.

  Era un lugar vivo.

  Zaharut se detuvo en la entrada, observando el flujo constante de personas que entraban y salían con naturalidad.

  Aquí, se dijo.

  Aquí podré actuar normal.

  Y dio el primer paso hacia la ciudad.

  La puerta de la taberna se abrió con un gemido de bisagras oxidadas, dejando entrar una ráfaga de nieve que se derritió al instante sobre el suelo de madera astillada.

  Zaharut entró encorvado, con la capucha del abrigo empapada y las manos hundidas en los bolsillos como si quisiera esconderlas del mundo entero. Su único objetivo era claro y simple: comprar pan duro, una botella de vino barato y preguntar —con la menor cantidad de palabras posible— cómo demonios se llegaba a Abyssia desde aquí. Nada más. Nada de conversaciones. Nada de miradas prolongadas.

  Pero al cruzar el umbral, el olor lo golpeó como una bofetada inesperada.

  Contra todo pronóstico, no era solo el hedor habitual de taberna: alcohol rancio, sudor viejo, humo de pipa y le?a quemada. Había algo más. Algo cálido, casi reconfortante. Pan recién horneado mezclado con especias dulces, un toque de perfume barato de jazmín que alguna prostituta se había echado en el cuello, y por encima de todo, una esencia extra?a y profunda de uva madura, casi fermentada, como si alguien hubiera abierto una botella de vino caro en medio de la miseria. Era un aroma que no pertenecía a este lugar. Era… vivo.

  Zaharut parpadeó, desconcertado por un segundo. Sus ojos recorrieron el salón de reojo: mesas abarrotadas de mercenarios con cicatrices, un grupo de viajeros riendo demasiado alto, el posadero limpiando jarras con un trapo sucio. Y entonces la vio.

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  En una esquina apartada, sola, una chica sentada con un libro abierto sobre las rodillas. Blusa roja oscura, como sangre seca bajo la luz de las velas. Cabello del color del ladrillo quemado, recogido en una trenza floja que dejaba mechones sueltos sobre los hombros. En su mano derecha brillaba una manilla fina de metal oscuro, grabada con símbolos que no reconoció. No levantaba la vista del libro, pero algo en su postura —la forma en que sus dedos rozaban la página— decía que no estaba realmente leyendo. Estaba esperando.

  Zaharut pasó cerca de su mesa camino a la barra, manteniendo la cabeza baja. No quería que nadie lo mirara demasiado tiempo. Pero ella lo hizo.

  Ada alzó los ojos justo cuando él pasaba. No fue una mirada casual. Fue precisa, como si hubiera estado midiendo el aire a su alrededor. Y entonces vio su sombra.

  La sombra de Zaharut se proyectaba larga y torcida sobre las tablas del suelo, alargada por la luz temblorosa de las velas. Pero no era una sombra normal. Se movía un segundo después que él, como si tuviera retraso. Y en los bordes, donde debería haber sido negra absoluta, había un borde rojizo, pulsante, como sangre bajo una piel fina.

  Ada entrecerró los ojos. Curiosidad. No miedo. Curiosidad pura.

  Con un gesto sutil —apenas un movimiento del dedo índice bajo la mesa— murmuró palabras bajas, casi inaudibles, en una lengua que sonaba a viento entre tumbas. Un hechizo menor de sondeo mental. Nada invasivo. Solo quería ver.

  Y entró.

  Lo que encontró no fue una mente.

  Fue un vacío.

  Un abismo negro y helado que dolía mirar. Dolor acumulado como capas de nieve sucia: la sangre en las manos, el cuerpo de Igor en el suelo, la risa que no era suya pero salía de su garganta. Fragmentos de recuerdos que no encajaban: un cielo rojo, un trono partido por la mitad, una corona de espinas que sangraba. Y en el centro de todo, una voz que repetía sin descanso, como un latido enfermo:

  Debes ir a Abyssia.

  Ada sintió que el aire se le escapaba. Intentó retroceder, pero algo la atrajo más profundo. Vio una jaula. No en la mente de Zaharut; era como si la jaula estuviera dentro de él, suspendida en ese vacío. Barras de oscuridad sólida, vibrando con energía que penetraba el alma como agujas heladas. Y entonces, desde el interior, una mano oscura se asomó entre las barras. Dedos largos, terminados en garras curvas como hoces. La mano se cerró alrededor del brazo de Ada —no físicamente, pero ella lo sintió igual— y tiró.

  La jaula se abrió con un crujido que resonó en su cráneo.

  Ada jadeó.

  El hechizo se rompió como cristal.

  De vuelta en la taberna, el mundo real regresó con violencia.

  Zaharut se detuvo en seco a medio camino de la barra. Sus manos volaron a la cabeza. Un grito ahogado le salió de la garganta, no de rabia, sino de dolor puro. El calor que siempre llevaba dentro estalló de golpe: no como antes, no controlado por la ira, sino como si alguien hubiera abierto una compuerta desde dentro. Sus rodillas flaquearon. Se apoyó contra una mesa, derribando una jarra que se hizo a?icos en el suelo. El grito se convirtió en un gemido ronco mientras apretaba las sienes con tanta fuerza que las u?as se clavaron en la piel.

  Ada, aún sentada, lo miraba con los ojos muy abiertos. Un hilo de sangre le corría por la nariz —solo una gota—, pero no se limpió. Su mano temblaba ligeramente sobre el libro. Temor, sí. Pero también algo más. Un brillo en las pupilas, afilado como una cuchilla. No era lástima. Era reconocimiento. Era hambre.

  El salón se había quedado en silencio. Algunos mercenarios se giraron, manos en las empu?aduras. El posadero maldijo por lo bajo.

  Zaharut respiraba con dificultad, los ojos cerrados, luchando por mantener el control. El calor retrocedía lentamente, como un animal herido que se repliega a su jaula. Pero la voz —esa voz— ya no susurraba.

  Ahora reía.

  El grito que escapó de la garganta de Zaharut no fue humano. Fue un sonido desgarrador, una nota doble donde su voz juvenil se entrelazaba con una frecuencia saturada, vibrante y puramente demoníaca. Zaharut se llevó las manos a la cabeza, hundiéndolas en su cabello como si intentara arrancarse los pensamientos, mientras el "Desequilibrio" rugía por salir.

  En ese instante de agonía, la puerta de la taberna voló en pedazos.

  Asmodel entró como una exhalación, sudando a mares y con la respiración rota. En una mano apretaba una extra?a bolsa que tintineaba con un eco antinatural, y en la otra, su espada roja brillaba con un fulgor sediento. Sin mirar atrás, chocó violentamente contra la mesa de Ada. El impacto los mandó a ambos al suelo entre el estrépito de madera rota y jarras de cerveza.

  Desde el piso, los dos quedaron petrificados. Una energía violeta, tan oscura que parecía absorber la luz de las antorchas, estalló desde el pecho de Zaharut. La onda expansiva recorrió la taberna como un látigo invisible, lanzando a los clientes contra las paredes.

  —?Qué diablos es eso? —soltó Asmodel, apretando el mango de su espada mientras recuperaba el equilibrio.

  Ada, con los ojos fijos en la negrura que emanaba del chico, ajustó sus gafas con manos temblorosas pero decididas.

  —Tal parece que es un chico con un pacto demoníaco —sentenció ella, detectando el rastro de una magia que superaba cualquier texto que hubiera leído.

  Zaharut seguía luchando, arqueando la espalda mientras sus venas se tornaban negras bajo la piel. Los guardias de la ciudad irrumpieron por el hueco de la puerta con el acero en alto, pero una segunda onda expansiva los golpeó de lleno, mandándolos a volar como mu?ecos de trapo. El grito de Zaharut alcanzó un punto insoportable.

  —?YA BASTA, MALDITO MONSTRUO! —rugió Zaharut, hablándole a su propia sombra.

  Asmodel, lejos de asustarse, dejó escapar una sonrisa ladeada y peligrosa. Miró a la joven a su lado.

  —Chica rara, ayúdame. Necesito usar a ese tipo para librarme de este apuro. Hay una patrulla entera ahí fuera y yo tengo algo que ellos quieren mucho.

  Ada asintió, aunque sus labios se apretaron en un gesto de absoluta molestia.

  —Solo porque ahora pensarán que soy tu asquerosa cómplice —masculló.

  Sin perder un segundo, Ada extendió los brazos, pronunciando sílabas antiguas que sonaron como cristales rompiéndose. Una ráfaga de fuego vivo brotó de la nada, plantándose en la entrada como una barrera infranqueable que detuvo en seco a los refuerzos.

  —Eres una bruja... ?Qué rico! —exclamó Asmodel con una carcajada cínica.

  Ada no le dio el gusto de una respuesta. Se giró hacia Zaharut, cuyos ojos ya eran dos pozos de vacío violeta. Sabía que no podía detener a Lucifer, pero sí podía enga?ar a la mente del recipiente. Lanzó un velo de ilusiones sobre él: de repente, el infierno en la cabeza de Zaharut se llenó de animales parlantes y fantasías absurdas, un contraste tan ridículo que fracturó su concentración y aplacó la furia del Desequilibrio.

  Zaharut se desplomó de rodillas, respirando con dificultad, mientras las alucinaciones de Ada servían como un sedante forzado.

  —Vengan —ordenó Ada, agarrando a Zaharut por el hombro mientras el fuego de la entrada empezaba a ceder—. ?Hay que salir de aquí ahora!

  La puerta trasera de la taberna se abrió de golpe.

  El olor a cerveza derramada y madera vieja quedó atrás cuando los tres salieron al callejón estrecho, apenas iluminado por la luz de la tarde. Detrás, el estruendo de voces y botas marcaba el inicio de la persecución.

  No hubo plan.

  Solo correr.

  Zaharut fue el primero en reaccionar, moviéndose por instinto. Ada lo siguió con rapidez inesperada, levantando su falda lo justo para no tropezar. Asmodel cerró la marcha, aún con una sonrisa que no encajaba con la situación.

  Doblaron a la izquierda.

  Luego a la derecha.

  Pasaron por pasadizos tan estrechos que los hombros rozaban las paredes húmedas. Cajas volcadas, sogas tendidas, un gato que escapó maullando al verlos irrumpir.

  Ada parecía conocer el camino al inicio, pero pronto su mirada comenzó a vacilar. Tomó un giro dudoso. Otro más. Las voces de los guardias no se alejaban.

  —Por aquí no es —gru?ó Asmodel finalmente, apartándola con el antebrazo.

  Tomó el mando sin pedir permiso.

  Saltó una valla baja. Cruzó un patio. Empujó una puerta que daba a otra calle menos transitada. No corría como alguien desesperado; corría como alguien acostumbrado.

  Tras varias vueltas imposibles, el ruido de las armaduras comenzó a desvanecerse.

  Un último salto por encima de un muro derruido los llevó fuera del perímetro urbano, a los campos abiertos que rodeaban la ciudad.

  Corrieron todavía unos metros más antes de detenerse.

  El silencio volvió, roto solo por respiraciones agitadas. Ada fue la primera en recuperar el aliento. Y la primera en reaccionar.

  La bofetada resonó seca contra la mejilla de Asmodel.

  —?Qué te pasa, idiota? ?Casi nos matan! ?Qué se supone que hacías?

  Asmodel llevó una mano a su rostro, sorprendido más por la intensidad que por el golpe.

  —Soy como Robin Hood —respondió con ligereza descarada—. Pero en vez de regalarlo todo a los pobres, vendo las cosas a precios bajos a quienes de verdad las necesitan. Es una treta elegante.

  Ada lo miró como si estuviera considerando lanzarle otro golpe.

  Fue entonces cuando Zaharut habló. Su voz sonó áspera.

  —?Qué… carajos… acaba… de pasar?

  El temblor en sus palabras no era solo por la carrera.

  Ada giró hacia él, aún alterada.

  —Bueno, más bien tú dime qué se supone que te pasa. Porque un chico con un pacto demoníaco camina por ahí como si nada.

  Algo cambió en la expresión de Zaharut. No fue rabia. Fue fractura.

  Su mirada se desenfocó apenas un segundo. El aire a su alrededor pareció tensarse. Y cuando habló, la risa salió antes que las palabras.

  —JA JA JA JA… mujer estúpida… yo no tengo ningún pacto.—

  Su sonrisa no era alegría.

  —Yo soy el demonio. Soy el hijo de Lucifer.—

  El viento sopló entre los tres.

  Ada y Asmodel se quedaron en silencio. No podían negar lo que habían visto en la taberna. La manifestación. El pulso del poder. La distorsión en el aire.

  Ada fue la primera en recomponerse.

  —Cuando entré en tu mente… escuché algo —dijo con voz más baja—. Abyssia. ?Quieres llegar allí?—

  Zaharut asintió sin vacilar.

  Asmodel silbó suavemente.

  —Conozco ese sitio. Muchas chicas lindas… aunque no entiendo para qué un ni?o quiere ir allá.—

  Zaharut sostuvo su mirada.

  —Busco tres reliquias.— El tono no invitaba a bromas.

  Ada frunció el ce?o, pensativa.

  —Las conozco. Si logramos llegar a una biblioteca abandonada en Abyssia, podríamos encontrar registros sobre sus ubicaciones.—

  Se cruzó de brazos y tomó una decisión como si fuera obvia.

  —Entonces esto es simple. Tú, chico rubio de la espada, guías. Yo me encargo de los gastos del viaje. Y él nos protege.—

  Asmodel levantó una ceja, divertido.

  Zaharut negó con la cabeza.

  —No.—

  No quería compa?ía. No quería testigos. No quería más riesgos. Pero dentro de él, la otra voz no guardó silencio.

  —Si vas con ellos, quizás aprendas a manejar todo esto… y vivir conmigo en paz sin odiarme.—

  La idea se filtró con una calma peligrosa. Zaharut cerró los ojos un instante. Estar solo no había funcionado hasta ahora. Cuando los abrió, la decisión ya estaba tomada.

  —Bien —dijo finalmente.

  No sonó convencido solo resignado.

  Se miraron en silencio durante unos segundos más largos de lo necesario.

  —Ada —dijo ella primero.

  —Asmodel —a?adió el ladrón con una ligera reverencia exagerada.

  Zaharut sostuvo la espada de Igor con más firmeza.

  —Zaharut.

  No hubo apretones de manos. No hubo sonrisas. Solo un acuerdo tácito.

  Un ladrón que perseguía riquezas y aventuras.

  Una maga que, por razones que no confesaba, deseaba dejar de ser humana.

  Y un demonio que parecía no querer serlo.

  No eran amigos.

  Pero caminaban en la misma dirección…

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