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Capítulo 49 - Los viejos rivales

  A pesar de toda una vida transcurrida, de las rivalidades, de las conspiraciones, incluso a pesar de aquel primer intento de asesinato que había marcado los inicios de su relación, Rovenna nunca se había imaginado que su enemistad con Eldrin llegaría a un punto tan irreversible. En algún rincón de su mente, siempre había creído que entre ellos quedaba algo más que rencor, una chispa de respeto, tal vez incluso un vestigio de la amistad de sus primeros momentos entrenando su magia.

  Aquel hombre con el rostro ensangrentado que tenía ahora delante no era más que una sombra de aquel muchacho entusiasta por el conocimiento que al principio había encandilado a la joven Rovenna.

  Sin embargo, incluso con un ojo menos, Eldrin se había tornado aun más peligroso porque ya no había nada que le impidiera contenerse. Su puesto como Líder, su honor, su nombre. Todo lo que una vez le importó lo había perdido. Se hallaba consumido por una oscuridad profunda y convertido en una criatura guiada por una rabia que ella sabía que podría consumirlos a ambos si no actuaba cuidado.

  Ella quería mostrarse segura pero su cuerpo se revelaba. La larga cabalgata había dejado sus marcas; sentía el peso del cansancio en cada músculo y un dolor agudo en su espalda. Su respiración, aunque controlada, era pesada, y un leve temblor en sus manos indicaba su fatiga acumulada que había empeorado tras el primer ataque. Este no podía ser más que el peor momento para encontrarse en aquel estado.

  Pero ya no había más tiempo para seguir dudando.

  Tras proferir su advertencia contra Eldrin, la Maestra Arcanista apretó los dientes para evitar que un dejo de duda se escapara de ellos en forma de temblor.

  Un brillo de burla se reflejo en el ojo de Eldrin.

  –Todo lo que eres ahora, Rovenna, es gracias a mí y a ese elfo indigno que lograste seducir.

  En respuesta los labios de Rovenna se curvaron en una sonrisa despectiva.

  –Quizás tengas razón, en lo que a Narthoss se refiere, pero en cuanto a ti te sobrepasé hace mucho tiempo.

  –Hasta ahora sólo has tenido suerte.

  –Dile eso a todos los magos que te vieron comer el polvo en nuestro último combate.

  Con un movimiento brusco, Eldrin extendió ambas manos hacia el suelo. Un estruendo resonó en la tierra que comenzó a temblar violentamente bajo los pies de Rovenna. En cuestión de segundos, profundas fisuras serpentearon hacia ella como depredadores hambrientos, buscando desestabilizarla. Pedazos de roca y tierra se levantaron en el aire.

  Apenas con suficiente tiempo para reaccionar, Rovenna extendió sus brazos y con un gesto fluido invocó la fuerza de un remolino creciente cuya fuerza la hizo flotar en el aire a medida que se iba expandiendo alejando los pedazos de rocas y al mismo Eldrin que necesitó crear un escudo para impedir que el torbellino lo arrastrara y que partículas cortantes que se estrellaban contra él.

  Rovenna giró la cabeza un instante al lugar en que debían encontrarse Olivia y Silas pero apenas podía verlos a través del polvo y los escombros que arremolinaban alrededor de ellos. Aun así percibía la energía que emanaba de la quimera ahora convertida en humano, para gran confusión de Rovenna quien apenas tenía tiempo ahora para reflexionar acerca de tal descubrimiento.

  Pese a la fuerza del remolino, Eldrin logró posicionarse de manera que concentró su poder en un punto justo frente a él, creando una barrera de repulsión invisible que desviaba la fuerza del viento en todas direcciones. Al entrar en contacto con el remolino, la onda de energía provocó un estallido de energía que obligó a Rovenna a crear un escudo para protegerse. Eso provocó que el remolino comenzara a desintegrarse y sobre ellos cayera una nube de polvo y escombros.

  El corazón de Rovenna golpeaba contra su pecho como si quisiera salir disparado. Respiró profundo al observar el pecho agitado de Eldrin quien también se había visto afectado por el esfuerzo insumido en el ataque.

  –Sabes... si seguimos... ninguno de los dos puede... aguantar así... tanto tiempo –le dijo ella.

  –Entonces... pelearemos... hasta que los dos... caigamos.

  Sin perder tiempo, Eldrin extendió un brazo para disparar una orbe oscura contra Rovenna. No era tan poderosa como la primera pero sí lo bastante rápida como para que ella tuviera que reaccionar rápido e invocar un escudo. No quería desperdiciar energía así que mientras pudiera se mantendría a la defensiva.

  Pero Eldrin, sabiendo eso y aprovechando el tiempo que tardaba Rovenna en hacer estallar la orbe contra su escudo, juntó ambas palmas de las manos para luego separarlas con un movimiento rápido. Una red dorada y chispeante se expandió con una velocidad sorprendente, desplegándose en el aire como una trampa mortal en la que cada hilo de luz vibraba con una intensidad letal que prometía cortar y atrapar a su presa.

  Antes de ser alcanzada por la red, Rovenna, con un esfuerzo titánico, invocó un segundo escudo para protegerse. La red dorada chocó contra el escudo con un chisporroteo ensordecedor, envolviéndolo con hilos de energía que comenzaron a apretar con fuerza, buscando penetrar la defensa de Rovenna. Ella sintió cómo la presión aumentaba, las hebras doradas presionando cada vez más fuerte, amenazando con desgarrar su protección y capturarla en un instante.

  Eldrin no detuvo su ataque ahí. Mientras Rovenna luchaba por mantener el escudo, él giró su mu?eca con un gesto decisivo, y la red dorada comenzó a pulsar, aumentando la presión y generando peque?as descargas de energía que buscaban cualquier debilidad en la barrera de su adversaria.

  Rovenna sabía que no podía mantenerse así por siempre y que su escudo, aunque fuerte, comenzaba a ceder bajo la implacable tensión.

  Mientras decidía su próximo ataque, una enorme piedra salió disparada hacia Eldrin quien no tuvo dificultad en esquivarla y que esta se pulverizara contra la hebras doradas.

  Rovenna giró la cabeza para encontrarse con la mirada decidida de la quimera Silas que permanecía todavía junto al cuerpo dormido de Olivia. El muchacho agarró otra piedra con aquella enorme mano de oso que resaltaba contra el resto de su cuerpo humano y continúo disparando contra Eldrin sin parar.

  La Maestra Arcanista nunca pensó en que llegaría a ver el día en que una quimera se preocupara por una humana de esa manera y menos que una intentara ayudarla, aunque sin saberlo, justamente a ella, una descendiente de cazadores de quimeras.

  Son jóvenes, pensó, y la juventud siempre piensa que puede cambiar las cosas.

  Y era justo por eso mismo que tenía que hacer todo lo posible por sobrevivir a Eldrin o morir junto a él.

  No podía seguir conteniéndose.

  Cerró el pu?o de su mano izquierda en donde varias décadas atrás el elfo Narthoss le había hecho un corte con una daga del cual aún conservaba una peque?a cicatriz, casi imperceptible para todo el mundo menos para ella.

  Al final, Narthoss, no podré cumplir con mi promesa.

  Existía una razón de por qué los humanos no podían alcanzar el mismo nivel que una criatura mágica. No era que carecieran del potencial para lograrlo sino que sus cuerpos no estaban preparados para manejar un nivel tal extremo de energía mágica. Frente al poder de los Códigos Etéreos, los humanos eran como hojas flotando peligrosamente sobre las llamas.

  Si no hubiera sido por Narthoss, ella nunca habría podido alcanzar ese límite.

  Pero ahora debía cruzarlo y no había elfo ninguno para protegerla.

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  En un acto de desesperación calculada, cerró los ojos por un instante y extendió su mano hacia el cielo, canalizando su energía hacia un solo punto. De la punta de sus dedos emergió un rayo de luz pura, que rápidamente se solidificó, tomando la forma de una espada brillante.

  El cielo del mediodía sobre ellos se oscureció.

  Con una determinación feroz brillando en sus ojos, Rovenna empu?ó la espada con ambas manos y la hizo descender en un arco rápido y preciso. La hoja luminosa entró en contacto con la red dorada, y una chispa cegadora que iluminó todo el campo de batalla mientras la misma iba cortando a través de los hilos como si fueran simples hebras de seda que se desvanecieron en el aire, desintegrándose en partículas de humo.

  Aun así, Eldrin no pareció sorprenderse frente aquella demostración de poder que ella se había guardado bajo la manga durante tanto tiempo.

  –No has sido la única discípula de elfos.

  Tras decir esto, el mismo Eldrin extendió su mano hacia el cielo en un movimiento idéntico al de Rovenna y de su mano emergió una espada de luz idéntica a la suya.

  Fue así como ella lo comprendió todo.

  –Todo este tiempo... has estado conspirando junto con Daephennya.

  Eldrin esgrimió su espada en dirección a Rovenna.

  –Antes de morir, debes saber que te he perdonado.

  –?Tú? ?Perdonar?

  –Si Narthoss no te hubiera elegido a ti, yo nunca hubiera sido aceptado por la Se?ora Daephennya, quien sin lugar a dudas es superior a sus hermanos.

  Rovenna no pudo evitar escapar una risa amarga.

  –Tú y yo no somos más que peones en el juego de los elfos.

  –Quizás... pero de nosotros dos soy yo quien sirve a la ganadora de este juego.

  Tras proferir un alarido desafiante, Rovenna se lanzó hacia Eldrin. Las espadas de luz chisporrotearon en el aire cuando se encontraron. El impacto resonó como un trueno, provocando una onda expansiva que obligó a ambos magos a afirmarse con fuerza, espada contra espada, para mantener el equilibrio.

  –Si quieres que los dos nos consumamos en el fuego, que así sea.

  Rovenna no esperó a intentar clavar su espada en el pecho de Eldrin pero este desvió el ataque en el último instante. La luz de su propia espada trazó un arco en el aire mientras bloqueaba la estocada y contraatacaba con una serie de golpes rápidos y letales, cada uno de ellos dirigido con una malicia fría y calculada. El duelo se convirtió en una danza frenética de destellos que envolvían a los dos combatientes.

  Rovenna se vio obligada a retroceder, bloqueando y desviando sus ataques, pero cada movimiento requería un esfuerzo titánico. El peso de la batalla comenzaba a hacerse sentir en sus músculos agotados, y aunque su determinación era inquebrantable, sabía que ambos estaban luchando contra el tiempo. Lanzó un corte ascendente, buscando romper la guardia de Eldrin, pero él lo bloqueó con facilidad, girando sobre sus talones y lanzando una estocada rápida hacia su abdomen.

  Rovenna apenas tuvo tiempo de esquivarla, sintiendo el calor de la hoja rozar su costado. Aprovechando el impulso, giró de nuevo y lanzó una serie de golpes rápidos, intentando aprovechar cualquier brecha en la defensa de Eldrin. Uno de sus ataques finalmente encontró su marca, cortando la túnica de Eldrin y dejándole una herida de donde comenzó a manar una cantidad importante de sangre.

  Por un momento, la esperanza infló el pecho de Rovenna.

  Pero Eldrin no mostraba signos de dolor. Con una sonrisa cruel, se lanzó hacia adelante con renovada ferocidad, su espada descendiendo en un arco implacable. Rovenna levantó su espada para bloquear, pero la fuerza del impacto la hizo tambalearse. Eldrin aprovechó su vacilación y lanzó una estocada directa al corazón de Rovenna.

  Ella desvió el ataque a tiempo, pero Eldrin, tras haber previsto eso, liberó rápidamente una mano de donde emergió una peque?a punta de luz que se hundió con fuerza en el abdomen de Rovenna.

  El tiempo pareció detenerse mientras Rovenna sentía cómo su cuerpo se partía de dolor y la oscuridad comenzó a envolverla a medida que la energía de la estocada se expandía por su exhausto y viejo cuerpo. Sus brazos cayeron como piedras a ambos lados de su cuerpo y su espada de luz se desvanecía en el aire en forma de diminutas chispas.

  Cerró los ojos. Había perdido. Ahora por lo menos quería irse en paz evitándose la imagen de triunfo que brillaba en el único ojo de Eldrin.

  Alguien más tendría que hacerse cargo del reino de ahora en adelante.

  Mientras su alma se hundía en las sombras, escuchó una voz suave que la llamaba.

  Rovenna...

  –Ja...

  No podía ser, luego de tantos a?os, al final, iba a morir pensando en él.

  –Nhartoss...

  ?Qué estás haciendo, Rovenna? Te dije que nunca te arriesgaras de esa manera. Tu deber es volver a mí.

  –Sabes que no podía quedarme sin hacer nada. Al final, tendremos que esperar al final de los tiempos para vernos.

  No cantes victoria todavía.

  El calor terminó de expandirse a lo largo de todo el cuerpo de Rovenna. En breve, su cuerpo sería consumido por las llamas y sería como si nunca hubiera caminado sobre la faz de la tierra.

  Sin embargo, la sensación distaba de ser tan abrasadora como había temido. Quizás era misericordia de la propia muerte que le evitaba experimentar aquel último sufrimiento.

  Sintió como el cuerpo de Eldrin se arrastraba hacia ella pero no le importó. Ahora sólo podía sentir paz.

  –?Qué es esto? –la voz de su adversario sonaba extra?ada –. ?Un sello élfico?

  Al escuchar esas palabras, Rovenna pudo abrir a tiempo los ojos para observar cómo en el mismo punto donde Eldrin la había herido flotaba un sello dorado en cuyo interior se entrelazaban símbolos antiguos que Rovenna era incapaz de leer pero que le recordaban a los libros que de joven solía estudiar en la biblioteca de la Torre Blanca. Las símbolos formaban un patrón intrincado de curvas y líneas finamente trazadas y se movían lentamente, como si tuvieran vida propia, cambiando de posición y formando nuevos patrones a medida que el círculo giraba como una intrincada cerradura.

  No pudo terminar de observarlos porque en el mismo momento que el mecanismo parecía detenerse, varios destellos salieron disparados como flechas y se incrustaron en varias partes del cuerpo de Eldrin que cayó al suelo emitiendo un alarido ahogado.

  Atónica, Rovenna observó como las flechas explotaban en llamas que envolvieron por completo el cuerpo de su rival hasta consumirlo como un pedazo de pergamino que había sido arrojado a la chimenea. Eldrin gritó, pero su voz se desvaneció en el rugido de la energía que en pocos segundos los convirtió en una silueta de humo y cenizas que se elevaba en espirales hacia el cielo y terminaba por dispersarse hasta que no quedar rastro alguno de su existencia.

  Habiendo cumplido su cometido, el sello élfico en el cuerpo de Rovenna redujo su intensidad hasta convertirse en un suave resplandor que iba curando sus heridas mientras que poca poco sentía como su cuerpo recuperaba la fuerza.

  Ella se llevó una mano a los ojos.

  –Maldito Narthoss... –gimió sintiendo una mezcla de indignación y agradecimiento al entender que el elfo había estado experimentando a escondidas con su cuerpo.

  Detrás de ella, sintió unas pisadas acercarse.

  –Se ha ido... –dijo Silas.

  Rovenna suspiró mientras se iba levantando del suelo.

  –Ha vuelto al Origen.

  El muchacho soltó un bufido.

  –?Incluso él puede volver al Origen?

  Ella esbozó una mueca irónica, entendiendo su indignación.

  –Según entiendo, todos provenimos del mismo lugar a donde un día volveremos. Eso no se puede cambiar. Espero, al menos, que él encuentre la paz que nunca tuvo. Ahora... –Rovenna se volvió hacia Silas –. Mis subordinados se encontraban ayudando con el fuego que expandió por el pueblo pero no tardarán en encontrarnos. Debes irte ahora. Intentaré retrasar mi misión todo lo que pueda, para no alcanzarte.

  –No me iré sin Olivia.

  Rovenna entrecerró los ojos.

  –Tú sabes cuál es el papel de Olivia en todo esto ?verdad?

  El muchacho no respondió y Rovenna suspiró.

  –Bien, supongo que te lo debo.

  –?Qué quiere decir eso? –preguntó Silas mientras Rovenna se acercaba al cuerpo de Olivia, todavía inconsciente sobre el suelo.

  –Mi nombre es Rovenna y pertenezco a la familia Astra.

  –Ese nombre no significa nada para mí.

  –Algún día lo hará y cuando eso ocurra deberás decidir qué hacer conmigo. Mientras tanto, continuaré trabajando para enmendar todos los pecados de mi familia –Rovenna extendió una mano hacia la cabeza de Olivia –. Mis métodos de curación no son tan efectivos como los de los sirenios pero puedo ayudarla a despertar.

  Le tomó más tiempo de lo que pensó pero tras varios minutos, los parpados de la muchacha comenzaron a temblar hasta que sus dos ojos azules se abrieron de par en par.

  –?Silas?

  –?Olivia!

  –Estás a salvo... ?Chispa?

  –Ella me salvó.

  –?Dónde estamos? Usted... –Olivia giró sus ojos sorprendidos hacia Rovenna –. ?Ma... Maestra... Arcanista?

  –Olivia de Rocasombra... –sonrió Rovenna –. La última vez que te vi eras una ni?a y ahora una fugitiva.

  –?Qué va a...? –Olivia no tuvo tiempo de terminar la pregunta porque Rovenna, con su fuerza recuperada, la levantó el piso.

  –No serás conducida al Consejo... aunque sí me gustaría averiguar una par de cosas... Pero ya no hay tiempo. Tu amigo te explicará todo –dicho eso, Rovenna silbó de forma estridente hasta que se escucharon unos cascos acercarse –. Se irán en mi caballo, en esa dirección –apuntó con un dedo hacia el este –. No se detengan por nada, ni siquiera cuando anochezca, hasta llegar a Abrazo de Tormenta. Me encargaré de que alguien los auxilie una vez que lleguen allí.

  En cuanto su caballo llegó hasta ellos, Rovenna los ayudó a subirse.

  –Yo que tú volvería esa mano a la normalidad cuanto antes –le hizo un gesto a Silas con la cabeza.

  –Yo... –la quimera sacudió la cabeza mientras Rovenna le daba una fuerte palmada a las ancas del caballo, que salió disparado con Silas sosteniendo las riendas y Olivia, todavía débil, sentada delante de él para que la sostuviera mientras guiaba al caballo.

  –Que la Ninfa y el Dragón los protejan –murmuró Rovenna sentándose en el suelo a esperar la llegada del resto de los magos mientras contemplaba la silueta de los fugitivos perdiéndose en la lejanía.

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