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Capítulo 68 - El elfo ermitaño

  La niebla rodeó la barca como un enga?oso velo ligero que poco a poco se fue convirtiendo en una densa capa mientras Lord Narthoss cruzaba los límites entre el Bosque de los Espejos y el Bosque de la Memoria. Las formas de los árboles y el paisaje alrededor desapareció tras el grueso manto como si la barca se encontrara flotando en medio de un infinito mar blanco sin reflejos ni horizontes.

  Un escalofrío recorrió el cuerpo el elfo y se arrebujó aún más en su capa verde de bordados dorados. No era raro que la temperatura descendiera tanto cada vez que realizaba el cruce pero dado el ataque que había sufrido días atrás su cuerpo se encontraba más sensible que nunca.

  Se produjo una peque?a sacudida en cuanto la barca tocó tierra. Con cierta pesadez, Narthoss se levantó y saltó a la orilla. En cuanto sus pies tocaron el suelo hùmedo, se escuchó el silbido de una brisa que levantó los bordes de su ropa y lo envolvió como una caricia suave y tierna. El susurro de hojas sacudiéndose le llegó desde el otro lado de la niebla indicando que el bosque reconocía la sangre de Willondal en sus venas.

  La niebla comenzó a retirarse hacia el interior del bosque como si alguien tirara de una delicada sábana dando paso a una densa espesura de árboles altísimos de hojas de color ámbar y troncos retorcidos cubiertos de antiguas incripciones: Mnezanthoras, guardianes de la memoria élfica, un archivo viviente donde se almacenaban pensamientos, recuerdos y saberes que los antiguos elfos habían grabado en su grisácea corteza utilizando su propia sangre.

  Sin embargo, acceder a ellos no era tan fácil. Mientras Narthoss se adentraba en el bosque, las hojas se sacudieron con más fuerza y emitieron un leve resplandor al sentir su presencia. Sus dedos rozaron la corteza que respondía al contacto transmitiendo a su mente visiones de eventos pasados, susurros de poesías y fragmentos de historias. Era capaz de ver a su abuelo paseando entre los jardines de su palacio, la boda de sus padres siendo bendecida por la Ninfa Némertyss e incluso al gigante Yorgad abriéndose paso entre los árboles para visitar a los elfos y siendo reprendido suavemente por estos cuando sus enormes manos quebraban las ramas.

  Pero todas estas escenas no eran más que pedazos desordenados, peque?as pistas que los árboles le otorgaban como si estuvieran jugando con él a las adivinanzas. Si un elfo quería acceder a un conocimiento específico, debía pasarse días, semanas, meses, incluso a?os esperando a que el árbol indicado le diera permiso. Pero si por alguna razón los árboles se mostraban caprichosos ese día eran capaz de enloquecer a cualquiera inundando su mente de hechos y saberes que incluso para un elfo podían ser demasiados, como un alcohol que envenena la sangre.

  Pero si había algo de lo que los Mnezanthoras no querían hablar era sobre la guerra. Tanto él como Phrondyr, e incluso Daephennya, cuando el Gran Bosque todavía existía, habían intentado averiguar sobre los hechos antes de la Gran Inundación que había ocurrido cuando ellos no eran más que ni?os. Su hermana, bastante mayor que los gemelos, que en esa época no eran más que tiernos reto?os, tampoco recordaba mucho. Phrondyr siempre había creído que sus padres habían modificado sus recuerdos para que no tuvieran memoria de esos trágicos días. Todo lo que había quedado era el esqueleto de una leyenda que no decía nada acerca de los momentos finales de su familia.

  Por lo que a Narthoss respectaba, siempre habían sido él y sus hermanos gobernando el antiguo Gran Bosque. Debido a la maldición del dragón, no recordaba haber visto ni un solo gigante en persona aunque sabía por los Mnezanthoras que Yorgad había asistido a la celebración de su nacimiento. Luego llegaron los humanos que estuvieron a punto de arrasar con el bosque de no ser porque los elfos hicieron un trato con ellos para otorgarles una parte de su conocimiento. Pero entonces su hermana, consumida por su sed de venganza, utilizó a los humanos para vengarse de las quimeras. Su hermana nunca había soportado la idea de que seres tan inferiores, que habían luchado junto a los gigantes, pudieran vagar libres por el reino mientras los elfos estaban atrapados por la maldición.

  En consecuencia, el vínculo entre Daephennya y sus hermanos se había quebrado y el Gran Bosque había dejado de existir como tal.

  El brillo de las hojas se apagó brevemente mientras los pensamientos de Narthoss se volvían cada vez más melancólicos. Quizás con la intención de consolarlo, los árboles volvieron a vibrar e inundaron su mente con una serie de recuerdos en donde se veía a él mismo de ni?o corriendo junto a sus hermanos por el bosque, su hermana, reconocida desde muy joven por sus artes mágicas, ense?ándoles a los gemelos los primeros pasos, las danzas nocturnas de su madre a la luz de las luciérnagas siguiendo los tiernos acordes del laúd de su padre.

  Narthoss sacudió la cabeza y alejó sus manos de la corteza. Las hojas callaron de inmediato.

  Solamente su hermano Phrondyr, custodio de aquella milenaria biblioteca, podía vivir allí solo sin caer en la locura.

  No por nada su era conocido como el Elfo Hermita?o. Nadie más vivía en el Bosque de la Memoria excepto él, como un espectro deambulando entre ruinas que milenios antes habían sido parte del gran palacio de Willondal.

  Phrondyr nunca se inmiscuía en los asuntos de sus hermanos aunque sí se había aliado a Narthoss durante la masacre de las quimeras. No porque sintiera alguna estima especial por aquellos seres sino simplemente para estar en buenos términos con su hermano. En realidad, Phrondyr no sentía ninguna estima por ningún otro ser a excepción quizás de su gemelo. Su único interés residía en la memoria guardada de los Mnezanthoras y el sagrado legado de sus ancestros. Vivía en el pasado, a diferencia de Narthoss que debía ocuparse del presente y de que su hermana no provocara otro desastre.

  A medida que avanzaba entre los árboles, la silueta de las ruinas emergió entre los últimos vestigios de la niebla. Los muros y las columnas de piedra blanca, anta?o imponentes y pulidos, habían sido devoradas por el musgo y enredaderas espinosas. Los grandes ventanales ojivales, donde alguna vez resplandecieron vitrales con escenas de grandes acontecimientos élficos, ahora no eran más que cuencas vacías que observaban al bosque con tristeza. Evitó ingresar por la entrada principal cuya puerta se había venido abajo. No tenía ninguna intención de volver a recorrer aquellos helados pasillos por donde lo único que circulaba era un viento que parecía cargar con murmullos de tiempos pasados como si la memoria del palacio continuara apresada entre sus muros.

  Tomó un atajo entre las ruinas, cruzando los varios jardines sombríos que rodeaban el palacio. Allí no quedaba más que tierra reseca y hojas secas. Ya no florecían los lirios doradas ni las rosas blancas con las que alguna vez había creado una corona para su madre.

  Encontró a su hermano en el patio principal, recostado contra una fuente seca con la base resquebrajada. Sus ojos estaban cerrados aunque su rostro estaba lejos de verse relajado como si se encontrara a la mitad de un atribulado sue?o. Vestía como siempre ropajes oscuros y, a diferencia de Narthoss y Daephennya, cuyos cabellos eran rubios del color de los rayos de sol, los de Phrondyr era cenicientos como el brillo de la luna.

  Narthoss suponía debía de haberse puesto a dormir desde el ataque que habían sufrido. Había intentado comunicarse con él pero nunca le llegó respuesta. Aunque no era usual encontrarlo en aquella pose. El suelo de piedra era el lugar de descanso preferido de su hermano como si esperara que su cuerpo fuera absorvido por las ruinas.

  – Hermano... – la voz de Narthoss era suave –. Phrondyr...

  Los párpados se gemelo se agitaron. La luz del sol apenas llegaba hasta aquel lugar sombrío pero aun así le costó abrirlos. Sus ojos violetas se fueron abrieron lentamente y tras un hondo suspiro alzó la mirada hacia su hermano.

  –Si vienes por respuestas... – le dijo Phrondyr – es en vano... Los árboles se niegan a hablar.

  –Nunca lo harán.

  –Algún día, si esperamos lo suficiente.

  –Hemos tenido la misma conversación por siglos... – Narthoss le tendió la mano para ayudarlo a levantarse. Phrondyr se estiró para aliviar la tensión de su cuerpo –. Qué has sentido?

  –Lo mismo que tú, supongo. Un dolor como ninguno, como si me quemara vivo – Phrondyr siguió caminando por el jardín, seguido de su hermano –. He estado durmiendo por días ya. ?Qué sabes de nuestra hermana?

  – No responde a mis llamados... pero eso ya me sirve como respuesta.

  Ambos se detuvieron frente a una delicada estatua con la figura contemplativa de su abuela, una de las pocas que Phrondyr se había tomado el trabajo de restaurar.

  –Los elementales también lo han sentido –continuó Narthoss –aunque no sé con qué intensidad. Hace días que no salen a la superficie. Los sirenios me lo han confirmado y estoy seguro que tanto los híbridos de la isla como las quimeras en las monta?as han pasado por lo mismo.

  –Menos los humanos – afirmó Phrondyr.

  Su gemelo asintió.

  –Sabes entonces de qué estoy hablando.

  –No necesito consultar a los árboles para saber que alguien se ha metido con el sello del dragón... – la voz de Phrondyr adoptó un tono despectivo –. Los humanos quizás... aunque no puedo explicar cómo...

  Narthoss negó con la cabeza.

  –No han sido los humanos... sino una quimera... utilizando nada menos que un fragmento de sangre élfica y algo más...

  Phrondyr lo tomó el brazo.

  –Cómo?

  –Con la ayuda de nuestra hermana y su descendencia.

  –No entiendo.

  –Daephennya ha tenido una hija con el Conde de Rocasombra.

  A raíz de la sorpresa Phrondyr lo soltó y se echó para atrás.

  –Ella nunca...

  –Mezclaría su sangre élfica con humanos? Lo ha hecho y no es díficil entender por qué. La muchacha es inmune a la maldición. Daephennya pensaba usarla para atacar el reino humano pero algo ha salido mal.

  Narthoss pasó a contarle todo lo que Rovenna y Olivia habían podido revelarle. A medida que avanzaba en el relato el semblante cansado de Phrondyr comenzó a adquirir un tono oscuro.

  –Entonces... – dijo cuando Narthoss terminó de hablar –. Los híbridos tendrán ahora una poderosa arma en sus manos.

  –Los híbridos no quieren la guerra. Tampoco sabemos si aceptarán a Olivia. Quienes me preocupan más son esos seres, las brujas.

  Phrondyr sacudió la cabeza.

  –Nunca hubo mención alguna a esas criaturas.

  –De todas maneras, me gustaría que consultaras a los Mnezanthoras. Quizás esta vez, los árboles sean lo bastante bondadosos como para ayudarnos en nuestra urgencia.

  –Haré lo que me pidas pero no esperes ningún resultado.

  –Debe de haber algún rastro de ellas. ?De qué manera Daephennya logró conectar con ellas? ?Cómo es que su propia hija es una bruja?

  – Su hija – masculló Phrondyr con desprecio.

  Narthoss entendía su estupor. A él mismo le costaba entender cómo había ocurrido eso delante de sus narices.

  –Tenía que haber una razón extra?a para que el conde no presentara a su heredera ante nosotros. Ahora lo sabemos.

  –?él sirve a nuestra hermana entonces?

  –Según Rovenna, no.

  –Y continúas confiando en ella? – la voz de Phrondyr reflejaba el asco que sentía por el afecto que Narthoss le profesaba a aquella humana. Nunca haría nada para lastimar a otros seres pero mezclarse con ellos era algo distinto.

  –No sólo confío en ella – aseguró Narthoss –. Sino que he decidido que debo intervenir. Si queremos detener a nuestra hermana, debemos tener una ventaja con la que ella no pueda competir.

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  –?Qué significa eso? – Phrondyr lo miró desconfiado, como si adivinara la locura que estaba a punto de cometer.

  –Para extender su influencia fuera del bosque, ella no sólo pactó con los magos, sino que tuvo un hija con un humano.

  La mirada indignada de Phrondyr lo atravesó.

  –?Dices que debemos hacer lo mismo?

  –No hay tiempo... – Narthoss dejó escapar un suspiro –. Rovenna y yo podríamos haber tenido un hijo o muchos más... pero ella se resistió a cumplir su promesa de volver.

  –Al menos uno de los dos pensaba con claridad. Así que vas a pactar con los magos? – aquella idea tampoco parecía gustarle para nada a Phrondyr.

  Narthoss volvió a sacudir la cabeza.

  –Mi método es mucho más eficaz – aquella afirmación le ganó otra mirada desconfiada de su hermano –. Lo he estado meditando mucho. A Rovenna no le queda mucho para vivir, sobre todo si no cumple su promesa, o si el Consejo decide castigarla... Si actúo a tiempo quizás pueda darle una vida más larga...

  –Hermano... – lo interrumpió Phrondyr con voz temerosa.

  Narthoss hizo una pausa antes continuar. La mirada oscura de su hermano casi lo hace dudar pero estaba decisivo a seguir adelante con su decisión.

  –En cuanto mi cuerpo se recupere, abandonaré el bosque para dirigirme hacia Nemertya.

  Una corriente de aire explotó alrededor de ellos y las sombras de los árboles circundantes parecieron hacerse más grandes. Sin embargo, aquella impulsividad provocó que Phrondyr cayera de rodillas. Al igual que su gemelo, todavía no se había recuperado por completo. Narthoss quiso ayudarlo a levantarse pero Phrondyr lo rechazó alejándose con una expresión dolida.

  Cuando por fin habló su respiración se notaba agitada.

  –Has... perdido... la cabeza.

  –No.

  –Un verdadero... elfo nunca... renunciaría... a su inmortalidad.

  La mirada de Narthoss se entristeció.

  –Hemos vivido por milenios, Phrondyr.

  – ?Me estás... diciendo... que estás... cansado... de vivir?

  –No... pero me estado preguntando... Los humanos viven una vida muy corta y sin embargo... ellos son capaces de llenarla de propósito... como Rovenna... que ha dedicado su vida a algo que ella considera mucho más grande... algo que supera en creces el amor que siente por mí...

  –Eres un necio... si piensas que ella te ama.

  Narthoss ignoró la observación de su hermano.

  –?Qué hemos hecho nosotros todo este tiempo más que ver como el resto del mundo sigue su curso? Alguien tiene que hacerse cargo del desastre que está a punto de crear nuestra hermana.

  –Eres... patético – escupió Phrondyr –. Renunciarás... a tu vida inmortal... un regalo de los Eternos... concedido... a nuestra noble raza... por una humana... que ya tiene... los días contados.

  –Rovenna es como una estrella... Phrondyr... una rebelde y fogosa estrella... aunque tenga que renunciar a todo... quiero estar ahí cuando su último brillo se extinga.

  Phrondyr se revolvó en el suelo hasta quedar boca arriba. Su pecho subía y bajaba con esfuerzo.

  –Es tu culpa... si tanto querías... que se quedara... tendrías que...

  –?Encerrarla como hacen los humanos con los pájaros? – Narthoss sacudió la cabeza –. No he venido por tu aprobación sino por un favor.

  Phrondyr levantó la cabeza, incrédulo.

  –?Tienes... ahora... el descaro... de pedirme... un favor?

  –He venido a rogarte que te hagas cargo de mi bosque y de mis súbditos.

  – Tus súbditos... no me toleran... Para ellos... soy un ser extra?o.

  –Aprenderán a quererte... Quizás tarden un par de siglos pero confío que se ablandarán con el tiempo. Puedes odiarme todo lo que quieras pero líbralos a ellos de tu rencor.

  –Entonces... has venido... hasta aquí... sólo... a decir... adiós.

  –No ahora mismo. Antes debo de asegurarme de que mi poder se recobre – Narthoss comenzó a darse vuelta para volver por donde había venido –. Me gustaría que estuvieras ahí cuando abandone el bosque. Sería mucho más fácil para todos hacer oficial tu designación como Se?or del Bosque de los Espejos.

  – ?No he aceptado! -- el grito de Phrondyr se escuchó como el graznido de un ave herida.

  Narthoss se giró y le dedicó una tibia sonrisa.

  –Eres mi gemelo. Sé que no me decepcionarás –volvió a darle la espalda –. Nos vemos en unos días. Te haré llamar cuando esté listo para partir.

  –?Narthoss!

  Los gritos desesperados de Phrondyr continuaron escuchándose a través del bosque incluso luego de que Narthoss comenzara alejarse en la barca. Pese a que no estaba dispuesto a dar marcha atrás, cada latido de su corazón se sentía como una punzada de dolor.

  Los días siguientes se dedicó a sanar su cuerpo, algo que le llevó más tiempo del que hubiera querido, a la vez que disponía todo para su viaje. No compartió la noticia de su partida con el resto de los elfos hasta el día antes cuando anunció que se celebraría un último banquete de despedida en el que anunciaría a Phrondyr como su heredero.

  El resto de los elfos, apenas recuperados de la inédita enfermedad, volvían ahora a mostrarse desdichados ante aquella noticia. Muchos de ellos incluso se volvieron más osados, renegando de su natural recato, y le rogaron a su se?or que no los abandonara. No fue fácil para Narthoss escucharlos. Una parte de él tenía miedo en realidad, algo que era difícil de aceptar, pero la única forma de superar a Daephennya era estar dispuesto a sacrificar algo que ella nunca sacrificaría.

  Tal como le había dicho a Phrondyr, un mensaje le fue enviado a través de las aguas para anunciar la partida de Narthoss. La ceremonia comenzó al atardecer. Todos los elfos del bosque se reunieron en la Torre Blanca y no hubo nadie que no rindiera tributo a su se?or en forma de suaves melodías y gráciles danzas. Aquella noche la comida le supo a Narthoss más dulce y tierna que nunca mientras se preguntaba si la comida de los humanos podría alguna vez satisfacer su paladar. Si Rovenna hubiera podido saber lo que pensaba, se burlaría de él.

  La ceremonia se extendió hasta el amanecer. Para entonces Narthoss ya creía que su hermano no acudiría. Podía ser que Phrondyr pensara que su ausencia lo haría cambiar de opinión pero eso no serviría de nada ya que aunque su hermano no estuviera dispuesto a ocupar su lugar Narthoss planeaba seguir adelante. Tarde o temprano, sabía que el sentido de deber de su gemelo lo haría entrar en razón.

  Sin embargo, mientras las aguas del lago se iban tornando doradas, lo vio por subir los escalones de la Torre Blanca. Nada más verlo su corazón se tranquilizó sabiendo que los suyos se encontrarían en buenas manos.

  Su ascenso fue lento, como si quisiera atrasar lo más posible el encuentro que se dio finalmente en el gran balcón donde se sucedía la ceremonia. Nada más llegar, los demás elfos retrocedieron, ya que los modales ariscos de su hermano solían intimidarlos.

  Phrondyr se ubicó delante de él con las manos entrelazadas y manteniendo la distancia.

  Narthoss inclinó la cabeza en se?al de saluod.

  –Me alegro que hayas venido.

  Phrondyr no respondió a su saludo sino que fue directo al grano.

  –?No hay nada que pueda decir para convencerte?– su rostro reflejaba una profunda tristeza que provocó que Narthoss bajara su mirada.

  –Me temo que nada.

  Phrondyr asintió, cabizbajo.

  –Lo he estado pensando mucho...

  Narthoss alzó la vista y observó como los ojos de Phrondyr se habían tornado más oscuros como furiosas nubes de tormenta. Un viento fuerte se levantó entre ambos sacudiendo sus cabellos.

  –No me dejas otra opción.

  No pasó más que un instante mientras Narthoss observaba cómo peque?as esferas doradas se formaban alrededor de su hermano y adoptaban formas de flechas que salieron disparadas directo hacia él. Con un agil movimiento de la mano trazó un arco de luz verde que compuso de un escudo de enredaderas. Las flechas doradas de Phrondyr se clavaron en la barrera y se deshicieron en chispas.

  El resto de los elfos observaba sin saber qué hacer. Algunos rodearon a Phrondyr preparándose para defender a su se?or.

  –?No intervengan! – les ordenó Narthoss –. ?Esto es entre él y yo! – le dirigió a Phrondyr una mirada furiosa –. Si tanta nostalgia sentías por nuestros duelos de la infancia, podrías haberlo pedido amablemente.

  Su hermano no dijo nada. Su mirada era segura, como si ya supiera cuál sería el resultado de aquella contienda.

  Narthoss no sentía ningún deseo de pelear contra él pero mientras él dudada en contraatacar, Phrondyr conjuró una lanza de luz plateada que se materializó en su mano y la lanzó directo hacia el escudo de Narthos que se deshizo en pedazos oscuros que revolotearon como hojas. En cuanto el escudo de su hermano se desmoronó, Phrondyr ya estaba arremetiendo otra vez contra él pero esta vez fue detenido por unas oscuras raíces serpenteantes que nacieron de la propia sombra de Narthoss.

  Las raíces se aferraron a los tobillos de Phrondyr y treparon por sus piernas a una velocidad y fuerza implacable. Pero Narthoss sabía que no sería tan fácil de derrotar pues aunque las sombras llegaron a envolverlo estás se disolvieron tras el fulgor azulado que emanaban dos largas espadas que Phrondyr blandió en su dirección.

  Narthoss reaccionó de inmediato, invocando en sus manos dos espadas curvas de un verde esmeralda, como hojas forjadas por el viento.

  El impacto de las espadas resonó como un trueno y levantó ondas de energía entre ambos que hicieron vibrar el suelo y arrastraron a los elfos que observaban lejos de ellos.

  Por un instante, ambos quedaron inmóviles, con sus rostros casi tocándose. Sus respiraciones eran agitadas, sus miradas firmes y cargadas de recriminaciones.

  Los labios de Narthoss se torcieron en una mueca.

  –Debo decir hermano que ni yo mismo hubiera planeado una despedida mejor.

  Se enredaron en una danza feroz de estocadas y bloqueos, cada uno buscando la mínima apertura en la defensa del otro. Las chispas azuladas y verdes iluminaban el aire cada vez que sus espadas se encontraban, como estrellas fugaces explotando entre ellos. La velocidad de los ataques fue aumentando hasta tal punto en que sus cuerpos se fusionaran con las espadas en un torbellino de luz y oscuridad.

  Aquella danza podría extenderse por demasiado tiempo pero Narthoss ya no podía esperar más. Ambos hermanos se encontraban en igual condiciones de fuerza y poder. Lo único que podía hacer la diferencia era la astucia.

  Narthoss entendió que era su momento cuando Phrondyr lo empujó al filo del balcón. Sin dejarse esperar, Narthoss se echó para atrás y se precipitó al vacío. Su hermano también saltó detrás de él.

  Aun en el aire, retomaron el combate haciendo chocar las espadas y deslizándose como dos hojas acunadas por la brisa de la ma?ana. Una intensa arremetida los separó mientras una explosión los empujaba en sentidos opuestos.

  Sin dejar de observarse aterrizaron los dos con suavidad sobre la superficie del lago provocando delicadas ondas. El espíritu de Narthoss se sosegó. Ahora él tenía la ventaja.

  Este, después de todo, era su bosque, y sólo podía obedecerlo a él.

  Bajo sus pies el agua emitió un latido. Cuando miró hacia abajo se encontró con su propio reflejo que se fue distorsionándose hasta convertirse en dos sombras oscuras que se fueron multiplicando a una velocidad abrumadora. Los reflejos de Narthoss emergieron de la superficie y como un enjambre avanzaron hacia Phrondyr que se vio atacado desde varios puntos sin poder librarse de ellos. Sus espadas lograban disolver las sombras con cada golpe, pero por cada reflejo que destruía, más surgían de la superficie del agua, multiplicándose y rodeándolo cada vez más.

  Narthoss aprovechó la distracción de su hermano y con un movimiento dos olas se elevaron a ambos lados de él hasta convertirse en dos manos gigantes que rodearon a su hermano hasta envolverlo por completo como una burbuja. Las espadas de Phrondyr se disolvieron al tiempo que este quedaba flotando dentro del líquido con los ojos cerrados como en un trance.

  Narthoss lo observó con tristeza. El juego había terminado.

  Pero algo cambió de repente. Los ojos de Phrondyr se abrieron y sus ojos violetas brillaron como dos gemas. Como una bola de cristal, la superficie de la burbuja comenzó a quebrarse hasta estallar en una lluvia que cubrió a Narthoss.

  El Se?or del Bosque de los Espejos no podía entender cómo su hermano había sido capaz de burlar las aguas de su dominio hasta que una hoja de color ámbar se arrastró hasta él.

  Mnezanthoras.

  Antes de que Narthoss pudiera entender qué significaba aquello la hoja se posó su pecho y se adhirió a él como una criatura con garras. Una vertiginosa serie de imágenes inundó su mente con la fuerza de torrente aunque se sintió dulce como una cálida tarde verano. Rovenna se hallaba frente a él, entrenando su magia entre los árboles. Sus primeros intentos eran muy torpes y débiles. él la observaba desde una distancia, con una sonrisa burlona, dejando escapar alguna que otra risa ligera. Rovenna, frustrada, le lanzaba miradas furiosas, sus labios sellados en un rictus de impaciencia y rebeldía. él no perdía ocasión para burlarse, y ella, en venganza, no dejaba de faltarle al respeto con palabras mordaces, algo que a él siempre lo divertía.

  La escena cambió y ahora estaban en los jardines de la Torre Blanca. Rovenna se hallaba sentada en un banco rodeada por un círculo de amigas elfas, riendo y charlando mientras disfrutaban de la tarde. Ella no le permitía participar en esas peque?as tertulias pero él desde las sombras de un árbol, las observaba con una mezcla de curiosidad y frustración.

  Luego la escena se tornó más triste. Era la noche en que ella le relató con ojos llorosos la historia de su familia y su matrimonio con el barón. él quiso ayudarla a olvidar. La tomó de la mano y la condujo hasta el lago iluminado por la luz de la luna. Ella, muerta de miedo, no podía evitar pensar que caería al agua en cualquier momento, pero Narthoss la mantenía firme entre sus brazos, guiándola con suavidad y paciencia mientras danzaban.

  Las escenas se iban sucediendo cada vez más rápido. Rovenna practicando las labores con las elfas. Ambos leyendo al lado del fuego. Su alegría luego de aprender un nuevo conjuro. Sus inocentes duelos que ella nunca pude ganarle. él ense?ándole a leer los símbolos élficos. Sus dedos rozándose sobre las páginas. Sus paseos por el bosque recolectando hierbas. Las recurrentes fiestas que Narthoss organizaba para levantarle el ánimo. Su primer beso. Su confesión. La decisión de Rovenna de volver al mundo humano. Su última noche. La noche que ella le dijo adiós.

  Cuando la mente de Narthoss encontró el camino entre los recuerdos, su boca se abrió de golpe para inhalar profundo como si todo ese tiempo alguien lo hubiera mantenido aprisionado bajo el agua.

  –Después de tantos siglos, aún no puedes ganarme.

  Al escuchar la voz de Phrondyr, Narthoss abrió los ojos para descubrir que gran parte de su cuerpo estaba recubierto por una roca que su hermano había hecho emerger desde la profundidades del lago. No podía moverse. La única parte libre era su cabeza.

  –Es porque eres un tramposo – le respondió.

  Phrondyr arrugó los labios y levantó las cejas.

  –De vez en cuando, los Mnezanthoras me conceden el conocimiento de algún truco nuevo. Ventajas de ser el Se?or del Bosque de la Memoria...

  –?Te quedarás aquí vigilando a que yo no me escape?

  –Tarde o temprano lo harás, aunque antes deberás resolver los sellos que he utilizado para encerrarte. Para entonces, yo ya estaré bien lejos.

  Phrondyr se dio la vuelta y se fue alejando por la superficie del lago.

  –?Phrondyr!

  –Lamento atrasar tu encuentro romántico, pero, a diferencia de mí, tú tienes súbditos que dependen de ti. Espero, hermano, que me hagas el favor de cuidar de mi bosque, aunque ya sé que no le tienes ningún cari?o.

  El cuerpo de Narthoss hervía de furia. Si tan sólo fuera eso suficiente para derretir la roca que lo aprisionaba.

  –?Dijiste que yo era patético!

  Phrondyr continuó alejándose sin mirar atrás.

  –?Eres tú a quien no le importa arriesgarlo todo por una mujer mortal! ?Yo en cambio estoy salvando a mi hermano!

  –?Phrondyr! ?Regresa!

  Terminado el enfrentamiento, los súbditos de Narthoss descendieron de la torre pero sus intentos por ayudar a su se?or fueron en vano. Phrondyr había sellado la piedra con un mecanismo especial que sólo se desactivó un rato después cuando un resplandor brilló a lo lejos y delgados rayos de luz serpentearon por el cielo. Fue ahí cuando la piedra se deshizo en peque?os fragmentos y Narthoss se vio por fin libre.

  Pero ya no había nada que hacer, era demasiado tarde.

  Aquella luz en el cielo era la se?al.

  El se?or Phrondyr del Bosque de la Memoria había cruzado hacia el mundo humano.

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