Durante la guerra del Bosque y la Pradera, cuando el odio entre elfos y gigantes consumía la tierra, el sagrado arte de la creación se convirtió en un arma. Los elfos, maestros de una delicada e intrincada magia, moldeaban híbridos a partir de las bestias y sus propios cuerpos. Pero los gigantes, en su afán de supremacía, recurrieron a una magia más oscura y brutal.
Ellos no creaban soldados. Ellos engendraban monstruos.
El Rey Gigante, acorralado por el ejército elfico, ascendió a las cumbres prohibidas, donde se encondía el secreto de un antiguo volcán. Allí, en la caldera de fuego y cenizas, entregó los cuerpos de sus compa?eros caídos y pronunció palabras olvidadas por el tiempo, tejiendo un ritual de sangre y lava.
Desde las grietas del cráter, desde las sombras mismas del fuego, surgieron los horrores que se esconden en lo profundo de las pesadillas. Quimeras de piel metálica, carne ardiente, con garras tan filosas como espadas y ojos incandescentes como brasas. Un ejército nacido de la oscuridad más profunda de la tierra.
Y el mundo enmudeció.
En lo más alto del cielo, donde las nubes se entretejían con los relámpagos, cabalgaba el Rey Gigante, montando el lomo de su más temible creación: Silas, la quimera primigenia. Su silueta recortada contra la tormenta era la visión del juicio mismo, la promesa de un poder que ningún ser terrenal podría desafiar.
Silas descendía como una centella oscura y furiosa. Detrás de él, el ejército de quimeras se abalanzó sobre los elfos desgarrando la tierra con sus rugidos y escupiendo llamas que devoraban los bosques sagrados. Los híbridos no tuvieron oportunidad. Las alas de las quimeras levantaban vendavales ardientes que incendiaban sus pieles, sus poderosas mandíbulas podían partir en dos a sus enemigos con una sola mordida y otros eran alcanzados por el veneno que destilaba de su cola.
Mientras las llamas consumían los árboles ancestrales y el viento se llenaba de gritos bajo un firmamento negro, incluso el propio rey Willondal comprendió que la esperanza estaba perdida.
Así lo decía el fragmento de las Crónicas que Rovenna había leído tantas veces durante sus primeros a?os de Iniciada.
Y ahora tenía delante de ella a la misma bestia que había despertado el terror de los poderosos elfos. ?Qué oportunidad podían tener los humanos frente a ese poder desconocido?
Pero más importante aún... ?qué era lo que la había despertado? Aquel chico...
No, no, aquella bestia no podía ser el mismo cachorro sin poder que apenas unos días atrás ella había salvado de ser asesinado por Eldrin. Tenía que haber otra explicación o debía de estar so?ando. Su mera existencia contradecía incluso la leyenda contada por los sirenios y desafiaba cualquier creencia que hasta entonces ella tuviera del mundo.
Rovenna ya no sabía en qué debía creer.
—?Formación de asedio! —rugió Zoran que volvía a arremeter contra la quimera.
Aquel grito la sacó de su trance. Pese a que el ataque anterior no había servido de nada, los magos se reagruparon de inmediato. La criatura alzó la cabeza con aire desafiante como un felino gigante que juega con su comida de lanzar una zarpazo. La gotas de lluvia que caían sobre sus escamas se evaporaban en el acto formando volutas de vapor.
No podía seguir dudando. Si no actuaban rápido aquel monstruo iba a hacer desaparecer la Casa de Gobierno y luego quizás continuaría con el puerto si no lograban contenerla.
Silas, si de verdad eres tú, lo lamento.
Apretó los dientes y avanzó con determinación hacia sus subordinados.
—?Ataquen por los flancos, corten sus movimientos! ?No dejen que levante vuelo! —bramó.
Los magos reaccionaron al instante, dividiéndose en dos grupos para cercar a la criatura. Rayos de energía chisporroteaban en el aire.
—?Lanzas de fuego, ahora! —ordenó.
Una lluvia de proyectiles ígneos surcaron el aire e impactaron contra las escamas de la bestia con estrépito. Rovenna se sumó al ataque mientras continuaba dando órdenes. A su alrededor, otros magos conjuraban cadenas de luz y ráfagas de viento cortante.
—?No le den respiro!
Los contínuos ataques hubieran hecho caer un regimiento entero pero aquel no era un enemigo común. Apenas habían comenzado a luchar y ya todos estaban usando su poder al límite arriesgándose a que su fuerza vital se viera consumida.
La quimera respondió con un simple batir de sus alas, generando una onda expansiva que barrió los ataques como las olas borran los dibujos en la arena. Las ondas de energía que lograban alcanzarla eran absorbidas por su cuerpo lo que provocaba que sus ojos brillaran con más intensidad y un fulgor dorado se filtrara a los largo de su piel metálica. Fue ahí cuando Rovenna se dio cuenta de que la criatura se estaba alimentando de la misma fuerza de los ataques.
La cola de serpiente se alzó y con un fugaz latigazo lanzó una ráfaga de veneno en un arco mortal.
—?Barrera! —bramó Zoran, alzando un escudo frente a él en el último segundo.
El veneno impactó contra los escudos con un sonido abrasivo. Los magos más próximos que no vieron venir el ataque a tiempo cayeron al suelo con gritos ahogados.
—?Reporten!
—?Cuatro caídos, Maestro Líder! —gritó un mago desde detrás de su escudo.
—?Que los heridos se replieguen! — ordenó Rovenna —. ?Todos los que aún estén en pie, conmigo! ?Ustedes dos mantengan el escudo!
Los dos magos que ella se?aló se ubicaron delante alzando un escudo para protegerla de los proyectiles venenosos mientras ella, sin dudar, conjuraba, una espada de luz en sus manos. La hoja resplandeció con un brillo cegador, crepitando con la magia pura que la sostenía.
—?Concentren su magia en mi ataque! ?Ahora!
Los magos restantes, entre ellos Zoran, se ubicaron detrás de Rovenna y apuntaron sus manos en dirección a ella, haciendo que su energía convergiera hacia la hoja, que brilló con más intensidad. El aire a su alrededor vibró con la concentración de poder. Rovenna sintió el calor recorrer su brazo, la energía de la espada latiendo como un segundo corazón. Apretó los dientes y elevó la hoja incandescente por encima de su cabeza.
—?Ahora! —gritó, y descargó el golpe.
El filo de luz se precipitó contra la quimera a la velocidad de una flecha. La explosión de energía sacudió el edificio entero, levantando una nube de polvo y escombros. Rovenna se vio expulsada hacia atrás junto con el resto de los magos mientras con estupor veía cómo la quimera alzaba su pecho y, con un chasquido seco, la espada se quebraba como si estuviera hecha de cristal.
Estirando ambos brazos logró evitar la caía con una onda de viento aunque no sin tambalearse, sintiendo el peso de la fatiga y el frío de su túnica empapada de sudor y lluvia. A su alrededor, los demás magos no estaban mejor que ella. La magia de la quimera había drenado su poder y la Maestra Arcanista percibía cómo su energía comenzaba a menguar. Temía que si seguían exigiéndose la criatura terminara absorviendo sus cuerpos desintegrados.
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—?Mantengan la línea! —bramó Zoran, aunque su respiración era agitada—. ?No nos retiramos!
Pero los demás magos ya no respondían a las órdenes. Los que todavía podían levantarse sobre sus dos piernas buscaron refugio entre los escombros. Sólo quedaban Zoran y Rovenna levantando sendos escudos para contener otro ataque venenoso de la quimera.
—?Tenemos que replegarnos! —exclamó Rovenna, su voz firme a pesar del cansancio—. No estamos en condición de seguir luchando.
Zoran dejó escapar una carcajada seca.
—No esperaba otra cosa de ti, Rovenna. Siempre tan precavida, siempre tan cobarde.
—Debemos pensar en otra estrategia. ?No podemos ganar si seguimos desperdiciando energía!
—?Tú puedes quedarte a pensar todo lo que quieras! —bramó él mientras conjuraba una espada de luz en una mano y con la otra mantenía el escudo —. ?Yo no voy a dejar que me gane una sucia quimera!
Con un grito de rabia, se lanzó hacia la criatura. Sus botas golpearon con fuerza el suelo destrozado mientras la energía chisporroteaba a su alrededor. Su escudo centelleaba con una luz plateada, extendiéndose en un arco protector frente a él. Una onda de viento lo hizo elevarse sobre la criatura que lo observaba en silencio, como midiendo su ataque. Zoran apunto la espada hacia un punto del cuello buscando un punto débil pero antes de que pudiera siquiera dar la estocada los colmillos de la bestia se abrieron paso a través de su escudo como si este no existiera hasta hundirse en su brazo con un chasquido húmedo.
La espada de luz parpadeó hasta extinguirse. Un alarido de dolor se perdió entre la lluvia y el estruendo de los truenos. La criatura sacudió al mago como si no fuera má que un mu?eco de trapo y, con un movimiento brutal de la cabeza, lo arrojó por los aires. Un instante después, Zoran caía al suelo inconsciente, con su brazo ensangrentado en un ángulo imposible.
La quimera giró su cabeza hacia Rovenna y avanzó hacia ella. Cada pasó que daba parecía a punto a resquebrajar las piedras del patio y tras de sí dejaba un rastro de huellas negras.
En el corazón de Rovenna se alojó una emoción que hacía mucho tiempo había jurado no volver a sentir nunca.
Miedo.
Quería alejarse pero sus pies cansados no le respondían. Era como si la criatura, con su sola presencia, la hubiera encadenado al suelo. Su sombra se cernía sobre ella, oscura y amenazante, mientras el fuego de sus ojos brillaba con un fulgor abrasador.
El hocico de la quimera estaba a solo unos palmos de su rostro. Un gru?ido sordo vibraba en su garganta, y Rovenna sintió su aliento caliente envolverla, espeso y cargado de un hedor metálico y sulfuroso, como sangre quemada.
Su piel se erizó.
– Maestra Arcanista.
Una voz grave emergió desde la quimera aunque sus labios no se movieron.
– ?Silas! ?Por qué haces esto? ?Por qué ahora?
– Si le sirve de consuelo, él no puede escucharla ahora. Está bajo mi control.
Una figura oculta emergió detrás de la espesa melena oscura de la bestia. Rovenna necesitó parpadear varias veces hasta reconocer el rostro de Olivia de Rocasombra que la miraba con una mueca burlona.
A diferencia de la bestia, ella no había cambiado su forma, pero por alguna razón irradiaba una energía muy distinta, antigua, inexplicable, similar a las fluctuaciones que ella había estudiado mientras atravesaba la franja este. Hasta entonces no la había percibido porque su aura de poder parecía haberse confundido con la quimera como si ahora fuera una extensión de ella.
–Olivia... ?eres tú? – había algo extra?o en su mirada. Si Rovenna creyera en fantasmas, pensaría que la muchacha había sido poseído por uno. Tragó saliva intentando que su voz retornada a su gravedad habitual –. No, no puedes ser tú. ?Quién eres?
Los labios de la muchacha se estiraron hacia ambos lados.
–Bravo, Maestra Arcanista. Le concedo mi reconocimiento. No esperaba menos de la discípula del Se?or Narthoss – ella suspiró –. Pero lamentablemente no puedo responder a su pregunta.
Pese a la densa lluvia, Rovenna no pudo aliviar el sofoco que le producía la cercanía de la quimera. Sentía que podía desmayarse en cualquier momento y cada palabra que salía de su boca le robaba el aliento.
– Has sido tú... Lo has convertido en un bestia.
La muchacha negó con la cabeza.
–Sólo le he devuelto el poder que alguna vez perteneció a su raza... al menos por el momento.
–Imposible... El Sello del Dragón... no lo permitiría. No puede ser violado.
Olivia giró los ojos en se?al de hartazgo.
–No pienso ponerme a debatir sobre la leyenda con usted. Lo único que queremos es rescatar a un amigo pero sus magos han atacado sin provocación alguna.
–?Dices que esto no es una provocación?
–Su falta de colaboración nos ha obligado a actuar. Ninguno ha muerto todavía... aunque yo atendería sus heridas cuanto antes.
–Todavía... – pese al cansancio, Rovenna no pudo evitar la indignación de no poder hacer nada.
–No tengo mucho tiempo para perder. Entréguenos al ni?o que tienen cautivo y nos iremos sin causar más da?o.
?Penn? ?El ni?o del pasadizo? ?Qué tenía que ver con todo aquello?
Ante su indecisión la quimera avanzó hacia ella y quedó tan cerca que su aliento amenazaba con hacer arder su túnica.
Rovenna podía intentar pelear aunque sabía que no tenía posibilidades. Rendirse nunca había sido una opción para ella pero frente a circunstancias tan inauditas más valía saber cuándo retirarse.
–?Tú! – se?aló a un Iniciado que se hallaba observando desde detrás de una columna –. Trae al chico.
–Maestra...– ante la furiosa mirada de su superiora el muchacho salió corriendo.
Rovenna le dirigió a la muchacha una mirada penetrante.
–Nada de esto era necesario. ?Te das cuenta de lo que estás provocando, de lo que significa esto para Silas? Ahora todo el reino sabrá lo que ha ocurrido aquí y lo perseguirán sin cuartel.
La chica ladeó la cabeza pensativa.
–Ya veo... sería bastante molesto... Bueno... entonces... – la quimera se alzó abriendo las fauces. Rovenna observó con horror una orbe de energía formándose al filo de su garganta –. Quizás lo mejor sea no dejar testigos.
Rovenna sintió la impotencia ahogándole el pecho. No. No así. No ahora.
– ?Silas! ?Si puedes escucharme, detente! ?Aún no es tarde!
El tiempo pareció estirarse en el instante en que el brillo de la quimera se intensificaba como si el sol se hubiera dado paso entre las nubes negras. Los latidos de su corazón golpeaban en sus sienes como un tambor lento y mortuorio.
Se forzó a moverse, a ignorar el temblor de su cuerpo y el peso del destino cerniéndose sobre ella. Su mano se crispó sobre el aire vacío, intentando invocar un último sello porque para ella no había otra opción que morir peleando. Un último intento, un último aliento. Su magia latía en sus venas, apenas un eco de lo que había sido, una chispa contra una tormenta.
– Suficiente.
La palabra vibró en el aire, reverberando en el suelo y en los huesos de Rovenna.
La orbe de energía en la garganta de la quimera titiló, como vacilando ante la orden que pareció no venir de ningún lado y, al mismo tiempo, era como si surgiera de todas partes. La cabeza de Olivia giró en todas direcciones, el desconcierto reflejado en sus ojos encendidos de furia.
–?No puedes hacer esto! ?Mald...! – el gritó de la chica se ahogó al tiempo que la orbe se disolvía y tanto ella como la criatura eran envueltos por un círculo dorado de donde emanaron líneas verticales y estas formaron un cilindro que se estiró hacia las nubes cual imponente e infinita torre.
La quimera, feroz e imparable apenas un instante antes, comenzó a doblarse sobre sí misma, su silueta distorsionándose. Garras y colmillos se replegaron, la piel se alisó, las alas se desvanecieron en motas de luz. El círculo palpitó una última vez antes de desvanecerse. Solo quedó el silencio, vasto y pesado, como si el mundo contuviera el aliento.
Rovenna se quedó inmóvil, la respiración entrecortada, su corazón aún desbocado.
Frente a ella quedó el cuerpo humanoide de Silas que junto con Olivia yacía inconsciente en el suelo.
Se mantuvo un momento atenta a la energía del ambiente pero ya no era capaz de percibir nada. El poder de la quimera se había disuelto en el aire. Se acercó a los dos cuerpos y palpó a ambos buscando el pulso.
Estaban vivos.
Inspiró hondo y alzó la mirada, buscando al due?o de aquella voz que había detenido el ataque. Pero no había nadie. Solo el cielo nublado, impasible, testigo de lo que acababa de ocurrir. Fue ahí que se dio cuenta de que había dejado de llover.
Un sonido de pasos apresurados irrumpió en la quietud. Giró la cabeza y vio al Iniciado corriendo hacia ella, arrastrando a Penn del brazo.
—?Olivia! ?Silas! —El ni?o intentó alcanzarlos, pero Rovenna se interpuso en su camino.
—Tardarán en despertarse —dijo con voz firme—. Ahora debes irte.
—?Pero…!
—No puedes hacer nada. Aprovecha ahora que tienes la oportunidad.
El chico vaciló, con el rostro desencajado.
—?No me puedo ir sin ellos!
Rovenna dio un paso adelante, obligándolo a retroceder. Su fría mirada se clavó en él.
—No tienes el poder para salvarlos. Si de verdad quieres ayudarlos, lárgate, o yo misma te haré volar por los aires.
El chico aún titubeó, mirando a Olivia y a Silas. Pero la intensidad de Rovenna no flaqueó. Finalmente, con los pu?os apretados, se giró y echó a correr hasta desaparecer por un corredor que llevaba hasta la entrada principal de la Casa de Gobierno.
– ?Maestra! – los ojos del joven Iniciado brillaban de admiración –. ?Usted derrotó a la quimera!
Rovenna se aclaró la garganta y de repente sintió una repentina calidez sobre su cabeza. Alzó de nuevo la vista.
Fragmentos de cielo azul asomaban entre los pliegues de nubes oscuras que comenzaban a rasgarse. La luz sol se filtraba tímidamente, iluminando las ruinas desperdigadas a su alrededor. El viento, que hasta entonces había aullado con violencia, se convirtió en un susurro que se deslizaba entre los restos de piedra y madera calcinada.
La tormenta había terminado.
Rovenna mantuvo sus ojos expectantes en el firmamento pero no logró descubrir nada fuera de lo normal.
Sacudió la cabeza. ?Qué estaba esperando encontrar?

