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Prólogo: El trauma de un niño

  La madre de Granuililnatonemoka moriría esta noche.

  El doctor había venido, la había revisado usando toallas mojadas y un extra?o instrumento, y luego había hecho un gesto con la cabeza que confirmaba todas las sospechas, incipientes, aunque firmes, del hijo delgaducho y desnutrido.

  —Lo siento, nene.

  Y se había marchado por la puerta desvencijada, rota en pedazos por un cliente, en medio de una noche helada de luna clara y burlona que iluminaba la pobreza de la casucha a través de las rendijas por donde se colaba el agua de lluvia y el follaje de los pinos.

  Granuililnatonemoka se acercó al pálido lecho donde su madre dormía, con el rostro compungido y un nudo en la garganta. La miseria le pareció de pronto un monstruo malicioso con cara de ni?o insoportable, nulamente educado por sus padres y con la libertad de hacer lo que quisiese sin consecuencias. Ese monstruo iba a llevarse todo cuanto amaba, como una avalancha caída desde lo más alto de un nevado y cargada de rocas.

  Apretó los pu?os, las lágrimas bajando por sus mejillas. La vida era dura en todos los sentidos para los que no tenían la suerte de nacer en el seno de las familias adineradas de la capital. él lo había visto, quizá de la manera más cruel, a la edad a la que los otros ni?os solo se preocupaban por no cagarse encima. ?Por qué era la vida tan caprichosa e injusta con las personas? No lo sabía. Estaba lejos de ser el Prodigio de las doce espinas. Se obligó a respirar. Dejó que la frustración y el remordimiento se diluyeran en la gélida atmósfera de la estancia, pues, se recordó, sus once a?os y la choza inmunda en medio del bosque donde vivía le vetaban de las experiencias de los sabios, que hubieran podido resolver estos problemas con facilidad.

  él también empezaba a sentirlo.

  Dentro de su pecho germinaba un eco lejano, en principio inofensivo, pero persistente al silencio y la paz que clamaba su mente herida por una vida que lo agobiaba desde que poseía memoria. Al respirar, lo percibió; era agudo como el silbido de un mirlo cantando en lo profundo de una caverna, solo que, en vez de caverna, estaban sus pulmones. Su madre se habría puesto a llorar. Sabía por experiencia que los síntomas finales, y fatales, estaban lejos de producirse, pero llegarían tarde o temprano, igual que la violencia que aquel cliente molesto había prometido ejecutar si su madre no se reponía. él también traería la muerte. No había razones para tener esperanza, y, sin embargo, se sorprendió de sentir las últimas gotas.

  Su madre tosió.

  —?Madre, no te muevas!

  Granuililnatonemoka se restregó los ojos.

  —?Ha venido el doctor? —la voz de su madre era queda, frágil.

  —Sí, y ha dicho que te repondrás si continúas bebiendo la decocción de Jilguerón —mintió Granuililnatonemoka como de costumbre.

  —?Es eso verdad, hijo?

  —Sí. Te dije que lo traería.

  —?De dónde has sacado el dinero para pagarle? —su madre le agarró los brazos—. ?Lo has robado?

  Esta vez, mentir fue más complicado.

  —No… Me lo han prestado.

  Su madre sospechó la mentira, pero guardó silencio. Era incapaz de reclamarle a un ni?o que intentara salvarla.

  —?Quién ha sido?

  —Gilbtober.

  —Es un hombre taca?o.

  —?Recuerdas que estaba enamorado de ti?

  —Hasta que descubrió que yo era… De todos modos, debes haber aceptado un trato injusto.

  Granuililnatonemoka sonrió con la inocencia que ya no le quedaba.

  —He logrado que me lo prestara sin intereses.

  Su madre cerró los ojos y reflexionó. Al ni?o se le partía el corazón al verla en ese estado tan deplorable, sobre todo porque tenía el presentimiento de que, por el resto de la vida, fuera corta o larga, la recordaría así, fea, demacrada, pálida y atroz, en vez de bella y lozana como había sido el resto de los a?os. Las lágrimas volvieron a bajar por sus comisuras. Cerró los ojos para reprimirlas, y, al volver a abrirlos, se encontró con la mirada dolorida de su madre.

  Ella no dijo nada. Lo miró con profunda preocupación, como una gata que tratara de salvar a sus crías del invierno implacable, y sus ojos también lloraron. No gimió, ni agitó su respiración. Solo cubrió su rostro de lágrimas. Granuililnatonemoka se quedó paralizado, pues jamás había visto a su madre llorar, incluso en los momentos de mayor crisis, cuando injustamente tenía que usar su cuerpo para sobrevivir. La fuerte mujer y poderosa guerrera de anta?o se había transfigurado lentamente en una figura colmada de una sabiduría taciturna y una insondable disertación. Granuililnatonemoka la vio. Por un instante, sus ojos notaron el brillo de un alma superior, y entonces el ni?o se consoló al comprender que esta imagen también lo acompa?aría cuando ella lo dejara. Sonrió de verdad, quizá por primera vez.

  —Devuélvelo —dijo su madre entre susurros—. No quiero que te conviertas en un ladrón. No seas igual que tu padre.

  También era la primera vez que Granuililnatonemoka la escuchaba mencionar a su padre. Se removió inquieto y puso sus peque?as manos en el rostro febril de su madre. La piel ardía como las ascuas de un horno.

  —?Mamita! —lloró, previendo el desenlace.

  —Gracias, ni?o. Mamá espera que sigas siendo una persona cuidadosa y servil.

  Lo agarró del cuello y, obligándolo a inclinarse, le besó la frente.

  —Te estaré vigilando desde arriba, así que compórtate.

  Granuililnatonemoka asintió. Tuvo ganas de decirle a su madre que él también se enfermaría pronto, pero prefirió dejar que se fuera sin preocupaciones.

  —Escucha, Granuili, debes ir al Templo de Fuego, en Aracuya. Sobrevive.

  Ella retiró lentamente los labios y se durmió con placidez en el lecho sucio que llamaban cama, la única cosa de algodón que les quedaba, pues lo demás lo habían vendido. Una cucaracha circundó alrededor de la almohada y después se escurrió detrás de la olla de agua tibia. Granuililnatonemoka la miró sin pensar en nada, y, con presteza, la atrapó y se la comió.

  Su madre respiraba tranquilamente, aunque de sus pulmones emergía con cada inspiración aquel atroz silbido. Granuililnatonemoka esperó a que volviera a hablar, pero, al parecer, el sue?o la había vencido. Era muy tarde, después de todo, y él también se sentía so?oliento.

  Despertó dos horas después. La luna se escondía detrás de dos nubes negras que avanzaban parsimoniosamente hacia la tierra desconocida que un ni?o como él no vería jamás. Parpadeó varias veces antes de acostumbrarse a la implacable penumbra; se frotó los brazos para alejar el frío y se acercó gateando al lecho donde su madre dormía.

  No escuchó el silbido.

  Granuililnatonemoka se congeló. Le bajó la sangre a los pies y sintió que iba a desmayarse. Aunque lo esperaba, descubrió con horror lo que todas las personas con el tiempo: nadie estaba preparado en realidad para la muerte. Cerró los pu?os con fuerza y reprimió los sollozos que amenazaban con dejarlo incapacitado.

  —Ma-madre.

  Pero la voz de su madre no llegó, ni siquiera una se?al de vida.

  Granuililnatonemoka no podía mover los brazos. Se negaba a acercarse y escuchar el corazón aprisionado en aquel pecho voluptuoso como solía cada vez que presentía que su madre había dejado de respirar. Esta vez era diferente, perceptible. Parecía que la atmósfera podía susurrar, y lo que decía le confirmaba sus pesares.

  ?Muerte?.

  —No… no.

  Finalmente, se dejó caer en el suelo frío de tierra apisonada que olía a corteza de árbol, y la rozó con los labios fríos, dos puertas cuarteadas y asediadas por los arietes de la angustia. Sin poder explicárselo, comenzó a reírse hasta que su diafragma se contrajo: una carcajada sórdida y brutal que rompió el mutismo del bosque y lo llenó con ecos aterradores.

  —?Mamá! —le dolía el estómago.

  Con un impulso, se abalanzó sobre el cadáver aún tibio de la que seguramente sería la única mujer que amaría. Trató de contener la calidez que abandonaba el cadáver con pasmosa vertiginosidad con los brazos, intentando que la vida siguiera acogiendo en sus palacios a su madre. Puso la oreja en los pechos de ella, blandos y pulidos. No había nada qué hacer. Allí quedaba únicamente la recámara vacía y holgada de un nuevo miembro del reino de las cosas muertas.

  Pero Granuililnatonemoka permaneció firmemente aferrado a la carne, como un loco enamorado que se niega a perder a su amante y la saca del ataúd para abrazarla una última vez, e imitó la máscara reflexiva con que su madre solía pasar los tragos difíciles. No dijo nada. Ya no lloró. Simplemente se quedó allí.

  Hasta que oyó los pasos.

  Los pelos se le pusieron de punta. Como un rayo, abandonó el seno de su madre y se arrinconó en la arista que había entre la puerta destrozada y la cocina. Trató de acallar la respiración, pero el silbido le traicionaba.

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  Los pasos se aproximaron a la puerta, y, en un instante, el hombre asomó. Granuililnatonemoka lo reconoció. Era Gilbtober.

  Se encogió cuanto pudo mientras se preguntaba qué hacía el herrero en casa de su madre a estas horas de la noche. No le pareció normal. En estos tiempos uno no necesitaba que le recordaran que cualquier presencia nocturna era decididamente sospechosa y debía ser evitada. Se encogió aún más en el rincón. También era probable que el médico hubiera soltado la boca y Gilbtober estuviera allí para ayudar, pero le pareció extra?o que nadie lo acompa?ara, ante todo sabiendo que la noche era peligrosa. Decidió entonces que no saldría del escondite.

  La luz de la linterna de aceite se contorsionó alrededor de las vigas y bailó sobre las excrecencias del suelo terroso. Gilbtober entornó los ojos en la oscuridad, revelando un corte profundo en la mejilla. Chorreaba sangre.

  —?Jinna? —susurró, dando pasos quedos.

  La enorme silueta del hombre se alzó sobre Granuililnatonemoka como un nevado sobre un valle profundo. Era, por supuesto, del genotipo de los herreros: hombres con esculpidos cuerpos que parecían tallados por un brillante escultor, que los hacía ver pulidos y fibrosos. Granuililnatonemoka sintió miedo.

  —Voy a pasar —dijo Gilbtober, alzando la voz—. Me dijeron que estabas gravemente enferma.

  Su voz estaba rota. Sonaba igual que una cítara con las cuerdas desafinadas. Iba descalzo.

  —Granuili, ?dónde estás? ?Peque?o mocoso!

  Granuililnatonemoka estuvo a punto de dejar escapar un tosido. Sus pulmones parecían querer más que otra cosa que lo descubrieran. Se llevó la mano al pecho y se apretó fuertemente.

  —?Jinna, estás ahí?

  Gilbtober bajó la linterna y alumbró el lecho donde yacía el cadáver de su madre. Lo miró un segundo, y después observó a uno y otro lado.

  —?Dónde estará ese diablillo?

  Esperó unos instantes, pero, en vista de que Granuililnatonemoka no aparecía, se dio por vencido mientras murmuraba imprecaciones. Finalmente, con mucho cuidado, comprobó el pulso del cadáver usando su dedo índice y corazón. Las hojas de los pinos se mecieron ante un soplo misterioso que incrementó la tensión del escenario. Los segundos se alargaron. Perlas de sudor cubrieron el rostro seco del ni?o. Por suerte, el rincón lo salvaba de la luz.

  —Está muerta —dijo Gilbtober, entrecortadamente.

  Alejó la mano del cadáver y, aún en cuclillas, se quedó reflexionando. Parecía afectado.

  —Siempre quise saber cómo eras, Jinna —le dijo al cadáver. Los ojos vidriosos y la boca herméticamente sellada no se movieron—. Quería que fueras solo para mí. Ansié tenerte, besarte, tocarte, y… penetrarte. ?Por qué tuviste que venderte? ?Yo podía darte un hogar y un hijo que realmente te amara! ?Tú solo debías abandonar esa bestia diminuta que te orilló a esta inmundicia! ?Era tan difícil? ?Eh!

  De pronto, Gilbtober arrojó rabiosamente la linterna contra la pared, y, en un absceso, apartó la manta del cadáver y reveló el cuerpo desnudo. La linterna se rompió y el aceite desparramado por el suelo se encendió en llamas. La luz repentinamente brillante iluminó el rincón donde se escondía Granuililnatonemoka, quien aunó sus reservas de energía para no gritar. Vio la figura del gigantesco hombre jadear como un oso herido y a la luz amarillenta del fuego, vio también las piernas y el torso desnudo de su madre.

  El brillo que debía extinguirse se masificó en un parpadeo. Las llamas avanzaron sobre la pared, y amenazaron con devorar la estructura de le?a seca que era la casa. Un ataque de pánico colmó el pensamiento del ni?o. Hasta ahora, no se le había ocurrido qué hacer cuando su madre muriera, y, mucho menos tenía idea de dónde se hallaba aquel Templo de Fuego que su madre había mencionado. Su mente se llenó de ideas desesperadas, siendo la más predominante la que le aconsejaba dejarse morir quemado. Así, todo terminaría.

  Granuililnatonemoka cerró los ojos con fuerza y se obligó a permanecer concentrado. Aunque morir le consolaba, un trozo de él quería averiguar lo que haría Gilbtober, y otro más deseaba no hacerlo. El miedo lo mantuvo paralizado.

  —?Maldita perra, te tomaré, aunque ya seas un trapo usado!

  Las llamas temblaron. Los ojos sanguinolentos del ni?o se abrieron de par en par, conteniendo el resplandor del destino. Pasmado, Granuililnatonemoka vio con horror cómo Gilbtober se bajaba los pantalones. La imagen le recordó muchas otras en las cuales, por curiosidad, había visto aquel acto horroroso en el que su madre sufría y al que le obligaba a no asistir. Siempre le ordenaba que se metiera en el bosque, pero los jadeos le atraían inevitablemente, pues no lograba comprender qué los causaba. Sin embargo, esto era diferente. No quería ver a su madre disfrutarlo.

  —Jajaja.

  La erección era visible. Granuililnatonemoka alguna vez creyó que estos hombres con penes erectos eran de otra raza, pues por más que lo intentaba su miembro era incapaz de manifestar la misma forma. Más tarde comprendió por qué sucedía, y, así como tantas otras cosas, los misterios que un ni?o no debía descubrir se transparentaron ante sus ojos con precocidad.

  Gilbtober se puso de rodillas. Cuidadosamente, se acercó al cadáver de su madre como un insecto a punto de manosear la preciosa miel, y se llevó la mano al miembro, y se rio con sorna, y cerró los ojos, inspirando profundamente, disfrutando la sensación. Granuililnatonemoka ya sabía lo que sucedía a continuación. Pero esto era distinto. No era natural. En su corazón herido, tuvo claro que lo que mejor lo describía era una aberración más allá de cualquier descripción humana, una de la que uno debía mantenerse apartado, así como de las criaturas nocturnas.

  Demasiado tarde, Granuililnatonemoka llegó a la conclusión de que pretendía vivir. Aún era demasiado joven para dejar de temer a la muerte, aunque frente a él ocurrieran las cosas más ominosas e inexplicables del universo. Sin embargo, estaba atado, congelado en un rincón de mala muerte frente a un animal hambriento que lo devoraría si lo descubría. Lo único que pudo hacer para salvar el orgullo de su madre fue cerrar los ojos con violencia, pues la curiosidad infantil clamaba por que los abriera.

  No tuvo valor, no obstante, de levantar las manos y taparse los oídos. El susurro del viento, el crepitar de las llamas, los grillos cantarines… y los jadeos. Lo captó todo. Ruidos sordos, quejosos y graves que emergían constantemente de la garganta del herrero como si padeciera una enfermedad respiratoria. De vez en cuando, escuchaba el choque de las carnes y debía controlarse para evitar abrir los ojos.

  Lo traicionaron, lamentablemente, las muchas veces que lo había presenciado. Su mente había conservado los recuerdos con clamorosa claridad y ahora los reproducía igual que la imagen de referencia que usaban los artesanos para fabricar sus obras maestras. Su imaginación hacía el resto. Por más que lo intentaba, le resultaba imposible desatenderse del rostro que pondría el cadáver en ese momento. Lo imaginaba inmutable, pero inerme. Sentía su dolor mudo en su propio cuerpo, y eso lo mortificaba.

  Por último, el palmoteo alcanzó su punto más vertiginoso y desembocó en un golpe fuerte y seco, como el producido por una roca al caer en un estanque, que, también, provocó un grueso gru?ido proveniente de Gilbtober.

  Granuililnatonemoka se descubrió con los ojos abiertos, observando el final. Vio al hombre cerrar los ojos con un profundo e inextricable gesto de placer, tanto que calaba los huesos, y luego lo vio agachar la cabeza con los cabellos colgando delante de su cara sudorosa. También vio cómo los músculos de sus glúteos se contraían y cómo sus costillas oscilaban a medida que sus pulmones agitados se estabilizaban. Pero lo que más lo horrorizó fue hallar el rostro de su madre. La cabeza se había ladeado, despeinando su cabello, y sus ojos aún abiertos habían quedado fijos en un punto. Lo miraban.

  Granuililnatonemoka soltó un grito de terror y salió de su escondite. Las llamas empezaban a consumir las vigas por las cuales huían los ratones y los escorpiones.

  —?Detente ahí, maldito!

  Granuililnatonemoka echó a correr por el bosque, con el pecho jadeante, los pies descalzos, el torso destapado. Las ramas de los pinos le lastimaron las mejillas y los troncos caídos le machacaron los pies. Su ventaja no fue larga. Al mirar por el rabillo del ojo, detectó la figura gigantesca y desnuda de Gilbtober, que lo perseguía con denuedo.

  Sus pies lo traicionaron. La obscuridad también. No notó el sumidero que había en una raíz, y su tobillo se torció. Cayó al suelo de plomazo y se reventó los labios con una roca redonda y lisa, tal vez cubierta de líquenes.

  —?Estás muerto, hijo de perra!

  Gilbtober apareció de inmediato por detrás del árbol y lo agarró de los tobillos, haciéndolo gritar. Era muy fuerte, demasiado para un ni?o desnutrido que hoy solo había probado un hongo que había extraído del recoveco de una roca.

  Gilbtober lo arrastró sin lástima por el suelo cubierto de hojarasca, sin importarle si la cabeza de Granuililnatonemoka, y su espalda, chocaban con las rocas escondidas entre los árboles. El ni?o gritaba y pataleaba, pero la fuerza inmutable de aquel cuerpo más desarrollado era superior a él en todos los sentidos.

  —?Suéltame!

  —Así que me has visto.

  —?Te mataré!

  Y del tobillo torcido pululó el dolor, y de la boca reventada germinó la sangre, y del cráneo salieron chichones, y de la espalda moretones. La travesía duró poco. Nuevamente, Granuililnatonemoka estuvo frente a su casa. La miró por un segundo, esperando hallarse dentro de una pesadilla, pero la evidencia fue esclarecedora. Las llamas ya se habían tragado la mayor parte del armazón y solo restaban unos minutos antes de que todo se hubiera consumido.

  Gilbtober no lo soltó.

  —?No! ?Suéltame!

  —Es muy tarde, diablillo.

  Granuililnatonemoka gritó hasta desga?itarse, pero el bosque era sordo a sus peticiones y allí no había nada que pudiera ayudarlo. Le pareció ridículo que apenas unos minutos antes hubiera deseado quemarse vivo, pues, ahora que presenciaba las llamas frente a él, no le agradaba la idea de experimentarlo.

  —?Debiste morir hace tiempo!

  Y Gilbtober lo lanzó con poderosa fuerza hacia la hoguera. El viento zumbó a su alrededor, el cielo encapotado lo observó desde las inalcanzables alturas. Aterrizó con un ruido seco en el pasillo, con los músculos magullados y los huesos entumidos. Sus ojos quedaron inmediatamente colmados por el humo y ardieron hasta sacarle lágrimas. El calor fue en aumento; un trozo de madera cayó sobre su pie derecho y le abrazó la piel con un chirrido maloliente.

  Granuililnatonemoka palpó la tierra y empezó a arrastrarse hacia la salida. Era demasiado difícil abrir los ojos, así que tuvo que hacerlo a tientas. Por un momento, se le ocurrió que debía despedirse de su madre, pues no lo había hecho, y, ocurriera lo que ocurriese, era preferible zanjar ese asunto.

  El lecho estaba vacío.

  Granuililnatonemoka parpadeó, tratando de contener las lágrimas. Pero no había duda. El cadáver de su madre había desaparecido. Casi al mismo tiempo, escuchó un grito desgarrador. Giró la cabeza y observó el exterior de la casa.

  Y lo que vio le dejó helado. Había una figura encima de Gilbtober, una criatura cuadrúpeda.

  —?Suéltame, me duele! ?Mamá, mamá!

  Los dientes afilados arrancaban los trozos de carne mientras los fuertes brazos mantenían a raya a la presa, que, aterrorizada, nada podía hacer para liberarse. Pronto, la sangre cubrió las comisuras de la criatura y el pecho de Gilbtober, quien, a pesar de lucir malherido en el cuello y tener el rostro mordisqueado, pataleaba y chillaba como un cerdo al momento de sentir el pu?al. El depredador se tomaba su tiempo. Iba capa por capa. Movía la cabeza de un lado a otro y arrancaba con pasión las finas fibras del cuerpo atlético del herrero.

  Granuililnatonemoka no quería creerlo. Dudo de si quedarse allí o seguir avanzando. ?Era esta la realidad que le esperaba? ?No era mejor huir de ella?

  Pero su instinto de supervivencia lo obligó a continuar arrastrándose, aunque ya se imaginaba lo que vendría después y los problemas que tal decisión acarrearía, no solo para él, sino para toda la comunidad. Lo cierto es que estaba cansado.

  Un trozo ardiente de paja cayó directamente sobre su espalda y le arrancó un rugido. Granuililnatonemoka cerró los ojos y apretó los dientes. Intentó revolcarse para apartarlo, pero estaba en deplorables condiciones. Nunca se había sentido tan enfermo: el dolor de sentirse inhábil era peor que el dolor en sí mismo. Tuvo que sopórtalo. Con el dolor a cuestas, continuó avanzando, despacio, codo a codo, entre tierra e incertidumbre, entre gritos y silbidos, entre carne chamuscada y saliva chorreante.

  Cuando salió de la casa, el aire limpio del exterior le lavó los ojos y le arrancó ataques de tos. Su cuerpo recuperó un poco de vitalidad antes de estar preparado para una nueva ola de misterios que no podía procesar ni quería desentra?ar. Granuililnatonemoka abrió los ojos pese a las lágrimas. Nada en el bosque había cambiado: seguía siendo el mismo ser indiferente y parecía burlarse de él.

  Salvo por una anomalía.

  Había preocupación, ansiedad, pánico. Incluso la atmósfera la percibía, y, de manera subrepticia, la transportaba por las ramas y las hojas caídas. El viento poseía un olor pesado, metálico.

  Granuililnatonemoka se obligó a ignorar las se?ales y se acercó. La criatura continuaba con su tarea, ya sin preocuparse de su presa, pues había muerto con seguridad.

  Cuando escuchó al ni?o, giró solo la cabeza, como un mu?eco de trapo sin articulaciones ni huesos, en un ángulo imposible de 180 grados. El torso permaneció estático, y su cuello se contorsionó formando una especie de espiral. Fue la confirmación de todas las sospechas. Con los cabellos alborotados, las cuencas vacías y la boca cubierta de sangre, la madre de Granuililnatonemoka sonrió con todos los dientes y tragó.

  —Bienvenida de vuelta, madre.

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